Actualizado el 30 de julio de 2011

Y la larga historia de los zapatos

Liudmila, la zapatera prodigiosa

Por: . 16|8|2010

Liudmila, la zapatera prodigiosaEl pie es un objeto erógeno. Esa es la razón por la que a las niñas orientales les ponían zapatos de acero, para que no les crecieran los pies, pues chiquitos y delgados son para los descendientes de Confucio, un exquisito símbolo de placer.

La misma causa llevó al Príncipe a calzar a la Cenicienta: estaba fabricando el amor, de una manera transparente, dura y frágil, como el cristal del zapato de ese cuento. Sí, el zapato femenino es un eficaz objeto de seducción. Atenea, con poderes casi absolutos, patrona del arte de la agricultura y de las labores femeninas, donó al hombre, ella, una mujer, la invención del arado y la flauta y las artes de la domesticación de animales, la construcción de barcos y la fabricación de zapatos. En la mitología, ese objeto simboliza la fecundidad.

En nada de esto pensó conscientemente la santiaguera Liudmila López Domínguez, “Liud”, cuando se enredó con los zapatos: “Un día empecé jugando con unos amigos a recortar revistas y pegar. Encontré unos zapatos que me gustaban, los recorté y los pegué como un diseño de un mueble; y me enamoré de esa idea, y dije voy a hacer un proyecto. Dos días después, porque las cosas vienen una detrás de la otra, tenía la cámara en la mano y empecé a tirar fotos por la casa a distintos objetos, y entre ellas hice una a unos zapatos que me atraían mucho. No había pasado mucho tiempo cuando, casualmente, estaba en la fototeca pasando unas imágenes, y se quedó en la máquina la foto aquella del jueguito. Y Lisette Solórzano (artista de la fotografía) la ve y dice: ‘¿De quien es esto?’; le dicen y me invitan a participar en la Fototeca. En ese momento los zapatos pasaron a formar parte de mi obra y empecé a hacer litografías con zapatos. Una tarde pasé por la Villena, vi una exposición y me dije: ‘Esta es la galería de mis zapatos’, porque ahí terminaba la calle Obispo y yo quería exponer allí. Me decían que eso es imposible y yo decía: ‘para mí nada es imposible, yo soy de Santiago y he llegado hasta aquí’. Fui a ver a Onedys (curadora de arte), que tenía que ver con todas las galerías de La Habana Vieja, con el proyecto, las imágenes, el concepto general que quería…

Liudmila, la zapatera prodigiosa“La exposición se llamaría Evas, los títulos eran etiquetados como en las tiendas; y allí monté el primero de febrero del 2007, mi primera exposición de zapatos. Después hice tres muestras en España que, para mi sorpresa, a la gente le gustaron mucho. Hace poco un serígrafo amigo me decía que yo ya tenía mis jueguitos con los zapatos desde el 2003, entonces ya eran símbolos y con manejo erótico. Pero realmente no me daba cuenta de eso.”

Cuando la pequeñita Liudmila empezó a interesarse en ese objeto destinado al ser humano, el zapato tenía mucho ya de historia. Las sandalias de esparto encontradas en las cuevas de los Murciélagos en Granada, España, muy parecidas a las sandalias egipcias, son los calzados más antiguos que conocemos; hojas de palmeras o papiro y a veces recubiertas con tela pintada, eran los materiales usados. Una sandalia sujeta al dedo grueso, por medio de una correa, fue el zapato en Asiria. Griegas y romanas en la antigüedad llevaban unas zapatillas que cubrían solo los dedos y la parte anterior del pie. Mientras, en la Galia y otros pueblos bárbaros lucían una suerte de sandalia semejante a la cáliga, que tapaban los dedos y se ataban con correas. En 1700, las señoras elegantes de Venecia exhibían zapatos tan empinados que casi no podían caminar; con la Revolución Francesa cayeron en desuso, las costumbres cambiaron y se impuso el calzado cómodo y protector, que en invierno se reforzaba con piel.

La historia de Liudmila es mucho más corta: nació en Ciudad de La Habana, pero a los dos años llegó a Santiago de Cuba porque su papá fue a trabajar allá. Su familia es de esa provincia oriental. Allí estudió en la escuela vocacional de Artes Plásticas y en la profesional de Bellas Artes José Joaquín Tejada, una suerte de San Alejandro santiaguera. Y regresó a conquistar la capital. Con un poco de esfuerzo lo logró y hoy vive en el corazón de Centro Habana. Desde 1996 a la fecha, ha realizado diecisiete exposiciones personales, algunas en Santiago de Cuba, otras en España y la mayoría en Ciudad de La Habana. Y ha participado en más de cien colectivas en numerosas ciudades cubanas y de otras latitudes.

Liudmila, la zapatera prodigiosaTiene varios performances, entre los que destaca por su singularidad Lo que llevo en la cabeza es un zapato, una suerte de pasarela, en la que conocidas mujeres de Cuba mostraron sombreros-zapatos, confeccionados cada uno según la personalidad de la modelo.

Sus zapatos, elaborados con papier maché u otros materiales, recuerdan el siglo XIX, cuando el calzado se hacía a mano y el vestir elegante era sinónimo entonces de usar zapatos fabricados manualmente. Todavía hoy existen verdaderos artistas que confeccionan piezas singulares, cuyo destinadas no son las exposiciones sino el uso práctico.

El XX ha sido el siglo del calzado femenino. Los materiales son tan diferentes como los modelos: piel de cocodrilo, sintéticos… y hasta de madera, como los de los japoneses, que son manejados magistralmente por sus dueños y dueñas, o como los franceses, que se vieron obligados a usarlos durante la ocupación nazi.

