Actualizado el 3 de marzo de 2012

Massaguer, república y vanguardia

Por: . 29|2|2012

Conrado Massaguer, Social, julio de 1917Recordar y recapitular es vocación de todo siglo que comienza. Con este pretexto asumí la figura de Conrado W. Massaguer para completar lo que bien podría llamar, no sin cierta nostalgia, trilogía de la gráfica cubana, y que tiene en De Gutemberg a Landaluze (1990) y La imagen constante (2000) sus otras dos obras: la primera relacionada con los álbumes gráficos del período colonial; la segunda, con la cartelística del período revolucionario.

Sin embargo, concluir el presente ensayo entre biográfico y estético-comunicativo sin un epílogo, sería faltarle a la memoria del biografiado, dejar trunca la presente obra. Y más, cuando tantos acontecimientos trascendentales han sucedido en nuestra historia desde la aparición de su autobiografía en 1958 hasta la fecha. No tengo, pues, otra alternativa, que escribirlo por él. Para empezar, una vez más apelo a la memoria… a mis años de estudiante universitario y a una clase: la de arte cubano del período republicano, a una profesora, cuyo nombre me reservo, y a una frase que dejó caer en el grupo, sin que se le moviera un solo músculo del rostro: “El Capitolio Nacional deberían dinamitarlo”.

Corrían los 70. Se empezaba a hablar de la posible restauración de la cúpula del edificio símbolo de la República. Para desgracia de Massaguer y, sobre todo, del alumnado de aquel curso, en esta y otras clases siempre se obvió soberanamente su protagonismo gráfico y editorial. Igual suerte corrieron Jaime Valls y Enrique García Cabrera, por sólo mencionar a otros dos “notables” desconocidos de buena parte de las nuevas generaciones. Los programas de las escuelas de arte y de diseño tampoco contemplaron tales contenidos. Massaguer y compañía, más que en el infierno, estaban en el limbo. Este gran vacío era llenado con Rafael Blanco y Eduardo Abela, grandes entre los grandes de la caricatura cubana de vanguardia, pero no los únicos. El protagonismo de los referidos artistas, no podía resumir una etapa de la cultura visual vernácula tan variada, pródiga y significativa, sin faltarle a la real comprensión de la misma y al boom de la gráfica de comunicación que sobrevendría con el triunfo revolucionario de enero de 1959. Otro tanto sucedería con Social en relación con la Revista de Avance. Aquí también se obvió que todo lo que de puesta al día había tenido esta acción editorial de la vanguardia del 27, bien de manera embrionaria o ya formada estaba expresada en Social desde 1923.

Abela será el Bobo desde mediados de 1929 a 1934, que inicia su carrera como diplomático en Italia. Blanco, el precursor, “comparte la desazón popular y ataca sin tregua y certeramente el caótico y subdesarrollado mundo que habita”. Sin embargo, “pareciera que tan fiera y amplia mirada, concentrada en abarcar tanta e inmediata circunstancia del quehacer nacional, no alcanzó a visualizar el fenómeno imperialista. No recordamos sátira alguna que denuncie u hostilice ese evidente promotor de las desgracias cubanas. ¿Es que Blanco pensaba que los cubanos, pecadores impenitentes, eran los únicos culpables de ellas?”.1

Diego RiveraMuchos cubanos entonces pensaban así. Massaguer, curiosamente, no. Siempre creyó en la capacidad del cubano para aventurarse por sí mismo a través del conflicto entre modernización y tradición —arista central de la vida nacional por esos años—, e imponerse en los nuevos campos del saber y el hacer que empezaban a perfilarse con el nacimiento de la nación. Toda su trayectoria profesional es una perpetua confirmación de esta certeza. Sus triunfos personales lo hará un creyente de la democracia, en un momento en que esta capitalizaba el discurso del “progreso”, del que era en el continente americano y en el mundo su principal propagador y ejemplo la nación norteamericana. Sin olvidar sus ancestros catalanes, cuyo legado rebelde y demócrata, en oposición a la otra España, en algo debió de contribuir a no hacerlo ―ni por asomo― un defensor de lo que todavía de Colonia quedaba en la naciente República. Excepcional triunfador en una República excepcionalmente perdedora, vio a sus compatriotas a través de sí. De ahí su optimismo, entre fanático e ingenuo, tan consustancial a todo creyente como supuestamente ajeno a su condición de caricaturista y empresario de la comunicación.

