Actualizado el 1 de enero de 2013

Esteban Machado, entre azules

Por: . 27|12|2012

Esteban MachadoSe necesita poco tiempo para descubrir que los personajes del pintor cubano Esteban Machado son el efecto de sus ansiedades: como él, viven atrapados en ilusiones, sueños, una borrasca a veces, en ocasiones una tempestad.

También, como él, lidian sin tregua por avanzar, resignados a una vida que unos días da alegrías y otros decepciones, diferente de la bella y en colores que imaginaron cuando niños.

A sus 47 años, Machado espanta los estados de ánimo negativos con una fórmula infalible: repartiendo brochazos y pincelazos, expandiendo tintes y tortas de acrílico sobre un lienzo donde van apareciendo, lentamente, figuras humanas y naturales, entre ellas un hombre pequeño que transmite fe, perseverancia, fuerza espiritual, honestidad, según la situación que atraviese.

En su confortable casa de Centro Habana, un reparto de fuertes contrastes sociales —el mismo donde Pedro Juan Gutiérrez ha escrito su literatura sucia—, Machado no esconde que sus cuadros son como un repaso de lo que han sido sus años, su filosofía personal del tiempo acumulado.

Para eso, se ha pertrechado con símbolos como el coco, que lo ha cubanizado y lo usa como representación de muchas cosas: un coco-arca, como la de Noé, para resguardar los símbolos de la identidad cubana, un coco-planeta, como almacén de tantas interrogantes, un coco-mundo íntimo para protegerse de los golpes diarios de la existencia.

Esteban Machado es autodidacta. En 1999, cuando se decidió a pintar en serio, su única referencia de las artes visuales era el dibujo, que impartía en una Universidad Pedagógica. Se sumergió en los cuadernos, se procuró herramientas que da la academia; ante la falta de ésta, visitó museos y galerías con frenesí, y descubrió su talento. Luego, buscó un estilo, hasta perfeccionarlo.

Marea bajaAhora es un pintor minimalista. En su serie Con luz propia hay solo un hombre pequeño siempre de espaldas, un bote, el mar, un muelle y unas palmeras. El hombre y la actividad que realiza centran las percepciones y emociones del espectador, en su intento de buscar sentido a lo que ve.

Nació y se crió en el pueblito El Gabriel, al oeste de La Habana. Como hombre de campo, arrastró a la ciudad un puñado de signos y creencias. Ha vivido en varios municipios y repartos capitalinos. Por eso, con una capacidad fina para fabular, pinta la emigración cubana, pero sin oportunismos políticos: no sólo la que lleva a sus compatriotas fuera de la Isla, sino además la que acompaña al hombre en su vieja necesidad de trasladarse. Lo hace como siempre pinta: con un manejo del color preciso, detallista, elegante. “Yo soy un emigrante perenne: del pueblito El Gabriel me he ido a otros pueblos y ciudades de la capital. El municipio de Centro Habana, donde vivo ahora, es mi quinta residencia desde que nací”, explica.

Sea cual sea esa emigración, los cubanos de Machado cargan con Cuba en forma de identidad, una suerte de depósito de la memoria, de signos y símbolos con los que se entienden sin hablar, un lenguaje que nace de las raíces comunes.

“Esas migraciones, dentro o fuera del país, es lo que trato de reflejar. Ahí también aparece el coco como mundo personal de cada cual, y el mar es el espacio-tiempo en el que transitas por la vida”, dice.

Machado es un paisajista del mar, no del campo. Es su otra especialidad. Un mar a veces furioso, en que casi naufraga el arca con todo lo que importa salvar de Cuba; otras veces calmado, límpido, azul cielo, cuando el hombre pequeño medita, sentado en un muelle, o arrastra un coco gigantesco.

Algunas de esas piezas decoran las paredes de un céntrico restaurante de la calle Obispo, la arteria más concurrida de la zona antigua de La Habana, Patrimonio de la Humanidad, rescatada casi de las ruinas y restaurada por un proyecto del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal.

Machado es un hombre de fe. “Cuando tienes un sueño, un proyecto cualquiera, y no eres capaz de ser perseverante, se convierte en una utopía, pierdes la fe. Por ese camino empecé a discursar un día y terminé este cuadro”, señala una pintura que pende de una de las paredes del comedor, precisamente de la serie Con luz propia, un lienzo con el hombrecito en su bote.

La certeza de la feEn otra de sus piezas, su hombre está bebiendo agua que cae de un coco-mundo en la cima de una montaña, en una suerte de transmisión mutua entre los seres humanos que el pintor considera imprescindible, como también entre las personas y el Universo.

Sin embargo, el universo de Esteban Machado es el que se ha creado para pintar y dibujar, apoyado en un discurso propio, con íconos que lo identifican, como el coco y el mar.

Otro símbolo abundante en sus fabulaciones es la mariposa, que él identifica con la fe. “Algo tan frágil como la mariposa y tan fuerte a la vez, de acuerdo con la teoría del caos. Es exactamente como la fe. Cuando la tienes bien afianzada, mueve todo”.

—¿Te refieres a la fe cristiana?

—No soy creyente. Soy un hombre de fe. Tengo fe en el hombre, pero sobre todo en alguna espiritualidad, que uno debe hacer grande para poder vivir la vida. Entonces uno cree, así, que las cosas se pueden dar, que uno puede tener un mejoramiento.

Tiene fe, pero no cree en Dios. No estudió en la academia, pero es un pintor magnífico. No es filósofo, pero reflexiona sobre la vida en sus obras, para sentir que va resolviendo los misterios de la existencia.

El pintor cubano Esteban Machado es, como la cultura cubana, un ajiaco, donde cabe todo.

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