Actualizado el 8 de julio de 2011

Final (y reinicio) de partida para un festival de teatro

Completo Camagüey

Por: . 6|9|2010

Huevos, texto ganador de Ulises Rodríguez FeblesTras cuatro años de silencio (aunque su ciclo natural es bienal), Camagüey volvió a ser la sede del teatro nacional en el Festival de esa manifestación que a fines de mayo e inicios de junio, desbordó de propuestas escénicas las salas y varios espacios abiertos en la ciudad de los tinajones.

Bien se sabe que el ambiente de confrontación y comparación que propician encuentros de este tipo es saludable para todos: espectadores, teatristas, críticos y expertos en las diversas categorías que hacen las partes de ese todo maravilloso que es el teatro. Ver, digamos, lo que se hace en provincias, las evoluciones (o retrocesos) de artistas y colectivos, lo que se nos escapó en la capital o lo que, en un nuevo contexto, arroja nuevas posibilidades (relecturas, aportes…), es un privilegio que el Festival de Camagüey posibilita.

Ante la imposibilidad de abarcarlo todo, voy a detenerme en algunas de las puestas por alguna razón más inquietantes, con las que me topé en el más reciente festival camagüeyano, más allá incluso de los premios.

PARA LOS MÁS CHICOS (Y LOS QUE VAN DEJANDO DE SERLO)

Sería bueno desde ya dejar constancia de la buena salud que en términos generales goza el teatro para niños, o para adolescentes y jóvenes, particularmente cuando coexisten, digamos, el retablo tradicional (tipo Los Cuenteros, de provincia La Habana) con la interacción de actores y muñecos; algo que, dicho sea de paso, si bien gana fuerza y recurrencia, debe ser un hecho creativo so pena de caer en híbridos donde se resienta el espectáculo y la labor de unos y otros.

En tal sentido, los mencionados artistas habaneros (con su laureado Arroz con maíz, de Jesús del Castillo para puesta de Félix Dardo) exhiben un verdadero show de cubanía y gracejo, donde el concepto coreográfico y las legendarias manipulaciones de títeres merecen todo tipo de elogios, aunque deben cuidar el exceso de canciones que resienten la dramaturgia, y sobre todo, las superfluas alusiones a aspectos de la realidad nacional, buscando a todo tren una comunicación que de cualquier modo logran.

La estética del payaso ilustra, en el caso del tunero Ernesto Parra (Teatro Tuyo) y de Sir Clown (Camagüey), cómo un mismo motivo (el tren y su paso o su espera) puede generar resultados bien diversos; el primero con un sencillo pero excelentemente hilvanado relato (La estación) en un trabajo del propio autor y director que hereda lo mejor de Charlot, Monsieur Hulot y Mr. Bean en cuanto a técnicas que mixturan admirablemente la mímica, la onomatopeya o la interacción con el público, contra un trayecto plagado de reiteraciones y lastrado por la arritmia y ausencia casi absoluta de gracia (Ambulantes).

Pese a operar con elementos atractivos para los más pequeños, Guiñol de Santiago de Cuba tampoco logró extraer de Miau Miau lo esperado: torpezas en los movimientos y en la concepción general del espectáculo fueron los principales obstáculos.

Otra vez la cucarachita (Teatro de Títeres Parabajitos, Sancti Spíritus) vuelve al mítico cuento en un dúo que acaso debiera escamotear un poco los muñecos, y trabajar un poco más la dramaturgia, pero que resulta notable sobre todo en cuanto a su buceo y recreación de fuentes trovadorescas, en especial las de esa tan rica cuna de donde proceden sus cantantes y actores, de suficientes cualidades en esos menesteres.

La justipreciada Federico de noche, del célebre Teatro de las Estaciones (Matanzas) permite una vez más que su líder, Rubén Darío Salazar entable un diálogo no sólo con espectadores a los que va en principio dirigido, sino con otros de las más diversas edades (como todo buen teatro “infantil”, en definitiva ) y con un huésped más difícil aún: la poesía, esa que salta del texto escrito por Norge Espinosa, amparado por el dios tutelar que le inspira (García Lorca, cuya niñez da médula a la obra) a una puesta que privilegia , realiza y concreta sus claves y motivos.