Antes de llegar a ese objeto tan práctico como erótico, Liud desanduvo su propio camino: “Estuve como un año pintando, y de ahí empecé a trabajar en el Taller Experimental de la Gráfica, en el Callejón del Chorro. Comencé a hacer litografías al principio, hasta que conocí a Belkis Ayón, que se enamoró de mis primeras piezas de grabado, aunque eran muy elementales. Ella me habló de La Huella Múltiple, me dijo que tenía un taller en el Instituto Superior de Arte (ISA) y se invitarían a un grupo de artistas jóvenes que no estaban en esa institución. Me pidió que le llevara una carpeta y fui seleccionada. Hice cinco talleres, con los artistas Rubén Rodríguez, Ángel Ramírez, la propia Belkis, el gallego Posada, cada uno de ellos nos dio una especialidad de grabado. Y yo estuve haciendo grabados hasta el 2006, fundamentalmente calcografía y serigrafía en el taller de Nelson Domínguez, porque me identificaba más con esas técnicas.

En Santiago de Cuba hizo los primeros trabajos en bronce, pero “fuera de Cuba conocí su valor comercial, porque para una exposición de zapatos hice bronce, cristal, cerámica, papel maché, cuero, alfileres, puse cosas bidimensionales y tridimensionales. Yo lo hice ‘a bomba completa’, lo que estaba haciendo en bronce era algo sentimental: hacer un zapato de bronce es como que te den una patada el trasero, es algo muy duro, muy fuerte y limpiarlo es un proceso muy lindo, pero muy duro. En España la gente no se atrevía a preguntarme el precio de los zapatos grandes. Yo le preguntaba a los galeristas: ‘¿Será que no le gustan?’. ‘Sí les gustan —me decían—, es que tú no sabes lo que has hecho’, y me explicaban que el bronce es un símbolo de poder. En Cuba no es así, tal vez en los museos aparecen piezas valiosas.
Liud ha seguido con su obsesión con los zapatos. En la última Bienal de La Habana, “hice muchas cosas, pero entre ellas el taller que dio Antonio Martorell. Ahí confeccioné unas dianas de zapato, en xilografía; además, le hice a cada artista del taller un zapato con su obra. Y entonces Martorell me comprometió a seguir: ‘Has encontrado el camino, tu eres la zapatera prodigiosa’. En mi trabajo para los 50 años de Casa de las Américas, mi proyecto fue más grande: hice el sombrero-zapato, los zapatos de calzar y un vestido con impresiones gráficas de zapato. Desde hace un tiempo me hago zapatos para ciertas ocasiones, y me los pongo porque la gente me pregunta.”

Liudmila, la zapatera prodigiosaHablando con Liud, recuerdo que leí en alguna parte sobre los orígenes de esta prenda: fueron las bajas temperaturas las que obligaron al hombre y la mujer de la antigüedad a protegerse los pies. Dos pedazos de piel amarrados con tiras del mismo material, los resguardaban del lacerante frío. La historia del calzado me lleva a España y Francia donde, en pinturas rupestres de la época magdeleniense, de hace unos 14 mil años, se encuentran las primeras noticias gráficas del uso de este artículo. Sí, la lógica dice que en tierras heladas surgió el zapato porque en países tropicales aún habitan tribus que no conocen su existencia. El mocasín moderno se deriva del zapato original, adoptado en climas fríos por los indios, los inuit y los siberianos norteamericanos. Con el tiempo el zapato se convirtió en una prenda de prestigio y sus hacedores en figuras románticas. El zapatero, aquel laborioso hombre que manejaba todos los materiales que hacían del zapato la pieza de vestir resistente al tiempo, al agua y al frío, es todo un símbolo que identifica a su época.

Sus manos han marcado modas, gustos, posición social y han sido los artífices de colocar en los pies de las féminas objetos bellos y cómodos.

Liud no es la primera creadora que ha trabajado el zapato como pieza de arte. Ahí está el cuadro Chausson et allumettes (Zapatillas y fósforos) del pintor Eduardo Arroyo, integrante de la Nueva Figuración española. El belga René Magritte tuvo también al zapato femenino como inspiración en sus piezas. Los norteamericanos Tom Wesselmann, Jim Dine y Claes Oldenburg, dentro del pop art en la década de los sesenta, se regodearon en este singular objeto. En Cuba, durante los años setenta, el artista Dionisio René hizo de esta prenda femenina su musa absoluta, trasladando el mito de Mercurio a la mujer y su calzado. En fecha más reciente los también cubanos Nelson Domínguez, Manuel López Oliva, Roberto Fabelo, Juan Moreira, Alicia Leal y otros creadores, pintaron diversas figuras en zapatillas de ballet usadas por reconocidas bailarinas, empezando por la singular Alicia Alonso.

Pero no sólo de esta forma el zapato femenino ha estado presente en las artes plásticas. En los grandes retratos de la Edad Media, el Renacimiento e incluso más acá, el zapato complementa el sentido de la obra; por ejemplo, el valenciano Julio Romero Torres, en sus cuadros El amor sagrado y El amor profano, plasma zapatos blancos y negros, mientras en El amor desbordante los hace azules. Al pintar los zapatos de Marilyn Monroe, el norteamericano Peter Phillips les confiere toda la sensualidad y glamour de la estrella de Hollywood.

Zapato es una palabra de origen turco, y se define como “calzado que no pasa del tobillo, con la parte inferior de suela y lo demás de piel, fieltro, paño u otro tejido, más o menos escotado por el empeine”. Para Liud, nuestra zapatera prodigiosa, es una sublime obsesión que le ha permitido develarnos en forma de arte uno de los artículos que siempre usamos pero que a veces no reconocemos en toda su dimensión.

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