Actualizado el 8 de julio de 2011

Carlos Acosta:

El mulato de oro

Por: . 14|1|2011

“Mi todo: mi casa, mi familia, mis amigos. No puedo vivir sin esta preciosa isla y su gente”, afirma el primer bailarín Carlos Acosta cada vez que alguien necesita escuchar la significación que tiene Cuba para él. Y lo demuestra en cuanto le aparece una oportunidad, de la genial y mejor manera que puede hacerlo: bailando para los suyos, evidenciando su danza suprema. Entonces, este joven de treinta y siete años solicitado con insistencia por las compañías encumbradas del mundo, organiza con cuidado su agenda para actuar ante su pueblo que, no puede ser de otro modo, lo adora.

Solo que este 2010 conseguirá que lejos de la capital, donde recientemente arrancó ovaciones por su magistral interpretación de Two durante la clausura del XXII Festival Internacional de Ballet de La Habana, muchos otros lo recuerden por siempre cuando ofrezca, por vez primera, cuatro funciones únicas en provincias como Santiago de Cuba, Camagüey, Cienfuegos y Pinar del Río, junto a la también primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba, Viengsay Valdés; y Laura Ríos, de Danza Contemporánea de Cuba.

Algunos todavía tendrán que esperar un poco para ver cómo Carlos hace suyas afamadas coreografías como Le Bourgeous, End of times o Suite of dances, mas les quedará el consuelo de que tuvieron la oportunidad de descubrirlo en otra faceta: la de actor, al convertirse en el partner cinematográfico de la bella y popular Natalie Portman en New York, I love you, película que por estos días también se exhibe en algunas salas del país.

“En el año 2007 —cuenta Carlos de su encuentro con la actriz estadounidense—, regresaba a Londres cuando Natalie me llamó por el celular para decirme que tenía un proyecto y que había escrito una historia pensando en mí. Conversamos, me explicó la trama y discutimos algunas posibles fechas para el rodaje. Luego ella viajó a Inglaterra. New York, I love you está integrada por cortometrajes que dirigieron varios cineastas. Yo soy el protagonista de uno de ellos, en el cual solo hay veinte segundos de danza; el resto es actuación.

“Yo interpreto a un bailarín que se ha quedado a cargo de su hija, tras el fracaso de su matrimonio. Su esposa, cansada de estar con un hombre que apenas consigue trabajar, decide abandonarlo por un banquero. Ese fue mi debut como actor. Debo decir que estaba muy nervioso, era mi primera experiencia de este tipo, pero la Portman siempre confió en mí, a pesar de que los productores le recomendaban que seleccionara a un actor profesional, mas Natalie no quiso cambiar de idea; sabía que yo lo podía hacer, y al final lo consiguió”.

—Hablas de tu primera experiencia en el cine. ¿Es que ha habido otras?

—En el verano del pasado año vine a Cuba a rodar El día de las flores. De esta película me enteré cuando estaba intentando “levantar” la mía propia, inspirada en el libro que escribí, No way home, el cual es muy cinematográfico. La productora con la que estaba trabajando decidió que ese no era un buen guión para mí. Sin embargo, por otras razones, ella abandonó el proyecto y yo supe por un amigo que ya estaba el financiamiento completo para El día de las flores, la cual se empezaría a filmar durante el verano último.

“Como el director y los productores me tenían como su primera opción, lo pensé mejor y me dije: ¿por qué no? Esta es una experiencia que de cualquier manera me va a favorecer. Y quizá no aparezcan otras oportunidades. Vendrán otros Carlos Acosta más jóvenes, ‘bonitillos’…, y acepté.

El día de las flores es un largometraje donde asumo un protagónico bastante fuerte; soy el bueno de la película, un hombre íntegro, de esos que no se doblegan a pesar de las dificultades. Interpreto a una especie de guía turístico que, entre los grupos de extranjeros que atiende, le toca trabajar con unas escocesas que vienen a la Isla a regar en el Malecón las cenizas del padre, quien había vivido en Cuba durante los primeros años de la Revolución. Es como una road movie al estilo de Guantanamera. Porque las hijas de este señor deciden realizar un viaje por toda Cuba. Mi conflicto se desata a partir de la relación con una de ellas, una muchacha realmente insoportable”.

—¿Disfrutaste verte nuevamente en el plató?

