Actualizado el 30 de julio de 2011

Pio Tai para Las cucarachas de mi armario

Por: . 7|5|2011

A los jóvenes artistas,
que sueñan tanto con ser grandes

Hace ya varios años, en aquella época en la que este crítico de arte todavía era pequeño y jugueteaba en su torre de Centro Habana, oía gritar (y gritaba él mismo también) la enigmática frase pio tai cuando se deseaba hacer una pausa en el corretaje de las travesuras usuales. Ninguno de nosotros conoció jamás la procedencia real de aquella construcción sintáctica, que fusionaba extrañamente una voz onomatopéyica que remeda el sonido de ciertas aves con un vocablo que alude a un grupo étnico asiático, y que, juntos, no parecen poseer sentido alguno.

No obstante, con el decurso del tiempo, podría hoy asegurar, casi con completa seguridad, que aquella frase del imaginario oral cubano había sufrido un proceso de transformaciones en la boca de los niños hasta perder su manera originaria de expresión, pero no de sentido. Aquel enunciado se había transfigurado, pues, de pido time, es decir, pido un tiempo, a pio tai. De manera que la palabra anglosajona, en el mismo procedimiento, no sólo se había transmutado por accidente en otra más cercana al mundo oriental, sino que se fue acriollando, cubanizando mucho más. Y ahora, casualmente, quisiera escribir acerca de la obra de un joven artista nacional, hijo de padre vietnamita y madre cubana, que el pasado 16 de diciembre dejó inaugurada, en los predios de la galería del Hotel Ambos Mundos, su primera exposición personal, Las cucarachas de mi armario, y para que él quiero piar su tai y compartir con usted algunas reflexiones acerca de su obra.

Nacido en 1992, en La Habana, Tai Ma Campos ha debutado en solitario con nueve imponentes piezas, tras dos exposiciones colectivas realizadas en 2010.1 Si para los paleros cubanos el número 9 tiene una significación extrema y sagrada, desde diciembre pasado lo ha de ser también para este creador caribeño, que ha sabido insertarse con éxito en el circuito galerístico habanero con un discurso que viene a enriquecer la escena de las artes plásticas nacionales. Alejado en apariencia de los dictámenes de la Academia, institución supuestamente reguladora de las artes, la condición de autodidacta del joven artista de sólo 18 años le ha permitido ubicarse ante la creación con una posición desprejuiciada y legítimamente resoluta. Sin embargo, no veremos allí a un niño jugueteando, sino a un efebo perspicaz que demuestra cuánto ha aprendido mediante un minucioso estudio individual.

La exposición, organizada por el crítico de arte Píter Ortega, como casi todo lo que bien cura este intelectual, es un arte que parece que no ha de enfermarse prontamente, sino que seguirá encausándose hacia nuevos derroteros. Los cimientos ya están asentados, lo que resta es ir edificando poco a poco el muro sólido que sustente un arte cada vez más inquieto, sagaz y revolucionario.

Dominada por una visualidad antropomórfica, la muestra está compuesta por retratos humanos, casi todos individuales, y solo un dueto. Pero retrato tras retrato no va agotándose irremediablemente el mensaje todo, sino que usted podrá descubrir siempre, en cada pieza, un nuevo concepto, una solución plástica disímil, tan laudable como la anterior y la siguiente. Es importante elucidar, además, que el retrato no constituye un tema que ha estancado la producción pictórica de Tai Ma Campos; en cambio, representa una vertiente otra en su obra, que ya ha explorado otros caminos, como los propuestos por “La hormiga intelectual”, “Ángel Delgado’s Coffee” y el maravilloso “Retrato de una liebre que nunca comprendió un cuadro (Homenaje a Joseph Beuys)”.

Por su parte, en las obras que conforman Las cucarachas de mi armario desempeña un papel significativo el cómo han sido encuadrados los rostros de sus protagonistas; casi siempre mostrados, parcial o totalmente, a la manera de un primer plano cinematográfico. Este hecho provoca que muchas veces las piezas sean sobrevoladas por una sensación de fragmento, sugerencia, ocultamiento, misterio… Las figuras, unas vestidas, algunas aparentemente desnudas, otras maquilladas y/o ataviadas con apéndices como aretes y cigarrillos, animadas todas a partir de explosivos colores, parecen estar suspendidas en los insondables intersticios de la nada. Sus ojos son verdaderos signos, compuestos por varios significados y significantes extrañamente grandes, pequeños, redondos y ovoides con iris y pupilas cruciformes o a manera de puntos o líneas horizontales.

