Actualizado el 24 de noviembre de 2012

El arte cubano y su eterno reto a las circunstancias

Por: . 23|11|2012

El arte cubano y su eterno reto a las circunstanciasCon el paso del tiempo se ha evidenciado una necesidad casi obsesiva por revelar, nombrar y legitimar los procesos artísticos que van naciendo. No es menos cierto que la Historia del Arte necesita herramientas que permitan organizar de forma coherente su discurso, pero en ese afán de incidir sobre la historia, marcando una línea imaginaria que evoque un antes y un después, caemos ineludiblemente en la desmesura, cercenando, en ocasiones, la vitalidad de un proceso. Es peligroso hacerle el juego a la periodización y menos en un espacio tan controvertido como lo es el contexto cultural cubano, aun cuando nos toque construir la historia desde de la contemporaneidad.

El arte cubano de las tres últimas décadas ha sido, parafraseando un título de María de los Ángeles Pereira, un “continuo desafío” para críticos, teóricos e historiadores que asumen diversas actitudes ante los procesos de continuidad y ruptura de la producción artística de esos decenios. En la relación de los años 90 con aquellos que en algún momento Rufo Caballero llamara década prodigiosa (años 80), se hacen evidente las diferentes posturas asumidas. Algunos toman una posición de añoranza ante el decenio ochentiano y restringen la posibilidad de una continuidad abierta, rica y con nuevas propuestas.

Por otro lado hay cierto interés en delimitar las décadas, haciendo cortes innecesarios que anuncian el nacimiento de un periodo y, por tanto, del nuevo arte que se desarrollará en él. Incluso, a veces le adjudicamos a un hecho específico la responsabilidad de ser el detonante de ese nuevo momento. Sería el caso de algunas exposiciones como Volumen I (dic. 80), El objeto esculturado o Las metáforas del templo en 1993, las cuales iniciaron las décadas con propuestas interesantes. Es extremadamente complejo tratar de dividir fríamente dos etapas e indicar que esa ruptura desconoce una época anterior, en este caso valdrían las palabras de Rufo Caballero cuando certeramente apuntaba hacia el arte de los 90: “Descuidan el hecho de que la continuidad con el ardor de los ochenta es indefectible, no ya por el reclamo artificial de los nostálgicos (…), sino porque sencillamente los nuevos creadores, (…) llevan en sí el fulgor de los 80, como experiencia vivida o referida con intensidad, como una presencia insoslayable, un legado consustancial”.1 Es precisamente esa actitud renovadora, que no niega en absoluto la continuidad con etapas anteriores, una cualidad del arte cubano desde finales de los 80, y me atrevería a decir que hasta la actualidad.

Los 90 evidenciaron que el cambio no provino exclusivamente del arte, se dieron una serie de condiciones económicas, sociales y culturales que incidieron directamente en este. El llamado “período especial” constituyó un acontecimiento que desarticuló la lógica social instaurada con la Revolución. La crisis económica incidió sobre todas las esferas de la vida, y el arte, en especial, se vio afectado en dos direcciones, por el éxodo de importantes figuras de la plástica y por los trágicos reajustes en el sistema institucional. “El cambio de circunstancias dio un viraje profundo a la manera con la que se concebía el sentido funcional del arte,2 y fueron precisamente las nuevas circunstancias las que perfilaron las nuevas formas de creación.

El arte cubano y su eterno reto a las circunstanciasEl arte no podía seguir la misma perspectiva ideológica del decenio anterior; esa explosividad y estado febril de los años 80 fueron necesariamente menguados. La estrategia discursiva había dado un cambio, ahora se decía desde el silencio, desde las posibilidades que la metáfora, el doble sentido y la tangencialidad brindaban. El legado ochentiano permanecía, la crítica y el humor seguían como sello de un arte propiamente nacional, pero ahora se tropologizaban, se bloqueaba la expresión directa para dar paso al subterfugio. Fue así como el arte fue encontrando vías de expresión que sustentaran el cambio. Las revisitación de la historia, la cita a otros artistas (A. Mariño), la creación de heterónimos (Fernando Rodríguez) o el desplazamiento hacia la técnica, fueron algunos de los recursos empleados en esta nueva etapa.

El retorno a la estética, al buen hacer, fue un rasgo significativo de dicha producción. Un retorno que no demerita el decenio anterior puesto que los artistas sí conocían y manejaban las bondades de la técnica, pero en la mayoría de los casos, no interesaba; eran momentos de experimentación y construcción de discursos abocados a la confrontación ética, por lo que el instalacionismo, el postconceptualismo o el bad painting constituían las mejores herramientas. Por su parte, los 90 regresan al oficio, no de forma amanerada o como retroceso, sino como refugio, para desde allí emitir la crítica más audaz. Lo podemos apreciar en la obra de Los Carpinteros (Flying Pigeon), por ejemplo, donde acudiendo a las técnicas más tradicionales como la pintura o la ebanistería emiten un discurso cargado de alusiones y sentidos.

