Actualizado el 1 de agosto de 2011

Dos fotógrafos en la Casa de la Poesía:

Solos, pero bien acompañados

Por: . 30|7|2011

Puesto que la soledad gravita sobre el espíritu beligerante del ser humano y sus infalibles conciliábulos.

Puesto que la soledad es la hermana magnánima del silencio estéril donde, a veces, se fotografía la esencia humana.

Puesto que la soledad es un espacio para no dejar piedra sobre piedra, pero también lo es para obrar y erigir nuestro ingenio, para entrar en nuestra propia e indomable aquiescencia.

Puesto que la soledad impugna y cautiva con la misma fuerza que la luz y la sombra se abalanzan sobre el individuo, para conspirar contra sí mismo y a favor de sí mismo.

Puesto que la soledad nos inunda con el hálito de la compañía, nos corteja, precisamente, la muestra fotográfica bipersonal Acompañándose solos, de Arianne Suárez y Yohandry Leyva, dos jóvenes en los que colinda ese estado de la naturaleza humana como preocupación estética y como pretexto para sopesar culpas posibles, desde donde partir “acompañándose” hacia un itinerario de introspecciones, acaso “…dos soledades se protegen y se tocan y se saludan mutuamente”, para decirlo con palabras del poeta y visionario austríaco Rainer Maria Rilke; dos puntos de vista conciliando peligros, penetrando en las verjas de la devastadora crisis de aliento, palpando las texturas de la incompletez del diálogo, alucinando a ritmo de sombras el aislamiento del “consigomismo”, obturando la desventura o fijando la ventura, según la circunstancia, la ribera, en que nos sorprende la lente.

Así, Arianne y Yohandry nos presentan la soledad como mapa y frontera, discurso del adentro y del afuera visitado por la emisión ajena del otro, pero como redescubrimiento de uno mismo, saludado con ese rectángulo corpóreo y oscuro de la película para ofrecérnoslo, visible, como la originaria desgarradura por donde el pensamiento del exterior perfora, a golpe de realidad propia, hacia el nosotros.

Territorio del ser, del estar en la contradicción del subconsciente fina y persistentemente, como en la soledad del creador, en su experiencia de vida, en su drama psicológico y proteico, en ese gotear de pasos cansados, ese ojo interior y sublime que espanta el deleite que implica tomar una foto a un estado de ánimo que no está templado sino en la sola compañía de uno mismo.

“La soledad, insoportable para ciertos temperamentos, —se preguntaba el poeta José Zacarías Tallet— ¿es buena?, ¿es mala?, ¿es fecunda?, ¿es estéril?, ¿cómo ha de combatírsela?, ¿por qué se la siente de modo tan aplastante en medio de la algarabía del vulgo, ‘municipal y espeso’, como la calificara Darío?, ¿Es su remedio el amor, la compañía, de un cuerpo y un espíritu afines a su opuesto sexo?, ¿lo es la amistad?”.

Queden todos invitados, pues, con estas interrogantes, a dilucidar esta mirada al golpe de luz, la persistente fuerza motriz de lo interior, y sombra, en la compañía de Arianne y Yohandry.

Casa de la Poesía, Muralla No. 63, entre Inquisidor y Oficios, La Habana Vieja. Julio-agosto de 2011.

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