Actualizado el 29 de septiembre de 2016

Cinco bailarines que hicieron futuro

Por: . 26|9|2016

Jorge Esquivel, Escamillo

La historia del ballet en Cuba ha transitado por diversas etapas. Desde el siglo  XIX importantes compañías y figuras de la danza internacional visitaron la isla. La gran bailarina Fanny Essler estuvo en 1841; y la mítica Ana Pavlova en 1915. Estas visitas permitieron al público cubano apreciar obras estrenadas en aquel período que hoy son parte insoslayable del repertorio romántico-clásico del ballet, comenzándose a fomentar el gusto por la danza escénica entre la sociedad de la época.

Sin embargo, con la creación de la Sociedad Pro-Arte Musical de la Habana en los comienzos del siglo XX, es cuando se deposita la semilla que germinará luego en la fundación del Ballet Alicia Alonso, devenido después de 1959 en Ballet Nacional de Cuba (BNC). Tres figuras son desde entonces los más sólidos pilares del pensamiento y el desarrollo de la Escuela Cubana de Ballet: Alicia y los hermanos Fernando y Alberto Alonso.

Cada uno de ellos, en sus aspectos más destacados, aportó sus mejores esfuerzos para la consolidación de un conjunto artístico, creando ya, en 1950, la Academia Alicia Alonso, en donde realizaron estudios muchas de las futuras primeras figuras del BNC, como Mirta Plá, Josefina Méndez, Loipa Araujo, Aurora Bosch, Ramona y Margarita de Saa, Marta García y María Elena Llorente. Ahí se formarían técnicamente a los más talentosos alumnos con el objetivo de incorporarlos posteriormente a la compañía; y tendrían la posibilidad de crecer artísticamente y conseguir el fortalecimiento de un estilo propio de hacer la danza, basado en la idiosincrasia y el folklor de un pueblo, que por la mezcla en sus raíces de lo español y africano, ha sido siempre por naturaleza danzante, esfuerzo premiado con creces, con el reconocimiento temprano, ya por los años sesenta, del nacimiento de la joven Escuela Cubana de Ballet.

Orlando Salgado en Bhakti.Largo sería el camino en su proceso de consolidación; y en él, fueron muchas las personas que aportaron sus esfuerzos para este resultado: maestros, bailarines, colaboradores de dirección, diseñadores, técnicos, vestuaristas, críticos e historiadores y un público entregado que acompañó este camino con su admiración y respeto a Alicia, como figura descollante, pero, además, a las nuevas figuras que surgían y consiguieron también quedar en su memoria.

Es sabido que al momento de su fundación en 1948, el Ballet Alicia Alonso contaba entre sus filas con un alto porcentaje de bailarines extranjeros, quienes por sus relaciones con Alicia, Fernando y Alberto, accedían en sus días de descanso a colaborar con el sueño de crear una compañía en Cuba; y que los bailarines cubanos que se unían al proyecto, lo hacían a pesar de los prejuicios existentes y haciendo un importante sacrificio, puesto que sabían que esa profesión no era suficiente para ganarse la vida.

Será en agosto de 1959, que el estado ponga en las manos de Alicia y Fernando los medios necesarios para la materialización del proyecto y comenzara una lucha contrarreloj para conseguir, a corto y largo plazo, los objetivos basados en  tres campos fundamentales:

Iniciar inmediatamente las actividades del conjunto con las condiciones y el personal nacional que se contaba en el momento, elevando al máximo su calidad y profesionalismo; y convocar audiciones internacionales que permitieron completar el elenco con bailarines de diferentes países.

Lázaro Carreño en Giselle.La creación, primero, de la Escuela Provincial de Ballet de L y 19, hoy Alejo Carpentier, en 1961, bajo la dirección de Ana Leontieva,1 que acogió junto a los nuevos ingresos a algunos que ya poseían estudios, producto del trabajo de academias privadas; y un año después, la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán (ENA), en 1962, dirigida por Fernando Alonso, cuyo objetivo era conseguir el desarrollo acelerado de la cantera nacional imprescindible para contar, en un futuro próximo, con una compañía verdaderamente autóctona.

En el caso de los varones, su incorporación a los estudios se hizo muy difícil y hubo que buscar en la Casa Cuna de Beneficencia2 y entre familias de bajos recursos que decidieron aceptar las becas propuestas, de forma gratuita, y abrir a sus hijos el camino a una buena educación y una carrera, que les permitiera  obtener un salario digno.

