Actualizado el 2 de julio de 2011

Alberto Figueroa

Entre Oficios e Inquisidor: inventario de vida

Por: . 17|6|2011

Una pieza de ajedrez, un zapato, una llave antigua, un torso, un martillo, una pipa. Inventario iconográfico de objetos, como en el poema de Eliseo Diego. Un bote de pintura, un barco, un lápiz, un farol, una pluma. Suma incompleta de piezas en el rompecabezas incierto de la cotidianeidad. Me atrevería a afirmar que giran tales “Epigramas” en torno al centro mismo de la exposición personal Entre Oficios e Inquisidor, que Alberto Figueroa propone a los amantes de la plástica en la Casa de la Poesía de la Oficina del Historiador —Muralla No. 63, precisamente entre Oficios e Inquisidor, en La Habana Vieja, desde el pasado miércoles 15 de junio.

Alrededor de una veintena de estos “Epigramas”, concebidos con la brevedad y agudeza que su nombre reclama, tienen la virtud de atraer la atención del espectador desde el momento mismo de su entrada al recinto, contrario a lo que pudiera esperarse si se toman en cuenta sus dimensiones, pues a duras penas encuadran en la categoría de pequeño —más bien de pequeñísimo— formato, que no obstante su pequeñez revela las aptitudes de un dibujante excelente.

Estos “diminutos objetos en apariencia inactivos”, como los llama su autor, constituyen una parábola insuperable de nuestra existencia terrena, memorias, fragmentos arrancados del vivir día a día, noción del tiempo ido, metáfora del abandono; como agrandados por un zoom poderosísimo que nos los presenta aislados de su medio natural: la vida. Toda la belleza tiene cabida en la sencillez de estos dibujos, como toda la poesía en la cuarteta más simple.

Cercano siempre a lo figurativo —con excepción de dos lienzos de mayor tamaño pintados al óleo y que muestran a un Figueroa de pincelada sutilmente expresionista— no abusa el artista del color ni de las texturas, impregnando a Entre Oficios e Inquisidor de una atmósfera propicia a la reflexión intelectual antes que al despliegue espontáneo de las emociones.

Desde este punto de vista —y en mi personal opinión— resultan especialmente recomendables dos obras que considero claves para la decodificación de los presupuestos éticos y estéticos de la muestra: de un lado “A la deriva” y de otro “Prohibido girar a la derecha”, que asombran —en ambos casos— por el tratamiento desprejuiciado de temáticas que encierran una hondura filosófica insoslayable.

Entre Oficios e Inquisidor tuvo, además, una inauguración felizmente inusual en la que Figueroa —tras la alocución introductoria de Racso, el promotor de la Casa— dialogó durante varios minutos con los asistentes, entre quienes se encontraban otros creadores, amistades y un público del que formaba parte el redactor de esta nota. “Que no sea nada más contemplar las obras y retirarse luego”, expresó el artista, “sino el contacto humano, el encontrar al amigo que no veíamos hace tiempo y conversar en una ocasión como esta”.

Y es que Alberto Figueroa —desde hace años— comparte la creación con la docencia y el trabajo comunitario, al frente del Taller de Manero, ubicado en el municipio Playa, que durante algo más de tres décadas ha contribuido a la formación de varias generaciones de cubanos que luego ingresaron a las escuelas de arte o escogieron un perfil profesional diferente, pero sin apartarse definitivamente de la pintura.

Alberto Figueroa Travieso (La Habana, 1964) tuvo su primer contacto con las artes plásticas precisamente en el taller que hoy coordina, entonces bajo la tutela del maestro Heriberto Manero Alfert, al rescate y divulgación de cuya obra ha consagrado esfuerzos. Es graduado de la Academia de San Alejandro en la especialidad de pintura y dibujo, así como del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, en la especialidad de educación plástica.

Tras concluir sus estudios ha sido colaborador de la Dirección Provincial de Educación de Ciudad de La Habana, y ejerció durante tres años el diseño editorial, ofreciendo conferencias sobre el tema en la Escuela de Artes Visuales de Mozambique, país donde realizó varios proyectos artísticos.

Ha ilustrado publicaciones de diversas editoriales, entre las que se encuentran la Editora Política y la Editorial Gente Nueva.

Durante cuatro años trabajó como profesor de San Alejandro, siendo tutor y jurado de diversos proyectos de tesis de grado en dicha Academia. Impartió también clases de dibujo en la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte (ISA).

Fue durante dos años metodólogo nacional de artes plásticas, representando al Centro Nacional de Escuelas de Artes (CNEART) y es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Ha participado en numerosas exposiciones personales y colectivas y sus obras se encuentran en colecciones privadas de Mozambique, Austria, Suiza, Alemania, Venezuela, España y Portugal. Mantiene además una exposición permanente en el Taller de Manero (La Habana, Cuba), institución de la que afirma no tener intenciones de alejarse nunca.

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