Blanco se limitó a realizar su obra. Massaguer no sólo la realizó, sino que a través de ella divulgó los valores de la nueva ola caricatural —Blanco incluido— por los más variados medios de comunicación visual, algunos de los cuales —entre los mejores de su tiempo— contribuyó a gestar. Además, creó el primer Salón de Humoristas de Cuba y América, y participó en la fundación de la Asociación de Pintores y Escultores. Amén de todo lo que en este texto se recoge con respecto a revistas, exposiciones y novedades técnicas y expresivas relativas a la gráfica de comunicación. La grandeza de Massaguer está en su optimismo; la de Blanco, en su escepticismo. Después de la frustrada revolución del treinta, cuando se encontraba en su mejor momento, inesperadamente, Blanco se retira de todo y se acoge a una plaza de inspector de dibujo en las escuelas primarias del Estado. “Más tarde dejará entrever que un íntimo rechazo al diario bregar periodístico y un cierto temor a ser preterido, marginado por la presencia de nuevos jóvenes caricaturistas —surgidos de la lucha antimachadista—, lo decidieron a preferir el oscuro prestigio que podía derivarse de un cargo burocrático, a la gloria cotidiana que le ofrecía la prensa”.2

Massaguer, por el contrario, nunca temió de los jóvenes. Escritores y poetas, entre los más importantes de la literatura cubana del pasado siglo, aún noveles, se dieron a conocer en el ámbito nacional e internacional gracias a la acogida que le brindaron sus dos revistas emblemáticas, Social y Carteles. Otro tanto ocurrió con los ilustradores y caricaturistas. Firmó el conocido Manifiesto del Minorismo, movimiento del cual fue fundador, y no dudó en acompañar a los más jóvenes hasta la casa de Enrique José Varona, con el propósito de defender la integridad física y moral del ya anciano filósofo ante la posibilidad de una agresión por parte de los esbirros de Machado. Cuando oyó a sus espaldas que lo tildaban de demodé, se fue a conquistar París, donde expuso las caricaturas de algunas de las grandes celebridades de la política, el arte y la literatura de la época, que luego le darían merecida fama. Su arte nunca lo desligó de los medios de comunicación ni de la vida pública, a la cual se entregó con sus ideas y medios, en apoyo a las causas más nobles de la historia del republicanismo cubano.

Babe RuthDe no haberse involucrado en la lucha contra la dictadura machadista y verse obligado a tomar el camino del exilio, habría podido vivir el resto de su vida de los ingresos de Social y de la gloria internacional que le propició esta revista y sus caricaturas; pero él no estaba hecho para dormirse en los laureles, ni siquiera en los del Prado. Desengañado de la política —como tantos otros, incluido Blanco— y ya sin la holgura económica de otros tiempos, no dejó de crear. Una de las grandes obras de la caricatura cubana y universal del pasado siglo, el Doble nueve, la concibió cuando casi todos sus contemporáneos en el arte de la caricatura estaban ya fuera de la vida profesional activa. Tampoco dejó de fundar revistas —aunque a falta ya de un capital propio no duraran mucho—, hacer exposiciones y trazar planes para el desarrollo turístico del país. Gestión esta última que fue su mayor preocupación ciudadana a lo largo de tres décadas, aun cuando quedara inconclusa más de una vez por coyunturas económicas y políticas ajenas a su voluntad. ¡Ah! En cuanto al Capitolio… El desfase de su impostado neoclásico e ingente fábrica, por muchos detractores que tuvo, fue, es y será, como la obra de Massaguer, un orgullo para todos los cubanos.

Entre lo mejor de la obra de Massaguer y la de Blanco, sin embargo, hay un punto en común: ambas rebasan toda visión regional y folclorista ―muy socorridas entonces―, para insertarse en una dimensión de lo nacional de trascendencia universal, objetivo raigal de la vanguardia latinoamericana de la época. Blanco no llegó a ver el triunfo de enero de 1959; murió en La Habana, en 1956. Massaguer, sí. Blanco fue un maestro sin discípulos. Massaguer influyó en casi todos los artistas plásticos y gráficos de su tiempo. “Todos nosotros —solía decir el pintor René Portocarrero— debemos algo a Massaguer. Se refería a pintores, escritores y caricaturistas. Y estaba diciendo la verdad”, precisa Juan David.3 La obra de Blanco, con ser como era una permanente y cáustica crítica a los males que aquejaban a la naciente República, expresada con un lenguaje visual novedoso, no tuvo seguidores entre los demás artistas. Sin embargo, esta cualidad de excepción, en tanto expresión gráfica de las causales sociales que harían inminente el desenlace socialista de la Revolución cubana, es la que a partir de su triunfo lleve a la crítica a mostrar particular entusiasmo por la obra de Blanco. La revalorización del expresionismo ―tendencia plástica que se avenía más al estilo de Blanco que al de Massaguer― también jugó su papel, aunque no determinante.