Los rostros, tanto masculinos como femeninos, no aparecen aquí como el elemento metonímico por excelencia que reproduce tropológicamente a un sujeto particular, poseedor de los rasgos más distintivos que lo tipifican, sino como una metáfora que se expresa a través de múltiples seres caricaturizados, deformados y patéticos; algo que, en este sentido, emparenta las obras con un discurso neo-expresionista. Incluso, cada uno de estos retratos está basado en fotografías que el artista tomó de amigos y que, luego de un trabajo minucioso y computadora mediante, fueron transformados hasta convertirse en bocetos que convierten a los otrora retratados en seres otros, anónimos y diferentes en la superficie pictórica: un fenómeno que se expresa en la obra con el rechazo desenfadado a la mímesis y al inútil remedo de la realidad perceptual. Las desproporciones faciales de los nuevos personajes se manifiestan, sobre todo, a través de la conjugación de un ojo sobredimensionado con otro pequeño, la irregularidad de la línea de contorno, y la interesante añadidura a la planimetría del acrílico sobre lienzo, de componentes matéricos asociados a elementos sensitivos, como la nariz, la oreja, los ojos, los labios y la lengua.

De manera que si en otros artistas la oquedad y los espacios de silencio son protagonistas, en las piezas de Tai Ma Campos lo son, en su lugar, las protuberancias. Así, alejado de la producción de otros artífices contemporáneos, cuyos cuadros permanecen anclados siempre a su cualidad bidimensional, el joven artista investiga no sólo cuán alto y ancho puede ser su arte, sino qué insondables profundidades puede ser capaz de explorar. Valiéndose de papeles y trapos, elementos básicamente de desecho, el creador cubano crea zonas osadamente “esculturales”, que se perfilan desde el cuadro y hacia el espectador, en una especie de provocación lúdica.

Esa vocación por lo matérico, por la reutilización de elementos ya inservibles, unido a la peculiar visualidad que le confieren no sólo los colores y fondos planos y estridentes, sino, también, las grandes dimensiones que alcanzan las piezas pictóricas, hacen que la obra de Tai Ma Campos entronque con un revivificado pop (tendencia artística que en Cuba se desarrolló, sobre todo, durante el decenio de los sesenta del último siglo). Apertrechado, pues, de una sólida tradición, que encuentra su máximo exponente en la figura de Raúl Martínez, quien exploró el pop, el expresionismo, el diseño y las posibilidades plásticas brindadas por la incorporación de elementos otros a la hechura de sus obras; el joven artista se une al grupo de nuevos creadores cubanos que se interesan en reexplorar lenguajes del pasado, con la intención de desempolvarlos y devolverlos al espectador actual con un sentido poético renovado. No obstante, aunque utilizando como instrumento una lengua anatómicamente similar a sus contemporáneos, con sus giros idiomáticos, fraseología y vocabulario propios, el arte de Tai Ma Campos parece no semejarse a ningún otro: un fenómeno que le posibilita sortear los escollos ante las redundancias visuales, carentes de originalidad, que hoy pululan entre lo peor del arte cubano contemporáneo.

Súmeles a esa ya aludida originalidad de las obras de Tai Ma Campos, por un lado, sus cercanías con el arte del diseño, teniendo en cuenta la combinación inteligente de colores y la síntesis a las que asistimos cuando escudriñamos sus creaciones; y por otro, su propensión a presentarnos las piezas como atractivas y sagaces combinaciones de bocetos-obras acabadas. Es así como no es extraño que los cuadros del joven pintor revelen los trazos más primarios del artista, aquellos que sustentarán la obra final y que por convención, pudor, esteticismo y/o tradición, los artífices se han encargado siempre de ocultar. Este no enmascaramiento del proceso creativo, esa vocación por explicitar ciertos trazos, determinadas puntadas dadas mediante aguja e hilo, y la unión de dos lienzos pequeños para conformar otro mayor, proveen de una válida singularidad a las obras del pintor cubano.

Asimismo, las pinturas de Tai Ma Campos gozan de seductoras paradojas. Si bien emplean la técnica digital para su proceso de concepción —al ser la cámara fotográfica y la computadora los medios primigenios—, estas son concretadas, finalmente, con un proceso pictórico muy manual e intuitivo que necesita, incluso, de la recurrencia a una de las técnicas artesanales más genuinas: el zurcido. Si bien sus figuras responden muchas veces a una visualidad resueltamente grotesca y son propensas a un rechazo entendible; también son seres caricaturescos, que invitan a la hilaridad y el acercamiento.

