Actualizado el 2 de marzo de 2018

Crónica de un artista inatrapable

Por: . 28|2|2018

Fotografías de Larry Fernández

Fotografías de Larry Fernández

Posiblemente el mambo sea un disparate.

Pero todo el que sacrifica cinco centavos

 en la ranura de un traga-níquel es,

de hecho, lo suficientemente disparatado,

como para esperar que se le diga algo

 que se parezca a su deseo.

Gabriel García Márquez

 

Yo soy el rey del mambo constituye la nueva entrega del dramaturgo matancero Ulises Rodríguez Febles. La puesta en escena de la compañía mexicana Conjuro Teatro, con dirección escénica de Dana Stella Aguilar, cautivó al público nacional y foráneo, que aguardó ansioso en la Isla el estreno mundial de esta pieza.

La obra de Rodríguez Febles despunta por su afán de crónica de vida de quien fuera reconocido mundialmente como el Rey del Mambo. La pieza se torna eco de las polémicas desatadas en la época de Dámaso Pérez Prado —y aún en la actualidad— acerca de la pertinencia o no de este calificativo. Así pues, se alude en ocasiones a criterios diversos respecto a esta disyuntiva.

Sin embargo, el dramaturgo asume una postura otra, dual e inclusiva. Por una parte, aborda los más disímiles criterios acerca de la creación del mambo y la figura de Pérez Prado como ente supremo de este ritmo musical. Y, por otra —y mucho más trascendental en este sentido— enfatiza la idea del texto-homenaje en este mambo drama que realza la figura del artista, “con su exitosa, pero también trágica existencia”.1

Inicia la pieza con los argumentos disonantes de Patricia y El trompeta. Apoya él la idea del nacimiento del mambo como nuevo ritmo musical y baile que está revolucionando México; así como la majestuosidad y elocuencia de Dámaso Pérez Prado. Sin embargo, Patricia se muestra escéptica ante tal acontecimiento, y enuncia aspectos formales de la música, que este nuevo ritmo –de acuerdo a su percepción- no evidencia.

Patricia refiere que el mambo es ruido, un recurso onomatopéyico, ritual afrocubano y la contrapartida del psicoanálisis; es raro, bárbaro, salvaje, primitivo, delirante, extremadamente erótico y reiterativo. Aunque al final de la pieza termine identificándose con este nuevo ritmo, que según ella cambió el mundo; y confiese que se enamoró del artista y su música.

Durante toda la obra se cuestiona que haya sido Pérez Prado el creador/rey del mambo, pues ya existía, desde 1938. Se alude, además, a las figuras de Arsenio Rodríguez y Orestes López, que antes desarrollaron este ritmo musical. Se debate el presunto hecho de que Dámaso se hizo popular en México con algo que no le pertenecía. Más, él se defiende alegando que no robó nada, que se hizo famoso al unir a su manera varios ritmos que ya conocía.

La obra resulta en su más amplio sentido un extraordinario y elocuente homenaje por el centenario del nacimiento de Dámaso Pérez Prado, uno de los músicos cubanos más importantes del siglo XX. La voz del autor se presenta inequívocamente en la meticulosa y peliaguda investigación realizada por Rodríguez Febles acerca de la vida del Rey del Mambo, la cual es aludida al final de la pieza.

La obra evoca los aciertos y desaciertos de la primera presentación de Pérez Prado en México. Se alude, además, a la gira del músico y la rimbombancia de su llegada a Nueva York; así como al accidente que sufrió. Rememoran su muerte y la conmoción de todo México por la noticia. De igual modo, el respeto y la admiración del pueblo mexicano por la figura de Pérez Prado, acentuada en esta ocasión por la presencia de El muchachito de la esquina (Julio Olivares), quien se proyecta risible y recrea la comicidad intrínseca de un personaje tipo.

La intelectualidad ecuménica se refiere al genio y la perspicacia de Pérez  Prado y su creación: el mambo. Así, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Edith Piaf, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, entre otros. De igual modo, el común de los mortales se siente fascinado ante su presencia y el virtuosismo de su obra. Basta sondear el referido personaje de El muchachito de la esquina, que lo idolatra y se vanagloria de su cercanía –ente que representa el cúmulo de adeptos que su genio musical logró atraer, no solo en México y Cuba, sino a escala mundial.

“Cuando el serio y bien vestido compositor cubano, Dámaso Pérez Prado, descubrió la manera de ensartar todos los ruidos urbanos en un hilo de saxofón, se dio un golpe de estado contra la soberanía de todos los ritmos conocidos”.2

El final de la pieza se nos presenta revelador y auténtico: todos los personajes están muertos, lo cual enfatiza la idea de que la puesta en escena no es más que un sentido homenaje a quien fuera un ídolo de su época y de todos los tiempos. La representación finaliza; y el público, así como los actores, el autor y la directora de la puesta en escena, no reconocen aún qué es el mambo, ni tampoco quién su verdadero creador.

Dámaso aparecería por vez primera por un lateral del público como una imagen medio fantasmagórica y manifiesta. Compartiría escenario con El Beny, imagen irreal que solo existe en el recuerdo de Pérez Prado; y nos ofrece las claves del final de la pieza, en que asistimos al encuentro de que todos están muertos. Los músicos hablan de México y Cuba, desde la distancia de dos personajes medio ausentes y ensimismados. El Beny desea regresar, no así Dámaso. Aquel refiere con un marcado sentimiento de cubanía y pertenencia que quién lucharía por esta tierra si todos se marchasen.

