Actualizado el 29 de mayo de 2017

Réquiem por un espejo de la contemporaneidad

Por: . 25|5|2017

Con El espejo, Mariam Montero y su componente de Ludi Teatro han logrado un punto de encuentro con el dramaturgo que es Abelardo Estorino y un momento prometedor para la escena cubana.

Fotografías de Racso Morejón

En tiempos imprecisos para detectar el colofón de un invierno por defecto y el  inicio de un verano por exceso, me acerqué a la sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht para presenciar uno de los últimos espectáculos en cartelera: El espejo, bajo la égida de la actriz Mariam Montero, y un colectivo de actores provenientes (casi todos) de Ludi Teatro.

Dice un antiguo proverbio que ›› recordar es volver a vivir ››, y cuán lejos estaba este columnista de suponer que aquel espectáculo que presenciaría era una versión, bastante fiel, por supuesto (en cuanto a texto dramático) de El peine y el espejo, obra muy acariciada por mí en la juventud, cuando egresado de Escuelas de Instructores de Arte, me propuse, tantas veces, involucrarla en mi repertorio escénico con el Movimiento de Artistas Aficionados. El motivo para semejante predilección era una pasión, obsesiva, como toda pasión, por  la obra estorineana.

Estamos ante una puesta que en su búsqueda de claves expresivas, se sostiene en una ingeniosa  pretensión estética: un texto que asumido para el teatro, como fue su origen, aporta aquí otra arista: la de capítulo de novela radial lacrimógena, a través de un elenco de actores masculinos, muchas veces travestidosSin embargo hoy, algunos conocedores de nuestra dramaturgia nacional enjuician mal ésta, una de las primeras obras de Estorino (1956), porque consideran que ha envejecido, que ya nada tiene que decir en los tiempos modernos. Criterio que no comparto, porque creo que El peine y el espejo, El robo del cochino y La casa vieja, conforman una trilogía que el propio autor denominó ››variaciones machistas sobre familias provincianas ››. Y aunque El peine… tiene entre sus invectivas la ofuscación tradicional  por el matrimonio judeocristiano, ¿cuántas Rosas inocentes pululan hoy en nuestro ámbito social, pacatas Carmelas u oportunistas Hilarias?

Considero que la elección fue valiosa al tomar una obra nacional, vital y de un autor contemporáneo, que aunque ya no existe físicamente, su legado teatral trasciende hacia otras épocas, pletórico de brillantez y esencial cubanía. Estamos ante una puesta que en su búsqueda de claves expresivas, se sostiene en una ingeniosa  pretensión estética: un texto que asumido para el teatro, como fue su origen, aporta aquí otra arista: la de capítulo de novela radial lacrimógena, a través de un elenco de actores masculinos, muchas veces travestidos. Esto nos hace apreciar que la actriz devenida directora para ese instante, conoce perfectamente las sutilezas del entrenamiento de cada uno de sus actores. Desde su posición, por demás, hegemónica, emana un sustrato psicológico, pedagógico y hasta ideológico. Elementos que le permiten  alcanzar una comunicación interesante con otras disciplinas que convergen en su discurso. Tal es el caso de los diseños de vestuario, iluminación y música, donde esta última aporta un gran mérito a la dramaturgia del montaje: un teatro musical cubano, con proporciones de humor; sobrio y equilibrado.

Desde su posición, por demás, hegemónica, emana un sustrato psicológico, pedagógico y hasta ideológico. Elementos que le permiten  alcanzar una comunicación interesante con otras disciplinas que convergen en su discurso.¿Y qué puedo decir de los actores en el cumplimiento de su misión sacramental? Quizá en alguno de ellos asome, intermitente, uno que otro matiz o intención inadecuada. Nada alarmante si valoramos en su conjunto la organicidad (en esa fusión de canto, baile y actuación) de Frank Ledesma (Rosa), Roberto Romero (Hilaria), Carlos Busto (Carmela), Rolando Rodríguez (Cristóbal), Rone Reinoso (narrador), Joel Martínez (efectista de sonidos) y Luis A. Aguirre (animadora radial).

Se intuye fácilmente que los actores, en su misión de centro de la puesta, se han preparado íntegramente para cada una de sus funciones corporales. Es esa consistencia física individual la que les sirve de soporte para el sistema de códigos creados y recreados cíclicamente, y que alcanza como resultado un comportamiento escénico preciso y/o espontáneo, como equivalente de la realidad cotidiana.

Pienso que con el estruendoso sonido de nuestros aplausos reconocemos la asistencia a un espectáculo en el que también somos capaces de reconocernos a nosotros mismos; en esta historia que se cuenta con acierto, con  refinada ironía impregnada de elementos lúdicos posmodernos.

Se intuye fácilmente que los actores, en su misión de centro de la puesta, se han preparado íntegramente para cada una de sus funciones corporales. Es esa consistencia física individual la que les sirve de soporte para el sistema de códigos creados y recreados cíclicamente...Con El espejo, Mariam Montero y su componente de Ludi Teatro han logrado un punto de encuentro con el dramaturgo que es Abelardo Estorino. Y aprovecho la presente columna al ejemplificar con este momento prometedor para la escena cubana, y decir cómo es lamentable que muchos de los textos que se escriben en nuestros tiempos siguen corriendo el peligro de no alcanzar el contacto adecuado con un público ideal para producir una comunicación a su vez ideal. También es cierto que a veces en esas obras de actualidad no hay una suficiente solidez dramatúrgica que sustente un espectáculo de requerido nivel artístico. Pero además es cierto que hay un juego con la pereza y el desconocimiento del lado de nuestros directores artísticos hacia los dramaturgos recientes. Por eso, como dije anteriormente, puede servir de ejemplo el diálogo coherente y consistente de una obra como El espejo, entre una cultura del texto y una cultura de la escena, para que tengamos un  resultado teatral así: nada forzado ni descentrado  de lo tradicional y lo contemporáneo, de lo local y lo universal.

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