Actualizado el 25 de febrero de 2011

Yo he sido una mujer de verdad

Por: . 4|4|2010

El grupo Estudio Teatral Macubá, de Santiago de Cuba, “calentó el escenario” del Café del Brecht en el XIII Festival de Teatro de La Habana con el drama poético, pero también monólogo y espectáculo musical, Repique por Mafifa o la última campanera, dirigido y protagonizado por la reconocida actriz y directora de ese colectivo, Fátima Patterson.

Obra con la cual ganara el premio de actuación femenina, banda sonora y texto dramático de la UNEAC, en el Festival y Concurso Máscara de Caoba, en 1992. Su estreno ocurrió en abril de 1990.

Fátima Patterson, quien cumplió 35 años de carrera artística en marzo pasado, es una de las grandes creadoras de Santiago de Cuba, con experiencias en la televisión, el teatro y la promoción cultural; y está vinculada al Conjunto Dramático de Oriente y al Cabildo Teatral Santiago.

Macubá, según refiere Fátima, acude a recursos de la cultura popular tradicional para sus modos expresivos: el trance, la semi-vigilia… Todos los elementos que nos aportan los cultos sincréticos, son estudiados en su esencia para lograr un carácter y un sello identitario del grupo a tono con los de la cultura nacional, pues pienso que esto le da un sello y un color determinado.

“Ninguna manifestación es ajena a nosotros: la danza, el canto, la percusión de los instrumentos; y no nos referimos solo a la africana sino a esa mezcla que es la cultura cubana. La narración oral es un elemento que utilizamos para desarrollar nuestros espectáculos. Yo a veces me desempeño como tal, pero no me gusta que me digan narradora sino actriz que cuenta.”

La línea estética del proyecto podría definirlo como un teatro de raigambre popular, con plena utilización de elementos formales y del movimiento escénico consustancial al folklore cubano, acudiendo a fuentes como patakines del ceremonial yoruba recogido por la Santería, las tradiciones vivas orales del Palo Monte, el panteón vudú y la poesía antillana tradicional.

Repique por Mafifa se inspira en Gladys Linares Acuña, “Mafifa” o “La Niña”, como le llamaban cariñosamente, la última campanera (1) en la centenaria conga de Los Hoyos, de Santiago de Cuba. Fallecida en 1984, era muy reconocida por su sentido de pertenencia a esa institución cultural santiaguera, a la que estuvo vinculada por 25 años.

Gladys fue una mujer incorporada al mundo machista que es la Conga de Los Hoyos —recuerda Fátima—. Criticada por la sociedad de todas las maneras posibles, que si era prostituta o lesbiana, pero nunca se le conoció ninguna relación en ese sentido, ni de una ni de otra. Fue excelente trabajadora y amiga; se hizo respetar por ese grupo de hombres y por quienes la conocieron. Cuando muere, es la primera vez que una conga acompaña a uno de los suyos hasta su última morada. Pero lo mágico, lo hermoso de todo esto es que, cuando se le hace la autopsia a esta mujer, era virgen.

La Conga de Los Hoyos es un colectivo cultural que tiene sus raíces en la parranda “Los brujos del limón”, la cual salía por el barrio de Los Hoyos con cantos de puya o sátira a la metrópoli española. Su creador fue Guillermón Moncada, bravo mambí, al igual que sus primeros integrantes. Con el nombre actual se conoce desde 1902, y ha tenido diversas variaciones melódicas por la inclusión de instrumentos de viento, etc. Es una de las instituciones culturales más importantes de Santiago de Cuba.

En la obra, Mafifa es una mujer valiente y retadora, convertida en espíritu que no se “resigna a abandonar la carne”.

Está muerta, y es ese repaso de su vida, los conflictos de género y sexo; ese trance de dolor y éxtasis hacia el “mundo de la verdad” —perspectiva desde la cual está concebida la puesta, y la enriquece muchísimo— lo que va mostrándonos magistralmente la Patterson.

Hay una dialéctica de razonamiento en Repique…, a partir del discurso que constantemente hace asociaciones a la vida desde la muerte, la cual aún no es asumida o ella desconoce, hasta el final de la pieza, que alcanza un alto lirismo.

Aparecen también dos planos diferentes: los vivos y los muertos, y ambos convergen en la música. Tal como se palpa en los soliloquios que establece el personaje con los músicos, los cuales no pueden verla.

