Actualizado el 2 de junio de 2016

Mecánica:

Lucidez y transparencia

Por: . 26|5|2016

Mecánica, del dramaturgo Abel González Melo, llevada a escena por Carlos Celdrán con su compañía Argos Teatro, ha regresado en su tercera temporada, como parte del evento Mayo Teatral 2016, organizado por la Casa de las Américas.

Esto no es de fuerza,

esto es de mecánica.

 (Frase popular)

En estos tiempos en que la biblioteca virtual se impone, celosamente conservo en mi biblioteca real a quienes llamo “maestros salvavidas”. Entre ellos, en muy buen estado si tenemos en cuenta su edad, está John Howard Lawson con su Teoría y técnica de la dramaturgia para, de vez en vez, sacarme de dudas o descongelarme cuando me pierdo en teorizaciones y tengo que volver a lo esencial al aterrizar un tema o abordar determinadas cuestiones. Casi al inicio del capítulo dedicado a Ibsen, Lawson escribe: “expuso la inestabilidad de la sociedad en sus puntos de máxima tensión; mostró la complicada tensión existente entre la aparente rigidez del medio y las sensibilidades y perplejidades de los individuos. La sombra de Ibsen se proyecta sobre el teatro moderno”.

Mecánica, del dramaturgo Abel González Melo, llevada a escena por Carlos Celdrán con su compañía Argos Teatro, ha regresado en su tercera temporada, como parte del evento Mayo Teatral 2016, organizado por la Casa de las Américas. Esta relectura de Casa de muñecas del noruego Herik Ibsen, que localiza la acción original en Cuba, en la suite de un hotel en Varadero, ha recibido cuatro premios de la UNEAC: el “José Antonio Ramos” de Dramaturgia, el Villanueva de la Crítica y los Caricato de Actuación Femenina y Dirección. González Melo no solo reubica la fábula sino que, en un juego divertidamente magistral, invierte los roles manteniendo la función de cada personaje en el desarrollo del conflicto principal: Nora, la protagonista, aquí es un hombre: Osvaldo, joven redactor que se dedica al cuidado de sus hijos y trabaja para su esposa Nara Telmer, gerente de una cadena hotelera internacional. El autor apela a Ibsen, al salón ibseniano, para mostrar la corrupción, el crimen de cuello blanco, la impunidad de la que gozan determinadas zonas emergentes en la sociedad cubana.

El autor apela a Ibsen, al salón ibseniano, para mostrar la corrupción, el crimen de cuello blanco, la impunidad de la que gozan determinadas zonas emergentes en la sociedad cubana. Citaba arriba a Lawson porque ante Mecánica me fue inevitable recordar el sentido de su análisis en torno a Ibsen, esa idea de sombra proyectada. Un aviso del autor en el programa de mano dice: “Escribí Mecánica pensando en Argos Teatro. En el vínculo que durante casi veinte años he tenido con Carlos Celdrán y con su manera de entender la escena como crisol de nuestra sociedad. Pensando en sus extraordinarios actores y equipo artístico”. Tal vez sea esa una de las claves del éxito de la trayectoria de Carlos Celdrán: sumar a su gran talento, maestría e inteligencia, la capacidad de liderar, de conducir y aunar otros talentos. Su probada competencia para hacer funcionar la mecánica teatral.

A excepción de ocasionales intervenciones, que siempre consiguen integrarse y aportar al resultado final, el equipo de creación de Celdrán se mantiene. Por eso la primera imagen de la escena tiene el sello de Argos, el sello de Carlos, que es el sello de un diseñador de escenografía como Alain Ortiz. Sobre el escenario, una plataforma: otro escenario donde accionarán y reaccionarán los personajes. Al sonido del mar que invade la sala, este otro escenario sugiere una balsa que se mantiene a flote, libre del vaivén de las olas, de los embates de la naturaleza, del cambio climático. Sencillamente flota por encima del bien y del mal. El salón, la suite imperial en el piso quince, recompone la sala de los Helmer del texto base. Mantiene las puertas (al despacho de Nara, al interior, al exterior), las figuritas de porcelana se sustituyen por un teléfono inalámbrico, una computadora portátil, alguna revista evidentemente no nacional. La estufa, la luz y el calor que de ella emanan, propuestos por Ibsen, bien pueden ser reemplazados por la nevera que al abrirse enciende su bombillo y muestra un contenido inaccesible para la gran mayoría de los espectadores. Acaso una nevera llena ahuyenta el invierno de algunos corazones tanto como una estufa encendida. Ortiz se apoya en colores y texturas (blanco, madera, metal) para crear el espacio de acción de unos seres y una realidad que intuimos, sospechamos que existe, pero que no nos está dado conocer. Sin embargo la escenografía, desde sus múltiples aristas, genera una inquietante sensación de verosimilitud; sustentada en impecable síntesis, connota al primer golpe de vista.