Comenzar una labor didáctica para la creación de un público nuevo, que aprendiera a conocer y gustar de la danza y fuera el destinatario de todo ese esfuerzo. Semejante tarea llevó a recorrer centros de trabajo, escuelas y lugares intrincados de nuestra geografía, donde el historiador Miguel Cabrera, acompañado por un grupo de bailarines y con las condiciones mínimas, explicaba de forma didáctico-práctica, cómo la danza surgía de un sentimiento natural en el ser humano y cómo se iba enriqueciendo y perfeccionando con el trabajo hasta llevarla a la escena, para allí comunicar un sentimiento, una historia o simplemente interpretar una música. Al final, se les mostraba una obra para que apreciaran el resultado. Esto permitió crear un público entregado, con una capacidad de apreciación que ha crecido a la par de sus bailarines.

Así los Alonso pusieron en marcha esta gran compañía y su esfuerzo comenzó  a dar los primeros frutos. En el año 1965 sería la primera y única graduación de siete bailarinas de la Escuela Provincial  de Ballet de L y 19,3 donde a partir de esa fecha, y ya creada la Escuela Nacional, se realizarían solo los estudios elementales, que se continuarían en la ENA, para allí graduarse finalmente.

José Zamorano en Canto Vital.Fue política primordial en el BNC, desde sus inicios, que los alumnos de estas escuelas pasaran sus últimos años de estudio haciendo prácticas profesionales en ensayos y funciones con la compañía, realizando roles de cuerpo de baile para irse formando en el conocimiento práctico de los diversos estilos y en el trabajo artístico imprescindible para alcanzar su verdadero desarrollo como artistas profesionales.

Este sistema de incorporación anticipada permitió avanzar una parte del camino, e hizo posible que, en 1966, después que diez bailarines del elenco decidieran dejar la compañía en medio de una gira europea, provocando una difícil situación artística al conjunto, la dirección tomara la decisión de acelerar el proceso y realizar, de forma anticipada, la primera graduación de la ENA, en 1968, con el fin de cubrir rápidamente esos espacios.

De esa primera graduación surgirían con el tiempo nombres como Jorge Esquivel. Con su talento natural para el movimiento, su personalidad escénica, innata simpatía y fuerza física, pronto sería preparado para asumir los roles principales en las obras del repertorio tradicional, y entrenado especialmente por el maestro Fernando como primera figura y compañero habitual de Alicia Alonso. Junto a ella participó en los estrenos de numerosas obras, y alcanzó rápidamente la categoría de primer bailarín, en 1972.

También de esa primera graduación es Orlando Salgado, quien por su porte, elegancia natural, sensibilidad, presencia escénica y cierto aire de modernidad, enseguida comenzaría a prepararse en los roles principales del repertorio romántico–clásico como partenaire de las que hasta hacía poco habían sido  sus maestras; y ya desde 1971, también junto a la propia Alicia Alonso, lo que significó un punto decisivo en su desarrollo, crecimiento artístico y proyección futura. En 1976 llegaría a la categoría de primer bailarín.

Andrés Williams en Sonata No 5.Ya en 1969 se incorpora Lázaro Carreño, quien durante su formación recibiera una beca para realizar parte de sus estudios en Leningrado. Luego de regresar, por su técnica brillante, fuerte temperamento escénico y la exitosa participación en varios concursos internacionales, encontró rápido un lugar preponderante dentro del elenco, mereciendo la categoría de primer bailarín en 1976.

José Zamorano entró en 1971. Su aplomo, elegancia natural y un amplio diapasón interpretativo, le permitieron incursionar con éxito en obras de diversos coreógrafos y estilos como Las Sílfides, Giselle y El lago de los cisnes. Por su exitosa participación en Bodas de Sangre de Antonio Gades o la Mamá Simone de La Fille Mal Gardée, obras todas muy diferentes entre sí, donde resaltaba su sentido histriónico, llegó a la categoría de primer bailarín en 1980.

