Actualizado el 9 de noviembre de 2014

Etel Di Fabio en Cuba:

La belleza de la simplicidad

Por: . 8|11|2014

Elegir la acuarela como técnica pictórica es apostar por la luz: la luz exterior que nos envuelve y la iluminación interior que nos libera. Desde su graduación en la Escuela de Bellas Artes de Ottawa, hace ya veinte años, la artista uruguaya Etel Di Fabio no ha interrumpido su labor creativa. Ella ha incursionado en diversas técnicas y modos de expresión bidimensionales, y su formación plástica desde los fundamentos del arte oriental ha marcado toda su trayectoria. El resultado plástico de estas experiencias creativas deja ver —a través de intrincados pasadizos de trazos, referentes y figuras—  una constante que guía, como hilo de Ariadna, hacia el corazón mismo de sus motivaciones. Esa constante es, sin lugar a dudas, el agua: elemento que tipifica una conducta consecuente y perseverante. Más allá de su valor práctico como recurso, el agua adquiere en su obra un valor simbólico; es una presencia tácita, cuyo espíritu palpita tanto en sus prácticas del Sumi-e (*), caligramas o acuarelas. El agua es la alegoría a la belleza inasible, a ese instante de espiritualidad suprema que, apenas logramos abarcar, se escurre frente al estupor de nuestros ojos hechizados por el misterio huidizo del Universo.

Basta recorrer atentamente estas piezas y advertir en todas, un personaje protagónico. El agua se anuncia desde los títulos: Reflejos I y II, Agua Llovida, pero igual está presente cuando estructura una composición cuyo centro de atención es un pozo, un estanque, un florero, incluso el cielo gris de Ocas, eficazmente resuelto con la técnica del húmedo sobre húmedo; pues la autora combina en estas quince piezas la “acuarela seca” para lograr primeros planos de color a partir de bordes duros, y la “acuarela húmeda” que permite bordes suaves y difusos, adecuados para los planos sucesivos .

Bajo el título “Trópicos Universales”, en la actual selección de piezas aflora el agua, ora como elemento que disuelve y funde los pigmentos de la acuarela para lograr la luminosidad de las transparencias, ora como virtual motivo protagónico o secundario en la composición. En esta obra de Etel, el líquido elemento es el paradigma de esa sabia inasible de la inmensidad, pues los códigos de su obra hay que descifrarlos más allá de lo aparencial. Su actitud estética hacia los motivos que escoge, lanza al contemplador de un primer nivel perceptual denotativo hacia un segundo nivel connotativo.

Esta serie de acuarelas, en un primer nivel de lectura, pretenden atrapar un fragmento de esa polifonía de colores y texturas que es el paisaje rural de Oaxaca. Parecen responder a la voluntad descriptiva y naturalista de una narratividad absolutamente lineal, pero no se reduce a eso. El hecho de percibir y elegir un ángulo desde el cual representar esa fiesta de color a través del prisma de la estética y la filosofía oriental, habla de un segundo nivel de significación. Y en ese sentido, algo elocuente es la verticalidad de sus “vistas” pues no apuntan hacia la habitual lógica panorámica del paisaje. Incluso en un interior donde las líneas horizontales rigen la composición, como es el caso de Templo, la autora insiste en la orientación vertical. Esto apunta a lo fragmentario y subjetivo, a la paradoja de la parte y el todo, donde lo particular puede ser todo un universo, donde el horizonte con sus certezas de “abajo” y “arriba” se diluye junto a los azules cobalto y cerúleo, los verdes viridiana y óxido de cobre, para sumergirnos en un paisaje psicológico donde reina la paradoja, como es el caso de La usurpadora y Cuatro ocas.

la  acuarela titulada Ocas me resulta paradigmática, pues como el motivo de la sábana en contrapunto con el abigarrado cielo evoca la idea del “vacío sagrado”.  El acto electivo de escoger el modelo a representar y el ángulo desde el cual capturarlo es un indicador de primer orden, nos habla de la forma en que esta artista ve e interpreta el mundo. Al escoger un motivo de representación se cataliza la actitud de la artista y sus valores, el nivel de comprometimiento con su circunstancia, pero también su mundo referencial, su historia vital. No solo el “qué” sino el “cómo” es significativo; la manera de representar es igualmente reveladora y en el caso de esta artista se puede ver que la trayectoria procesual del acto creativo es su verdadera meta, y las piezas, más que un fin en sí mismas, son vehículos que la acercan poco a poco a esa espiritualidad trascendente, a esa comunión con la naturaleza, la aspiración de fundirse lo mismo con la brizna de hierba que danza al viento que con la emisaria de la lluvia: es inmensa nube preñada de infinitas gotas. En ese sentido, es posible entender los grafemas plásticos como una forma especial de lenguaje que alcanza su propósito en tanto vehículo para una  alineación entre cuerpo, mente y Universo. Palabras de Zhuang Zi (369-286 a.C.) lo ilustran así: “El lenguaje es como una red de pesca en las aguas de la realidad, útil para capturar los significados. Los pensamientos y conceptos son peces resbaladizos, y necesitamos la red del lenguaje para capturarlos. Pero la propia red es sólo un medio para un fin.”

