Actualizado el 10 de octubre de 2012

Los laberintos de Eros y las trampas de lo sublime:

Mera excusa para la metáfora visual

Por: . 8|10|2012

¡Ambiguo sentirse a todos lados del Eros!1

Mera excusa para la metáfora visualEl cuerpo constituye, desde tiempos remotos, el espacio privilegiado de la identidad social, llegándose a convertir en una extensión explícita de la cultura. Su representación ha estado vigente en vasijas, frisos, esculturas, etc., perviviendo como leitmotiv de la mirada creativa del hombre. Grecia, Roma, La India, Egipto y todas y cada una de las culturas que nos antecedieron hallaron en él una vía para canalizar, no solo sus experiencias y cosmovisión, sino también su relación con el otro. Precisamente de esta manera surgen las primeras imágenes eróticas, producto de la necesidad imperante de reflejar todas las facetas del estadío humano.

Dentro del repertorio sobresale la alusión al falo como una constante, expresión evidente de la hegemonía del llamado sexo fuerte. En la cultura occidental el psicoanálisis y la antropología cultural contribuyeron a la entronización del sujeto masculino a través de disímiles hipótesis. Jacques Lacan justifica el androcentrismo por la legitimación de la primacía del falo; mientras que para Freud, debido a la existencia de una libido única que cuenta como impulso (que es, por supuesto, esencialmente masculina), la sexualidad femenina tiene un carácter completamente pasivo.

¿No será el androcentrismo una manera de disimular la dualidad de los sexos bajo una universalidad masculina? ¿Obedece quizás al temor de la dicotomía? Nos hallamos ante la reiterada problemática de lo uno y lo múltiple.

El erotismo contiene al deseo, a todas aquellas proyecciones conectadas con la experiencia sexual y sensual del individuo, al igual que el arte es imaginación, ensueño, inventiva. La mixtura de ambos vendría siendo entonces la sublimación gráfica de la realidad fisiológica, mera excusa para la metáfora visual, insinuación de elipsis, regodeo pulcro que sugiere más de lo que se puede apreciar.

“…Han existido ciudades, culturas específicas y momento históricos considerados emblemáticos en el desarrollo de estos temas tan vinculados entre sí. La antigua Etruria; Atenas en los años de Pericles; Pompeya y Herculano en la Roma imperial; Bizancio en el siglo IV dne; el París licencioso de los libertinos, tan bien reflejado por Sade en el siglo XVIII; y las expresiones político-sociales de los 60 del siglo XX en Norteamérica y Europa, con sus llamados a la revolución sexual, pudieron ser algunos de estos momentos. En todos ellos el arte supo reflejar primero, y más tarde potenciar y recrear, los estrechos lazos o vasos comunicantes que existen entre el arte y el erotismo.”2

En el caso específico de las artes plásticas de nuestro contexto insular, incontables han sido los creadores que han abordado el tema de la sexualidad y el erotismo: Carlos Enríquez, Servando Cabrera, Raúl Martínez, Zaida del Río, Umberto Peña, Cutty, Rocío García y Juan Carlos Alom, por solo mencionar algunos, han explotado con asiduidad los entresijos del cuerpo y sus infinitas posibilidades.

Mera excusa para la metáfora visualNo obstante no podemos pasar por alto el hecho del predominio de la mirada masculina en esta zona del arte cubano, así como tampoco es lícito obviar la supremacía de lo heterosexual en cuanto a formas del placer e imágenes culturales dominantes en nuestras artes.

Ellas sí hablan, la más reciente muestra de la galería Villa Manuela viene de cierta forma a saldar la deuda. Seis mujeres, seis poéticas y maneras de entender el mundo de modo diferente, comulgan esta vez en el recinto galerístico para descubrirnos toda la pluralidad del enigmático universo del deseo femenino. Katiuska Saavedra, Deborah Nofret, Marlys Fuego, Rocío García, Rachel Valdés y la colombiana Adriana Marmorek, dialogan en torno a problemáticas tan candentes como el empleo de la atracción sexual por los medios de comunicación y la publicidad, la subyugación erótica, la diversidad del hecho sexual, el homoerotismo y el desorden del mapa del placer y el deseo.

