Actualizado el 30 de junio de 2012

Acerca de Dádiva, de Hilda María Enríquez

El corazón de una artista

Por: . 27|6|2012

El corazón de una artistaDádiva fue una de las muestras colaterales a la oncena edición de esta Bienal. Ubicada en la Maqueta de La Habana, en 3ª y 28, municipio Playa, la muestra de la artista Hilda María Enríquez presentó una de las propuestas más atractivas de este evento. Dádiva estuvo compuesta por un conjunto de diez piezas bidimensionales y dos instalaciones. Una parte de las obras fue mostrada en su pasada exposición El corazón con que vivo, realizada en la Galería Orígenes en noviembre de 2010.

En Dádiva, el motivo rector por excelencia es el corazón, un significante que alude a los sentimientos del ser humano, a nuestras fallas morales, pero también a toda la historia de la era del hombre, cuando portaba cualidades místicas para las tribus y culturas ancestrales. Y a la vez, el corazón como un órgano que genera una visualidad cuidada y bella, como parte de una propuesta estética más que sólida en esta etapa de producción de la artista.

En “Sin dolor”, una instalación escultórica realizada con resina epóxica y clavos de línea, en cada uno de los intersticios del órgano se descubre una tonalidad diferente, potenciada por el contraste de la propia pieza y por el vino que la artista vertió ritualmente sobre el mismo el día de la inauguración. El vino constituye una alusión directa a los diferentes rituales de consagración que se realizaban, en edades antiguas, en honor a los dioses.

Asimismo, la tierra sobre la que descansa el corazón aporta nuevas aristas para la interpretación. La tierra como el elemento natural base de la creación, de la vida, como el espacio del que todo brota y en el que el hombre desarrolla su existencia. La obra de “Hildamaría” Enríquez, como firma sus cuadros, es así un terreno colmado de citas del pasado, de intertextualidad, donde los significados se yuxtaponen y multiplican conformando un lenguaje personalísimo.

Otro componente cardinal de su obra es el texto. En “El tablero”, una pieza que remite inmediatamente al universo religioso yoruba, el texto deviene parte esencial en su composición. La vida viene detrás de la muerte, la muerte hereda todo sobre la tierra, son las palabras que rodean el tablero. El carácter circular del tablero y la disposición del texto en forma radial, anclan el sentido a la hora de llevar a cabo la lectura de la obra. Las palabras no solo refieren la finitud de la vida como ciclo, sino que, a la vez, aluden al tablero como el objeto connotado al ser el canal a través del cual se avizora el futuro. El texto en esta obra, como en el resto de sus creaciones, contiene un valor estético debido a su coherente integración con la imagen, pero también es portador de un mensaje de carácter trascendente.

El corazón de una artistaLlama la atención en la poética de esta artista, su conocimiento y representación de los diferentes dioses egipcios. La perenne presencia del panteón egipcio en sus cuadros resulta en extremo seductora, debido a la frescura y singularidad que otorga a la composición de las escenas que recrea. En “Nut”, la artista ha dibujado a la diosa de acuerdo con su representación tradicional, como una mujer arqueada sobre la tierra. Según la religión egipcia el cuerpo de Nut era la bóveda celeste, que en el ocaso tragaba a Ra y en el amanecer lo alumbraba. Nut, es la diosa del cielo, la morada de los dioses, en especial del dios-sol Ra. El empleo del amarillo en esta obra, por tanto, no es gratuito, se refiere directamente a dicha deidad.

Por tanto, en sus piezas Hildamaría apuesta por una conjunción entre la imagen, el texto y el concepto. A partir de estas tres unidades toma cuerpo su propuesta ideoestética. Un órgano cargado de múltiples significados, como es el corazón, dialoga con religiones tan fascinantes como la yoruba y la egipcia. Una relación que resulta justificada si nos remitimos a la forma de pensamiento de esta última cultura, que concebía a la tierra como el habitáculo de los hombres y de los demás seres de la creación y a Egipto como su centro.

Dádiva constituyó una puerta abierta hacia lo esotérico y hacia los pequeños fragmentos míticos y religiosos que han ido conformando la historia de las disímiles culturas, una conjunción que al final cuenta un relato aún mayor: la historia de la humanidad misma.

Dádiva, ofreció una forma de revisitar nuestra memoria, pero bajo una óptica sugerente e íntima, desde un discurso que se estructura potenciando las reacciones visuales ante la provocación que generan las heterogéneas texturas que contiene. Si se pregunta de qué va la exposición, puede responderse que de corazones de maní, vino tinto, pinturas de exquisita factura, pero sobre todo, del corazón de una artista.

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