En tanto, la obra de Massaguer se minimizaba hasta ignorarse, al menos, hasta 1989, como se verá más adelante. En noviembre de 1970, en el número de Bohemia dedicado a la revolución de Octubre, Juan David le publicara un extenso artículo titulado “Sonrisa y espíritu de la caricatura”, con motivo del primer lustro de su desaparición física. Y ocho años más tarde, un reducido grupo de amigos y periodistas se dieran cita en la UNEAC para rendirle homenaje. Entre los allí presentes estaban —una vez más— Juan David, Julio Girona, Guillermo Menéndez, Rita Longa y José Veigas. Salvo el placer que siempre deja el ser agradecido, fue como fumar en la oscuridad. La consigna lanzada por el máximo líder de la Revolución: “a partir de ahora todos somos revolucionarios”, no obró para él de la forma que lo hizo para la mayoría de los cubanos que se quedaron. En 1964 muere su amigo, Emilio Roig de Leuchsenring. Ese mismo año, Juan David es nombrado Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en París. Antes de partir, se despide de Massaguer. Y cuenta David, que ya enfermo, aún soñaba con volver a publicar Social. ¡Increíble! Al año siguiente fallece Eduardo Abela, no sin antes haber recibido el reconocimiento de una importante retrospectiva. También en 1965 se celebró el ochenta aniversario del nacimiento de Rafael Blanco Estera, con una exposición de toda su obra en la Galería de La Habana. Dos meses antes, el 8 de octubre, Massaguer había muerto. Una nota en El Mundo, periódico donde comenzó y concluyó su brillante carrera como caricaturista, informaba la dolorosa pérdida.

El optimismo de Massaguer fue genuino. A diferencia del de otros artistas e intelectuales, que lo eran desde el futuro, el suyo lo fue desde el presente. Amigos y conocidos siempre lo recordarían sonriendo. Caricaturista, periodista, editor, publicitario, estaba hecho a lo inmediato; sus manifestaciones sobre el destino de la Isla nunca las llevó más allá de la inmediatez de los hechos y de los actos a los cuales se circunscribió como creador. Su izquierda comprendía aquellos valores civiles y culturales con los cuales se había identificado el ideal de reforma democrática de los veinte. La otra izquierda —para muchos que pensaban como él y hasta diferente a él—, era el dogma. Nunca recurrió al monólogo, porque no fue dogmático. Su fe no era cerrada. Tampoco lo fue su vida profesional, polémica y contradictoria. Pero, ¿quién que hace y sirve, no lo es? Desde José María Heredia hasta Rafael Blanco, en mayor o menor grado, todos los fundadores lo habían sido. Como tantos artistas, literatos y editores que hoy admiramos, su exitoso desempeño profesional en la gráfica y en la edición lo llevó a relacionarse con los sectores dominantes de la sociedad, pero nunca a subordinarse a ellos.

Es posible que tales intereses sociales y la mal intencionada fama de bon vivant que con tanta pertinencia obra aún en la distancia puesta entre su vida y obra y las más recientes generaciones de cubanos, se expliquen a partir de las actuales nociones de la teoría de la comunicación, para la cual la actividad del comunicador —y Massaguer lo era en grado sumo— es cada vez más resultado de la habilidad mostrada para complementar su trabajo con el de equipos multidisciplinarios y para establecer buenas relaciones personales. Mas, si no fuera así, cabría preguntarse, ¿quién, hoy día, le reprocha a Miguel Ángel —por solo citar un caso— haber puesto su arte al servicio de una élite eclesiástica que vivía en la mayor opulencia a costa de las empobrecidas masas de creyentes? ¿De qué otra forma habría podido pintar la Capilla Sixtina? Se podrá aducir que Massaguer no pintó la Capilla Sixtina, ni hizo obra alguna parecida. Cierto. Pero cada época tiene su Capilla Sixtina. Y así como la de la Prehistoria es la cueva de Altamira, la del primer cuarto de siglo de la República de Cuba y, por consiguiente, la de Massaguer, fue la caricatura y la ilustración en los medios de comunicación de masas.