En 1970 aparece Andrés Williams, con su enorme fuerza física, especial carisma y natural desenvolvimiento en la escena. Estas virtudes le valieron el reconocimiento en diversos concursos internacionales y la posibilidad de encarnar los roles principales en obras del repertorio tradicional como La Bella Durmiente, El Lago de los Cisnes y Don Quijote; además de obras de nueva creación, las cuales marcaría fuertemente con su personalidad como Prólogo para una tragedia. Fue nombrado primer bailarín en 1986; mismo año en que también ascendieron a esa categoría otras dos importantes figuras masculinas: Fernando Jhones y Rolando Candia.

Si bien para las bailarinas el referente Alicia Alonso imprimiría su desarrollo y estableció claramente una pauta a seguir; para los bailarines era fundamental encontrar el camino que definiera el carácter masculino en su danza; y es justo aquí a la figura de Azary Plisetsky, quien fue referente esencial, trasmitiendo sus conocimientos a los alumnos en clases y, a la vez, compartiendo con ellos en la escena, como un experimentado compañero más.

Elenco del estreno de Canto Vital: Jorge Esquivel, Lázaro Carreño Orlando Salgado y Andrés Williams.Esta tarea más adelante sería desempeñada por ellos mismos con relación a las siguientes generaciones, ya que, desde sus inicios, el Ballet Nacional de Cuba preparaba a sus primeras figuras y a otros bailarines que podrían tener esa inclinación, para impartir clases y dirigir ensayos, en las escuelas y en la compañía.

En 1973, el Ballet Nacional de Cuba estrenó dos obras emblemáticas, merecedoras de grandes éxitos, que aún hoy, a más de cuarenta años de su creación se mantienen vivas en su repertorio: Tarde en la Siesta, coreografía de Alberto Méndez, música de Ernesto Lecuona, con cuatro bailarinas en su estreno (Mirta Plá, Marta García, Maria Elena Llorente y Ofelia González); y Canto Vital, de Azary Plisetsky, música de Gustav Mahler, con cuatro bailarines en su estreno (Jorge Esquivel, Orlando Salgado, Lázaro Carreño y Andrés Williams). Esto significó, después de mucho trabajo y esfuerzos, llegar simbólicamente al punto de equilibrio, en el que sin lugar a dudas podía hablarse de la consolidación de una danza masculina nacional al más alto nivel.

Este afianzamiento definió el camino a seguir por las generaciones posteriores, y al estimularse el gusto por la danza entre los más pequeños, y con el beneplácito de sus padres, que dejaron atrás viejos prejuicios, se comenzó a ver esta profesión como algo digno a lo cual podían dedicar su vida.

Los primeros bailarines que he mencionado, con sus extensas y fructíferas carreras —algo poco frecuente en la danza masculina— marcaron por muchos años el paso de la compañía. Mientras, poco a poco, surgían, se preparaban y se incorporaban, los nuevos que ofrecerían una continuidad al esfuerzo de sus predecesores.

Esta historia ya está escrita y nada puede cambiarla. Recordarla y revivirla provoca alegría, orgullo y admiración en los que disfrutaron de su arte. Con ellos se inició esa nueva era en el campo de la danza masculina dentro del BNC, que hoy trasciende fronteras y ha dado tantos nombres importantes dentro del mundo de la danza.

Sería hermoso que el Ballet Nacional de Cuba, institución que ha rendido homenaje a tantas de sus primeras bailarinas, por sus treinta años de vida artística, celebrara una gala con la presencia de estos artistas. Ideal sería que esto ocurriera en la sala García Lorca del Gran Teatro de la Habana Alicia Alonso, el lugar por excelencia, donde crecieron y se desarrollaron, y junto al BNC y al público que los acunó con su admiración y respeto. El fuerte aplauso que por su arte y trayectoria reciban estos pioneros de una importante etapa, servirá para a través de ellos homenajear a todos los que transitaron el camino, y a los que aun hoy siguen cosechado éxitos nacionales e internacionales para el mayor desarrollo y engrandecimiento de la Escuela Cubana de Ballet. ¡Honor a quien honor merece!

NOTAS

1. Ana Leontieva, directora, bailarina y coreógrafa rusa asentada en la Habana en la década de los 40. Solista del Ballet Ruso de Montecarlo y del Original Ballet Ruso.

2. Institución de Beneficencia, desde muchos años ya inexistente en Cuba, que acogía niños sin familia o con problemas familiares.

3. Marta García, Mercedes Vergara, Ileana Farrés, Esther García, Susana Peón, Lidia Díaz y María de los Milagros Roura.

 

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