La doctora Katia (Rachel Pastor) pareciera estar siempre de paso. Alguien que cumple su función como detonante de los sucesos pero verdaderamente no es parte esencial en esta historia. Una nota discordante que sufre la angustia de su finitud inminente, de la fugacidad de una vida que se le escapa...La luz, con sus diagonales y claroscuros, subrepticiamente refuerza la elegancia, la pulcritud, el fashion de la propuesta escenográfica. Además de conformar estados de ánimo, complicidades, tensiones. Manolo Garriga, diseñador de luces de la agrupación, expande, reduce o constriñe las zonas de desarrollo de la historia, focaliza, elige, secciona, evidenciando en qué medida una correcta dramaturgia de la luz contribuye al funcionamiento de la acción y a la concreción de la imagen.

Desde el inicio de su carrera, el líder de Argos Teatro ha recibido elogios por su destreza en la dirección de actores. Siendo el actor núcleo fundamental de su poética, en esta puesta en escena es notable la importancia de las entradas, las salidas y los desplazamientos de los personajes en función del desarrollo de la trama. Destaca en la puesta el eficaz manejo de las relaciones proxémicas, de las estructuras composicionales encaminadas a la producción de sentido. Nara Telmer (Yuliet Cruz) en cada presencia se adueña del espacio, lo abarca, escasas veces se sienta, siempre deprisa, siempre segura, firme, controladora, poderosa. Carlos Rogbar (José Luis Hidalgo) acecha, espía, todo el tiempo sopesa cada una de sus acciones, desde el umbral, escondido en el balcón, siempre afuera. Cuando toma el control por medio del chantaje cerrando el cerco alrededor de Osvaldo, paradójicamente parece un animal acorralado. Osvaldo (Carlos Luis González) lucha por mantenerse en un centro del que constantemente está siendo desplazado por el resto de los personajes. Joven, hermoso, simpático, se esfuerza por conservar el orden, el equilibrio, la felicidad de su casa de muñecas: la fabulosa suite adonde lo vemos entrar al inicio de la obra cargado de alegría y bolsas de compras. La doctora Katia (Rachel Pastor) pareciera estar siempre de paso. Alguien que cumple su función como detonante de los sucesos pero verdaderamente no es parte esencial en esta historia. Una nota discordante que sufre la angustia de su finitud inminente, de la fugacidad de una vida que se le escapa, incapaz de poder cumplir alguna de sus metas. Katia cruza la escena y cuando creemos que su presencia va a producir algún cambio, desaparece. Linda Kristín (Yailín Coppola) irrumpe con otro ritmo, disfruta, se detiene en los detalles que atañen a lo sensorial: mira, respira, come, bebe, llora, ríe. Sin embargo toda esta partitura es desarrollada por la actriz desde desplazamientos aparentemente inseguros, humildes. Ella se muestra como un ser desvalido, necesitado de una ayuda que está dispuesta a retribuir colaborando en la solución del problema de su amigo Osvaldo.

Es toda glamour, toda poder, toda felicidad, toda éxito, toda una construcción que veremos descomponerse, y ese mismo traje vestirá a la Nara mezquina, egoísta, despiadada, infame, mentirosa, corrupta...La magnificencia de todo este entramado visual se completa con el fastuoso diseño de vestuario. Vladimir Cuenca pone el toque final a la caracterización de los personajes. La primera impresión del vestuario de Mecánica es la certeza de que es caro, exclusivo, de marca. Pero no todo queda ahí. Yuliet recrea la hipócrita austeridad de Nara, sus falsos principios, su ética impostada, su aparente heterosexualidad, en conjuntos de pantalones y blusas de corte clásico. Sobria en color y accesorios, solo la adorna un collar de perlas, discreto (casi pasa inadvertido), pero que pone énfasis en su estatus. Sin embargo, en la escena pos banquete que antecede al final, luce un vestido negro sencillamente exquisito con una larga cola que sostiene con delicadeza para moverse, zapatos muy altos y una copa de champán como accesorio que complementa el traje. Es toda glamour, toda poder, toda felicidad, toda éxito, toda una construcción que veremos descomponerse, y ese mismo traje vestirá a la Nara mezquina, egoísta, despiadada, infame, mentirosa, corrupta: la verdadera Nara que, descalza, arrastrará la cola de su hermoso vestido como una fiera, como un monstruo expresionista o femme fatal o sencillamente como Yuliet Cruz haciendo gala, otra vez, del colosal histrión demoníaco que lleva dentro. Una escena de las que quedan en la memoria y pasan a formar parte del imaginario teatral, y aunque de esas ya Carlos Celdrán tiene varias, yo, inconstante como la luna, soy de la última que llega. El personaje con más cambios de vestuario es Osvaldo, va del chico bien, de pulóver y pantalón blanco y zapatillas, veraniego, deportivo, hasta el traje de gala del banquete: del mismo modo que Nara, él se descompondrá en la escena final hasta quedar sin camisa y descalzo.