El cuerpo, tanto femenino como masculino, se convierte en el verdadero protagonista de historias que juegan y se deslizan con la mayor cautela. Domina la búsqueda de lo sublime, la mesura inconsciente del rejuego afrodisíaco, alejándose de la representación sexual explícita y sumergiéndonos en un mundo de incitaciones continuas más que de excitaciones. Un verdadero golpe bajo al pensamiento freudiano, al supuesto rol pasivo de la mujer respecto a la libido. “El eje de la exposición Ellas sí hablan radica en hacer ver que la mujer no es solo ese objeto de deseo, pasivo por demás, sino también ente activo, con la capacidad/posibilidad de desear; una provocación a la pacatería de los comportamientos socialmente determinados como ‘apropiados’ o no para las mujeres.”3

Según su curadora, Chrislie Pérez, la muestra marca un punto de partida significativo, ya que es la primera vez que se realiza en La Habana una muestra únicamente de mujeres y con el tema del erotismo como motivo central.

Nada más entrar a la galería nos sorprenden los lienzos de una pintora descomunal, sin temor a hacer frente al pensamiento diletante y al descontento; me atrevo a decir que la mejor pintora que ha tenido el escenario cubano en mucho tiempo y, quizás, la que mejor ha comprendido que la sexualidad no se reduce al trivial reconocimiento o representación casual de un par de genitales. En el arte de Rocío apenas existen las alusiones a lo sexual, su pintura apunta a lo sensual, a lo erótico, al regodeo desgarrador de la espera, a la densidad psicológica del deseo, de la posesión. “Tattoo Love”, la serie que presenta en esta ocasión, es un alarde —como casi todo en Rocío—, de metáforas escalofriantes, de sentidos contrariados, haciéndonos entrever el placer y el dolor que conlleva, no solo el acto del apareamiento, sino también el más elevado de los sentimientos: el amor.

Mera excusa para la metáfora visualSiguiendo el estilo de su very oscuro4, los cuerpos se observan, se tocan, se acarician, se seducen unos a otros, bajo una atmósfera intimista de tonos grices y negros. Espaldas, torsos, piernas tatuadas, marcadas quizás por la existencia de un amor anterior, una huella indeleble que los delata y los hace frágiles al mismo tiempo.

Ausentes los personajes y ambientes clásicos de la artista, las geishas, el barman, los marineros, el billar, el puerto, los bares, los encuadres de sitios penumbrosos, la artista nos regala entonces esa zona reservada del cortejo y el coqueteo rotundo. Tal parece que esta vez nos da entrada a una de esas puertas semiabiertas de sus thrillers, ignorando la intriga y el suspense al que nos tiene habituados. Quizás estos seres continúen siendo los protagonistas de Rocío y un ojo avezado sea capaz de reconocer en ellos al domador, al efebo de la barra o al policía con Alzheimer en el momento anterior al acto de la entrega al más puro placer.

Eros y Tánatos se asoman sutilmente una vez más a las telas de Rocío. La pesadilla del binomio y la exaltación que provoca la simbiosis brota de la caricia amenazadora del mozo que sujeta el cuello del otro, como fútil víctima que se debate entre los impulsos de sujeción y libertad.

La esencia de su obra apunta a la deconstrucción de la hegemonía falocrática, mediante el reconocimiento de los juegos y rejuegos del placer que se permite la psicología, en este caso masculina, al margen de los modelos y cánones que impone la cultura dominante. El canon no existe, nos susurra Rocío, es una construcción mental que responde a determinadas circunstancias e intereses, muta dependiendo de las relaciones de poder establecidas en un espacio-tiempo equis. El hombre es un ser binario, pero al mismo tiempo es un total desconocido de sí mismo, su propia naturaleza le traiciona y su identidad solo la forja a partir del descubrimiento del otro. Todo esto lo sabe y lo entiende Rocío con una claridad espantosa.

“Valeria I”, pieza de la joven artista Rachel Valdés es otra de las que captura de inmediato la mirada del espectador sagaz. Resuelta en gran formato y con los acostumbrados colores estridentes de la autora, la obra suscita todo un cúmulo de interrogantes respecto a la posición de la mujer en la contemporaneidad, la asunción del cuerpo como objeto de deseo y como producto. La protagonista de “Valeria I” conecta de inmediato con el receptor, haciéndolo cómplice de la procacidad y el escamoteo, de la insinuación y el recato de ese cuerpo semidesnudo que lo sumerge en la más embarazosa ambigüedad ¿Qué ha hecho Valeria, o qué está a punto de hacer?

Otra vez Katiuska Saavedra juega con el espectador y lo provoca a través de su cuerpo. “Expectativa” es el material que nos presenta en Ellas sí hablan, una video documentación de dos minutos en la que aparece una joven asomada en una especie de balcón con una falda corta que nos devela —con ayuda del viento— las interioridades de la fémina.

