Actualizado el 30 de octubre de 2012

Pascal Masi en La Habana

Historia de la representación animalística

Por: . 26|10|2012

Pascal MasiCuando el hombre era tan joven que no podía explicarse los fenómenos desde el pensamiento lógico, las imágenes comenzaron a agolparse en su mente. Al tratar de convertir estas ideas abstractas en algo concreto, nació el arte.

Lo primero que representó, por supuesto, fue aquello que no le era ajeno —entiéndase todo lo que le rodeaba—, ocupando un espacio primordial los seres vivos de su entorno. Por esta razón es común encontrar en las civilizaciones antiguas representaciones artísticas de animales, concepto que más tarde se conocería como Animalística.

El tema se remonta a las primeras formas del arte rupestre y del arte mobiliar paleolítico. Ya en las artes figurativas egipcias la incorporación de animales era muy frecuente, al ser parte esencial de la iconografía de sus dioses (halcones, ibis, serpientes, cocodrilos, chacales, gatos, bueyes, etc.), así como de la escritura jeroglífica. Provenientes de los rituales de momificación, de manera habitual se conservan en los enterramientos los cuatro vasos canopos, tres de los cuales reproducían cabezas de animales (mono, halcón y chacal).

Por otra parte, la pintura minoica (los frescos de los palacios cretenses y la decoración de la cerámica), encuentra en la temática animalística uno de sus principales motivos, aunque en general el arte micénico fue marcadamente escultórico (Puerta de los Leones de Micenas).

En los palacios babilónicos, asirios y persas se hizo muy común la utilización de animales en la decoración, tanto en muebles como incorporados a la arquitectura. También fueron frecuentes la figuras mitológicas que mezclaban rasgos de distintos animales, a veces con rostro humano (Lammasu, Kirubi).

En la civilización céltica —extendida por Centroeuropa y que llegó hasta la Península Ibérica y las Islas británicas— uno de los animales más importantes era el jabalí, que se plasmaba en estandartes, similares a las águilas romanas.

Los bronces zoomorfos eran característicos de la escultura etrusca. A ellos se les atribuía un carácter funerario apotropaico (protección a la entrada de las necrópolis), y también se les concebía como elementos decorativos de calderos y otros útiles.

En la escultura helénica, a pesar de ser la figura humana el tema predilecto, no faltaron representaciones de animales, especialmente de caballos, como los de bronce que acompañaban al Auriga de Delfos (sólo se conservan fragmentos) o los tallados en mármol de la Acrópolis, obra de Fidias. Los leones fueron frecuentes en las obras griegas, ejemplo de esto fueron los de la Terraza de los Leones en el Santuario de Apolo en Delos (siglo VII a.C.) y los que aparecen en distintos ciclos mitológicos: el león de Nemea que venció Heracles, o el que ayuda a los dioses en la gigantomaquia.

De leones y caballos se han conservado hermosas piezas, ya sean obras aisladas, en relieves o en monedas y piedras grabadas. El gran león sentado y de tamaño superior al natural que se alzaba en el puerto ateniense de El Pireo y que hoy se halla a la entrada del Arsenal de Venecia, y el león del Palacio Barberini —también de tamaño superior al natural— pueden contarse merecidamente entre las principales obras de arte. La vaca de Mirón es más célebre que sus demás obras, y muchos poetas, cuyas composiciones han llegado hasta nosotros, la cantaron.

Para Roma, la Luperca (la loba que alimentó a Rómulo y Remo) y el águila que portaba como estandarte el aquilifer de cada unidad militar, estaban entre los más importantes motivos animalísticos. Otros se integraron a los elementos arquitectónicos, como los bucráneos.

Las cuadrigas tuvieron presencia, tanto en relieve como en bulto redondo, en los arcos de triunfo. Otras representaciones equinas importantes fueron los caballos del hipódromo de Constantinopla (conservados en San Marcos de Venecia), el de Marco Aurelio y los de los Dioscuros de Monte Cavallo.