La revitalización del grabado y la fotografía constituyen dos de los legados más significativos de esta etapa. Los artistas que asumieron esas modalidades aportaron no sólo una visión del mundo desde sus respectivos soportes, sino que irrumpieron en una hibridez morfológica que enriqueció las propuestas artísticas. Frank Martínez, Abel Barroso y Sandra Ramos fueron algunos de los que cuestionaron los límites de la técnica y propusieron nuevas formas de incursionarla.

Las temáticas abordadas por el arte noventiano fueron disímiles, entre ellas la sexualidad (Eduardo Hernández), el discurso de género (Cirenaica Moreira), la raza, así como el tema de la insularidad y la migración, quizás los más ponderados debido a la propias circunstancias. Los ejemplos sobran si se quiere citar estos últimos, lo más importante es que esta problemática social generó en nuestros artistas una fuente inagotable de inspiración, no fueron pocos los enfoques ingeniosos a la hora de aproximarse del tema.

Parecía que el arte cubano cobraba fuerzas mientras aumentaban las dificultades. En relación a ello Gerardo Mosquera apuntaba, refiriéndose a los años noventa: “La energía cultural parece ser una de las últimas cosas en deshacerse, y esto destaca la capacidad de la cultura para resistir, y aun fortalecerse, en situaciones difíciles”.3 El espíritu pedagógico que emana del contexto artístico cubano ha sido la principal causa de ese fortalecimiento. Gracias al sistema de enseñanza artística nacional (fundamentalmente el ISA) que nunca dejó de funcionar, aun en tiempos convulsos, se pudo asistir a la experiencia de un arte vivo y en constante renovación.

Algunos críticos apuntan cierto debilitamiento del arte cubano de finales de los noventa. Una especie de impasse que experimenta la creación y que Rufo Caballero ha llamado “el paso de la isla tropológica a la isla tautológica”4. No es menos cierto que el discurso, en ocasiones, se vuelve redundante y no podemos apreciar esa riqueza tropológica de inicios de la década, pero esto no ocurre en todos los casos y, además, entran al juego nuevos soportes que se venían desarrollando y que finalmente adquieren distinción: es el aporte de las nuevas tecnologías (Video-creación, Arte digital, Net Art) que permiten una expresión artística diferente.

El arte cubano y su eterno reto a las circunstanciasEs incuestionable la actitud renovadora del arte cubano y su relación con etapas anteriores. Actualmente, podemos constatar la vitalidad de la producción artística, donde el humor, la ironía y la crítica continúan siendo la base de numerosas propuestas. Por otro lado, el giro hacia la imagen ha permitido explotar las ganancias de lo digital y ahora los artista más jóvenes —incluso los ya consagrados— han incursionado en el video para desplegar una serie de inquietudes respecto al contexto social (Luis Gárciga: “Mi familia quiere un cambio”) u otras de honduras sociológicas y autorreferenciales (Jairo Alfonso: “La chancleta de mi abuelo”, video). Se continúa cuestionando la realidad desde diferentes aristas no exentas de humor como es el caso de Lázaro Saavedra y su Galería I-MEIL. Pero también comienza a visualizarse un lenguaje más universal que va desde los títulos (empleo de varios idiomas) hasta las posturas, como lo es específicamente la obra “Apolítico” de Wilfredo Prieto.

La llamada “Nueva Pintura” es un hecho que complementa la pluralidad de los 2000, siendo una manera diferente de proyectarse ante la realidad. Ahora las búsquedas son otras, presentar un arte que se libere de las preocupaciones sociales y políticas que tanto ha interesado a los artistas de décadas anteriores. La exposición colectiva de pintura Bla bla bla (2008) evidenció esas nuevas indagaciones.

Claro está que las circunstancias han cambiado nuevamente, la estrechez y la faltas de los años 90 ya no se hacen sentir como antes, ahora nuestros artistas apuestan más que nunca por el mercado, el sistema institucional ha cedido a favor del surgimiento de galerías comerciales (23 y 12, Génesis), de nuevos protagonistas culturales como los especialistas free lance, en fin, el engranaje cultural se vuelve cada vez más complejo, lo cual certifica la variedad y complejidad de la propia producción artística.

El arte cubano actual se nutre, indiscutiblemente, de la tradición plástica anterior, heredando de ella el talante crítico —desde la ironía o el humor—, síntoma de la propia sociedad; la tendencia a completar esas zonas de silencio que enmascara el discurso oficial, el espíritu pedagógico que continua ininterrumpidamente a lo largo del tiempo (DUPP, DIP, ENEMA, Cátedra de Arte Conducta, etc.) y sobre todo, la dimensión autorreflexiva, capaz de pensarse a sí mismo y pensar lo universal.

REFERENCIAS

1. Cfr. Caballero, Rufo. “Con la sutil elocuencia del sosiego”. En Agua Bendita, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009. p.167.

2. Cfr. Mateo, David. “¿Algo nuevo en la plástica de los noventa?”. En revista Temas, No. 12-13:163-176, octubre 1997-marzo 1998. (Formato pdf)

3. Cfr. Mosquera, Gerardo. Catálogo Las metáforas del templo, febrero 1993. (Formato digital)

4. Cfr. Caballero, Rufo. “Dime lo que más te ofende”. En Agua Bendita. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009. p. 144.

Categoría: Artes plásticas | Tags: | | | | | | | | | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados