Actualizado el 25 de agosto de 2018

Aire frío o la miseria atemporal y ciudadana de una sociedad

Por: . 25|8|2018

“Cuba, paraíso tropical… Visite a los Romaguera,

en Ánimas 112, familia respetable

que está encantada de la vida”.

Virgilio Piñera: Aire frío

 

No es menos cierto que cuando una obra de arte queda por debajo de las exigencias de un espectador, ello condiciona incluso el hecho de sopesar si se obró bien al asistir a tal suceso. Sin embargo, peor en este sentido resulta que ese entramado artístico supere las expectativas en cuanto a funcionalidad y valor estético de la obra en cuestión. Acarrea entonces una avalancha de ideas de divergente deriva que incita poner orden a tales disquisiciones. Quizá fue esto último lo que me sucedió el pasado 2 de marzo en la pequeña sala de Ayestarán y 20 de mayo.

Nunca imaginé que tendría la oportunidad de presenciar directamente la puesta en escena de Aire frío, por Argos Teatro. Pensé que me quedaría solo con el vago recuerdo de una grabación de su estreno en el año 2012. Sin embargo, el compromiso de Carlos Celdrán y todo su equipo técnico y actoral, quienes aún apuestan por la trascendencia y valía de uno de los exponentes más encumbrados de nuestro teatro, se aventura a que tal olvido no sea perpetrado. Enhorabuena, el montaje de la pieza de Virgilio Piñera, que seis años atrás (2012) fuera galardonado con el Premio de la Crítica, regresa al escenario de las tablas cubanas.

El diseño de escenografía, a cargo de Alain Ortiz, simula una pequeña sala-comedor de un humilde hogar de los que aún hoy día podemos encontrar en nuestro contexto más inmediato, muy a pesar de la distancia que separa el texto de Piñera de los momentos actuales. Una mesa de comedor y cuatro sillas, un sofá, una máquina de coser y un amplio mueble que ostenta un teléfono y varios libros organizados con rara y perspicaz obsesión, así como dos ventanas (una que permite ver quizá la casa de Laura, y a través de la cual Luz Marina —heroína de este clásico del teatro cubano— espía con añoranza y reticencia el mundo exterior; y otra que se encuentra en la entrada principal de la casa, por la cual entran y salen los personajes de y hacia la escena, y que a su vez los separa de la realidad que los circunda) constituyen el entramado escenográfico en el cual discurre y se difumina la vida de esta familia.

La familia Romaguera es una de las tantas humildes por excelencia que aún en tiempos modernos se halla en la Cuba de hoy. Por tanto, los conflictos de Aire frío resultan atemporales, pero también de índole universal. Una familia que lucha incesantemente contra la monotonía, “el paso demoledor del tiempo, el absurdo y la repetición progresiva de sucesos cotidianos”1 en una vida signada por la escasez. Sin embargo, las carencias, la insolvencia y el calor asfixiante de una sociedad en crisis aún persisten en la Isla como valores intrínsecos del ser y sentirse cubanos.

Si algo define Aire frío como una pieza cubana y a la vez universal es “su permanencia, su cercanía: una historia raigal sobre nosotros mismos”2. Carlos Celdrán encontraría el mejor de los recursos para adentrarse en la poética piñeriana a través de un entramado estético que centra su atención no en las décadas del ʻ40 y ʻ50 del siglo XX como refiere el texto escrito, sino en cualquier tiempo cubano, y abrir el espectro a nuevas caracterizaciones que obstruyeran un encasillamiento epocal e histórico de la pieza.3

Así, se produciría una reactualización de la poética piñeriana en la puesta en escena, elemento este que se presenta bien justificado de acuerdo a la trascendencia del texto escrito y los conflictos coyunturales de Aire frío. Oscar, el menor de los hermanos y alter ego por excelencia de Piñera, antes de partir a Buenos Aires es instigado por el resto de su familia, al advertirle que ya nada es como antes, pues ahora puede irse y regresar, sin temor a que “la maldita circunstancia o la eterna miseria que es el acto de recordar” le agobien. Asimismo, Enrique hablaría con su esposa María por celular en una ocasión, y el dinero que casi a fuerza de golpes le cede a Luz Marina para sufragar algunos gastos del hogar paterno y obsequiarle a Oscar para su viaje al extranjero sería siempre en peso cubano convertible (cuc).