Las representaciones animalísticas también son relevantes en el arte de la India, dado el aspecto animal de algunos de los más importantes dioses del panteón hinduista —Hánuman (mono) y Ganesha (elefante). La figura de un león remata los pilares de Asoka, y actualmente es incluso un símbolo de la India. Las ilustraciones del Panchatantra (un texto fabulístico muy divulgado por el mundo musulmán y cristiano medieval) incluyen leones, zorros, conejos, elefantes, etc.

Desde Europa Oriental hasta Siberia, pasando por las estepas de Asia Central, un conjunto numeroso y enigmático de pueblos (tracios, escitas, partos, cimerios, hunos, pueblos túrquicos, etc.), compartían a grandes rasgos una forma de vida nómada basada en la ganadería y la monta del caballo; lo que hizo de las representaciones animalísticas una parte central de sus artes figurativas, con una gran abundancia de joyas zoomorfas; hasta tal punto que se habla de un estilo animal.

Las culturas precolombinas desarrollaron artes figurativos que incluyen todo tipo de representaciones animalísticas, especialmente en escultura, orfebrería y cerámica. El símbolo totémico de los aztecas (presente en la bandera de México) era un águila que come una serpiente sobre un nopal. Muy difundida estuvo la iconografía de la serpiente emplumada, con el nombre azteca de Quetzalcóatl o el maya de Kukulkán.

En similar sentido, la iconografía cristiana es muy abundante en simbología animal, aunque no siempre es unívoca. Una de las constantes tiene que ver con la identificación de Cristo con el cordero místico (o como Buen Pastor, con lo que las ovejas se identifican con los cristianos) y la del Espíritu Santo con la paloma.

Igual de recurrentes son los tres animales que se representan entre las cuatro figuras del tetramorfos —toro, águila y león (la otra es un hombre o ángel). El león también se representó en distintos pasajes del Viejo Testamento (el León de Judá —al que derrotó Sansón—, o los leones del pozo de Daniel).

Las escenas del ciclo de la Natividad brindaron excusa para abundantes representaciones animalísticas: la mula y el buey del pesebre-cuna del Niño Jesús; los perros y el rebaño de los pastores (en los frescos románicos de San Isidoro de León), así como todo tipo de animales de monta y carga del séquito de los Reyes Magos. Tres grupos de escenas del Génesis (1:20-25): los días quinto y sexto de la creación (de los animales, acuáticos, aéreos y terrestres), tanto como las del arca de Noé, han sido especialmente aprovechadas por los pintores de todas las épocas.

Escultura de Pascal MasiLa identificación del arte con la imitación de la naturaleza fue intensificándose en las artes figurativas del gótico —y todavía más durante el Renacimiento—, lo que condujo a un cada vez mayor realismo. Animales exóticos fueron representados por los artistas de la época, como ocurrió con la llamada jirafa Medici en 1486, o con el rinoceronte de Durero en 1515. Un caso especial es el personalísimo universo de animales —reales y fantásticos— que creó El Bosco (El jardín de las delicias, Las tentaciones de San Antonio, El carro de heno o El juicio final).

A partir del Manierismo se utiliza la representación de todo tipo de animales como elementos de distracción de los motivos principales. Tintoretto dispone la escena de El lavatorio dejando que el lugar central lo ocupe un perro tumbado. Rubens reservó una buena parte de la superficie del cuadro para los caballos y camellos del séquito de los Reyes Magos.

En la pintura barroca fueron frecuentes las representaciones de bodegones y escenas de caza —Frans Snyders, Jan Fyt, Paul de Vos y Cornelis de Vos destacaron como pintores animalistas en la escuela de Amberes; Alexandre-François Desportes y Jean-Baptiste Oudry en la escuela animalística francesa, y Aelbert Cuyp, Paul Potter y Melchior Hondecoeter en la escuela animalística holandesa).

También comienzan a encargarse representaciones “retratísticas” (es decir, que buscan reflejar las características peculiares que los individualizan) de animales especialmente estimados por sus dueños. Uno de los que más destacaron en el género fue el inglés George Stubbs, del que se dice que pintaba del natural en los establos y que estudió cadáveres de caballos en todo tipo de posturas, lo que le llevó a la publicación de The anatomy of the horse en 1766.

