Actualizado el 29 de julio de 2012

Fúster y García Álvarez en la Marina Hemingway

Lo más admirable…

Por: . 27|7|2012

Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. Él nace como arroyo
murmurante,
crece airoso y gallardo como abierto río, y luego —a modo
de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego, y
se calma generoso— ¡genio espléndido de veras, que
sacude sobre los hombros tan regio manto azul, que
hunde los pies monstruosos en rocas transparentes y corales!; ¡genio híbrido y extraño
que cuando se mueve
se llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en
el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas
sobre el mar!1
José Martí.

Lo más admirableComo abierto río, sí; como río abierto nos crece, desde y con Martí, esa predilección acaso misteriosa que por el mar experimentamos. ¡Y cómo no tornarla procaz o invasiva en su propia fruición simbólica, suerte de certidumbre ancestral para la que solemos mostrarnos cada vez más absortos frente a la presencia altiva de los tiempos!

La historia compasa sus ritmos y continúa siendo el de José Martí un tiempo tan universal y cubano, que en su saga misma, en su esplendidez ecoica pareciera no tener cabida el acoso a las impetuosidades. Mucho de mar requiere su espuma —y mucho de sol bueno, arena fina—, como para apaciguar un espíritu que ha sido, por la propia factura de su crónica vital, víctima de exclusiones y confinamientos. Porque sobre el hombre y la mujer de esta tierra pendió, quizás por un lapso muy prolongado de siglos, la tortuosa sinergia de horror y sombras con que las hegemonías de antaño, y de un pretérito no tan distante, nos esquilmaron.

Del mar nos llegó pues el asedio y, por ese acto de estirpe profusamente filantrópica que Roberto Fernández Retamar llama cultura de la resistencia, al mar mismo conjuramos: así, echamos a navegar en él aquella primigenia representación icónico-virginal que hacia 1612 alcanzara a anunciarnos en nuestra criollidad; así, quisimos que por un meandro nombrado Playita de Cajobabo desembarcaran Gómez y Martí —tan primaverales como el 11 de abril de 1895—, buscando inundar de luz el lúgubre paisaje de la paleta metropolitana… Y así, también, ya en 1956 —cuando tanta era la afrenta, que el Apóstol moría desde el año de su centenario—, apenas ochenta y dos argonautas lograban irisar las aguas de Los Cayuelos, en Playa Las Coloradas, con el afán, poco después conseguido, de que la eterna mancha de la luna reventara en nuez.

Por esa recurrencia alegórica de hechos —recurrencia asistida por la bendita peregrinación del agua por todas partes—, se nos fue calando, filtrando la audacia. No por casualidad, un coterráneo de Abraham Lincoln y Mark Twain, amigo de Cuba: Ernest Hemingway (1898-1961), reserva para nuestros mares (y para sus criaturas socioculturales) aquella —¿por qué no?— lapidaria sentencia de que “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Algo y mucho de esa potestad lírica contenida en El viejo y el mar continúa cifrando nuestro sino. Y es que en lo acuoso depositamos, no solo el origen, la savia misma de la vida, sino —razón aún mucho más importante— lo vital de nuestros orígenes.

No puede, en tal sentido, este guilleneano por largo lagarto verde con ojos de piedra y agua renunciar al festejo innombrable que resulta —y en esto confieso secundar a Lezama— del nacer vuelto Isla. Es una dominancia, casi un fatum del que no podemos sustraernos: su posesión se nos revela irresistible. De tal suerte, un acopio soberano de adultez y gallardía —el mismo al que desde su valedera trinchera de ideas nos abocan José Fúster y Agustín García Álvarez— apunta a la majestad de nuestro amnios identitario.

En su propuesta —porque así lo prescriben y vivencian— marchan avatares y entusiasmos, clamores y destrezas; no reconocerlo es abjurar de la mística que habita en lo supremo: una mística travestida de buril y pentagrama, de pincel y encausto, de metáfora corporal y celuloide; una mística, en fin, adscripta al genuino arte. Y el arte, vaticinaba Martí, es “…la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario. La venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes”2.

Luego: queda claro que en su revancha —decir es, también, en su creciente y necesaria agonía—, no puede el hombre revelarse desde lo insulso u ordinario. Cierta dosis de aristocraticismo creativo o estimación celestial ha de signarle ímpetus, mucho más cuando de asuntos o argumentos marinos se trata. Por lo mismo, dejemos sea la sintaxis del autor de Nuestra América, La República española ante la Revolución cubana, La Edad de Oro y otros tantos monumentos político-literarios, la que nos aduzca verdades:

“… ¿qué tiene el mar, que todo lo que lo trata o nace de él resplandece de sabiduría?3; (…) ¿qué saben los que se rastrean por la tierra, (…) qué saben los que viven contentos con la vida insuficiente y cruda; con la vida brutal y tiránica, del sublime abandono del espíritu que pide a los acordes de la naturaleza (al mar mismo) la amistad y plenitud que no hallará en el mundo?”4.

NOTAS:

1. Martí, José. “Apuntes. México, 1875 – 1877”. En: Obras Completas. La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1975, Tomo 19, p 15.
2. Ídem., p 17.
3. Martí, José. “Correspondencia particular de El Partido Liberal. México, 23 de junio de 1887”. En: Otras crónicas de Nueva York. Ciudad de La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1983, p 108.
4. Martí, José. “La escuela de Emilio Agramonte. En casa. Patria. Nueva York, 8 de septiembre de 1894”. En: Obras Completas. Ed. cit., Tomo 5, p 438.

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