José Raúl CapablancaMientras la mayoría de los artistas “puros” menospreciaban el trabajo de creación vinculado a los medios de comunicación y a los que lo hacían, por considerarlos artistas de segunda clase, Massaguer creaba para ellos con el mismo entusiasmo y rigor profesional con que Lucas Cranach, por ejemplo, ilustraba y grababa propaganda a favor de las prédicas de Lutero. Esta obra, que se resume en más de veintiocho mil caricaturas y dibujos,5 y la edición de tres revistas emblemáticas, de las cuales es Social la de más sostenida calidad y homogeneidad en cuanto a diseño y contenido del periodismo cultural cubano del pasado siglo, es buena prueba a su favor como hombre de su tiempo.

A fin de cuentas, si no se puede hablar de Massaguer como un creador comprometido con las tendencias políticas más radicales, sí lo estuvo con las que, con anterioridad al treinta, signaron la vida política de la nación. Con posterioridad, y a su manera, también lo estuvo con su arte a su cultura e ideal de nación, es decir, a su pueblo. Incluso, tanto o más que otros artistas y escritores que se dieron a conocer en los veinte y sólo después alcanzaron merecida fama, al punto que hoy son de obligada referencia en los estudios cubanos sobre arte y literatura. El buen arte no necesariamente tiene que estar en relación directa con la mayor o menor justeza de la clase a la que sirve. De lo contrario, ¡qué pocas obras de arte atesoraría la humanidad! Tampoco el verdadero artista. Tan es así, que las excepciones se han convertido en verdaderos “santones” del arte, a causa de ser ignorados o incomprendidos por sus contemporáneos; como es obvio, ello es más factible que ocurra entre los artistas “puros” que entre aquellos cuya creación tiene que estar necesariamente supeditada a los medios de comunicación. Amén de que en arte como en religión, las canonizaciones no se dan todos los días. ¿De qué otra forma podríamos identificarnos con los nobles españoles pintados por Goya y Velázquez, o los probos burgueses de Hals y Chenier, o los ya aristocratizados de David e Ingres? Landaluze, reaccionario y monárquico, elevó a la categoría de arte a negros y mulatos; Fidelio Ponce, alcohólico e inquilino de una casa de cita, a las beatas.

El buen arte siempre ha estado en relación directa con su sociedad y tiempo. Y esto fue lo que expresó la obra de Massaguer, al igual que la de Landaluze, Blanco, Abela, Valls, Her-Car, David y tantos otros. Este bon vivant devenido burgués —como resultado de su esfuerzo y talento—, nos legó un testimonio visual y editorial de primera magnitud para comprender su época; o sea, la República y el mundo que en torno a ella crecía y se transformaba a escala nacional e internacional. Sin el conocimiento pleno de esta obra, nuestra cultura pierde un eslabón esencial de su evolución en términos de comunicación, edición, publicidad y arte: pilares fundamentales de la visualidad. Generalmente relacionada con un costumbrismo entre satírico y moralista, cuando las circunstancias sociales y políticas del país lo exigieron, supo también ser un flagelo contra los vicios de la burguesía y los malos gobiernos —como se ha puesto de manifiesto en este texto. En ella no predomina forma alguna de hacer que sea expresión del arte por el arte o del torremarfilismo. De haberse adscrito a una de estas tendencias, sin duda, se habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza. Pero su condición de artista gráfico y la de hacer arte por y para los medios de comunicación, no le dieron en este sentido la menor tregua.

De Massaguer y su obra expresó Juan David, uno de nuestros caricaturistas mayores del pasado siglo: “Personalidad discutida la suya por su obra artística y también por la singular actividad pública. Sin embargo, deja un saldo envidiable, puesto que supo cumplir con el papel que le correspondió representar en la vida. Blanco abrió, con su violencia, la brecha necesaria. Massaguer le dio amplitud y jerarquía, porque con él la caricatura dejaba de ser un instrumento para el vilipendio y la hacía intérprete espiritual del hombre y del medio”.6 El tránsito histórico que había dividido su mundo en dos, llevándolo de la Colonia a la República, volvió a repetirse al final de su existencia, llevándolo de la República a la Revolución; es decir, del capitalismo al socialismo. El primero lo alcanzó en plena juventud; el segundo, en plena vejez. Era demasiado amante de la vida para morirse a tiempo. Y había vivido demasiado como para que sus ideales no hubieran envejecido.