Pero es a partir del romanticismo cuando las representaciones de animales adquieren valor como tema pictórico por sí mismo. Tanto Gericault (cuyo amor por los caballos le llevó a la muerte) como Delacroix (en sus temas vinculados a la moda orientalista) fueron notables animalistas.

Las sucesivas vanguardias artísticas de finales del siglo XIX y del siglo XX, en contraposición con el movimiento anterior, no tienen en la imitación de la naturaleza su principal interés. Las representaciones de animales, cuando se dan, obedecen a diferentes convenciones; como las del surrealismo, los peculiares caballos de Franz Marc, La cabra de Picasso (1950), el Urano de Gargallo (1933), las teselaciones de Escher (una constante en su obra) o Los músicos de Bremen de Gerhard Marcks (1953).

El caso de los impresionistas fue distinto, tanto ellos como sus precursores y superadores —preimpresionismo y postimpresionismo— tuvieron algunos animalistas notables, especialmente en las representaciones equinas (Fortuny, Fattori, Degas, Toulouse-Lautrec).

En el siglo XX, resaltan nombres como el de François Pompon, conocido como el maestro de la escultura animalista. Pompon —junto a su discípulo Pascal Masi— es considerado como uno de los escultores franceses más talentosos en su campo y es precisamente este último quien, durante los meses de septiembre y octubre del presente año, expone su muestra Animales del Planeta en el Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), en ocasión del Aniversario 20 de la Cumbre de la Tierra.

La muestra reúne cuarenta y cinco piezas que representan animales de África y de Europa, realizadas, según su autor, con el objetivo de sensibilizar a las personas con las especies amenazadas.

Creadas en diferentes materias: tierra, yeso, piedra, poliespuma, acero, aluminio y cera, las obras que integran Animales del Planeta pretenden ofrecer un espectáculo acerca de la belleza de la vida y la elegancia de la naturaleza; a la vez que intentan captar la grácil esencia de las criaturas y sus exquisitos movimientos desde la subjetividad del autor y no como una mera representación anatómica del mundo animal.

La búsqueda de la belleza en lo formal, así como el cuidado y el buen gusto estético, son constantes en la obra de Masi. Más que transitar por pasadizos connotados, el escultor persigue el preciosismo en sus creaciones acudiendo a lo explícito. Privilegia los suaves desplazamientos, la transparencia y finura. Por eso prefiere las líneas curvas, sensuales, juguetonas, representantes de lo bello.

De esta forma podemos catalogar su arte como “figurativismo no realista”, ya que nos propone imágenes que, siendo reconocibles, recurren a la fantasía o a una visión subjetiva, propia del artista, deformando o estilizando las figuras. Aunque la versatilidad del escultor le ha permitido incursionar en la figuración realista, representando de una forma detallada la apariencia externa de los animales, tratando de imitar sus rasgos, proporciones, colores y texturas. En ocasiones, incluso, ha coqueteado con su grado máximo: el hiperrealismo.

En la exposición —a decir del autor—, podemos encontrar esculturas que abarcan un panorama completo de su trabajo en los últimos años, donde la representación de figuras de panteras, osos y pájaros se ha hecho recurrente.

Se puede apreciar además un afán por capturar el instante y congelar a las bestias en su momento más expresivo, ya sea cuando se disponen a desplazarse, al lanzar una mirada paralizante sobre sus víctimas, o simplemente durante el plácido sueño. Todo ello de modo que siempre resalte la esbeltez de la forma y que despierte en el receptor las más diversas sensaciones.

Pascal Masi trabaja como escultor desde el 2001 y entre los reconocimientos que ostenta figuran el Premio Sandoz 2011, la Medalla de la Escultura de la Asamblea Nacional de París y la Medalla de Oro de la Ciudad de Nancy. Ha realizado varias muestras personales en galerías de Francia, así como en Holanda, Bélgica y Suiza.

Animales del Planeta constituye un paso importante en los intercambios culturales entre el Principado de Mónaco y la República de Cuba, y toma sitio dentro del programa de sensibilización ante el medio ambiente y la biodiversidad, que desarrolla el Museo Nacional de Bellas Artes.

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