Actualizado el 16 de agosto de 2014

Pero solo tengo corazón:

Una mirada al fenómeno teatral Antigonón, un contingente épico

Por: . 14|8|2014

A la memoria de A.M.

 Imagen de la puesta en escena de Antigonón, dirigida por Carlos Díaz y  llevada a las tablas por Teatro El PúblicoAurelia Castillo testimoniaba en su libro Ignacio Agramonte en la vida privada el amor del amigo por Amalia Simoni, a la vez que desmitificaba al héroe, corporizaba al paradigma, y describía todo lo que un ideal, un deseo de libertad, sacudiría el amor de ambos. No sorprende entonces que entre los materiales escogidos por Rogelio Orizondo para construir Antigonón: un contingente épico, prevalezcan las referencias al hermoso texto de la historiadora cubana. Pienso que, como en el poético testimonio, le seducen al joven dramaturgo las experiencias sensibles, esenciales y la visión del hombre-mito, como un acto de posicionamiento ante la Historia de un país y sus ficciones. Llamativa analogía para mirar una apropiación escénica que recoloca a Antígona en nuestro saber.

Antigonón: un contingente épico, puesta en escena estrenada en el marco de la Semana de Teatro Polaco (2013), es el crecimiento del work in progress dirigido por Carlos Díaz, que permitiría la graduación en la Universidad de las Artes (ISA) a Daysi Forcade y Giselda Calero. Carlos Díaz imaginó para la graduación de dos jóvenes actrices una vuelta a Antígona, a través de los poemas de José Martí: El padre suizo y Sueño con claustros de mármol. Con ese extraordinario impulso convocó a Rogelio Orizondo para la escritura, y después de dos años de investigación, ensayos, presentaciones, Teatro El Público concluyó un proyecto escénico que ha sido más interrogación que respuesta, más subversión que molde, y ha generado poesía y revolución. Con una larga temporada en la sala-teatro Trianón durante el 2014, urge revisitar lo que ha sido este fenómeno en la escena teatral contemporánea cubana; asimismo, ofrecer algunas claves de su constitución.

Escrito durante el proceso como performance script, el texto, continúa nucleando la indagación de lenguaje concebida en el work in progress con la reconfiguración de su sentido con la puesta en escena. El definitorio espacio de enmarcación de la palabra, reanima lo que ya era esencial en una etapa preliminar, en cuanto a la relación que ese discurso adquiere con todos los signos de la puesta en escena, y ya no solo con el cuerpo y la verdad defendida por las actrices. Los discursos de MONOCINAO y PAPAYAVERDE, el bloque de la CAFETERA y los emails, se dinamitan con los diseños de vestuario de Celia Ledón, el diseño escenográfico de Robertico Ramos, las video-instalaciones de Marcel Beltrán, el diseño de luces de Oscar Bastansuri y el trabajo musical de Bárbara Llanes, unido a la síntesis corporal, ritual, erótica, ceremonial que aporta la coreografía de Sandra Rami, a partir del trabajo precedente de Xenia Cruz. Con el estreno de la puesta en escena se impulsa lo que ya contenía el work in progress en la palabra, ahora con delirantes sentidos desde el punto de vista escénico, que refuerzan aquella conversión de Antígona en un saber que trasciende lecturas unívocas, y que persigue mostrar una experiencia teatral polisémica.

En ese sentido, cuando inicialmente asimilaba el texto de Aurelia Castillo con el proceso de escritura de Antigonón…, además del modo de homenajear, dilucidar, repasar la Historia de Cuba, esta vuelta a Antígona atrapa el tejido de imaginarios culturales que rodean grandes temas heroicos y cotidianos, para devolverlos desde lo autorreferencial: último rasgo que condiciona el modo en el que Antigonón… aporta una reflexión sobre la teatralidad. Como el amor de Agramonte y Simoni, en el texto definitivo se trenzan las referencias a hechos y figuras muy precisas de la Historia de Cuba: 1868, 1895, 1896, 1959, José Martí, Antonio Maceo, Panchito Gómez Toro, Mariana Grajales; a escritores cubanos: Antón Arrufat, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas. Referentes convertidos en un solo cuerpo, un cuerpo multiforme, que se retuerce y, como sucede en la coreografía inicial del montaje, se sostiene profundamente, construyendo símbolos sobre Cuba y lo nacional, en una cualidad temática; y sobre el teatro, la escritura, la autoría, la actuación, desde una impronta conceptual.