La artista se nutre de vivencias cotidianas, explotando las lagunas del imaginario colectivo y sus propios conflictos a través de metáforas semánticas con cierto tono lúdico. En su obra cobra una significación especial la colocación del ser en el espacio y su interacción con el entorno y los objetos que le rodean. Existe un tensión evidente entre la postura de la fémina ante la ciudad, expectante, atenta, ávida de perspectivas y posibilidades y el título de la pieza. El carácter autorreferencial del material denota la intención de un discurso respaldado por su condición de mujer, develando a su vez, problemáticas inherentes al género.

No quisiera terminar sin antes referirme a las obras presentadas en esta ocasión por la artista de la plástica Marlys Fuego, quien desde sus inicios se ha mantenido trabajando el tema erótico con cierta asiduidad, primero desde la pintura y ahora incorporando el elemento tridimensional. “Hermanos” y “Soft drink” juegan con el kitsch, la estética de la publicidad y la imagen de los objetos de las sex shops.

Sin embargo, ambas piezas parecen caer víctimas de aquello que ellas mismas señalan. La reiteración del falo como único objeto de placer, la imagen de la mujer como consumidora desmedida del mismo, como ser dependiente, salta a la vista en ambas piezas de una forma u otra. Marlys ha sucumbido en las trampas del lenguaje y la visualidad, sus piezas parecen negar aquello por lo que apuestan, brindándonos una visión un tanto falocéntrica del fenómeno. La supremacía de lo masculino se erige, minimizando la sentencia de que el género humano no existe fuera de la dualidad masculino-femenino y que la sociedad se desarrolla y evoluciona a través de relaciones fundadas en la alteridad de los sujetos.

Mera excusa para la metáfora visualSegún Albertine Tshibilondi: “La palabra género se refiere a los aspectos sociológicamente atribuidos a las características fisiológicas que diferencian a los hombres de las mujeres. El género designa nuestra forma de pensar y de sentir, ligada a los conceptos socialmente definidos de masculinidad y feminidad. En otras palabras, hace referencia a la posición de los hombres y las mujeres en lo que respecta a los vínculos que se establecen entre unos y otros, los cuales se basan en relaciones de poder. El término género sirve para describir características sociales, mientras que la palabra sexo hace referencia a características biológicas. El individuo viene al mundo con un sexo, mientras que el género le es inculcado a través del proceso de socialización. El sexo no cambia. El género y los roles masculinos y femeninos sí varían de una cultura a otra”.5 Nuestra artista no parece ignorar lo anterior, pero aún así trabaja sobre la base de estereotipos manidos que le restan cierto valor a sus piezas.

Adriana Marmorek y Deborah Nofret también expusieron su visión acerca de la sexualidad y el erotismo a través de la fotografía y la instalación, cuestionándose acerca de los misterios del cuerpo, de la sexualidad femenina y la problemática del sexo como mercancía.

Antes de finalizar me gustaría señalar ciertos desacuerdos que presento respecto a la curaduría. Quizás hubiese sido pertinente una investigación un tanto más profunda respecto al tema con el objetivo de realizar una selección más minuciosa y acertada de artistas y obras. Esto hubiese permitido la elaboración de un discurso más coherente, quizás más cerrado que —sin lanzar una mirada única del fenómeno— permitiera al espectador establecer una relación más concreta con el tratamiento del tema en el escenario cubano. No obstante a esto, Ellas sí hablan es sin dudas una extraordinaria propuesta, invitación evidente a la reflexión y el análisis de cuestiones vigentes en el mundo contemporáneo.

NOTAS

1. Corina Matamoros, “Si pierdo la memoria…”, en www.rociogarcia.com, 2009.
2. Rafael Acosta de Arriba, “Arte y erotismo, vasos comunicantes”, en Caminos de la mirada. Ediciones UNION, 2007.
3. Chrislie Pérez, “(Villa) Manuela y las visitadoras”, en el Catálogo de la exposición Ellas sí hablan, 2012.
4. Very, very Light…and very oscuro (Un policía con Alzheimer), título de una muestra expuesta en la Galería La Casona, donde Rocío presenta por vez primera esta reducción de su paleta cromática con las pinturas en tonos grises y negros.
5. Albertine Tshibilondi, La filosofía y los problemas de género en África. Biblioteca personal.

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