Actualizado el 30 de mayo de 2014

Semen: dos sabores distintos

Por: . 30|5|2014

Semen, Premio Calendario 2013La obra Semen del dramaturgo Yunior García, con la que obtuvo el Premio Calendario en esa especialidad, fue presentada en Holguín en el marco de la VI Edición del Festival de Teatro Joven, a partir de las versiones realizadas por el propio Yunior desde el grupo Trébol Teatro; y la de Pedro Franco, desde El Portazo, de Matanzas.

El texto se arma a partir de un diálogo con la tradición y la historia de la estructura familiar, la cual en nuestros días ha sufrido cambios sustanciales a causa de la emigración de a las grandes ciudades. Sin embargo, la familia moderna ha variado con respecto a su forma más tradicional, en cuanto a funciones, composición, ciclo de vida y rol de los padres. Otras funciones que antes desempeñaban la familia, tales como el trabajo, la educación, la formación religiosa, las actividades de recreo y la socialización de los hijos, en la familia occidental moderna son realizadas, en gran parte, por instituciones especializadas. Las protagonistas, Jany y Olivia, representan a dos de estas adolescentes cuyos padres, Vilma y Mijaíl, han sustituido el sitio de la familia por el de sus respectivas ocupaciones y trabajos; dejando la educación de sus hijas al Estado, elemento que se refuerza en la puesta, pues Jany y Olivia tienen por único vestuario el de sus uniformes escolares.

Los seis personajes, cada uno de ellos perfectamente delineados, son los portavoces de esta puesta: Jany, que parece una niña aunque por su actitud no lo sea; su hermana Olivia, pensada para que nunca sonría; Mijaíl, el padre, un hombre que se replantea constantemente sus creencias; además de Vilma Paterson, la madre, que es solo una imagen dentro de un televisor; Cosme, un joven problemático e inocente; y Heiner, un alemán que no habla español y que sirve para desencadenar la acción.

El teatro cubano cuenta con un grupo de textos y acontecimientos memorables que han tomado al tema de la familia como centro; y Semen, a su manera, dialoga con ellas: Aire Frío de Virgilio Piñera, Casa Vieja de Abelardo Estorino o Contigo, Pan y Cebolla de Héctor Quintero, las que hacen que constantemente, y a lo largo de la historia de las generaciones, a la hora de hablar de la patria y de un sitio común que une a los seres humanos, se tome a la familia como referente del núcleo más cercano y pequeño que las mantiene vivas.

En el caso del montaje de Trébol, la escenografía se arma a través de un escenario con características móviles: la mesa que preside la casa familiar, la televisión donde Vilma aparece constantemente…En lugar de dotar de fluidez el cambio de un cuadro a otro, unidos a un diseño de luces que opta por el apagón para justificar la elipsis dramática, entorpecen hasta el punto de que estos recursos ofrezcan un nudo representativo, allí donde la obra reclamaba soltura.

El otro escollo de esta puesta radica en el poco convencimiento con que sus actores defienden un texto que poseía una fuerza dramática intrínseca, capaz de lanzar una alerta acerca de la función reproductiva. Para el autor, la familia en Occidente se ha debilitado conforme se fortalecen las instituciones especializadas en la educación de los más pequeños, entre otras cosas, por la necesidad de incorporación de ambos progenitores en el campo laboral, lo que lleva en algunas ocasiones a delegar esta función en espacios como las guarderías, el sistema de educación preescolar y, finalmente, en la escuela. Los personajes de Vilma y Mijaíl, encarnados por Yamilet Pérez Medina y Pedro Pablo Moreno, no lograron convencer cuando sus roles le pedían una altura que no necesitaba emular con los personajes de Jany y Olivia, precisamente los más perfilados, y a los que Eldis Gómez Hechavarría y Danay Cruz Estupiñán construyeron con perspicacia junto a la estructura profunda de la acción, tensadas entre las intenciones no reveladas de forma directa o en alusiones que hacen presuponer una mayor cantidad de contradicciones entre los personajes y sus circunstancias particulares.