Antigonón: un contingente épico, es el crecimiento del work in progress dirigido por Carlos Díaz, que permitiría la graduación en la Universidad de las Artes (ISA) a Daysi Forcade y Giselda Calero.  Antigonón… no es una historia de amor; menos probable es que exista una historia (atisbos de aquella heroína sofocleana, o quizás la descubierta por María Zambrano en La tumba de Antígona, las reminiscencias a la versión de Yerandy Fleites del mito), sino infinitas posibilidades. Se difuminan tiempos, estructuras, formas, porque todo responde a la dinámica de un nuevo contingente, un contingente heroico que no tiene miedo de “explotar la cafetera” con su corpus escénico, y asume como la más épica de las razones “poner el bollo en una bandeja plástica”. El Contingente Épico Antigonón, CEA, reclama su lugar como organización política, en una especie de militancia perversa, prohibida, y logra instituirse como identidad, que como búsqueda teatral es afín al camino que ya definió en el siglo XX el teatro postdramático. Es por ello que en su caótico ordenamiento, ocupa a la recepción la capacidad de crear, reinventar constantemente los signos producidos en la escena, en un cosmos que inicia con la palabra poética de Martí y se programa a través del barroco lenguaje de Rogelio Orizondo.

Carlos Díaz ha organizado su puesta con el carácter también autorreferencial de su poética. Ello se distingue por lo erótico, postmoderno y carnavalizador del producto definitivo, variables distinguibles en su autoría escénica, y se conecta con investigaciones como Maria Antonieta o la maldita circunstancia del agua por todas partes (1999; 2001) que, semejante a Antigonón…, fue primero una investigación en los cuerpos de actores y bailarines a la que entraría posteriormente la palabra.

… apreciamos analogías profundamente transgresoras en la construcción de esta heroína nacional. En el caso de Antigonón… apreciamos analogías profundamente transgresoras en la construcción de esta heroína nacional. Basta mirar la instalación plástica de los restos de Auschwitz en la pasarela, una pasarela que acostumbra a exhibir desfiles provocativos —lo que tampoco está ausente en la presentación—, los emails en paralelo con piezas de videoarte que evocan el desgarrador efecto de Katyn y El hombre de mármol, del cineasta polaco Andrzej Wajda, o la canción del popular dúo Pimpinela. Este tipo de intertextualidad y paradojas propuestas por la dirección, ilustran el tino especial desde el cual se configuran actor y escenario, en un acontecimiento escénico que prefiere provocar antes que narrar.

De esta puesta en escena, deleita el crecimiento de Daysi Forcade y Giselda Calero, quienes han vivido una experiencia crucial en su formación como actrices. Carlos Díaz ha puesto en ellas herramientas, ha despertado resortes y ha erigido el cuerpo de ambas como muestra de una actuación “contingente”, cuya solidez se descubre por el rigor y la verdad desde la cual ambas enuncian la palabra y se exhiben en la escena. En el caso de Abel Berenguer y Luis Manuel Álvarez influye, sobre todo, el espacio producido con su presencia en la escena, la manera en la que su trabajo subvierte, corrompe la vocación de seguir/rastrear una historia, además de la fuerza que imprimen a la construcción escénica. Ellos participan en dos bloques de la estructura que homenajean un texto definitorio de la dramaturgia cubana de los ochenta: Timeball, desde un tratamiento paródico.1 Por último, la intervenciones de Linet Hernández y Yaikenis Rojas construyen un cuerpo cuya contingencia está sostenida por lo verdadero, lo heroico, la solemnidad, detonantes que no solo describen la extrañeza escritural de este nuevo monólogo creado por el autor para la puesta en escena, sino que revelan la presencia de una mujer: Cuba, Patria, Negra, Yusimí, quien habla sobre su dolor, su propia muerte, su propio asesinato, su condena, y que ha sido trazado con una partitura física riesgosa, en tanto, concentración de los profundos sentidos que determinan su presencia dentro del concepto de la puesta en escena: ser madre y engendrar monstruos, la fiereza de una Patria que agoniza, la escena hecha carne, sudor, sexo.

Acercarse a esta propuesta de Teatro El Público confirma que cuando se trata del teatro es primordial la seducción a ese otro que mira. La vida de Antigonón… ha estado más que evidenciada desde la graduación hasta la puesta en escena, como un espacio que exige mirar(nos) de otro modo y, por qué no, pensarnos desde el teatro.

