Actualizado el 19 de enero de 2018

Un pequeño grito en la garganta

Por: . 16|1|2018

Cirenaica Moreira, Estas flores malsanas, 2015_DetalleEra una tórrida mañana de junio en La Habana de 2012. Acompañado de un amigo con el que comparto la afición por la literatura, viajes y la fotografía decidí cruzar el túnel de la Bahía. ¿Nuestro destino?: la fortaleza San Carlos de La Cabaña. Una verdadera locura tal decisión, bajo el sol del trópico dicha fortificación emula con el Sahara. Solo un motivo de peso puede convidarte a recorrerla. Aquel antiguo enclave militar formaba parte de la ruta de la Oncena Bienal de La Habana. Nosotros, tal como quien decide hacer El Camino de Santiago, estábamos convencidos del riesgo y el esfuerzo con tal de tener una noción lo más amplia posible de cuanto cabía al interior del tema Prácticas artísticas e imaginarios sociales.

Pero el sol, la sed y la fatiga son tan reales como el calor, el hastío. No poco de lo allí expuesto propiciaba la decisión de comprarse una Bucanero y tumbarse a la improbable sombra de un arbusto. Solo la terquedad me llevó hasta el salón en donde se exhibía Sin torres ni abedules de Cirenaica Moreira (La Habana, 1969). Entonces saqué el pañuelo, me sequé el sudor, sonreí. Aquel tramo de El Camino de La Bienal volvía a tener sentido, porque en mi cabeza comenzaron a estallar no pocas preguntas.

De Cirenaica conocía, digámoslo rápido y mal, parte de su obra fotográfica —recuerden que en su haber tiene el performance Sueños húmedos (2003-2005): la disección de un ritual que pone en tensión la imagen pública, el bolsillo y el equilibrio emocional de no pocas familias cubanas (la “fiesta de los 15”)—. De súbito, lo que para mí solo estaba contenido en el plano, es decir, en dos dimensiones, saltaba al universo 3D. Mientras hacía el zigzag entre aquellas cabezas vaciadas en fibra de vidrio, operaba en mi interior una suerte de viaje a la semilla, a lo que creía yo eran los orígenes de esta mujer cuyo nombre está emparentado con una ciudad Libia y una escuela filosófica fundada en el siglo V a.c. por un discípulo de Sócrates.

En las piezas de aquella serie buscaba yo puntos de contacto con la obra fotográfica de Cirenaica. Entonces enumeré: la presencia del cuerpo femenino, la postura o el gesto en el que son eternizadas “sus mujeres” al interior de las escenas o escenarios (re)creados, el universo femenino —ese espacio donde se alterna la fiesta y el dolor, erotismo y castigo, el sometimiento y la búsqueda de una fisura que implique un camino de expansión o la fuga.

¿Bastaban aquellas impresiones? Volví a sonreír, tanto mi amigo como un par de chicas me miraron. Quizá tenían razón. Pero el diablo son las cosas, mi sonrisa pudo haber sido generada por la pose de Betty Boop en la punta de la larguísima nariz de una de las cabezas, o el clon de Pinocho también en el punto extremo de otra larga nariz, y cuyos pasos se dirigen al encuentro de otros clones apilados en un cráneo transparente. Entonces pensé en los grises y los tonos pasteles de las fotos de esta mujer, gesto que engloba no solo la elección de un encuadre.

En La Cabaña, de cara a la serie Sin torres… recordaba una buena parte de la obra anterior. Un viaje en reversa implica saltos toda vez que uno toma atajos para arribar a donde desea. En ese acto de asociar imágenes y estados de ánimo vibraba un nombre: René Peña. Un hombre, negro, fotógrafo formado por cuenta y riesgo propio cuyos estudios nada tenían que ver con las artes visuales —Peña es licenciado en Lengua Inglesa—. Tratando de encontrar el elemento en común, que no podía ser únicamente el uso del blanco y el negro ni la formación de Cirenaica —licenciada en la especialidad de actuación por la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte—, di con algo. Eso que buscaba era un collar de perlas. Tanto Peña como Cirenaica eran autores de una foto en donde un cuerpo tiene alrededor del cuello un objeto que posee una doble finalidad: decorativa y de dominación; de la ecuación “vejación y placer” aparece solo el sometido, este detalle le confiere no poco suspense. La de Cirenaica se titula “Arena en los labios” —Con el empeine al revés (2003-2006).

En ese punto olvidé la compañía. Me abandoné al acto de doble comparación (Cirenaica / Cirenaica, Cirenaica / René Peña) para arribar a lo que deseaba.