—Quedé encantado con todo el proceso de filmación. Fue duro, porque durante un buen tiempo rodamos intensamente, casi todos los días hasta las cinco de la mañana. Recuerdo una escena muy extenuante en que salía corriendo, y un taxi que conducía Luis Alberto García me daba un trastazo. Pero la repetimos mil veces: corre, corre, corre… y ¡corten! ¡Volvemos a repetir! Y… corre, corre, corre… ¡ñooooooo! Cinco de la mañana en San Antonio de los Baños, en un parque, rodeado de mosquitos que me sacaban el alma. Un suplicio (sonríe).

“Pero vale la pena, porque uno aprende; adquieres conocimientos que nunca están de más. Máxime cuando el ballet clásico, sobre todo, es una carrera muy corta, por lo cual uno debe empezar a explorar. De hecho, hace un buen tiempo que lo hago, porque soy un artista muy inquieto, me gusta crecer, aprender… Y esta película es parte de ese proceso de aprendizaje.

“No sé si escucharlos (sonríe), pero al menos los productores y los directores me dicen que el cine se me da bien, que tengo en él una segunda carrera, porque doy bien los personajes, entiendo, me dejo dirigir… Bueno, uno nunca sabe qué te deparará la vida”.

—Hace un momento hablabas de tu libro. ¿Cómo lograste escribir un texto que se convirtió casi en un best seller, si has confesado que empezaste a leer a los veinticinco años?

—El libro empezó a salir solo. Acababa de llegar al Royal Ballet, en 1998, y estaba muy deprimido. Así fue como me acerqué a los libros. Me leí El profeta de Khalil Gibrán, El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, y otros más. Mis amigos del ámbito de la literatura compartieron sus libros conmigo, y de esa manera fue despertando una sensibilidad que siempre tuve y que no se había mostrado antes completamente, porque no se puede olvidar que fui muy mal estudiante.

“Algo yo sabía: mi vida podía ser un libro, y comencé a anotar ideas en un papel. Cuando tuve dos o tres y algunos pasajes, se lo mostré a un amigo escritor que andaba de visita por Londres, con el propósito de que me ayudara. Pero me desalentó diciendo que quién había visto un bailarín escritor. Que cómo yo le iba a pedir a él que bailara El lago de los cisnes

“Lo miré y le dije: Ahora sí voy a escribir el libro. Le di la espalda y me fui… Bueno, creo que a él no le han publicado en Londres y el mío es casi un best seller. Claro, me tomó diez años, pero ha sido editado en Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, en varios países… Solo no ha sido publicado en español, como lo escribí, pero ya llegará”.
En honor a la verdad, con la historia de su vida se podría escribir, como mínimo, un exitoso culebrón. El guionista no tendría que ser necesariamente de puntería, porque su existencia supera lo inimaginable. Quizás sus seguidores cuando lo ven danzar, dueño absoluto de la escena, rey de los giros y los saltos, carismático, histriónico, atlético, lleno de energía y temperamento, no intuyen que Carlos Acosta Quesada pudo haber estado en prisión. Lo cierto es que desde hace mucho tiempo la prensa especializada de Estados Unidos lo declaró como el puente que llena el vacío entre Nureyev y Baryshnikov. Sus dotes artísticas y técnicas le han permitido imponerse en el English National Ballet o el Royal Ballet de Londres; en el American Ballet Theater o el Houston Ballet, por solo mencionar algunas compañías de renombre. Sin embargo, este joven, seleccionado como el mejor bailarín de Inglaterra en el 2003, sigue siendo un cubano de pura cepa. El mismo que un día nació en el barrio de Los Pinos, en Arroyo Naranjo.

“Desde pequeño andaba en pandillas callejeras, no soportaba la escuela y mis pasos se encaminaban, sin ninguna dificultad, hacia la delincuencia. Mi padre, atormentado, acudió a una vecina, quien le propuso que me llevara a la Escuela de Ballet de L y 19. De ese modo aseguraba tenerme controlado. Mi papá no lo pensó dos veces…

“Llegué a L y 19 en contra de mi voluntad, porque quería ser futbolista. Al inicio vivía lleno de arañazos y de moretones, pues mis compañeros de andanzas me gritaban mariquita y tenía que defender mi honor. Las cosas empeoraron cuando mi mamá sufrió un derrame cerebral y mi padre entró dos años en prisión, por un accidente. Les correspondió a mis dos hermanas encargarse de mí. Entonces, como casi aborrecía el ballet, comencé a faltar a la escuela, dejaba colgados los espectáculos… Al parecer era insoportable porque decidieron trasladarme a Villa Clara, lo cual, en el fondo, era una expulsión. En fin, me quedé en la calle y sin poder regresar a L y 19.