Cuando leí las notas al programa de manos de Fabián Suárez, suerte paratextual a Antigonón…, descubrí el modo hermoso, insospechado, en el que uno empieza a amar. Fabián escribe: “Yo tengo un amigo poeta”, Martí escribió: “Yo tengo un amigo muerto”, y en el amor por el amigo, la phília de la tragedia clásica —los hermanos que han emigrado, los hermanos presos, el enterramiento de un hermano, un país— me habla de un amor que sacude. Aprendo que en Antigonón…: “mi amigo se sienta y canta; / canta en voz que ha de doler”.

es una maquinaria poética que ritualiza el encuentro con los cuerpos, con la Historia, con una heroicidad que se articula como juego. Del mismo modo en el que Aurelia Castillo narró sucesos cruciales en un tono confesional, también Antigonón… podría leerse como una historia íntima sobre el amor, una historia de amor otra, el amor como extrañeza bélica que te permite ser-hacer historia, fundar un espacio para amar. Preguntémonos cómo ese trayecto de cuatro cuerpos desnudos, la aparición de unas mujeres con vestuarios y discursos delirantes que vociferan desde una polifonía de voces sobre el “engaño”, la “fruta madura”, la “chapita y la plastilina”, “el tanque por dentro”; cómo unos hombres expectantes, un cabaret, una negra/vientre, los pioneros, los años uniformados, las analogías MUERTE/PATRIA, CUERPO/DOLOR, TEATRO/CUBA, el cuestionario para leer la pieza de José Martí Abdala (suerte de coqueteo frente a la enseñanza y la escritura política en Cuba), producen una alteración de los órdenes lógicos, la ideología, la fe, lo político y nuestra participación en una historia. En este caso, que concluye con el Héroe Nacional, Antonio Maceo y Panchito Gómez Toro, quien, al suicidarse, evoca aquella defensa de Antígona del cadáver insepulto del hermano.

En Antigonón…, el tono hilarante y patriótico articula una especie de altar para pensar la tragedia, no solo de Antígona, sino también de un país, de un teatro. Un homenaje a textos como Electra Garrigó de Virgilio Piñera, Los siete contra Tebas de Antón Arrufat, que tienen su propia historia de transgresión dramática, agudiza el modo en el que se inscribe esta autoría en el imaginario teatral cubano, también como un manifiesto revolucionador.  Y así, veo a mi amigo: “le amanso el cráneo: lo acuesto/acuesto al muerto a dormir”.

Antigonón… es una maquinaria poética que ritualiza el encuentro con los cuerpos, con la Historia, con una heroicidad que se articula como juego. Del mismo modo que se resiste a narrar desde la ficción dramática más convencional, prefiere, desde la fragmentación, exponer los sacrificios de jóvenes, creadores y cubanos todos. Un corpus escénico que (d)escribe con su visión un tiempo y la depauperación de una sociedad, mediante una carga simbólica que no deja de seducir por su carácter lúdico y carnavalizador.

...los pioneros, los años uniformados, las analogías MUERTE/PATRIA, CUERPO/DOLOR, TEATRO/CUBA...Rogelio Orizondo escribe: “Yo quisiera ser vaca pero solo tengo corazón/sangre de madre/sangre de bandera”, y alentada por uno de los pasajes de Ignacio Agramonte en la vida privada me conmueve pensar qué triste que nunca aprendamos ni a amar ni a enterrar ni a rectificar ni a ritualizar nuestras apetencias, nuestras guerras, nuestras desavenencias, nuestra escena. Existe una pujanza maldita, como el estallido heroico del padre suizo que asesina a sus tres hijos, como el reencuentro con aquella vieja de cien años rodeada de agua por todas partes en La isla en peso, una maldición similar al derrumbe perenne, una maldición que te arrastra, quizás hasta la muerte, quizás para el olvido, pero te arrastra definitivamente, como sangre animada por el dolor, como amigo protector sobre tus manos heridas, te arrastra a esta tierra, y al arrastrarte, te convence de que tú también has sido siempre contingente.

 

NOTA

1. De la obra Timeball o El juego de perder el tiempo de Joel Cano, se retoma Soledad del Charro Jiménez. No tiempo y se versiona La última canción del Charro Jiménez.

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