En estas acuarelas inspiradas por su estancia en Oaxaca —a donde la ligan evidentes lazos afectivos— veo transcurrir esa epopeya silenciosa de convocar al Universo desde una pequeña gota colorida, humildemente conducida por el pincel. En su afán por captar la belleza de la simplicidad que reina en este rincón del trópico, Etel Di Fabio ha escogido una técnica que es la encarnación misma del permanente fluir, de lo cambiante, lo sibilino disfrazado de casualidad. Con un aprendizaje e iniciación permeados por la espiritualidad oriental, no puede, sin embargo, pasar por alto la heredad cultural de Occidente: Alberto Durero, Wiliam Turner, Cezanne, Mark Chagall o Paul Klee, maestros entre muchos que cultivaron la acuarela y transformaron su inicial carácter inacabado de boceto, en un medio de expresión per se, legitimándolo como medio expresivo definitivo.

Elegir la acuarela como técnica pictórica es apostar por la luz: la luz exterior que nos envuelve y la iluminación interior que nos libera. Más allá de un ejercicio estético y el logro de un resultado plástico, esta artista parece buscar, con la práctica consciente de tal técnica, orientarse hacia una conducta regida por la contención y la trascendencia. La naturaleza luminosa de la acuarela está dada por la espontaneidad, la limpieza y la frescura de un colorido traslúcido, logrado únicamente al dejar emerger el blanco del papel en diferentes gradaciones. Los pigmentos coloridos encuentran en el agua un vehículo para fluir con ligereza sobre la superficie de la cartulina, no cegando su blancura, sino dejándola “ser” tal cual.

Cuando Etel apostó por la acuarela para atrapar un instante, un modelo o un ambiente, selló un compromiso con la autenticidad, porque con esta técnica no hay oportunidad para la corrección, exige seguridad en la ejecución, gracia y vigor en el trazo. Y no podía ser de otro modo, ella pasó de contempladora del arte al status de creadora desde la práctica misma del Sumi-e, iniciada nada más y nada menos que en la cuna de este arte: Japón, durante una estancia de un año en la isla de Shikoku. Con tal inicio es de esperar un recorrido signado por el espíritu orientalista y su filosofía subyacente. Para la concepción Zen, la creación artística puede ser una auténtica forma de meditación para alcanzar otra dimensión del ser, pues implica la articulación entre el pincel del ejecutor, la mente, el cuerpo y el Universo. Fundamentos donde mente () y materia (chí), pensar y actuar, son dos caras de una misma moneda, unido a una particular lectura de la interacción dinámica de los opuestos, las paradojas o koans, además de la particular postura filosófica ante el vacío, son pilares imprescindibles para contemplar las acuarelas de Etel y comprender su postura hacia la creación.

Reflejos II, acuarela de Etel Di FabioCuando veo estas acuarelas inmediatamente viene a mi mente la poética del Haiku con su percepción directa de las cosas, apegada a la sutileza de lo sensible. En este sentido la  acuarela titulada Ocas me resulta paradigmática, pues como el motivo de la sábana en contrapunto con el abigarrado cielo evoca la idea del “vacío sagrado”.  Como es sabido en la acuarela, las luces más altas se consiguen dejando sin tocar zonas de luz, reservando áreas donde el agua colorida no toque el papel: “lo no pintado es tan importante como lo pintado”. Esto crea un paralelismo con la idea de vacío no como ausencia sino como plenitud, enarbolada tanto por el arte Zen asiático como por el budismo hindú, según el cual el vacío (sunyata) es la realidad esencial de las cosas.

La artista Etel Di Fabio ha realizado más de una decena de exposiciones, tres de las cuales han tenido lugar en Cuba: en 2002 junto al cubano Nelson Domínguez, en la Galería de Luz y Oficios, diez años después en La Fundación Ludwing de Cuba, y el año pasado nos entregó una serie de piezas donde se puede ver la madurez alcanzada en la técnica japonesa del Sumi-e, en las salas del Museo de Asia. Con esta, su cuarta exhibición en la isla, Etel Di Fabio no solo da muestras de la vitalidad de su oficio, sino de su constancia y entrega a un camino espiritual de mejoramiento humano y comunión con la naturaleza.

 

Nota:

*Expresión de origen japonés, donde “Sumi” se traduce como tinta y “e” como pintura. Sus orígenes se remontan a China donde apareció por primera vez el papel y la caligrafía. Los monjes budistas practicaron esta forma de pintura como vehículo de la meditación (Zen). Esta forma de pintar con tinta negra sobre el papel de arroz blanco generaba trazos de gran simplicidad y elegancia, cuyo propósito era capturar la esencia del motivo o  el espíritu de la naturaleza.

Categoría: Artes plásticas | Tags: |

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