Actualizado el 24 de agosto de 2011

Breves apuntes a su dibujo

Mariano entre líneas

Por: . 23|8|2011

En el inicio fue ella…anticipándose a todo,
con fuerza de obsesión,
se anidaba en su trazo,
el culto a la mujer (*)

De todos los artistas cubanos que se involucraron en aquel heterogéneo y vigoroso movimiento de renovación cultural desde las artes plásticas que para la posteridad se constituyó en “Vanguardia Histórica”, es quizá Mariano uno de los que más radicalmente trascienden esta acción como seductora propuesta de ejercicio estético, posesionándose de la modernidad desde la primera pincelada, para asumirla en el sentido más amplio del término, para militarla.

Transitaría durante su larga vida profesional por casi todo lo real y lo onírico: los clásicos paisajes se convertirían en sus manos en lugares de belleza insólita y de geografía imposible, a la vez que perfectamente familiares; sus retratos muestran el impacto del que atrapa en un gesto toda la impronta del temperamento. Será, por el contrario, recatado para abordar los temas más escabrosos: la perturbada ansiedad del mirón, el desenfreno de los sentidos, la traición… Como regla casi inviolable, nunca documentará las pasiones humanas como quien lanza un grito atronador o una acusación implacable; su desacato será siempre asumido desde una íntima sugestión; atrapa nuestros ojos por sorpresa y se revela súbitamente, con carácter de esencia.

Se ha insistido tanto en la maestría de un hombre que, sin dudas, logró manejar el color a su antojo, que ha quedado relegada a nuestros ojos toda una producción no menos acabada y sostenida a lo largo del tiempo. En los dominios de esta otra visualidad, la mancha de color se hace tenue, sugerente y solo nos susurra, hasta llegar a desaparecer tras la más pura línea.*

Sin embargo, dentro de esta tendencia —casi antagónica con el tono más agudo de sus abstracciones, gallos o figuras rituales—, se encuentran obras esenciales de la producción simbólica del artista. Ese es el caso de sus conjuntos de mujeres, realizados en etapas tempranas, los cuales agrupará progresivamente en relaciones extraordinariamente complejas; y que seguirán patrones de intimidad tan disímiles que transitan desde la sugestión lésbica hasta llegar al aura de la comunión espiritual percibida en sus Danzantes; o a la complicidad del secreto compartido que vemos en La anunciación o en Las comadres. Incluso sus maravillosas Bacanales, en la que hizo énfasis a finales de los años 40, antes que deslumbramiento por el frenesí del acto orgiástico, anuncian la postura de un hombre realmente tocado por el pensamiento moderno, que puesto de frente ante una moralidad maltrecha nos lanza al rostro una bocanada de albedrío. La naturaleza disruptiva de ese conjunto de bellas piezas está modulada por la mesura del blanco y negro del dibujo, de forma que jamás se vuelven intolerables para la sensibilidad del espectador, sino antes, poéticas. También serán tratadas así, desde el inicio de los 50, su serie de Figuras, las cuales irán perdiendo toda corporeidad hasta convertirse en finos trazos dotados, eso sí, de un intenso movimiento.

Igualmente retomará la línea pura para crear toda su serie de Escenas de la India, conjunto de obras que representan, quizá, uno de los momentos de máxima espiritualidad en la pintura de Mariano de todos los tiempos.

¿Y no es, acaso, en algunos notables retratos de mujer donde el artista se ciñe a la sobriedad del atavío, atenúa la sensualidad, el detalle glamuroso y desdeña el júbilo del color, trabajando sobre los ocres o sobre los fondos compactos de tonos oscuros, encubridores, para otorgarle el protagonismo a un gesto, a una explosión del carácter?

El tema de las Bacanales será de nuevo abordado por el artista casi cuarenta años más tarde, en su serie de Fiestas del amor. Sin embargo, ahora el color sí poseerá un papel relevante dentro de la composición, y aunque están tratadas de forma igualmente escenográfica, los planos son mucho más protagónicos y abiertos en las Fiestas… Mientras que, por el contrario, el discurso ha sido elaborado en un tempo más sosegado: el plácido deleite ha reemplazado ahora al frenesí.

Lo más notable de las obras de la serie Fiestas… será la atmósfera de consenso que establece el autor, quien con un cierto carácter de sentencia y también —¿por qué no? — de distanciamiento con respecto al acto, aboga por la necesidad de una armonía vital en la cual incluye, como elemento relevante, a la naturaleza. Parece que Mariano considerase un orden de cosas en que todos los factores existen en concierto, del cual el amor es una pieza esencial.

Y a la vuelta de todo, después
de peregrinar a través de un
sinnúmero de sensaciones
fascinantes, de navegar por
mares calmos y robarle al
océano sus frutos, después de
compartir la leyenda de un
telúrico desbordamiento humano
y convertirla en su propia
apoteosis, cuando la marea lo
trajo de vuelta a la playa, aún
traía intacto, en su trazo, el culto
a la mujer.

(*) Tanto la idea del culto a la mujer en Mariano como de su habilidad como dibujante han sido expresadas anteriormente por el investigador cubano Roberto Cobas en su ensayo: “Mariano Rodríguez en el Museo Nacional de Bellas Artes. Esplendor y carencias de una gran colección. En: Mariano Rodríguez. Catálogo Razonado. Pintura y dibujo 1936-1949. Ediciones Vanguardia Cubana, 2007

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