Actualizado el 7 de marzo de 2016

Falsedades protocolares

Por: . 3|3|2016

Sorprende descubrir a estos personajes, cómo se mueven al límite de la ética y la legalidad, públicas y también privadas, para ganar prestigio, dinero, amor. Un estreno que seguramente promoverá reconocimientos y aplausos, tuvo lugar en Argos Teatro: el espectáculo Protocolo, escrito por Abel González Melo y dirigido por Carlos Celdrán, quien acaba de obtener el Premio Nacional de Teatro 2016 por la obra de toda la vida. Se trata de una coproducción entre la compañía cubana y la productora española Artífice Escénico, quienes ya se habían unido en 2013, para el estreno en Madrid de Chamaco, de González Melo-Celdrán, en aquella ocasión además junto a Aquora Producciones. Entonces y ahora, los protagonistas han sido los excelentes actores españoles Ernesto Arias y Paloma Zavala.

Protocolo constituye teatro de tesis que toma como referente inspirador, aunque muy libremente, Un enemigo del pueblo, el clásico de Henrik Ibsen. El dramaturgo y el director cubanos vuelven sobre las huellas del eminente noruego, a menos de un año del triunfo obtenido con Mecánica, la apropiación de Casa de muñecas que a lo largo de seis meses abarrotó Argos Teatro y contó con un amplio favor de la crítica. Vale la pena recordar también que justo diez años atrás, en enero de 2006, el propio Celdrán estrenaba en el Teatro Nacional de Cuba Un enemigo del pueblo; de modo que esta deriva creadora a partir de Ibsen regresa sobre el repertorio mismo de la compañía, que está cumpliendo en 2016 sus primeras dos décadas de vida.

La dramaturgia convierte la relación conflictual entre los hermanos Stockmann y quienes los rodean, presente en Ibsen, en la trama de una pareja española y actual: el matrimonio Furman, que vive en un confortable chalé junto al mar. Petra es la joven alcaldesa de una ciudad de la costa mediterránea española; y Tomás, su marido, es médico del imponente balneario turístico que juntos han edificado, y de cuyos beneficios económicos y políticos ambos se enorgullecen. Pero de repente el regocijo se interrumpe a causa de un error del pasado que vuelve: el balneario fue mal construido y el sistema de drenaje impide la adecuada circulación de las aguas. El peligro empieza a acechar: la supuesta enfermedad de un turista africano y la posibilidad de que se propague la misma, provocan un impacto terrible que saca a la luz las contradicciones esenciales de la pareja. A pesar de que se trata de una falsa alarma, la relación amorosa ya se ha resquebrajado.

González Melo ha labrado un diálogo hermoso, muy elaborado y a la vez muy real dentro de la norma castellana. Hace clarísimas las personalidades de Tomás y Petra y les permite recorrer con verosimilitud toda la historia. La agudeza y la profundidad son claves del discurso dramático, que va creciendo en intensidad hacia el clímax dentro de un tono de realismo estilizado, y que a la vez incluye el flashback de un momento en que la pareja era feliz, así como una deliciosa secuencia montada en paralelo donde Tomás y Petra hablan por teléfono con la prensa. La agresividad de las discusiones alterna con momentos de calma y así la obra encuentra un equilibro perfecto, siempre estimulante, a través de la estructura general de un “decálogo de reglas protocolares” que funcionan irónicamente en relación con lo que ocurre en cada una de las escenas.

Cuando un texto encierra debates de ideas y hace vivo el juego cruzado con que se enfrentan los personajes, si está bien defendido a nivel escénico, consigue colocarse dentro del espectador, trasladándole inquietudes y contradicciones que logran enriquecerlo. Con Protocolo ocurre eso: sorprende descubrir a estos personajes, cómo se mueven al límite de la ética y la legalidad, públicas y también privadas, para ganar prestigio, dinero, amor. Pero también conmociona su reconocimiento de la culpa, la develación de los secretos y las razones ocultas que los han llevado a actuar y a equivocarse, la dignidad épica de sus comportamientos que los convierte en seres extraordinarios.