La proyección de videos epocales en tiempo real de la representación le otorga a la pieza un hálito de autenticidad y virtuosismo, que contrasta perfectamente con el sentido homenaje que representa la puesta en escena de Conjuro Teatro en la Isla. Asimismo, la alusión a noticias del período histórico en la obra del dramaturgo: estreno del filme Los olvidados de Luis Buñuel; así como la muerte del cantante y actor mexicano Pedro Infante: dos hechos de relevancia internacional, que el texto y la puesta en escena no dejan pasar desapercibidos en época de Pérez Prado.

La grandilocuencia y majestuosidad del quinteto de metales Atenas Brass Ensemble se presenta de un modo asombroso al iniciar el espectáculo con la banda en vivo. Esta apertura sitúa al espectador en la cuerda de una representación que quedaría en la memoria de los teatristas como uno de los acontecimientos más relevantes del 2017 en el ámbito teatral cubano. La banda detrás del fino y transparentado telón negro durante casi toda la representación —tras bambalinas— refuerza el argumento de la pieza y el desempeño de los actores.

La exquisitez musical del solo de trompeta, a cargo de Duliesky Diez Pérez, cautivó a la totalidad del público e hizo al artífice merecedor de una ovación total. Asimismo, la presencia en escena de los músicos en toallas, que rememora las licencias que Pérez Prado disfrutaba tanto en ensayos como presentaciones con sus músicos. Esta imagen se tornó despampanante, risible y elocuente ante los espectadores que se deleitaron durante casi dos horas con la representación escénica. Así, terminarían en las afueras del teatro obsequiando al público asistente temas emblemáticos de Pérez Prado como Lupita, en medio de lágrimas, bailes, total ovación y el encanto de los espectadores.

Las actuaciones se presentan las más de las veces elocuentes, armónicas; con lucimiento y organicidad. Así, descuella por su presentación Gerardo Trejoluna, quien interpreta el personaje de Pérez Prado (desdoblamiento del actor, perfecta caracterización del personaje, el gestus, histrionismo, y su perfecta dicción). De igual modo, Luz Marina Arcos: esta María Cristina que inicialmente se mostró escéptica; sin embargo, más allá de la primera mitad de la puesta en escena, logró una asombrosa identificación con su personaje. Y, al final de la pieza, despuntó por su teatralidad  y virtuosismo.

Por su parte, la interpretación de Omar Godínez (El Beny) no resultó convincente ante un público que ha idealizado el personaje de El Bárbaro del Ritmo. Es meritorio resaltar cómo esta compañía de teatro foránea logró traer a la escena nacional dos de nuestros músicos más representativos de la pasada centuria. El maquillaje y vestuario, a cargo de Alí Lecona e Israel Rodríguez, respectivamente, resultan trascendentales en este sentido. Sin embargo, faltó a este actor la fuerza y el ímpetu para evidenciar la grandilocuencia en escena de Benny Moré.

El diseño escenográfico, también a cargo de Israel Rodríguez, resulta de muy buen gusto y una exquisitez fascinadora. El tocadiscos de la época, las sillas y la máquina de escribir; la bañera, que realza las figuras de Pérez Prado y Patricia, a la vez que las burbujas inundan la escena; los maniquíes de madera, tras los cuales dos actores se desplazan por el escenario y ocultan su cuerpo tras estas siluetas de figura ovoide; el piano y la silla de ruedas, sobre la que Pérez Prado se desplaza por el escenario, al tiempo que grita medio enloquecido y eufórico que él es el rey del mambo; así como el cake y el altar con la Virgen de Guadalupe al centro, que cierra el espectáculo/ homenaje.3

La representación alcanza el fantástico estremecimiento de hacer que el público se sienta inmerso en el siglo XX, a través de la interpretación musical del quinteto de metales Atenas Brass Ensemble, el arte danzario de los actores en escena, la coherencia y fastuosidad del vestuario a la usanza de la época, las imágenes de la Ciudad, y la parquedad y lucimiento de la escenografía. Mis parabienes a Dana Stella Aguilar y todo el equipo técnico y actoral de Conjuro Teatro; y a Ulises Rodríguez Febles por esta reciente e inusitada entrega.

 

NOTAS

  1. 1. Palabras del autor en las Notas al Programa de Yo soy el rey del mambo, por la Compañía Conjuro Teatro.
  2. Gabriel García Márquez. Tomado de https://aceraizquierda.wordpress.com/2014/04/16/tres-de-garcia-marquez-en-tiempo-de-mambo/

3. Me es lícito apartar del cuerpo del texto este comentario, pues no es intención que ensombrezca la majestuosidad de la puesta en escena de Conjuro Teatro. Pero… ¿el Granma en Nueva York? ¿Por qué es esta la publicación periódica que leen los personajes tras su llegada a “la ciudad que nunca duerme”? Un pequeño descuido que no eclipsará la grandilocuencia de este espectáculo; mas tampoco pasaría desapercibido ante los ojos de un espectador aguzado.

Categoría: Artes escénicas | Tags: | | | |

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