Actualizado el 29 de abril de 2015

Crisálida o la poética de los objetos

Por: . 27|4|2015

 

La danza comienza y termina en el cuerpo. Por definición principal, el territorio corporal es el lugar esencial donde el lenguaje coreográfico trabaja en pos de la creación de sentidos. En aras de explorar, visibilizar o impugnar este propio cuerpo, Crisálida, coreografía conjunta de la compañía noruega Memory Wax  y la cubana Retazos, establece una relación cuerpo-objeto  para visibilizar aún más el movimiento y trabajo de los bailarines.

El uso de las diferentes especies que cohabitan la tierra con la humana, ha sido utilizado en múltiples ocasiones como ingeniosa alegoría del devenir histórico-social del homo sapiens. El Panchatantra, Esopo, La Fontaine, encuentran en el reino animal los personajes perfectos para hablar de campesinos, sacerdotes, gobernantes, entre otros. Esta idea  prístina es revisitada por la coreografía de Miguel Azcue en un tono pop, si se quiere. Bailarines usando máscaras de perros dálmatas, lobos, monos, cerdos…y Marilyn Monroe, indican, más allá de la cercana referencia a un posible video de la agrupación musical Capital Cities, una declaración de intención donde disfrutamos del movimiento corporal como recurso único para expresar y transmitir desde la energía misma, hasta polémicas ideas como la anulación de la autenticidad humana.

No solo es perturbador que los bailarines no muestren el rostro, sino que a través de sus movimientos logren una construcción carnavalesca, para luego adentrarse en situaciones mucho más enriquecedoras.

De un baile relajantemente inquietante aparecen otras máscaras. El personaje del mimo, como iconografía callejera, es el segundo elemento en aparecer, no solo cómo figura, sino como técnica, revalidando así este arte escénico mal calificada de menor. Es la personalidad melancólica de este practicante del silencio orgánico y los gestos fragmentados, la figura ideal para analizar la soledad del hombre y su relación distante con la realidad más inmediata, con elementos valorados objetualmente, pero que poéticamente son cargados con una semiosis trascendental. Así, las mesas, las puertas, o supuestos clósets, se convierten en objetos bailantes más que atrezos.

Dice la cantautora Liuba María Hevia que las puertas tienen alma, y es por ellas que pasan constantemente los bailarines de Retazos; se encuentran con un hombre de papel, solitario, cual Caverna de las Ideas de Platón. Al abrir la puerta que ha estado moviéndose encuentran una de las posibles verdades: detrás de tantas máscaras está el hombre.

Traspasan el umbral o las cargan con todos sus secretos y encuentros. De esa forma un mimo encuentra a un clown. Sería este el segundo personaje que llega  a escena. Otro de los olvidados, de los marginados o considerado menor. Es con la aparición de estos seres con pelucas que aumenta la interacción entre bailarines, y se produce el encuentro entre los espejos y lo reflejado por ellos.

La relación del bailarín con respecto al espacio constituye un elemento predominante en varios discursos coreográficos. La incorporación de elementos objetuales a la misma recrea una relación semiológica más diversa, en cuanto utilizarlos como para lo que han sido imaginados. Así se combinan cuerdas e indumentarias propias de la práctica del alpinismo, para crear una sensación real de vuelo.

Lo más destacable en esta pieza coreográfica es que aun cuando la técnica o los objetos forman parte de su imaginarium, no se abandona el sentido coreográfico por un discurso meramente efectista. Es por esto que cuando una de las intérpretes escala una montaña ilusoria, esto se vuelve uno de los momentos más líricos de la obra, sin que se descuide la técnica utilizada, pero tampoco el movimiento danzario más auténtico.

Crisálida deviene un pastiche de técnicas, personajes y objetos en el cual todos se juntan orgánicamente, menos las escenas referentes a la cultura afrocubana, más que etapas de un proceso creativo de experimentación. Una primera escena que involucra a la rumba cubana y después un tema alusivo a Changó, parecen insertados por la admiración hacia a esta cultura, pero no encuentran lugar en el discurso coreográfico mismo.

Esta especie de revista musical, concebida por cuadros, aludiendo a la forma más tradicional del género, va desde lo más ligero en materia de sensaciones hasta la más profunda desolación, pasando por pequeñas escenas domésticas. Acompañadas todas de una selección musical que invita más al baile que a la contextualización o sensaciones.

Los objetos integrados se convierten en catalizadores para mostrar movimientos, que aunque han bebido de otras técnicas y tácticas, responden plenamente a un corpus danzario. El gusto y admiración por el cuerpo humano y su capacidad de articular una cinética (va desde lo más simple hasta lo más complejo) es tal vez uno de los presupuestos a defender en esta obra coreográfica, que ha tomado a las cosas como símbolos poéticos más que cotidianas piezas escenográficas.

Categoría: Artes escénicas | Tags: | | |

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