El diseño de luces, de la mano de Manolo Garriga, es uno de los detalles técnicos que mayor valor le otorgan a la puesta en escena de Argos Teatro. Priman la inmediatez de la iluminación, la coherencia en cuanto a estados de ánimo de los personajes y el marcado interés en priorizar en cada momento el más mínimo detalle que no debe escapar ante la mirada del espectador, de modo que el juego de luces viabiliza y acrecienta los momentos de mayor tensión e intimismo en la representación.

Los primeros destellos al iniciar la puesta en escena inciden en Luz Marina y su hermano Oscar a través de una de las ventanas. Ella sentada frente a su máquina de coser, mientras él escribe uno de sus poemas. La luz se acrecienta, tornándose más nítida cada vez, al tiempo que inicia el primer cuadro de la pieza. De igual modo, el regreso de Oscar se insinúa con su presencia sobre el viejo sofá de la sala, acentuada por un círculo de luz que se empequeñece con la llegada del día y aparición de Luz Marina en escena.

Al final de la puesta este reflector a modo de linterna gigantesca, que busca escudriñar cada espasmo del deambular cíclico de los Romaguera, acrecienta el sufrimiento impostergable de cada uno de los hermanos por la muerte de la madre. Sin embargo, quizá el lapso de tiempo mejor logrado en este sentido resulta el de la instantánea por los cincuenta años del matrimonio de Ángel y Ana, con lo cual Celdrán —y por qué no, Piñera— evidencia la impudicia de esta familia al posar desnudos de alma ante los espectadores, con sus miedos, carencias y ataduras. La voz del fotógrafo en tiempo real incita lo caricaturesco y deformado de la postura familiar ante la imagen que patentiza la coexistencia de su propia descomposición.

Aire frío se construye a partir de conflictos donde priman la cotidianidad y un lenguaje sencillo, directo, que no escapa a la comicidad, la ironía y el aparente sinsentido que evidencia el teatro del absurdo. La “ausencia” de un conflicto dramático en el sentido más estricto del término favorece el ambiente onírico que sondea la poética piñeriana. El calor asfixiante y la urgente necesidad de la compra de un ventilador signan la vida de los Romaguera, y especialmente de Luz Marina, quien sentada frente a su máquina de coser ve pasar toda una vida por delante de sus ojos.

El uso reiterado de lexicalizaciones y otras normas de marca diastrática le confieren a la pieza un valor intrínseco y cercanía con los espectadores, más allá de las distancias entre su proceso de escritura y montaje más reciente. Próximas e irrisorias resultan ante el público nacional estas unidades funcionales y semánticas, que se caracterizan las más de las veces por su indivisibilidad. Por ejemplo, ʽdejarla en la manoʼ, ʽquitar lo bailaoʼ, ʽsacar de las casillasʼ, ʽponerte nuevoʼ, ʽtener memoria de elefanteʼ, ʽtomar el peloʼ y ʽequivocarse de medio a medioʼ, por solo citar algunas de ellas.

El enfrentamiento entre los miembros de la familia; el sufrimiento y sumisión de Ana ante el patriarcado impuesto por Ángel y las visitas de este a la Logia, las cuales trasmutan en infidelidad; la monotonía de la vida, el fracaso y la agonía; la despedida por el viaje de Oscar; la ceguera del padre; el regreso de Luis, el hermano sordo que vive en Nueva York; los reproches e incomprensiones y la inminencia de la muerte de Ana condicionan el resquebrajamiento de los Romaguera desde el interior del hogar. Sin embargo, no cuesta reír ante la disfuncionalidad de esta familia. El cubano siempre sonríe, incluso ante problemas que le son raigales.

El personaje de Enrique, el mayor de los hermanos, es interpretado por José Luis Hidalgo, uno de los consagrados actores de Argos Teatro, que ha demostrado a cabalidad una seguridad y dominio de la técnica dramatúrgica en el escenario de las tablas cubanas. Es este, en su rol de dirigente institucional, el miembro de los Romaguera que cuenta con una solvencia económica capaz de apaciguar los problemas más inmediatos de la familia. Sin embargo, le inquieta el qué dirán y las ataduras sociales en detrimento de la unidad y bienestar familiares. Al final de la pieza, los hermanos pugnan fuertemente debido a la inminencia de la muerte de Ana, que yace en su habitación. El soberbio y objetivo Enrique se aferra a la idea de realizar los funerales de su madre fuera de la casa familiar de los Romaguera, pues esta no se encuentra en condiciones para recibir a aquellos con los cuales se relaciona en su ámbito laboral.