La victoria de la insurrección popular armada el primero de enero de 1959, como a la inmensa mayoría del pueblo, lo llenó de regocijo. Al igual que en otros amaneceres, no dudó de este. En él afloró de nuevo el nacionalismo y el latinoamericanismo: las dos raíces que habían alimentado el árbol de la revolución en sus inicios. Para expresarlo hizo lo que había hecho siempre, tomó papel y lápiz, caricaturizó a los “rebeldes” y publicó un pequeño libro que tituló ¿Voy bien Camilo? Como todo cubano, aquel 8 de enero estuvo todo el tiempo frente a la pantalla del televisor. El acto final de entrada del Ejército Rebelde a La Habana, en la otrora principal ciudadela militar de la dictadura, lo llenó de esperanza. Artista al fin, vio profética la paloma posada sobre el hombro del líder de la insurrección popular triunfante; vio profético a Camilo, a Che. El libro de caricaturas no tuvo repercusión alguna, no era de lo mejor, tampoco de lo peor. Lo más destacado, la recreación en cubierta del discurso de Columbia, en el que caricaturiza a Fidel y Camilo, y las primeras caricaturas verdaderamente notables de Ernesto Che Guevara y Raúl Castro. Pero ya Massaguer no daba para más. Si algo pone en claro la concepción de este libro de caricaturas, es que el hecho mismo de la Revolución lo sobrepuja como ciudadano; luego, lo descolocaría como artista. Con todo, es de los que se quedan. Se quedó al precio insoportable de quedarse olvidado a los setenta años de edad. Él, un hombre eminentemente sociable, amigo de hacer amigos, se fue quedando sin ellos. Unos se fueron, otros murieron… los más se distanciaron. Se sintió fuera de todo. Su única queja: “Ya nadie me viene a ver”. Los tiempos de Gráfico, Social y Carteles habían quedado atrás. Algunos —los conocedores— guardaron las colecciones completas… Los más, las regalaron, vendieron o sencillamente desvalorizaron.

Por primera vez su optimismo empezó a hacerse de futuro. Futuro era la palabra de orden, la fórmula que estaba en boca de todos para exorcizar el pasado y las lacras que de este quedaban en el presente. Futuro era la palabra de los que manifestaban su apoyo irrestricto a la Revolución, y la de los que empezaban a sumarse al carro de los que la denostaban. No obstante, la Revolución recién comenzaba; era joven, vital, bella, como una de aquellas portadas de Social que con tanto acierto y novedad diseñó. Como toda revolución verdadera, también la cubana empezaba a hacerse gráfica: periódicos, fotografías, murales, pancartas, sueltos, carteles… ¡Sobre todo, carteles! “¡Si tuviera veinte años menos!”, se le oyó exclamar en una ocasión. La esperanza cambiaba de responsables y de responsabilidades. La dinámica del tráfago diario que desencadenaba el proceso revolucionario en marcha, no le permitía a sus dirigentes, ni por un segundo, mirar hacia atrás, so pena de detenerse. Ellos no vieron ni podían ver a Massaguer. La revolución reclamaba todos los desvelos. De un día para otro el presente se hacía historia. En cambio, quince, veinte años después, algunos nombres ya canónicos de la literatura y el arte cubanos, que habían compartido con él ese estado de espíritu que fue el Minorismo, lamentablemente, tampoco lo vieron. Mejor dicho, no repararon en su obra, en su contribución a la cultura cubana, en particular, a su gráfica de comunicación, de la cual el cartel y el diseño editorial se presentaban ya como las dos primeras manifestaciones paradigmáticas de la nueva cultura visual de la Revolución cubana. Ni qué decir de la crítica marxista; tarada de dogmatismo, se limitaba simplemente a descartarlo, tal y como había hecho con siglo y medio de historia, calificándolo de burgués y decadente.

