Actualizado el 25 de abril de 2012

Un filósofo que dora los fundos de la cubanía

Por: . 25|4|2012

Guajiro natural por siempreAmbos Rousseau se le posesionan, compasan su brújula. Del pintor primitivista, de Henri (1844–1910), extrae la oriundez, la insondable ingenuidad que socava la altanería de los tiempos. Con el ilustrado filósofo, con Juan Jacobo (1712–1778), transita hacia una introspección resuelta a hurgar en lo más recóndito de la identidad cubana. Para uno y otro, lo mismo que para todos sus contemporáneos, reserva Rogelio Fundora Ybarra un decoro, un compromiso ético decididos a no cejar.

Permanecer fiel a su estirpe campesina, a los afanes y utopías de quienes a diario esculpen las entrañas de la tierra, posibilita a este artista de la plástica mayabequense trasladar al lienzo una dinámica vital que poco tiene de bucólica o romántica y mucho sí de altruista. Sus criaturas y situaciones serán, en consecuencia, reflejos de un universo afectivo donde el “estado natural” —cualidad pura y descontaminada, al decir de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII— violenta los lindes de aquello que los núcleos hegemónicos de la Europa postmoderna, desde su elitismo de vitrina, catalogan como meramente “arcaico” y “anatómico”, para adentrarse en una peripecia sociocultural más atenta a jubileos y vindicaciones.

Las rutas conceptuales por las que nos conduce Fundora exhiben, pues, un apego a lo enaltecedor muy dependiente de lo espontáneo e intuitivo; algo que, en buena lid, no brinda al creador un espacio mucho más acaudalado a la hora, por ejemplo, de poetizar con los —quiérase o no— barrocos efectos de luces y sombras ya reconocidos dentro del paisaje patrio.

Quizás no esté dentro de los presupuestos estéticos de este artista autodidacto, el replanteo de una insurgencia plástica expuesta más allá de lo naif o primitivista; sin embargo, el contrapunteo evidente entre colores fríos y una lógica compositiva que por su economía de espacios apunta a ser frondosa, o el empleo de pinceladas superpuestas en ciertas zonas de sus cuadros —tal y como lo lograron para todo el conjunto los artífices del impresionismo—, denotan el entusiasmo creciente de un hombre convocado a transformar.

La transmutación que nos sugiere Fundora Ybarra no es, por lo mismo, de índole exclusivamente cromática o formal. Interesa sobremanera a este gladiador de llanos, ríos y montañas, arrojar sobre el hombre y la mujer de campo —y sobre los espectadores de cualquier núcleo poblacional— una dosis de epicidad donde justo el discurrir de lo cotidiano englobe el saldo mayor de grandeza. Poco importa que la pulcritud de los tonos y la precisión minimalista del dibujo se desvanezcan en sus telas; su argumento viene dado por equipararlo todo (a todos) en una ecología de lo social con miras a lo imperecedero.

De todo esto y más, de mucho más, nos dio cuenta el pintor en la exposición Guajiro natural por siempre que, entre noviembre de 2011 y enero del corriente, inundara los salones de la Casa Club Comunitaria de Las Terrazas, en la actual provincia de Artemisa. Son nueve piezas donde Rogelio Fundora deposita todo su imaginario, su infinito amor por un otro humano que no es si no él mismo.

Dedicadas las historias que cada una de ellas narran a homenajear, directa o indirectamente, al inmortal cantor Polo Montañez en el noveno aniversario de su desaparición física, el recurso deviene pretexto para —por conducto del ídolo vueltabajero— invocar a Cuba toda. Obras como “Guajiros en el lago” y, sobre todo, “En el arrozal”, remiten a esa resonancia criolla siempre mágico-realista donde la perplejidad de lo fantástico, el asomo constante de la luz tropical y cierto “montón de estrellas” que sin atisbar presencia física objetiva simplemente se dejan ver, no demuestran otra cosa.

Existe, asimismo, una propuesta estilística en el conjunto de la muestra que, no despojándose de las metáforas naif tan caras al creador, incursiona en el pop art como discurso más emparentado con las pretensiones vanguardistas que, desde ya, parecen desvelar a Fundora. Se trata de diez rostros (diez versiones casi serigráficas) del recio cantautor integrando un pequeño mural sin título, para el que el buen tino pictórico a lo Raúl Martínez y Andy Warhol augura el advenimiento de una estética de lo yuxtapuesto a la que habrá de destinar este filósofo del pincel y la paleta sus más robustas energías. Entre aquellas y esta, entre lo primitivista y lo coloquial: el trasiego soberano por los fundos del color, la plácida permanencia en los dominios de la cubanidad.

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