En este aparte, Alejandro Álvarez como Cosme, supera las expectativas dejadas en un personaje que todo el tiempo necesitaba del resto de los protagonistas para justificar su existencia. Alejandro reconvierte a Cosme y lo hace necesario desde una identificación, que necesitaba Carlos Enrique Carret para su Heiner; particular personaje cuyos parlamentos son en completo alemán, incomprensibles para el espectador sin dominio de este, que hacen énfasis en la imagen turística de Cuba, desgraciadamente enfrentados por el actor desde el desconocimiento del alemán como idioma pluricéntrico, y que existen además varias pronunciaciones del original estándar, por lo que el carácter de Heiner, introductorio del comportamiento futuro de Jany y Olivia, queda en mero esbozo.

Aun así, Semen, como principal logro, cuenta con el introducir en el último teatro cubano el debate acerca de las diferencias en la familia cubana, que se hacen más visibles a partir de algunos cambios que están relacionados con la modificación actual del rol de la mujer dentro de esta. En la actualidad, la misma ya puede ingresar (o reingresar después de haber tenido hijos) en el mercado laboral en cualquier etapa de la vida familiar y enfrentarse a unas expectativas mayores de satisfacción personal respecto de hacerlo solo a través del matrimonio y de la familia. Este cambio está particularmente asociado a una mayor movilidad residencial y a una menor responsabilidad económica de los hijos para con los padres mayores, al irse consolidando los subsidios de trabajo y otros beneficios por parte del Estado que permiten mejorar el nivel de vida de los jubilados.

Semen pudo llamarse además la Sagrada Familia, por su énfasis en la unión natural de familiares como eslabón para defender la individualidad y el espacio común de la casa, la ciudad, la patria.

La obra se despide con un beso de Jany a Cosme, un beso largo, que parecería apasionado en otro contexto, pero que es en realidad un beso de despedida, pues Cosme agarra su mochila y se marcha. Jany desconecta el televisor donde aparecía la imagen eterna de su madre. Olivia y Mijaíl se sientan a la mesa juntos, a comer, como una verdadera familia.

Una (a)puesta que privilegia el trabajo de los actores a partir de las intervenciones de su director, mientras se perfila la historia, mientras se delinea los puntos móviles de cada uno de los personajes. Muy lograda la caracterización psicológica de los mismos, a partir de una línea o sentido coherente a lo largo de toda la obra.

Semen, Premio Calendario, 2013Por otro lado, es muy revelador que Franco revele las costuras de la puesta a partir de la propia participación de los utileros, promotores o productores en escena, algo que me parece muy consecuente con la propia visión de este director acerca del teatro: como hecho armado a raíz de la intervención directa o indirecta, incluso circunstancial de muchos; y ponerlos a moverse en el escenario, a iluminar un rostro, a sujetar un objeto es darle vida a fenómeno del cual todo el mundo intenta cuidarse para no revelar esa perspectiva. Algo, que por demás, me resulta ingenuo, pues todo el mundo sabe que en el intermedio entre escenas los actores necesitan cambiarse, los productores tienen que apurarse para situar los nuevos objetos que se requieren para la próxima y fuera un acto de subestimación a los espectadores no permitirle que participen de estos movimientos.

La obra se compone de ocho escenas y tres intervenciones necesarias por parte del director. Franco llega a ser muy sincero, habla de la autogestión del grupo y que requiere sintetizar escenas, si se hace muy larga se van del presupuesto asignado. Y a ellos ninguna embajada les ha dado ni 25 centavos CUC.

Pienso, además, que la labor de Pedro dentro del grupo no queda limitada al hecho escénico, ni redunda únicamente en la dirección de actores, del espectáculo, sino que trasciende hasta convertirse en un maestro de ceremonias, quien lleva el dominio de cada instante de lo que acontece en esa casa y en los espacios dentro de ella, en el malecón…

Después de apreciar la versión de Trébol y ahora la del Portazo puedo llegar a una conclusión que a estas alturas parece demorada: cada director asume un texto según su manera de concebir el teatro como manifestación artística, y le imprime su perspectiva propia en la medida que domina ciertos criterios relacionados con la escena como espacio para la exposición de conflictos, con los actores como moldes para verter dentro de ellos la caracterización de personajes, como historia a la hora de enlazar el resto de los elementos y como puesta, porque cada minuto que pasa tiene que ser consecuente con una línea o recorrido del texto.

Categoría: Artes escénicas | Tags: |

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