Che GuevaraDespués de 1959 fue fácil decir: “Se codeó con la burguesía”. ¿Y qué de los que se codearon con él antes del 59? Si no fueron todos, fueron casi todos. Por las páginas de Social y Carteles ―y años después, aunque a escala reducida, por las de Desfile―, pasó todo lo que valía en las artes y la literatura republicana, sin excluir algunas figuras jóvenes que luego tendrían un desempeño relevante en la cultura cubana del período revolucionario. Él, por su parte –como tantos otros–, permaneció, vio y comprendió, lo suficiente, como para seguir en el periódico El Mundo “massaguericaturizando”, tal y como lo había visto Abela desde finales de los treinta. Muy a pesar de la edad, empezó a trabajar en el Archivo Nacional. Por razones de comodidad, comenzó a calzar tenis, lo que no le impedía arrastrar los pies por los hoscos pero bien pulimentados corredores, entre estantes repletos de legajos y documentos históricos. El corazón se fatigaba. No obstante, bastaba que alguna personalidad amiga viniera a consultar algún documento —que tratándose de Massaguer, no eran pocas las conocidas—, para mostrarse solícito al pedido, servirlo, y hacer un alto en la faena, momento que aprovechaba para bromear o recordarle alguna anécdota de los viejos tiempos. Preocupado por su patrimonio intelectual y artístico, eligió esta institución como legataria de su papelería personal. Poco después, el temblor en las manos, la parálisis. El Destino, ese invento mayor de los griegos, hacía ya tiempo que no lo veía con buenos ojos. Finalmente, los suyos se cerraron el 8 de octubre de 1965, a los 76 años de edad. Fue velado en la sala A de la funeraria Caballero, en 23 y M, Vedado. “A la funeraria no fue casi nadie”, cuenta un testigo. Tampoco al entierro. En su lápida, en el cementerio habanero de Colón, nada que delate al hombre que allí yace. En la mente de quien la observa, quizás, a manera de homenaje, recuerde los versos que Carducci compusiera junto a la tumba de Percy B. Shelly: “Él ahora no es nada;/ un tic-tac que al sonar,/ ya se ha ido;/ sólo el pasado es bello;/ sólo es verdad la muerte”.

En el histórico 1989, coincidente con el centenario del nacimiento de Conrado W. Massaguer, y por el interés expreso de la doctora Luz Merino Acosta, el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana le hizo una exposición homenaje. A este primer reconocimiento oficial, le seguiría en 1998 la creación de la Cátedra de Gráfica Conrado W. Massaguer adscrita a la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Con motivo de la presentación de la citada Cátedra, se inauguró una exposición de más de cuarenta dibujos de Massaguer ―entre caricaturas e ilustraciones― en la Sala Transitoria de los Capitanes Generales de La Habana. Y la Galería de Arte de Cárdenas se bautizó con su nombre.

Desde entonces a la fecha, han aparecido nuevos artículos sobre su vida y obra en revistas nacionales y extranjeras, así como un reducido número de trabajos de grado que, si bien no hacen todavía la cualidad esperada, hablan por sí solos del inicio de un reencuentro de los más jóvenes estudiosos del arte nacional con nuestro artista. En 2001, con la restauración y ampliación del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, se le hizo un mayor espacio ―aunque todavía insuficiente― a la gráfica de comunicación cubana y, en él, a Rafael Blanco, Conrado W. Massaguer, Jaime Valls y Enrique García Cabrera.

En la ciudad de Santa Clara, el arquitecto José A. Choy y otros colaboradores creaban una nueva línea de diseño de interior en la tienda Praga a partir de ilustraciones y caricaturas de Massaguer. Mientras que la revista Opus Habana de la Oficina del Historiador de la Ciudad, así como su periódico electrónico, vienen haciéndole un espacio permanente a las crónicas humorísticas de Emilio Roig de Leuchsenring y a las ilustraciones y caricaturas de Massaguer que le acompañan. En 2002 el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau de La Habana, con el apoyo financiero del Fondo para el Desarrollo de la Educación y la Cultura, editó La caricatura: tiempos y hombres, de Juan David. En dicho texto, una voz autorizada como la de David, dejaba para la posteridad un juicio justo y desprejuiciado de la trayectoria profesional de Massaguer.

Concebido con espíritu e interés parecidos, esperamos que la presente entrega: Massaguer, república y vanguardia, sea un nuevo paso en el camino hacia la recuperación de este gran artista, así como contribuya ―junto a otros esfuerzos y textos meritorios de la pasada centuria― a la revalorización de una de las manifestaciones que más ha hecho por nuestra alfabetización visual y elevación ideoestética. Esperamos, por último, que el más conocido de los creadores cubanos olvidados, empiece a ser reconocido como lo que es, parte viva e inalienable del ya secular protagonismo de la gráfica de comunicación en la cultura nacional.

NOTAS

1. Juan David: La caricatura: tiempos y hombres. Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2002, p. 109.
2. Ibídem, p. 110.
3. Ibídem, p. 120.
4. Luz Merino Acosta: Conrado W. Massaguer: Exposición homenaje en el centenario de su nacimiento (Catálogo). Museo Nacional. Palacio de Bellas Artes, Ministerio de Cultura, La Habana, marzo, 1989.
5. Juan David: Ob. Cit., p. 120.

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