Actualizado el 6 de agosto de 2011

de Carlos Enríquez y Salvador Dalí

y cuando el pincel se cambia por la pluma

Por: . 7|5|2010

(DES)ENCUENTROS SURREALES DE UN CATALÁN Y UN CRIOLLO

En 1930, Carlos Enríquez tiene que abandonar La Habana amenazado por el tirano Gerardo Machado, a quien ha ridiculizado en uno de sus cuadros, y perseguido por el revuelo que desata el realismo de sus desnudos entre la pacata burguesía cubana de su época. Ancla en París, centro por entonces de las escuelas pictóricas de vanguardia, y traba allí contacto con posimpresionistas, cubistas y surrealistas.

Más llegaría tarde para asistir a los afanes de Salvador Dalí y Luis Buñuel en El perro andaluz, donde sus vastas imaginaciones se unirían para alumbrar la primera película surrealista. Y habría seguido ya camino hacia España cuando Dalí exhibe La persistencia de la memoria en la parisina Galería Pierre Colle. Es el año 1931, y a esta exposición individual le seguirán otras en 1932 y 1933, que consagran al catalán como líder pictórico del impetuoso movimiento artístico iniciado por el escritor André Breton.

Cuando Carlos Enríquez hace apología del surrealismo en una conferencia, proclamando a este como “triunfo de la imaginación” y “aquel que más abiertamente ha salido al paso de la vulgaridad cotidiana” con el fin de “desmoralizar el orden racional burgués”; ya para esa fecha de 1944, no quedaría lugar dentro del movimiento para el pintor español que aseguró: “Yo soy el surrealismo”. Le habían expulsado definitivamente desde 1941 por su posición política reaccionaria, avidez monetaria y el regreso al clasicismo en sus códigos plásticos.

A pesar de estos desencuentros, muchas otras convergencias unen en la vida y en la obra a estos genios de lados contrapuestos del Atlántico, nacidos con pocos años de diferencia (Enríquez en 1900 y Dalí en 1904) y dados a conocer ambos, precozmente, desde mediados de la segunda década del siglo pasado.

Carlos Enríquez nunca se proclamaría surrealista sino más bien cercano al expresionismo. Pero no dejó de reconocer esa influencia, que se deja ver sobre todo en la atmósfera de sus escenas de quirófanos de los años 30; y admiró profundamente al Bosco, quien es para muchos el principal antecedente histórico del surrealismo.

Exaltó el creador del Rapto de las Mulatas, como uno de los rasgos más revolucionarios del surrealismo, el haber ampliado el “objeto exterior” con la incorporación del valor plástico aportado por la expresión del mundo interior del artista. Esta cualidad, que en Dalí tomara cuerpo en sus famosos “relojes blandos”, sería utilizada por Carlos al prodigar sus “bidés”, metáfora visual que englobaría en una sola imagen la apetitosa carnalidad de la mujer y sus deformadoras represiones y pudores públicos.

Si visiones oníricas serían la materia prima fundamental de ingeniosas creaciones del catalán como Los placeres iluminados; por su lado, el cubano reconocería que “muchos de sus cuadros les asaltarían en las noches, durante el sueño”.

Simpatizó Enríquez con las teorías del psicoanálisis sobre el inconsciente y fue acusado de “freudiano” por el contenido abiertamente sexual de varias obras suyas. Aunque más recatado en sus pinturas, Dalí se inspiraba igualmente en Sigmund Freud, y hasta se empeñó en conocerle para investigar sobre sí mismo y dilucidar la marca que el fantasma del hermano menor muerto, de igual nombre, Salvador, había dejado en su personalidad urgida de autoafirmarse en todo momento.

Dalí y Federico García Lorca estuvieron unidos por una amistad de larga data, enfriada luego por causa de las supuestas insinuaciones sexuales del poeta; sin embargo, el catalán se notó conmocionado por el cruento asesinato del bardo en 1936.