Cirenaica Moreira, Estas flores malsanas, 2015_Performance 1Lo de Cirenaica no es pensar un encuadre y disparar —hacer diana en un blanco móvil—. Tomando en cuenta el crescendo de intensidades y complejidad del discurso en su obra, podemos hablar de la densidad del relato narrado, porque en la mayoría de sus piezas no va simplemente a la captura de un instante, sino que desde la síntesis abarca un intervalo de tiempo en cuyo interior hay toda una historia. Quien observa la foto interactúa con lo narrado incorporando una experiencia de vida, de esa manera completa el relato. Hablo de personajes —poseen características físicas y psicológicas—, de una dramaturgia, de la segunda historia que debe contener todo relato —esa corriente subterránea de sentido puede ubicarnos en un momento histórico determinado: los duros 90’s (serie Ojos que te vieron ir), no pocas familias cubanas vieron alejarse en estampida a sus mejores y peores hijos tanto por la pista de la Terminal 3 o el arrecife de la costa norte, Cuba paraíso sexual; la vida puertas adentro, en donde una mujer en ocasiones lleva la peor parte— hablo de la violencia física y psicológica, el hastío, la imposibilidad de trascender las fronteras del espacio doméstico, incluso la nulidad en la falsa relación de amor, o la casi total ausencia en la memoria del “otro” (series Lobotomía, Metálica, Cartas desde el Inxilio).

Repasando el devenir Cirenaica en tanto artista visual advertía que la representación es otra zona de confluencia entre aquellas instalaciones y las fotos. En el inicio la fotografía incluía una suerte de performance —¿sus estudios de actuación eran la fuente nutricia? —, Cirenaica interpretaba un papel delante de la cámara y además pensaba la foto —luces, escenario, la dirección de la puesta en escena—; Cirenaica también como suerte de narrador-personaje, un dispositivo colectivo de enunciación —creo que en sus inicios no era consciente de este detalle, la foto como acto visceral y no tribuna o denuncia—. Las instalaciones conforman la otra zona donde el teatro es influencia: atrezzo, escenografía, espíritu. De aquella etapa no quisiera pasar por alto que, en tanto supuesto testimonio de vida o biografía, está presente la ira, la inconformidad, la reacción, incluso la venganza. No hay detalles específicos que le otorguen temporalidad a la mayoría de sus fotos, tampoco lo circunscriben a un área geográfica. La mujer en su obra no es “una cubana nacida en los 60’s”, en ese espejo está reflejada la vida de no pocas mujeres.

Pienso en su decisión de dejar atrás los grises y arribar a los tonos pasteles. ¿La necesidad de exigirse un cambio? ¿Un nuevo período en su obra? Habría que situar a Cirenaica entre la espada y la pared, encañonarla con preguntas para que revele detalles de su proceso de observación, asociación, análisis. Este “período” no es un relato cándido, si acaso más pausado, más contenida la ira; me atrevería a mencionar ironía y cinismo, inconformidad, porque sigue presente la necesidad de mostrar los mejores y peores paisajes del alma: el verdadero rostro de la víctima y el victimario.

Cirenaica Moreira, Estas flores malsanas, 2015Qué no daría por tener el poder de ilusión y convencimiento necesarios para tener frente a mí a Cirenaica, preguntarle si en sus series más recientes —Piel de vaca (2006-2009) y Que me compre un carro y me lleve a Varadero (2012)—, la decisión de dejar el plató y ubicarse tras la cámara responde simplemente a la necesidad de ponerse al mando del performance —o badformance fotográfico, o si ha considerado que la belleza, o mejor, la lozanía de su cuerpo, no está a tono con sus intereses.

En dichas series una chica aparece en el escenario, también un hombre —otro detalle significativo—. Tampoco debe pasarse por alto otro tipo de belleza (¿glamour?): el azul, el verde, el rosa en compañía de pigmentos duros; la juventud, frescura e irreverencia de una chica y el rostro casi inexpresivo de un hombre —que aparecerá travestido y será utilizado como suerte de maniquí o soporte de objetos ya no punzantes sino aparentemente inocuos (¿puro acto lúdico o gesto de venganza?)—. Variaciones de la candidez, relato fluyendo pausado pero bajo la superficie el abismo: deseos reprimidos, la noción de lo que no es amor y felicidad, la imposición de límites, el claustro, el sometimiento otra vez, la necesidad de la fuga, un pequeño grito en la garganta de una mujer con nombre de ciudad, con nombre de escuela filosófica: Cirenaica.

Categoría: Artes plásticas | Tags: | | | |

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