Y hablando de edades, para adolescentes y jóvenes estuvo concebido Un mar para Tatillo (Mailkel Chávez con puesta de Ariel Bouza, Pálpito, Ciudad de la Habana), una “caja sorpresa” que, lamentablemente, deviene de Pandora: bienes y males se expanden en el escenario sin que al final se resuelvan eficazmente: entre los primeros, el cálido mensaje, algunas actuaciones (Yudith Martín, por ejemplo), ciertos efectos; los segundos, lamentablemente de mayor peso, radican en un eclecticismo narrativo, dramático y de diseño que colisiona internamente y dan al traste con las aludidas virtudes.

Sus colegas de Teatro del Viento (de la ciudad sede) se enfrentan en Mala cosecha, escrita y dirigida por Freddy Núñez Estenoz, a un motivo eterno —la familia, sus contradicciones, pugnas intergeneracionales, culturales, etc—mediante un texto pretendidamente poético, mas plagado de lugares comunes que tampoco mejoran con una puesta a la que hay que agradecer, no obstante, algunos aciertos de diseño, vestuario y desempeños histriónicos (Ana Rodberz)

ABSURDOS, (RE)LECTURAS, TEXTURAS, CLASICOS Y COETÁNEOS…

Osvaldo Doimeadiós en Josefina la viajera, de teatro El PúblicoEl teatro del absurdo se impuso en eso que llamamos (a falta de mejor terminología) “teatro para adultos”.

La gran triunfadora del evento (Final de partida, Argos Teatro) parte justamente de un texto de Samuel Beckett, donde amo y criado juegan por ¿última? vez rodeados del ocaso y los estertores finales de la Naturaleza. Carlos Celdrán, director del colectivo y responsable de la puesta, arma un espacio minimalista donde la expresividad de los contados objetos diseña una atmósfera desolada que va muy acorde con las claves de la letra; hablando de ella, los diálogos aparentemente insustanciales de los personajes, encierran, expresan, intercambian códigos donde las relaciones de poder(es), la culpa y el perdón, la erosión y la muerte (tanto insinuada como literal) van adueñándose del escenario en un crescendo cómplice.

Pancho García y Waldo Franco bordan con sus silencios y arengas sendos desempeños magistrales, donde el matiz, la contención y la gradación reinan; no quedan detrás sus colegas Verónica Díaz y José Luis Hidalgo: otra (monstruosa) cara de la alienación y el deterioro que aquellos, literalmente, representan.

Otra ganadora, La primera vez (Teatro de la Luna), lleva a escena la escritura no menos absurda de Michael Walczac, en la que una pareja realiza todo un performance en torno a un romance que se insinúa y no cuaja, (re)comienza y aparente finalizar , da vueltas en falso (o en verdadero) y a su modo discursa excepcionalmente en torno a la incomunicación, el vacío existencial y los siempre laberínticos pasadizos eróticos.

Tanto, que ni aún la mano firme del director Raúl Martín puede evitar que esa serpiente se muerda la cola y llegue a fatigar el deliberado circunloquio; a pesar de lo cual, la esmerada escenografía, la música (que aprovecha para homenajear cálidamente a Blanca Rosa Gil) y las actuaciones, principalmente la laureada Yordanka Ariosa, dan en el clavo.

No ocurre lo mimo con la polémica Lección de anatomía del doctor Tulp, del local Teatro del Espacio Interior, puesta y regencia de Mario Junkera. Pese a inescamoteables méritos de diseño, iluminación y atmósfera, más varios desempeños encomiables, el excesiva e innecesariamente largo texto se resiente por dos causas fundamentales: la obviedad en las simetrías expresivas (que da al traste con la eficacia tropológica) y la acumulación hiperbólica de motivos que convierten en redundante y asfixiante el trayecto, donde a propósito, el desenlace peca de ingenuo o de forzado.

Exactamente lo contrario afecta al título presentado por Estro de Montecallado (La Habana) El Quijote no existe , en el que los eficaces procedimientos intertextuales con los que actualiza y contextualiza el sempiterno andar del Caballero y su fiel escudero, no encuentran una puesta correspondientemente dinámica, por lo cual la letra se estanca y empantana irremediablemente.

Para seguir con los clásicos, Medea de Barro, del avileño D´Morón Teatro, resultó a todas luces una original re-codificación del famoso mito griego (esta vez desde la concepción de Eurípides) trasladado al teatro callejero, el empaque de estatuas bañadas por el material emblemático y los infaltables zancos que han conferido buena parte del sello autoral a esa compañía. Mas, amén de varios gazapos históricos, de una concepción y proyección monocorde la música y una dilatada, didactista e innecesaria introducción, se echa de menos un tratamiento dramatúrgico más fluido en el avance (elefantuno) del sujet.