Emergen del argumento, escrito con la colaboración dramatúrgica de Marcial Lorenzo Escudero, los imaginarios que conforman la cultura sincrética y las costumbres del pueblo santiaguero, vistas a través de la rutina de este personaje; el cual, a su vez, va construyendo una historia de marginación de la mujer negra desde la misma marginalidad. El primer elemento identitario que salta de golpe es la Conga de Los Hoyos, referente constante durante toda la obra; incluso, hay descripciones incorporadas al conflicto que ilustran la significación de ese hecho cultural:

“Porque la conga es la libertad, que pa’ eso la inventaron los esclavos y hoy día hasta los blancos arrollan en ella. (Pausa. Reflexiona. Sonriendo.) Es como la libertad… por eso es tan bonita (…) Na’ má’ hay que ver que la gente se vuelve loca si la siente sonar. (Pausa.) El que está en la cocina baja el caldero, ¡y a arrollar, pa’ luego es tarde!… Y el paralítico suelta la muleta ¡y a gozar! Como en esa canción de Matamoros: suelta la muleta y el bastón… (Pausa. Reflexionando y sonriendo.) Yo tengo un sueño que se repite desde que estoy en esto. (Repite.) Es un sueño que empieza bonito y acaba triste… Yo sueño que estoy en el cielo (Coro: La luz, la luz, radia la luz, hermano mío.) mirando para abajo, viendo cuando Los Hoyos sube San Antonio después del desfile, cuando va pa’l encuentro… Todo se ve clarito: los pendones; las lentejuelas que adornan las capas; los guardias, molestos porque no pueden estar en la gozadera como todo el mundo y andan de un lado para otro vigilando el ambiente, que pa’ eso les pagan; un turista que apellunca a una muchacha pero no puede seguirle el paso y pone cara de no entender (…), aunque sigue ahí pegado… arrastrando los pies y haciendo lo que puede; Chan que pita y los músicos paran… a coger un diez y seguir pa’lante que la cosa no se acaba hasta por la mañana… Yo misma me veo sonando el hierro con tremendo carácter. ¡Sudando como el demonio! ¡Tragando aguardiente para que el brazo no se enfríe ni el alma se caiga! (Sonríe. Aspira el espacio muy concentrada.) Y siento el tufo de la conga… de caballo y de tren… de alcohol y cebolla… de colonia de altar y azúcar prieta…” (2)

Una ceremonia fúnebre abre y cierra la obra. La entrada de los músicos de la comparsa de Los Hoyos —Diosnelvis Ortiz, Leandro Portuondo, Yoilan Palacios, Jorge Patterson y Daniel Salazar— que, en señal de respeto, prenden las velas que bordean el escenario. No hay escenografía, solo el telón negro de fondo y una luz cenital apuntando a la protagonista.

Es muy certera la utilización de la música en vivo, por la reafirmación melódica a los diálogos; especialmente los coros, el protagonismo musical de la campana y la relación que tiene con Mafifa, y ese sabor de los instrumentos percutores, que solo es posible disfrutar in situ.

En el centro, reina Mafifa y la iluminación acentúa el dramatismo de sus gestos y el vestido rojo subido, símbolo de la vida por la cual lucha a toda costa. Con una lengua lúdica y terrible rememora sus momentos más felices y los más tristes. El personaje le lanza varios retos a Fátima Patterson, mujer negra y madura; pero ella sale triunfal: se desplaza por el escenario con gracia, tanto en la ejecución de una rumba, al escenificar la realización de las labores domésticas o el acto sexual; canta, y se desdobla en dos personajes al mismo tiempo. Su proyección escénica es muy completa: dueña y señora de cada parte de su cuerpo y del escenario, Fátima los aprovecha al máximo en cada gesto o intención de la cadena de acciones.

Pililí, personaje de cara pálida cual difunto, interpretado por Mateo Pasos, casi imperceptible, aguarda tras los músicos, esperando el momento para realizar la encomienda divina. Pililí fue un músico emblemático de ese colectivo. Su entrada a proscenio, a través de toques secos en la tambora, marca el punto de giro de la obra: Gladys Linares entra en combate con Ikú —la muerte—, su realidad.

La música sube la tensión, el paño blanco como recurso metafórico para representar la pureza de los muertos acompaña a Mafifa desde el comienzo; pero ahora, además, es el camino por el que transita, el cordón hacia ese “mundo de la verdad”. Conversan, se reconocen, Mafifa hace catarsis. Tiemblan los cueros, la conga sale a arrollar, Pililí y Mafifa bailan juntos, se van juntos. Se incorpora al mundo espiritual de la Conga de Los Hoyos:
Mafifa. ¡Entonces vamos al repique, Pilili! ¡Que se abran todos los caminos y que corra el aguardiente, Pilili! ¡Que el carnaval invada el reino de los muertos y de los vivos! ¡Que nunca se detenga!(3).

Una fuerte carga dramática se desborda en la caracterización de este personaje que Fátima Patterson lleva a la escena, para convertirla, por su representación toda, en un nuevo mito del teatro popular en Cuba.

NOTAS:

1. Persona que ejecuta el instrumento de la campana.

2. Fragmento del texto original de la obra.

3. Ibidem 2.

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