Actualizado el 13 de diciembre de 2012

Ibsen mira al mar

Por: . 10|12|2012

Teatro de La LunaEspacios Ibsen, reciente evento que organizaran el Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) y la Embajada de Noruega en Cuba, nos dio la oportunidad de asistir, junto a sesiones teóricas y exposiciones, a por lo menos, un par de espectáculos notables.

El primero, que abrió la jornada en cuanto a lo propiamente escénico, nos llegó mediante un grupo noruego que nos visitó para la ocasión: Ingun Bjomsgaard Prosjerk, y se titula El mar.

Desde la perspectiva de la danza-teatro, sus integrantes representan motivos que pueblan la obra del destacado dramaturgo, emblemático como se sabe de las tablas en ese país europeo, quien aportó a la Modernidad el llamado “drama realista”. Al abundar en sus piezas los elementos simbólicos —que después protagonizarían toda una línea en la dramaturgia del siglo XX—, los danzantes se las ingenian aquí para re-significar algunos de ellos, que pudieran incluso fungir como verdaderas claves de la poética ibseniana.

En ocasiones, incluso se distancian del baile y asumen una suerte de “lectura representada” que sugiere un libro en sus manos; en la puesta de El mar se apreció una imaginativa coreografía que, sin embargo, se reitera innecesariamente, insistiendo en pasos y gestos que no aportan nada nuevo a los mensajes y solo alargan el espectáculo, que se resiente ante ello. A pesar de lo cual, pudimos aplaudir la indudable clase de Ingun Bjomsgaard Prosjerk.

Por parte de los anfitriones, Teatro de La Luna montó La dama del mar, que diera a conocer el maestro por primera vez en Copenhague durante 1888, fecha a partir de la cual no han cesado los montajes hasta hoy en diversas partes del mundo, contando con algunas actuaciones ilustres (entre ellas las de Sarah Bernhardt, Vanessa Redgrave, Ángela Molina o Eleonora Duse).

Teatro de La LunaLa dama… propone, mediante el drama familiar que llena sus páginas, una apuesta por la libertad individual, esas opciones decisivas que cambian las existencias; pese a cierta enunciación más expositiva que reflexiva en el desenlace, la pieza detenta la profundidad sicológica de los personajes y las bien urdidas coordenadas argumentales que caracterizan la obra del eminente noruego.

En su personal lectura, Raúl Martín acentúa ciertos conflictos que en el drama original apenas se insinúan o aparecen un tanto velados (no olvidemos que, aun cuando Ibsen escandalizara con frecuencia a la sociedad de la época con sus frecuentes ataques a la hipocresía de la moral victoriana, se movió dentro de un siglo tan conservador y “estirado” como el XIX, por lo cual no siempre pudo llegar demasiado lejos), esencialmente, la casi explícita orientación sexual de la institutriz o la ambigüedad de género que muestra el marinero, quien, representado por una actriz, es lo mismo el hombre del original que una mujer.

También en ocasiones, el director de Teatro de La Luna contextualiza el relato ubicándolo “aquí y ahora”, con inconfundibles referencias a la realidad cubana contemporánea; ninguna de estas variantes al texto que escribiera Ibsen, finalizando el lejano 1800, afectan la buena salud de la puesta cubana.

Sin embargo, sí lo hace su excesiva duración, pudiendo haberse prescindido de ciertos episodios que poco aportan al conjunto; no hubiera estado demás, así mismo, suprimir esa aludida explicitación final donde se enuncia e incluso se enfatiza en el súper-objetivo de la obra: la legitimación de la posibilidad de elegir, la importancia de mantener la libertad individual.

Fiel a sus presupuestos dramáticos, Teatro de La Luna nos ofrece una sabia utilización del espacio escénico, una escenografía minimalista y multifuncional, presidida por un mural que impresiona favorablemente aun antes de que comience la representación, y la música, ejecutada en vivo, lo cual le confiere a la puesta un fehaciente realismo.

Interpretada esta última por Dania Suárez —una joven que exhibe atendible virtuosismo—, en la primera parte no obstante se sintió demasiado alta, obligando a los actores a elevar por tanto la voz, más allá de los requerimientos dramáticos; sin embargo, paulatinamente se fue matizando hasta convertirse en el justo correlato que este rubro debe significar; desde aires clásicos a elementos incluso cubanos, pasando por la canción final: “Meu caro amigo” , de los brasileños Chico Buarque y Francis Hime (excelentemente interpretada por dos de las actrices, a las que asesoró vocalmente la maestra María Eugenia Barrios), la música resultó uno de los indiscutibles méritos.

Teatro de La LunaRespecto al acápite interpretativo, resulta sin dudas, otro de los que debe aplaudirse en la puesta de La dama… ; aunque se aprecia un nivel general (valga resaltar los movimientos lúdicros que con frecuencia realizan los actores acentuando la perspectiva humorística que también exhibe la versión cubana, o la indefinición entre lo onírico y la vigilia que aparece en el original), merecen especial relieve algunos desempeños individuales, comenzando por el de Yordanka Ariosa desdoblada en dos personajes: una actriz con envidiable registro eufónico y no poca estatura gestual, a quien ya hemos admirado en otras obras del colectivo al cual pertenece.

Asimismo la suave ironía con que Laura de la Uz teje su sinuosa profesora, o la perenne lejanía de una Amarilys Núñez debatida en una encrucijada existencial. Yaité Ruiz posee también significativas condiciones histriónicas, pero solo debe (algo que es también responsabilidad de la dirección) atenuar un poco su fuerte potencia vocal para no desentonar con el resto del elenco.

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