Actualizado el 31 de octubre de 2011

Ave, Caesar, morituri te salutant

Por: . 23|10|2011

“He aprendido a nadar en seco.
Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua”
Natación. Virgilio Piñera.

Mutatis mutandis1 resulta una exposición doblemente meritoria: destaca en primer lugar por sus virtudes en materia de lenguaje plástico; es decir, por las habilidades que demuestra su autor en el manejo de las proporciones, el diseño anatómico de las figuras, la distribución interna de las áreas, la concepción de los esquemas compositivos, el empleo del color, etc.; aspectos en los que Yaumil Hernández se muestra tremendamente virtuoso; y en segundo lugar, sobresale por la profundidad reflexiva de los temas vislumbrados en las obras, los cuales evidencian una actualidad y pertinencia muy notables en relación con el contexto histórico que nos ha tocado vivir. Sobre este último punto quisiera centrar el análisis de estas líneas, entre otras cosas porque los enfoques interpretativos me seducen mucho más que las miradas formalistas.

Los personajes de Yaumil constituyen una suerte de “androides” suspendidos en una coyuntura espacio-temporal que trasciende nuestro marco de referencia inmediato, para situarse en una dimensión metafísica, onírica (en este sentido los trabajos del artista pudieran entroncar en alguna medida con ciertas zonas de la estética surrealista). Se trata de autómatas que habitan una ciudad ininteligible, futurista, en un tiempo donde las máquinas se imponen por sobre las voluntades humanas. Pareciera que nos encontramos en una “fábrica de ensamblaje y reparación” donde una fuerza oculta decide la forma y el rumbo de nuestras vidas, de nuestras decisiones y anatomías. Una industria destinada a producir el hombre ideal que necesita el poder para dar credibilidad a sus fábulas: un individuo correcto, obediente, disciplinado, sin demasiado pensamiento propio, dispuesto a cooperar con las “informaciones” solicitadas. Una versión sofisticada de “Hombre Nuevo”. Un sujeto que, cuando intenta volar, escapar del mundo terreno, le sucede como a Ícaro, y paga por su soberbia, por su desmesura.

Al parecer, el hombre contemporáneo, de tanto querer dominar las nuevas tecnologías, ha terminado doblegado por estas. La obsesión del progreso por la vía de la razón científica, acabó convirtiéndose en el “talón de Aquiles” de la Humanidad actual. The Matrix Revolutions. Esa se me antoja la tesis fundamental de Mutatis mutandis, una muestra que se debate entre la poesía y el sarcasmo, entre la belleza y el cinismo.

Si tuviese que señalar dos obras emblemáticas dentro del conjunto de la exposición, me decidiría por “Mercurio” (2009) e “Índice” (2011). Mercurio es el mensajero de los Dioses, en este caso representado por el autómata que avanza con un envío en sus manos, a modo de mensaje escrito. Lo interesante de esta obra son las dudas que nos asaltan al contemplarla: ¿a quién o a quiénes va dirigido el envío de la información?, ¿quiénes son los “Dioses” esta vez, esos a los que hemos de rendirle culto? Ello sin contar que técnicamente esta pieza se sitúa en un peldaño bien superior dentro de la muestra.

En cuanto a “Índice”, me resulta muy atractiva la metáfora que implica el acto de escoger dicho dedo para potenciar el relato de la obra: el Índice en alto como señal de mando, de ejecución impostergable, de lanzamiento de mitologías múltiples que han de ser asimiladas por la muchedumbre de los sometidos. De nuevo nos invaden algunas interrogantes: ¿quién levantará su Índice para imponerse?, ¿de qué lado estamos cada uno de nosotros, en nuestras vidas cotidianas?, ¿en el clan que dictamina o en el que obedece? Nos encontramos ante un cuadro hermoso, no solo por su factura, sino por la densidad intelectual que lo sostiene.

La simetría y el cálculo (el ordenamiento) son otros rasgos muy visibles en los cuadros de la muestra. No caben dudas de que en la “urbe de los androides” todo ha de estar en su justa medida y bajo estricto control. La numeración y clasificación se tornan estrategias claves para la preservación de la condición hegemónica (lo cual me resulta familiar, muy cercano).

Estamos entonces ante una exposición de enorme valía para los tiempos que corren, una muestra que nos convoca a reflexionar sobre el papel que desempeñamos en nuestras dinámicas de interacción ciudadanas, sobre el rol que asumimos en las prácticas societales e interpersonales: el de soberano o el de vasallo, el de hombre-máquina o el de su creador, ese que nos intimida desde el gesto irrevocable de un Índice autócrata.

Y todo ello aparece sugerido en las obras a partir de una vocación de universalidad muy marcada. En definitiva, autómatas hay por doquier, así como Índices fascistoides. Yaumil Hernández nos dice que meditemos un tanto en eso. Y lo hace con una astucia admirable.

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