“Después mi padre fue a Pinar del Río, y probó en la Escuela de Arte de allí, donde no querían habaneros, pues tenían fama de ser desastrosos. Tras largas conversaciones, me pusieron un mes a prueba; luego me aceptaron y pude terminar el nivel elemental. Allí empecé a amar el ballet. Mis profesores eran increíbles. Sobre todo, Juan Carlos González, quien despertó en mí esas ganas de superarme, de ser mejor.

“Cuando regresé a La Habana, a L y 19, para hacer mi examen de pase de nivel, ya era otro. Había entrado en juicio. Estaba grande. Se me había estirado el cuello, tenía un afro así (y dibuja con sus manos algo similar a la copa de un árbol). Bueno, para no cansarte, cogí cien puntos, evaluación que muy pocas veces se ha otorgado.

“Pienso que a veces nos vamos por la vía más fácil, y decimos: no sirve, vamos a botarlo, pero no nos preguntamos por qué es así. De todos modos, creo que a la larga me hizo bien. Soy de los que se imponen, de los que perseveran”.

—A los dieciséis años viajas a Italia. ¿Cómo te llegó esa oportunidad?

—En el examen Ramona de Sáa me vio. Por aquel entonces existía un intercambio cultural entre la Escuela Nacional de Ballet (ENB) y el Ballet del Teatro Nuevo de Turín, Italia. Se decidió probar con dos alumnos que se integrarían al trabajo de esa compañía. Me escogieron a mí y a otro muchacho llamado Ariel Serrano. En ese período estábamos haciendo Carmen. No se me olvidará nunca, porque su coreógrafo, fallecido ya, le dijo a Ramona que yo tenía algo especial y le sugirió que me preparara para el Grand Prix de Lausanne, Suiza. La profesora estuvo de acuerdo e inició el entrenamiento. La asistencia al certamen fue una odisea. Fui el último en inscribirme, sin embargo, gané el tan codiciado galardón. A partir de ese momento, mi suerte comenzó a cambiar. Ya no era del cuerpo de baile, sino que hacía papeles de solista.

“De vuelta a Cuba me adiestraron para la Bienal de Danza de París, donde también obtuve el Grand Prix y la Medalla Chopin, de la Corporación Artística de Polonia. A estos le siguieron otros como el Premio al Mérito, en el Concurso para Jóvenes Talentos de Positano, Italia; y el de Vignale Danza. En 1995 alcancé el Premio a los Jóvenes Artistas Fundación Princesa Grace, en Estados Unidos. Imagínate tú, ya eran tantos que me llamaban el ‘Mulato de Oro’.

—No obstante, no todo ha sido felicidad. Por ejemplo, en el Royal Ballet, de Londres, estuviste en el banco.

—No fue exactamente así. Más bien no se me explotaba de la manera que yo quería. Es muy fácil encasillarte: tú eres el bufón o haces guaguancó, pero no serás el príncipe. Y yo consideraba que no estaba allí para dar brincos nada más. Yo soy un artista. Por tanto, tuve que situar las cosas en su lugar. Cuando se bailaba Romeo y Julieta, me llamaban para Mercucio. No se trataba de que tuviera algo en contra de ese rol, pero me molestaba que no se pensara en mí como Romeo. Tampoco me daban las noches de apertura. En cambio, las hacía un bailarín de menor categoría, y llegó el momento en que ya no pude aguantar. Lo expliqué, me dieron la oportunidad, y ahí mismo se fastidiaron.

—En el 2004 bailaste en el Ballet de la Ópera de París, convirtiéndote en el primer hombre cubano que lo lograba…

—En la Ópera de París no baila nadie. Ellos son autosuficientes. El noventa y nueve punto nueve por ciento de los bailarines provienen de su escuela. Fui el tercer cubano que lo logró, pues antes lo habían hecho Alicia Alonso y Josefina Méndez. Nunca pensé en esa posibilidad, porque era muy complicado. Como artista, me puedo morir tranquilo. Interpreté la versión de Nureyev de Don Quijote, la cual es dificilísima.

—Por fin lograste hacer Espartaco, el ballet que, decías, te faltaba para sentirte completo…

—Así es. Después de Espartaco ya no me queda nada. Yo nací para interpretar ese ballet; con él me sentí en mi medio. Por una parte, me daba la posibilidad de representar a un líder, a un mito, para lo cual tenía no pocos paradigmas: Maceo, Quintín Bandera, Flor Crombet…; y por la otra, al esclavo. Y nadie podía dar al esclavo mejor que yo. Vladimir Vasiliev encarnaba perfectamente el héroe, pero le resultaba más difícil el otro papel. Sin embargo, desde que yo salía al escenario evidenciaba el sufrimiento del pueblo encadenado… Aquel solo con las cadenas… Esa otra dimensión no estaba antes en ese ballet, obra insignia del Bolshoi.

