Actualizado el 30 de abril de 2018

El fin de todos los milagros o una vuelta de tuerca al teatro del absurdo

Por: . 27|4|2018

Fotografías de Yuris Nórido

Fotografías de Yuris Nórido

(…) lo que se nos reprocha aquí no es en el fondo nuestro pesimismo, sino una dureza optimista.1

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.2

Enfrentar la nueva entrega de Teatro El Público produjo en mi mente un choque y avalancha de textos artísticos y literarios de insólita y divergente deriva. Cada uno de ellos catapulta mis pensamientos hasta los años en que aún me instruía en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Las magistrales conferencias recibidas por las profesoras Mayerín Bello y Astrid Santana constituyen fuertes asideros a los cuales me aferro para escribir estas líneas.

Las novelas de Dostoievski, el universo kafkiano, los textos de Sartre, El extranjero de Albert Camus; así como otros más contemporáneos como Cosmética del enemigo de Amélie Nothomb, constituyen algunas de las obras que invaden mi conciencia, al tiempo que disfruto la puesta en escena de El fin de todos los milagros, de Yanier Palmero. Sin embargo, mucho más trascendental y próxima a esta pieza se presenta la poética del absurdo. Autores como Antoine Artaud, Eugene Ionesco, Samuel Beckett, Jean Genet, Virgilio Piñera, entre otros, parecen estar detrás de cada parlamento, cada línea, cada temática desplegada en este texto del brasilero Paulo Santoro.

Una pareja de ancianos (Arcadi Vathke y Daysi Forcades) refiere durante toda la representación aspectos de su vida pasada. Aluden, de un modo disfuncional y caótico —propio de la poética del absurdo— a una diversidad de preocupaciones que entroncan perfectamente con piezas concebidas durante las décadas del ’40 y ‘60 del siglo XX, tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial. Así, sondean temáticas tan caras a este contexto como la soledad, la desesperanza, el vacío y sinsentido de la vida, la libertad y la inminencia de la muerte; todo esto enlazado con el recuerdo de un hijo que murió siendo niño.

En la puesta en escena son difusos los límites entre la vida y la muerte. Sin embargo, se intuye un antes y un después en el devenir de estos dos sugestivos personajes. Si al inicio se nos presentan más allá de la muerte, luego se produciría una transición temporal que traslada al espectador hasta el pasado de la pareja. Resulta trascendental en este sentido el uso de una silla de ruedas y una camilla de morque, que ambos personajes manipulan indistintamente como alegorías del principio y final de la vida.

La iluminación en la pequeña e improvisada salita del Teatro Trianón donde tuvo lugar la representación es escasa, pero coherente con el ocaso de la vida que evidencia la puesta en escena. El espacio es reducido e intimista. De igual modo, el descuido del vestuario evoca las carencias y emociones más íntimas de estos personajes. Empero, el gestus es por momentos inapropiado. Leves movimientos de los actores niegan al personaje y delatan la no pertenencia de los intérpretes al etario que personifican, especialmente al sentarse y ponerse de pie casi de un tirón de la silla de ruedas y la camilla, así como la prisa al desplazarse en determinadas ocasiones.

No obstante, el nivel de concentración que evidencian estos actores en escena es impresionante. Despunta siempre Teatro El Público por su interacción con el espectador y la sagacidad con que atraviesan la cuarta pared. “Apágame eso”, le diría con ímpetu Daysi Forcades a una espectadora que recibe una llamada telefónica, para luego ordenar a los presentes que hicieran silencio, sin perder por un efímero instante el hilo de su actuación ni traicionar la ecuanimidad de su personaje.

Los dos intérpretes bailan, ríen, al tiempo que recuerdan su pasado con una mezcla de desesperanza y emociones encontradas. Él toca la guitarra, mientras ella canta agónica y tristemente. Luego, casi al final de la pieza, se produciría quizá el momento más intimista y elocuente de la representación: Daysi se maquilla mientras narra la historia de la joven y profesional prostituta, al llegar al encuentro pactado con su esposo.3 El tema de la libertad, tan caro a las literaturas existencialista y del absurdo, estaría en este caso signado por el impetuoso deseo de él de tener sexo con una mujer joven. Se desatan entonces diversos reproches e incomprensiones en la pareja, muy en consonancia con los diferentes modos de percibir la realidad de estos dos anómalos personajes.

El fin de todos los milagros, muy a pesar de la extrañeza que provoca en el espectador por las temáticas desplegadas, el tono intimista y el desasosiego —elementos que la alejan de las propuestas habituales de Teatro El Público— nos exige la admiración y el respeto hacia el talento de estos jóvenes teatristas. El texto de Santoro indaga en lo más profundo de la psiquis humana e insta a reflexionar acerca de la finitud de la existencia, la valía del presente y la imposibilidad de luchar contra la muerte.

NOTAS:

  1. 1. Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo.
  2. 2. Albert Camus, El extranjero.
  3. 3. En este punto se me antoja otro guiño literario. Es imposible al presenciar esta escena no pensar en Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, novela que cuenta la historia de un anciano que busca probar(se) en el ocaso de su vida con una adolescente virgen.

 

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