El cantor del Romancero Gitano y el pintor del Romancero Guajiro tendrían también ocasión de conocerse, y en circunstancias muy especiales para los dos. Ocurrió durante el homenaje al granadino al final de su estancia en la Isla, en la casa de Emilio Roig de Leuchsenring, adonde se habían trasladado los cuadros de Carlos tras la fallida exposición de 1930, poco antes que el cubano tomara, como Federico, rumbo hacia Europa.

Los dos pintores valoraron altamente el genio de Pablo Picasso. Más, con su tradicional grandilocuencia, Dalí se consideró de la misma talla que el cubista. Rasgo extremo de autosuficiencia que diferenció radicalmente a este artista del otro. Del mismo modo, la ambición de Dalí por acumular capital y su egoísmo le separan de un Carlos Enríquez desprendido y despilfarrador. Diferencias de carácter que se tradujeron en una vida de penurias para el cubano mientras el catalán apuntalaba su renombre con el lujo que rodeó su existencia.

Proclives a ser aproximados por su aspecto exterior: torso estrecho, ojos alucinados y bigotes singulares, y por elementos psicológicos como la fecunda creatividad, inquietudes intelectuales abiertas o el carácter iconoclasta y provocador; fue, sin embargo, más concreta y edificante la rebeldía del cubano.

Enríquez había escogido conscientemente sus blancos: el academicismo pictórico, la estructura clasista imperante en la sociedad cubana, y el interés por reflejar la realidad de los campos cubanos, tanto en sus valores estéticos subyacentes como las precarias condiciones de vida de sus habitantes.

En Dalí la actitud opositora se revela oportunista, apenas una pose exhibicionista para atraer sobre sí la atención de los medios de comunicación. Pero tuvo lucidez suficiente para advertir: “El payaso no soy yo sino esta sociedad monstruosamente cínica y tan puerilmente inconsciente, que juega al juego de la seriedad para disimular su locura”.

Además, en la pintura mostró devoción por el paisaje ampurdanés, su región natal; dejando fuera de sus figuraciones aquellos entornos urbanos, de París y Nueva York, en los que transcurrió la mayor parte de su vida. Hasta puede adjudicársele una pionera vocación ecologista, por la pasión con que luchó para conservar las zonas de Portlligat y Cap de Creus del peligro de la invasión turística.

Puede aportarse aún otra coincidencia entre ambos. Los dibujos que Salvador Dalí hiciera para una edición del Quijote de Cervantes, obra cimera de la raíz ibérica, se cuentan entre sus más queridas creaciones. Mientras que a Carlos Enríquez le debemos que ilustrara la edición príncipe de El son entero, de Nicolás Guillén, pieza ancilar de nuestras letras en el reconocimiento de los valores autóctonos de la cubanía.

Esta circunstancia, representativa de un amor por la literatura, introduce una vocación paralela a su carrera de artistas del pincel, que refuerza la idea de una vinculación fuerte, aunque nunca tan explícita como acá, entre ambos talentos.

2004: SALVAR AL ESCRITOR DALÍ

Desde octubre de 2003 comenzó anticipadamente en España el jubileo por el más célebre de sus pintores del siglo XX. Dos grandes exposiciones en Venecia y Filadelfia, junto a otras doce, y la celebración del segundo congreso daliniano, revivieron al genio catalán a lo largo del 2004, en conmemoración por el centenario de su nacimiento que se cumplió el 11 de mayo.

La Fundación Gala-Dalí incluyó otras acciones de tipo más comercial y propagandístico, como el bautizo de un avión Airbus con el nombre del pintor y la realización del sorteo de la Lotería Nacional bajo la cúpula del Teatre-Museu Dalí.

Juan Carlos, el mismísimo Rey de España, se encargó de pronunciar las palabras de apertura del Año Dalí, en las que lo comparó con “un hombre del renacimiento” por la vastedad de sus cualidades, que le permitieron destacar como pintor, dibujante, grabador, escenógrafo, escultor y creador de objetos.

Pero lo más significativo de este homenaje fue el modo afanoso con que se preparó asimismo el lanzamiento de Dalí en el papel de figura sobresaliente para las letras hispánicas.