Alberto Corona (Oscar), Waldo Franco (Luis), Rachel Pastor (Laura) y Michaelis Cué (Benigno) trascienden la esquematicidad característica de un personaje tipo en la creación y defensa de sus respectivos roles en la puesta en escena. Sus actuaciones resultan orgánicas y coherentemente empastadas con los conflictos y subtemáticas que atraviesan diametralmente el montaje de la obra de Piñera. Waldo Franco, ausente hasta casi el final de la pieza, le confiere a su personaje la majestuosidad de una caracterización elegante, alejada de futilidades y repeticiones, en armónico contraste con el gestus y la mímica a través de los cuales alcanza su propósito en escena.

Especial atención merecen Pancho García (Ángel) y Verónica Díaz (Ana), los padres de la célebre familia Romaguera, dos actores de reconocido prestigio en las tablas cubanas. Resulta trascendental la hibridación que logran ambos en el escenario. No despintan, no flaquean, no carecen de técnica y mucho menos de ímpetu, regocijo, al tiempo que gozan de una amplia amalgama de matices en sus respectivas salidas a escena. Aducen al patriarcado machista y la sumisión, atadura y silenciamiento de la mujer, que aún hoy día prevalece en muchos hogares como un fenómeno coyuntural de la sociedad cubana.

Sin lugar a dudas, el mayor cúmulo de emociones y aplausos de la puesta en escena apuntan irremediablemente a la actuación de Yuliet Cruz y la encarnación de una Luz Marina Romaguera que ha quedado para la historia del teatro cubano. Su atractivo femenino, perfecta dicción y lo irrisorio que resultan en ocasiones sus gestos y miradas ante las situaciones que sondean a su personaje, la hacen merecedora de un rotundo éxito de público y crítica. Yuliet, a quien ya tuve la oportunidad de disfrutar en el montaje de piezas como Talco y Mecánica de Abel González Melo, Fíchenla, si pueden, basada en La puta respetuosa de Jean-Paul Sartre y El tío Vania de Antón Chejov, es una de esas actrices que brilla por sí sola e irradia talento, entrega, fuerza y una espectacular elegancia como pocas en el escenario de las tablas.

Por su parte, Celdrán sitúa al margen de los conflictos y temáticas desplegadas en la pieza varios personajes ausentes o meramente aludidos4, a los cuales no les resta trascendencia, mas sí suprime su aparición en escena. A este grupo pertenecen la esposa de Enrique y el marido de Laura; así como la sobrina Beba, de vital importancia para una de las situaciones conflictuales de la pieza, y que constituye el detonante del enfrentamiento en el cual Luz Marina y Ángel hacen catarsis en escena.

La monotonía de una vida que no avanza al compás del tiempo; el resquebrajamiento de la familia; la imposibilidad de poder ver más allá de las paredes de la casa, en estrecho vínculo con La isla en peso del propio dramaturgo; la posibilidad de llorar y reír al tiempo que los problemas más raigales de la sociedad cubana son representados en escena; la seriedad del vestuario y trascendencia del diseño de luces; lo apropiado del gestus, que incita a la comicidad; así como la extrañeza y el desasosiego que produce la llegada de un ventilador ante la mirada inquisitiva de esta excepcional Luz Marina, condicionan que casi dos horas y media de puesta en escena no demeriten la grandilocuencia y majestuosidad del espectáculo.

“En mi teatro trato de expresar lo que pasa a mi alrededor (…) en Aire frío, lo que fue miseria de nuestra vida ciudadana por cincuenta años”.5 Porque tal y como expresara Carlos Celdrán, “faro que guía esa embarcación que no quiebra, no decae, no va a pique”6 -y aquí me cito para no repetir, esta es una historia sobre nosotros mismos, que se proyecta frente a la ansiedad, lo salvaje y la duda en medio de un universo inexplicable; una historia cíclica, atemporal y marcadamente descriptiva de la sociedad cubana de todos los tiempos.

 

NOTAS

  1. 1. Carlos Celdrán: Notas al programa de Aire frío (2012)
  2. 2. Íd.
  3. 3. Cfr. Ob. cit.
  4. 4. Según la terminología utilizada por José-Luis García Barrientos en su texto Cómo se comenta una obra de teatro.                                                                                                                                                                                            5. Virgilio Piñera: “Sobre el libro”, en Teatro completo

Categoría: Artes escénicas | Tags: | | | | |

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