Llegados a este punto, quiero detenerme en una escena que llama la atención por la solución encontrada por los creadores (autor, director, diseñador), que acierta desde la sencillez. En esta reelaboración de la fábula, la escena en que la Nora de Ibsen es sorprendida por Krogstad jugando con sus hijos debajo de una mesa, se resuelve aquí mostrando a Osvaldo después de una ducha, en albornoz, recortándose las uñas de los pies. Rogbar lo sorprende en su intimidad y se logra mostrar la indefensión del protagonista que propone Ibsen.

Al trabajo de los actores me he acercado en la medida que he ido abordando las diferentes zonas del espectáculo. El excelente desempeño de la Cruz se hace acompañar de José Luis Hidalgo con un trabajo de caracterización que imprime a su personaje una gran dosis de dimensión humana. Desde los contrastes que marcan la contención y el desborde, encarna un “villano” creíble, sin clichés o acartonamientos. Un hombre que sufre y se debate tanto como Osvaldo, que lucha con las armas que tiene para mantenerse formando parte de la mecánica. Yailín Coppola, por su parte, sabe llevar a Linda por el camino de la simpatía, del cubaneo, no del facilista y vulgar sino del que nos hace reconocernos en el chiste ante la adversidad, en salir a luchar, en levantarnos una y otra vez. Se divierte y nos divierte. Explota sus múltiples expresiones faciales para organizar un grupo de máscaras consecutivas que relatan y por tanto revelan el tránsito de su personaje, nos hace cómplices aun cuando sabemos que es tan culpable como el resto. Porque su Linda es la que más se parece a nosotros, a ese pueblo que no sabe cómo se ve la vida desde un piso quince en Varadero.

En Cuba resulta casi imposible encontrar algo bien hecho. Pese a las múltiples campañas, estrategias y políticas de idoneidad, eficiencia, rentabilidad y otros tantos etcéteras, como esa consigna que se repite en múltiples paredes de esta ciudad y del país: “Que cada cual haga lo que le toca y la obra será invencible”. De tan repetidas, las palabras comienzan a vaciarse de sentido y ese vacío nubla la perspectiva, desenfoca la capacidad de discernir. Un gran actor ya desaparecido cerró la eterna y repetida (para mí, a estas alturas, sin razón de ser) discusión entre tradición y modernidad diciendo: “Hay que hacer teatro y que sea bueno”.

El personaje con más cambios de vestuario es Osvaldo, va del chico bien, de pulóver y pantalón blanco y zapatillas, veraniego, deportivo, hasta el traje de gala del banquete: del mismo modo que Nara, él se descompondrá en la escena final hasta quedar sin camisa y descalzo. En este marasmo de teatro de ocasión, de semana del teatro polaco, noruego o del país de turno, de la subvención de embajada para una función única que nada aporta al público ni al movimiento teatral cubano, Carlos Celdrán hace teatro para el espectador de aquí y de ahora, le habla en su idioma sobre sus realidades, miedos, sueños y carencias. Es un maestro de actores, sí, pero sobre todo es un maestro de la escena, aunque también ahora, irresponsablemente, ese título se le confiera a cualquier advenedizo.

Ojalá pudiera cerrar estos comentarios con la genialidad que cierra Celdrán sus puestas. Ante tal dificultad vuelvo a mis “maestros salvadores” y cito: “El teatro no ha olvidado del todo la tradición a la cual debió Ibsen su vida: ver la realidad con toda lucidez”. Carlos es lúcido, muy lúcido, and the rest is silence.

Categoría: Artes escénicas | Tags: | | |

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