“Estuve un mes estudiándolo meticulosamente, lo trabajé directamente con Mijaíl Lavrovsky, quien también lo protagonizó, al igual que Vasiliev. Yo entendí muy bien el personaje de principio a fin, y lo bailé con todo mi ser, le di técnica, explosividad, fuerza, presencia… Jamás olvidaré el silencio fantasmal cuando lo interpreté en el Bolshoi. ¿Espartaco? ¿Un negro? ¿En el Bolshoi? Cuando terminó el primer acto ya tenía al auditorio en mi bolsillo. Fue un triunfo para mí, pero también para la Escuela Cubana de Ballet. ¿Qué más se puede esperar de un ‘chamaco’ que nació en Los Pinos?”

—¿Qué te indujo a incursionar en la coreografía?

—Mi instinto. Sentía que debía contar una historia. Y surgió Tocororo, basada en mi vida. Quería crear un gran espectáculo. Que los cubanos lo gozaran. Por suerte, me salió bien. Gustó aquí, y en Londres rompió récord de ventas. Gracias a esta obra fui nominado al premio Lawrence Olivier, el equivalente al Oscar o al Tony, pero en Inglaterra.

—¿Hubieras sido diferente de permanecer en el Ballet Nacional de Cuba?

—No sabría decirte. Solo sé que esta es una carrera muy corta y que tuve la fortuna de tener estos contactos desde muy temprana edad, sin perder el vínculo con la Isla, lo cual para mí era muy importante. Por un lado me ayudó la confrontación con el exterior; esta experiencia me ha posibilitado crecer, nutrirme de diferentes vertientes. Al mismo tiempo, soy resultado innegable de la Escuela Cubana de Ballet.

—¿Qué te gusta bailar cuando actúas en la Isla?

—Prefiero bailar las creaciones que muestran las tendencias coreográficas más actuales en el mundo, porque es importante que mi gente esté enterada de lo que está aconteciendo en este arte, que sepa apreciar las nuevas influencias y la interpretación, la historia, la dramaturgia. En ello está el futuro. El arte del ballet es mucho más que interpretar los clásicos.

—Eres Doctor Honoris Causa de la Universidad Metropolitana de Londres. ¿Dónde está el techo de Carlos Acosta?

—No me he puesto ninguno. Sigo aprendiendo, sigo haciendo lo que me estimula. Me gustaría ayudar más a mi país y a quienes me necesitan en el mundo. Sé que me he ganado un prestigio que podría explotar en ese sentido. Ahora continúo enfrascado en mi carrera, pero en un futuro lo haré, sin dudas, porque mi historia inspira a la gente. Soy una persona aferrada a mis raíces, que reconoce la grandeza de nuestra nación, nuestra historia y nuestra cultura. Y el mundo necesita a personas que tengan credibilidad, que la gente pueda escuchar. Esa es un arma poderosa que si se utiliza en beneficio de los demás, sería maravillosa. La gente está sedienta de arte, necesita soñar, y uno puede ayudar a propiciar esos sueños; así que hay que seguir, sobre todo para alimentar la esperanza de los míos, que pese a las dificultades continúan ofreciéndote su amor, su solidaridad y su única tacita de café. Esa es mi Cuba y su gente, y por ellos tengo que seguir.

—¿Cuánto queda del muchacho de Los Pinos?

—Soy de los que me siento en una esquina con mis amigos y tomo ‘chispa de tren’. Pero ese muchacho no funciona en otras esferas. Tienes que saber entender que no debes dejar de superarte, porque si te abandonas eres ordinario. Y yo seré humilde, de Los Pinos, pero no ordinario. Aún continúo siendo el mismo, amigo de mis amigos y de la gente de buen corazón. Si algún día me ves que reniego de compartir con mi gente, hálame las orejas, porque ya no sería Carlos Acosta. Ya no sería un buen artista.

—¿Qué ambiciona Carlos Acosta?

—Que la gente disfrute de mi arte. Deseo que la persona que acuda al teatro para verme, olvide, por un momento, sus problemas cotidianos. Lograrlo, para mí, no tiene precio. En todo este tiempo me he preocupado por ser el mejor que yo pueda ser, por explotar al máximo mis condiciones. No me quita el sueño si estoy o no dentro del ranking mundial. Lo mío es que el público se conecte con lo que hago.

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