El Festival propició además la oportunidad de conocer y confrontar textos de jóvenes dramaturgos. Uno de ellos, Ignacio y María (Nara Mansur), confirmó el vuelo poético de la autora, quien no puede negar su filiación principalmente lírica, al punto de no desarrollar suficientemente las claves teatrales que dieran una estructura realmente dialógica a sus desencuentros de pareja; para rematar, la traslación escénica a cargo de Teatro D´Dos (Ciudad de la Habana) no ayudó en lo mínimo a la representación.

Del laureado dramaturgo matancero Ulises Rodríguez Febles es Huevos , en torno a los tristemente célebres sucesos del Mariel; con eficaz empleo del montaje paralelo, un diseño de personajes que privilegia las curvas entonacionales y psicológicas y un lenguaje que siempre mantiene a raya lo emotivo eludiendo desbordes y subrayados, el autor nos sensibiliza de principio a fin con su escritura, pese a que la lectura de Mefisto Teatro bajo la dirección de Tony Díaz tampoco acertó en la diana escénicamente.

Ante todo, la concepción musical del espectáculo empobrece el discurso rector: las canciones, generalmente, más que comentar redundan en lo que ya diálogos y monólogos han dicho, por demás mucho mejor; por otra parte, si el director ha descollado en anteriores puestas por una labor de vestuario que enriquece los supraenunciados dramáticos, esta vez ocurre todo lo contrario debido a lo semánticamente oscuro, indefinido de la propuesta. Luego, las funciones camagüeyanas sufrieron más de un desaguisado de sonido y de actuaciones, ya de por sí desiguales.

EL PÚBLICO

Teatro de la Luna premiado por La primera vezSería bueno consignar como un indudable logro del Festival de teatro de Camaguey la participación entusiasta, sistemática e incondicional del más amplio y diverso público: Y no sólo a las funciones, sino a todo tipo de actividades, a algunas de las cuales nos referiremos después, pero claro, sobre todo a aquellas. Incluso, dolía de veras ver cómo más de una vez muchos “teatrófilos” quedaban fuera , ante la pequeñez de las salas o la cantidad de credenciales que, por estar sus portadores trabajando en el evento, debían acudir privilegiadamente a las mismas; es algo que sin dudas debe reconsiderarse para próximas ediciones (aumentar el número de las funciones o procurar espacios mayores).

Bien pensado, la directiva del evento debiera valorar el establecimiento de un premio otorgado por el respetable, lo cual puede realizarse sin demasiada complicación, mediante un sistema de boletas como hace el colega cinematográfico. En tal sentido, nadie este año le hubiera arrebatado el máximo lauro a Teatro El Público, por Las amargas lágrimas de Petra von Kant sobre el original de Rainer Werner Fassbinder y con dirección de Carlos Díaz, el cual arrancó largas y encendidas ovaciones a los espectadores que colmaron el Teatro Principal.

Siempre aclaro que en esto de los trasvases para nada me interesan los tradicionales conceptos de “fidelidad”, “lealtad”, etc, con que suelen juzgarse las adaptaciones; al contrario, estoy más por el diálogo con la fuente, y si el alejamiento e incluso la franca contradicción con el autor implica una obra rica y motivadora per se, pues mucho mejor.

Sin embargo, con toda honestidad no me convence esta vez la aprehensión que del referente realizan Norge Espinosa y el propio Díaz. Difícilmente pueda creerse que el drama que transcurre ante nuestros ojos ocurre entre dos mujeres, pues nada tiene que ver con una relación auténticamente lésbica; al margen de ello, el desarrollo de los personajes principales no resulta suficiente, antes bien apresurado, un tanto brusco (digamos, la ruptura entre la protagonista y Karin).

Por otra parte, si bien me encanta y sintonizo casi siempre con la poética del autor en lo relacionado con los frecuentes cambios e inversiones de géneros y roles, concretamente aquí considero que no le va al relato, a la esencia de los personajes, lo cual enrola incluso los criterios de actuación, por muy virtuosas y encomiables que sean estas (Fernando Hechavarría ante todo, Lester Martínez, Ysmercy Salomón, Yanier Palmero…).
Las representaciones camagüeyanas tampoco sacaron el partido esperado del espacio, y para colmo lo coronaron con la gigantografía que (si fuera del escenario funciona a la perfección en sus funciones paratextuales) allí actuó más bien como un peso muerto, distanciador.