Aunque titula algunas obras valiéndose del idioma inglés (“Icon for Export” y “Mummy Loves Me”) y reaprovecha lenguajes artísticos foráneos como el pop y el expresionismo, los cuadros no trillan caminos alguna vez explorados por creadores nacionales; y además gozan las piezas de una cubanía irrebatible, tanto por la utilización como modelos de los sujetos variopintos y sólo posibles de existir, amalgamados y sin conflictividad, en una sociedad transculturizada como la nuestra, en donde conviven blancos, chinos, negros y mulatos, como cubanos todos, por igual; como por el aprovechamiento de materiales pobres, de desecho, signos de la precariedad que ha obligado a tantos, incluso al arte, a buscar alternativas y soluciones magistrales ante las carencias; además, al recurrir al gigantismo de la obra, alusiva a la mentalidad grandilocuente del cubano, que, ante todo, desea impresionar; y también cuando acude a esa jocosidad característica de nuestra Isla.

Con la postmodernidad, el arte se abre a discursos más inclusivistas. La supremacía del discurso del hombre blanco y heterosexual de la modernidad cae rendida, al fin, ante la apertura hacia otros cauces que conducen hacia la convivencia armónica y válida dentro de la diversidad. Con este fenómeno juguetea Tai Ma Campos, cuando propone a la negra como dueña (y ya no como esclava, sumisa y marginada) en “El ojo del amo”. O cuando le confiere a otra de sus obras el título de “Heterofobia”. Aunque este último vocablo no significa exactamente poseer “aversión por los heterosexuales”, como pudiese erróneamente considerarse, sino miedo a las personas del sexo opuesto, la ambigüedad de la palabra conduce al espectador a múltiples cuestionamientos y reflexiones. Pero, en definitiva, si bien al artista le interesa problematizar, también propone una lúdica confrontación entre el título de la obra y el motivo de representación (en este caso, un joven que le “saca la lengua” al espectador).

Es incuestionable, por lo tanto, que los títulos de las piezas van a contribuir a reforzar la calidad de estas, tal como lo atestiguan los casos mencionados; así como otros no menos atractivos y atestados de insinuaciones como “Narcolegislativo” (¿drogas y legalidad conformando un mismo vocablo?), “Hazañas de un chulo” (¿qué proezas serán esas?) y “La intriga” (como para añadirle más incertidumbre a nuestras interrogantes).

Por otra parte, usted, curioso lector, seguramente se estará preguntando por qué, entonces, esta exposición se llama Las cucarachas de mi armario, si hasta el momento no ha escuchado hablar de armario alguno ni de horripilantes insectos ortópteros. Y es que son precisamente “las cucarachas de mi armario”, porque este mueble que guarda objetos personales funciona no sólo para almacenar cosas que podemos mostrar sin reservas, sino, también, otros que estamos decididos a ocultar para siempre, aquellos que justamente, por sus fisonomías no revelables, representan las cucarachas de nuestra existencia y la memoria individual. De manera que la exposición ha servido, pues, para exhibir públicamente a esa familia de personajes que están en los arsenales del artista y de los hombres, y que hoy se presentan aquí, como acto liberador, para ser aplaudidos o vituperados.

Dicen los expertos que las cucarachas pueden soportar más de un mes sin agua y vivir unas pocas semanas sin cabeza; Tai nos asegura que los malos recuerdos hacen perder hasta la sed y que el intento de disimular nuestros monstruos interiores nos hace vivir sin cabeza durante muchas semanas (o toda una vida). Dicen los expertos que las cucarachas desarrollan su actividad durante la noche y pasan el 75% de sus vidas en una grieta, junta o pequeña cavidad; Tai nos asegura que los infortunios del presente desbordan el armario durante la noche, y que el 75% de su vida el hombre intenta con mayor o menor suerte enterrarlos en las grietas, juntas y pequeñas cavidades de los armarios personales. Dicen los expertos que las cucarachas soportan altas dosis de radioactividad, pero sucumben con facilidad ante el calor excesivo; Tai nos dice que ni los malos recuerdos son perfectos.

[1] La gallina de los huevos dorados (Galería El Reino de Este Mundo, Biblioteca Nacional José Martí, abril) y Voltéate (por una poética de la apropiación) (Edificio del Canal Habana, mayo-junio).

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