Actualizado el 30 de julio de 2011

Cattelan vs. Cattelan

Por: . 25|4|2010

Maurizio Cattelan (Padua, 1960) es un nombre del mainstream que ya puede darse el lujo de pelear consigo mismo, sin temor al fracaso en cuanto a impacto mediático o cobertura polémica. Más de una pieza emblemática le facilita a este humorista cerebral complejizar o simplificar los matices de su tragicomedia hiperrealista. Desde febrero y hasta agosto de 2010, The Menil Collection de Houston exhibirá una retrospectiva de obras concebidas por el artista entre el 2003 y el 2007, organizada por el curador Franklin Sirmans.

Un productor visual reconocido en el circuito internacional como el remunerador en serie Santiago Sierra (Madrid, 1966) declaró en cierta entrevista que las retrospectivas son para artistas célebres o muertos. Cattelan obvió éste prejuicio y miró hacia atrás con ese libertinaje solo permisible en la falacia del arte. Así lo vemos intervenir el espacio galerístico con la tranquilidad que ofrece lo museográficamente correcto y sin la necesidad de recurrir a los trucos del escándalo público.

Tal parece que Cattelan aspira a ser recordado como un prestidigitador dotado para convertir el drama de lo real en artefactos escultóricos o simplemente objetuales, gratos a la vista. Ello lo condujo a su fórmula esencial: oscilar entre lo banal y lo traumático mediante la solución de graficar lo que esconde o revela el ardid retiniano de lo físicamente palpable.

Figuraciones escultóricas en mármol blanco simulando cuerpos tapados con tela alusivos a una muerte colectiva, maniobra de ocultamiento sugerida por Duchamp y llevada a gran escala pública y política en los empaquetamientos de Christo. Un niño tocando el tambor sentado en el techo del Menil evoca una escena de alerta bélica extraída de la novela El tambor de hojalata de Günter Grass. Brazos que “salen” de la pared exhiben la estética nazi para “saludar” hitlerianamente al público, retomando las amputaciones corporales que identifican las esculturas de Robert Gober. Una mano colgada de una lámpara de la que resalta un dedo indicando una conocida señal de inconformidad calca al predecible y efímero Cattelan. El palo de una escoba que sostiene un lienzo virgen provocando un doblez en el centro, “saca de la prestigiosa nevera” del Menil Collection los cortes verticales en la tela de Lucio Fontana. Este guiño cómplice ilustra un vínculo complaciente entre el artista vivo y la institución que adquiere y promueve su obra.

Otra vez Cattelan se entrega a la justicia impedida de procesar al falso ladrón por sus atracos referenciales. Jorge Luis Borges decía que la literatura es un eterno plagio. El arte contemporáneo también lo es y vale aclarar que la similitud no debe avergonzar a nadie. Dicha analogía reafirma otro lugar común: la ansiedad de las influencias como detonante para reciclar operatorias capaces de reactualizar a los clásicos. Lo paradójico de esta muestra consiste en que logra decepcionar a los seguidores del artista y, de igual manera, seducir a quienes lo consumen por vez primera en términos de una curiosidad inevitable.

La retrospectiva de Maurizio Cattelan en The Menil Collection prueba que los grandes artistas están destinados a luchar frente a la dimensión de su pasado. En esta ocasión, el autor de piezas controversiales, sobrecogedoras y espectacularmente universales como La Nona Hora (1999), Him (2001) o Hollywood (2001) ha sido superado por él mismo. Aunque ello no significa que el combate ha terminado. En tales casos, la humilde soberbia del talento deberá imponerse a la arrogancia de creerse inmortal antes de merecerlo.

Categoría: Artes plásticas | Tags:

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