En el caso de Josefina la viajera el asunto es al revés: pese a la gracia escritural y el siempre aplaudible ingenio de Abilio Estévez como autor, hay que confesar que es esta la menos sobresaliente de su galería femenina, aún con sus momentos brillantes, que los tiene y no pocos; pero el texto en sí mismo es difícil de soportar en sus casi dos horas.

Es entonces que entra a jugar su rol, a favor, la sapiencia escénica de Carlos Díaz adornando y apoyando la letra con elementos complementarios, auténticos catalizadores de la acción dramática, sobre todo teniendo en cuenta que esta prácticamente no existe en el texto de Estévez. Y sobre todo, por supuesto, la interpretación de Osvaldo Doimeadiós, de habitual matizada, magistral en sus cambios de tonos, deslizándose por los registros y los sentidos como un equilibrista por la cuerda floja, lo cual nos lleva incluso a perdonarle el exceso de “morcillas” con que “obsequió” en Camaguey al agradecido público.

FUERA DE CONCURSO

Waldo Franco y Pancho Gracía en el Gran premio del Jurado,  Final de Partida, de Argos TeatroY hablando de felices recepciones, ninguna de las obras invitadas causó tanto revuelo y cálida acogida como Y sin embargo se mueve , de la capitalina La Colmenita.

La adaptación de una pieza escrita por el ruso Alexander Jmélik en torno a la necesidad de los sueños y la utopía, la imaginación y el mito, se contextualiza admirablemente por Carlos Alberto Cremata y su entusiasta trouppe, auxiliados por la cancionística de Silvio Rodríguez, por donde justamente hay que comenzar a rastrear los méritos de esta labor: el encauzamiento dramático de esas hermosas piezas (algunas poco conocidas) en función del relato, la ejecución e interpretación por los propios integrantes de la compañía y su colocación oportuna y funcional, es responsable de buena parte del éxito de la puesta, donde sin embargo debe cuidarse sobre todo el trabajo interpretativo.

Si bien hay desempeños encomiables (paradójicamente de los más pequeños) también se aprecian desajustes y desniveles que afectan un tanto este decisivo escaño, a pesar de lo cual se trata de un hermoso y conseguido canto a la fe y la imaginación, en momentos donde tales virtudes se necesitan y echan tanto de menos.

FUERA DE ESCENA

Como todo festival que se respete, el de Camaguey fue pródigo en una serie de actividades colaterales que complementaron el “plato fuerte”.

Exposiciones como Los´60, en torno al diseño escénico en esa decisiva década del siglo pasado; o la dedicada al cincuentenario del teatro Laboratorio y Los 12 que en esa misma década guiara Vicente Revueltas, dentro de lo cual se insertó la conferencia Jerzy Grotowski entre nosotros (Premio Centro Cultural Criterios) a cargo de Esther Suárez; la exhibición de significativos materiales audiovisuales relacionados con el teatro (digamos, la presentación por Desiderio Navarro de un filme inglés que muestra la versión de Acrópolis por el Laboratorio del genial teatrista polaco, así como la traducción de la exposición en torno a él); el homenaje al “Cheverestein” (el inolvidable actor René de la Cruz), el poner a disposición del público local y los invitados valiosas publicaciones de la casa editorial Tablas-Alarcos; o un evento teórico que permitió debatir y confrontar sobre acuciantes problemas de la actualidad escénica en la isla, fueron algunos de ellos.

EL TELÓN A MEDIAS…

Este reinicio del que muchos califican como el más importante evento de las tablas en Cuba fue, entonces, valioso y enriquecedor, a pesar de los pesares, de las manquedades y falencias de cualquier encuentro sobre todo en las condiciones difíciles que vivimos.

Como todo festival competitivo, los premios siempre dejan inconformidades y ronchas (sobre todo en algunos perdedores, quienes muchas veces, no admiten esa tan natural condición de cualquier competidor).

He integrado muchos y muy importantes jurados en el patio y fuera de este, y puedo afirmar algo: el que este año decidió los premios del Camaguey 2010 estuvo ajeno a campañas y sentimientos personales de sus integrantes; fue limpio y objetivo.

Y aunque sea un soberano lugar común, de veras que lo importante no son los premios. Quien gana siempre es la escena cubana, los propios teatristas y ese espectador agradecido que no quiere baje el telón de modo definitivo, sino que lo desea tan solo a medias, de modo que en apenas 24 meses esté levantándose de nuevo, para llevarle un poco más de Cuba y del mundo, de la vida y de sí mismo, desde la escena.

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