Actualizado el 11 de enero de 2012

Vuelve Baile sin máscaras

Por: . 31|12|2011

Durante el mes de noviembre de 2011 se repuso, a más de cinco años, en la sala Adolfo Llauradó de la calle Línea, la obra Baile sin máscaras del joven autor Yunior García Aguilera, bajo la dirección de Eduardo Eimil frente a su grupo teatral Aire Frío.

Baile sin máscaras es una obra que se conecta por el tratamiento de sus temáticas con una línea del teatro cubano conocida como teatro juvenil, que tuvo su auge a fines de los años 70 y principio de los 80. Títulos como Los novios, y Aquí en el barrio, dialogaban con la realidad de su época y con las problemáticas jóvenes.

Baile sin máscaras es una comedia dividida en dos actos que cuenta la historia de cuatro jóvenes. El lenguaje de Baile sin máscaras es contemporáneo y cercano al del público al que esta obra se destina.

Yilian y el Yoni acuden al apartamento de Yordanis y Yanelis, algo alejado del centro de la ciudad, para celebrar una fiesta donde habrán de deponer la falsa moral que rige la civilización contemporánea. Los mismos nombres de sus protagonistas, sitúan a la obra en contacto con una generación entre los 15 y los 30 años aproximadamente. Los declaradamente liberales y desinhibidos Yilian y Yoni seducen a sus amigos en un juego en que dejarán caer sus máscaras. La verdad se abrirá lugar paso a paso y todos mostrarán finalmente que guardan secretos jamás confesados. Cuando se han desprendido de cuanto creen que los encadena, los cuatro jóvenes se percatan de que su misma actitud “abierta” es una máscara más. Perciben que el mundo real del que intentan liberarse tiene cosas tan sagradas, aún para ellos, como son la familia y los hijos. Como en una típica comedia heredera del canon impuesto por los griegos, el sexo se plantea una constante en la obra, que no prescinde de la recreación de momentos orgiásticos.

Es esta una pieza que desde una sensibilidad libre de miradas acusadoras dialoga con la contemporaneidad, donde la diversión autoimpuesta por muchos se torna una máscara más a cargar. Los cuatro protagonistas pretenden deshacerse de los tabúes que la sociedad les impone pero su error consiste en que se colocan como sustituto el disfraz de seres liberales: “genuinos prototipos de nuestra era”, dejando de lado la sinceridad personal. Así esconden el vacío existencial en que se mueve toda una generación que oculta tras los placeres de los sentidos, los deseos reprimidos, las preferencias e insatisfacciones sexuales, la falta de amor e incluso la verdadera vocación. La pieza trata en definitiva de la honestidad que debe tener cada individuo consigo mismo. La verdadera libertad radica en la posibilidad que tiene cada cual de hacer lo que desee, eludiendo cualquier traba externa, o lo que es peor, impuesta desde adentro por los propios miedos o conceptos prefigurados de cómo debe ser el mundo.

Asistimos en la puesta en escena de Eduardo Eimil a la búsqueda de dialogo con la sensibilidad del público joven al que la propuesta pretende acercarse. Si bien la obra está concebida en tono de comedia con matices farsescos, la noción de género se modifica en la representación que se asume en tono de comedia musical. El musical se encuentra manipulado de forma especial pues las canciones no integran el devenir dramático sino que constituyen pausas, instantes, donde la acción se detiene, para comentarla musicalmente, enfatizando así los sucesos requeridos. Se concibe para el montaje una dramaturgia sonora muy diversa que va del reggaetón, a Rafaella Carrá, o Guns n’ Roses. Por momentos la presencia de ciertos temas pretende interactuar con una sensibilidad kitsch y remitir a la estética del videoclip.

El montaje introduce un juego dinámico entre la sala y la fila de butacas. La acción se detiene completamente para que Yilian y el Yoni, cual presentadores de un show de cabaret encuesten al público. Se ayudan de un “mentirólogo”, un cintillo plástico que a modo de detector de mentiras se coloca en la cabeza del interrogado, y si este no dice la verdad (supuestamente) recibe un corrientazo eléctrico. Interrogan a los espectadores acerca de sus relaciones con el tema de la infidelidad. Hay una ruptura de la cuarta pared, y de la ilusión, pues se exponen así las convenciones de la representación, los mecanismos escénicos en lugar de ocultarse se hacen visibles. La escena por tanto se re-teatraliza, al mostrarse como espacio para el desarrollo lúdico.

La acción dramática se desarrolla en un espacio único: La casa de Yanelis y Yordanis. En el plano de la escenografía se resuelve con pocos recursos materiales el mobiliario del apartamento. Esto se encuentra justificado a su vez por el discurso dramático, pues ambos jóvenes acaban de mudarse a esa nueva vivienda. Una cadeneta de papel colocada por los propios personajes brinda el ambiente festivo. Los distintos elementos son desplazados por el escenario de modo eficaz por los actores en respuesta a las necesidades de la escena. Así se evita la monotonía desde el plano de la visualidad.

La puesta en su reestreno cuenta con nuevos diseños de vestuario más a tono con el momento inmediato que se vive, el objetivo pareciera encaminarse hacia que los jóvenes que aprecien la propuesta se vean reflejados en ella. Los cuatro personajes han sido caracterizados claramente a través de su vestimenta. Yanelis es la joven más recatada que intenta parecer elegante. Yordanis va un tanto sobrio, serio…, pero con ciertos aires de modernidad. Yoni y Yilian son los jóvenes a la moda, genuinos prototipos de contemporaneidad. Todos quedarán en ropa interior cuando decidan ser libres y dejar de sufrir a causa de las reglas e inhibiciones.

La intensidad de las luces marca los distintos acontecimientos. Se producen fuertes cortes y contrastes para marcar la fuerza dramática de las diversas situaciones.

Todos los personajes esconden su verdad más íntima que sólo cuando el juego catártico está llegando a su fin, revelan. A nivel de la actuación tiene un valor muy marcado el gesto para subrayar los subtextos y las intenciones. Varios actores jóvenes integran el elenco y destacan por su desempeño Arianna Tejeda y Gleibis Conde en el rol de Yanelis, Yaité Ruiz, Arianna Delgado y Minerva Romero en el personaje de Yilian, Jorge E. Caballero y George Abreu asumen a Yoni, mientras que Alexander Díaz alterna con Carlos R. Sánchez en el papel de Yordanis.

Baile sin máscaras es un suceso digno en nuestra escena. Dirigida a los jóvenes la pieza educa, sí, pero recordando la función primordial del teatro que tan bien enunciara Brecht: Divertir. Atendamos al llamado de Teatro Aire Frío y acudamos todos a este Baile sin máscaras.

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