A muchos sorprendería descubrir que el volumen de sus escritos alcanzara para ocho tomos que condensaron sus Obras Completas, en una antología preparada por la editorial Destino, de Barcelona. Estaban ahí sus tempranos artículos, de 1919, que dedicó a aquellos grandes maestros de la pintura que serían luego sus referentes (Velásquez, Goya, El Greco, Durero, Leonardo da Vinci y Miguel Ángel). Incluía La conquista de lo irracional, de 1935, el más importante de sus ensayos porque sintetiza los avances logrados en el singular método pictórico que bautizó como “paranoico-crítico”.

Se rescataron Vida secreta (1941) y Diario de un genio (1964), dos autobiografías que muestran las luces y sombras del propio Dalí como los ejes centrales de su producción escrita. Asimismo se recogió su única novela Rostros ocultos, de 1944.

Francia se sumó al homenaje con la reedición de este último título, que originalmente se publicaría en la lengua gala. La narración, de estilo vanguardista, aborda la vida de un grupo de aristócratas en el período alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Dalí justificaría su escritura diciendo que “la historia contemporánea ofrece un andamiaje excepcional para una novela sobre la evolución y los conflictos de las grandes pasiones humanas”.

2007: AL RESCATE DEL OTRO CARLOS

Cuando Eduardo Avilés, periodista y amigo del pintor, lee Tilín García queda gratamente sorprendido: “¡Eres un majá Carlitos! Creí que eras uno, y ahora me resultan dos Carlitos”. Elogia la novela y compara al naciente escritor con “una especie de Céline criollo en una atmósfera de repuñetera”.

Varios críticos van en ese año de 1939 a considerarle “la voz más lograda de la esencia cubana actual”. En universidades de Estados Unidos se apresuran a incluirle en los programas de literatura hispanoamericana.

Sin hacer caso a los halagos, Carlos Enríquez valora su resultado con modestia: “Creo haber escrito un libro sin grandes alardes literarios, sin pretensiones de gran psicólogo y en el lenguaje sencillo y propio que nos es familiar a los cubanos”. Él, que en Campesinos felices y Combate había captado como nadie los matices del Trópico y el espíritu de su gente, se había lanzado a hacer la novela sólo porque no se sentía conforme todavía con el verismo de sus pinturas.

Tilín García le sale entonces como una extensión narrativa de su creación en imágenes. Por eso, en el lenguaje y estilo, se superponen el aliento naturalista que cabría esperarse por la temática y el poderoso gesto expresionista característico de su obra plástica. Incluso el protagonista del libro, una suerte de Robin Hood criollo, era el mismo personaje real de su natal Santa Clara que antes inspirara Rey de los campos de Cuba, lienzo premiado en el Salón Nacional de 1935.

La motivación literaria de Enríquez no culmina ahí, sino que se continuará en dos novelas: La feria de Guaicanama y La vuelta de Chencho. Ambas redundando en su obsesivo interés por equilibrar belleza y realismo en la pintura del panorama rural cubano.

Pero los valores alcanzados por Carlos en esta otra vocación permanecen sin degustar aún por las jóvenes generaciones de lectores cubanos, ante la ausencia de nuevas ediciones de sus piezas narrativas.

En el año 2000, como homenaje al centenario de su nacimiento, exposiciones antológicas, seminarios y coberturas de prensa lograron saldar con bastante amplitud la deuda con el Carlos Enríquez pintor, cuya trayectoria, junto a las de Víctor Manuel, Fidelio Ponce, Eduardo Abela, Amelia Peláez y Wifredo Lam, cambió definitivamente la plástica cubana para incorporarla a la modernidad.

Queda ahora pendiente revivir “al otro Carlos”, al escritor. Y merece que se haga con decoro, o hasta con bombo y platillo tal como los españoles hicieron con Dalí.

La oportunidad debiera darse pronto, quizás para el año próximo de 2007, cuando en un día de mayo —en otra coincidencia con el catalán, esta de significado contrario— recordemos que han transcurrido cincuenta años desde que uno de nuestros genios más grandes agonizara, acompañado sólo por los quejidos del perro Calibán, calamitosos el cuerpo y los bolsillos, en la guarida entrañable del Hurón Azul.

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