Aunque parte de Ibsen, González Melo fabula una historia nueva de principio a fin. Vuelve a ser patente su imaginación para plasmar mundos inesperados y seductores, para recontextualizar a un clásico imprimiéndole toda la savia del presente. La doble moral y la corrupción política, entrelazadas con la dimensión de la familia en la contemporaneidad, son releídas con maestría por el autor cubano, que coloca a sus protagonistas en un callejón sin salida, en el justo punto donde, al despedazarse, se verán obligados a renovar su amor. Estremece el final abierto porque Tomás, con todo el horror y toda la bondad de Petra sobre la mesa, debe decidir si continúa con la farsa o devela la verdad. Una verdad que cuesta, que duele, que asusta y que posiblemente lo condenaría también.

Protocolo ha contado con un director de excelencia. En anteriores espectáculos Carlos Celdrán ha trabajado la desintegración social y la pérdida de valores cívicos, y ahora llega con la máxima concentración posible a radiografiar ante nuestros ojos al matrimonio Furman. Lo más impactante del espectáculo es el nivel de realidad que se percibe sobre el escenario, de realidad teatral y de organicidad en el mapa humano. El cuidadoso trabajo sobre los comportamientos es la carta de triunfo de Protocolo; y la dirección hace del presente escénico un acto de sostenida vitalidad.

Con la pericia y el afán investigativo que lo caracteriza, Celdrán renueva la poética del realismo y el teatro de tesis en pos de una estilización de lo real en escena. Sus dos centros conceptuales son el texto y el actor, y toda la maquinaria se construye alrededor de ese pacto. De ahí la síntesis de elementos visuales: una mesa rige el despacho de los Furman y encima o cerca de ella apenas habrá unas sillas, una laptop, unos tragos de whisky. En ambos laterales del proscenio se encuentran pequeños tocadores o camerinos, donde los actores, durante las transiciones, se ajustan el peinado o transforman levemente su vestuario.

Un hallazgo del montaje radica en que nunca dejamos de ver a los personajes. Hay varias elipsis temporales y todas las evoluciones transcurren a la vista del espectador, gracias al rico ensamblaje que logran la música de Pablo Gámez, que recrea con eficiencia los paisajes dramáticos; y las atmósferas de luces de Manolo Garriga, sutiles y efectivas en las temperaturas lumínicas que acompañan los estados de ánimo y las situaciones. Especialmente atractivo se torna este juego en la secuencia íntima donde Petra y Tomás van a hacer el amor, pero solo vemos el inicio del acto y cuando este ha concluido.

Celdrán consigue un realismo de esencias, de concepto; y la trascendencia y la fijeza del espectáculo llegan por el exquisito trabajo actoral que busca la veracidad y confía en la inteligencia interpretativa. En la noche de estreno se advirtió un nivel muy parejo y muy alto en los dos protagonistas.

Paloma Zavala es pura gracilidad sobre el escenario. Disfruté mucho su dinamismo, sus ángulos, la forma en que se desplaza para mostrar la solidez de la alcaldesa. Y también la energía con que construye el rol, la pulcritud en la dicción: en los momentos de más violenta discusión con su marido, cuando empieza a abochornarle en defensa propia, Zavala pone a prueba sus condiciones vocales y físicas con plena integralidad. Es hermosa y a la vez es una fiera. A medida que la obra avanza nos convence por completo la organicidad con que la actriz se entrega al derrumbe humano de la alcaldesa.

Me resulta muy tentadora esta posibilidad del espejo de Protocolo, versión inesperada y original, que permitiría a los actores una comprensión aún más caleidoscópica de los vericuetos del texto y sus reflejos. Ernesto Arias es un actor descomunal. Asombra la concentración que tiene en cada instante para hacer justo lo que Tomás Furman solicita. La personalidad del médico va dibujándose con claroscuros, contradicciones internas, remembranzas del pasado que lo abruman y lo hacen debatirse entre el querer y el deber. Arias ha comprendido en profundidad su rol: logra matices muy precisos, va de la serenidad a la locura e impacta la magnitud emocional que le imprime a su personaje, bordado en cada detalle, en cada frase a la que brinda autenticidad y entrañas como solo un primerísimo actor puede hacer.

Protocolo promete, para el futuro, crear una versión en espejo: ella como doctora y él como alcalde. El autor afirma en las notas al programa, que se trata de “una simple afinación de géneros que mueve las fichas”. Me resulta muy tentadora esta posibilidad del espejo de Protocolo, versión inesperada y original, que permitiría a los actores una comprensión aún más caleidoscópica de los vericuetos del texto y sus reflejos. Aplaudiremos entonces, como aplaudimos ahora, el rigor y la inteligencia de un trabajo de altura.

Categoría: Artes escénicas | Tags: | | | | |

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