Actualizado el 21 de agosto de 2010

Secuencia de una historia anunciada

El hilo rojo de la memoria (II)

Por: . 4|4|2010

La historia nunca será una sola. Incluso más allá de la variedad de puntos de vista que brotan de constructores, rediseñadores, victimas, la historia se alimenta de micropasajes que van conformando un universo tan uniforme como irregular. Y no se le puede culpar por eso. Por eso, a veces, no se debe de hablar de historia, sino de historias, de esos retazos de epidermis colgados en la alambrada del tiempo. Escribía atribulado, con una letra atribulada en su nunca cuerda libreta de notas. Cuando no podía hablar con nadie le estampaba sus boludeces al papel, compadeciéndose hipócritamente de la desmesurada exigencia que detentaba. En algunas ocasiones, estar en lo cierto es un delito de lesa vivacidad y mengua un poco sólo cuando la palabra se resiste al castigo.

Todavía se repetía el nombre y secretamente le pedía a la memoria que violara su confianza, que minara su certeza, que obnubilara esa pegajosa maldición del recuerdo. Julia Berenstein. Había oído varias veces aquel nombre. Sobre todo en los años duros en que pululaban los ángeles de la muerte. Recordaba la irrupción de aquella joven en la redacción adormilada denunciando una desaparición. Me habían castigado a buscar en el telex por mancillar la heráldica periodística al poner Fornet en vez de Fornés y elevar un punto decimal la malacológica producción de turba. Todavía podía ver las cejas parecidas a cortinas del jefe de Redacción y su olor a cigarrillo trasnochado: ¡Sos boludo vos…de dónde diantres sacaste ese dato, pendejo! ¡Andá a buscar chuletas en el telex, petiso de mierda, andáaa! Entró como una tromba la mina aquella, con un abriguito piola y unas piernitas como Pipa Mediaslargas, mirá… Gritaba como loca ella: A Julia la han secuestrado. Hay que hacer algo.

Todo su cuerpo lloraba. Me acerqué callado y sonriente, como la canción de Pablito Milanés, ofreciéndole un mate. Después de tantos años, cuando soy yo ahora el de las cejas canosas y el aliento a chimenea, cuántas Julias no existirán…o existieron. Cuántas no recogen sus historias y las unen en el subterfugio de la muerte, para gritar muy fuerte desde el alma de cada uno de nosotros, movidos por el coraje y el decoro que no nos sobró.

SÓLO LE PIDO A DIOS…

La literatura argentina que recrea la dictadura militar entre 1976 y 1983 se erige como una de las más representativas, por la variedad de obras y la coherencia al tratar los fenómenos que promovieron y establecieron este “Proceso” latinoamericano. Desde sus orígenes, la literatura argentina recreó literariamente sucesos, procesos y personajes históricos. A saber, entre la gran diversidad de escritores representativos de este discurso, están Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Roberto Arlt, David Viñas, Mempo Giardinelli, Ricardo Piglia, Miguel Bonasso.

Se podrían deslindar tres grandes zonas temáticas, extensivas a toda la literatura hispánica, alrededor del fenómeno dictatorial: el universo represivo, la lucha clandestina y el exilio. Algunos libros, como Recuerdo de la muerte, Diario de un clandestino y La memoria en donde ardía —todos de Miguel Bonasso—, toman cada conglomerado fenoménico por separado. Otros, combinan en sus tramas los desencuentros del exiliado, provocados por las heridas de una fuerte represión, resultante de una activa lucha subversiva. Una de esas obras que combinan el recuento con la búsqueda de respuestas, y la necesidad de construir una verdad trastocada por la desaparición y la muerte, es la escogida como soporte de este ensayo: Un hilo rojo, de la escritora argentina Sara Rosemberg.

En la presentación de su libro Un libro rojo en la XVI Feria Internacional del Libro La Habana 2007, con Argentina como país invitado de honor, la escritora, dramaturga y artista de la plástica, Sara Rosenberg, declaró que: “la ficción es una forma de singularizar nuestra historia, en ese territorio al que llamamos mundo y en el que habitamos”, (1) con lo que resume la esencia de gran parte de la literatura argentina y latinoamericana. Nacida en Tucumán, en 1954, se especializó en Dramaturgia, Dirección de Escena, Bellas Artes y Guión Cinematográfico en Argentina, Canadá, Cuba y EE.UU. Ha publicado cuentos, poesía, teatro y ha realizado varias exposiciones de artes plásticas, documentales y guiones de cine. Un hilo rojo es su primera novela, publicada en 1998. Polifacética en su obra y comprometida con las ideas progresistas de su tiempo, Sara Rosenberg se reconoce parte de esa comunidad de escritores que describen su realidad a través de la literatura:

Por mi y por mis personajes habla una comunidad; soy una casual superviviente del terrorismo de Estado, que asesinó a lo mejor de una generación (…) Por eso, pienso siempre que algo hay en la memoria de rescate y de filtro, de antídoto contra la muerte, porque en el fondo, escribir, pintar, cantar o caminar atentamente son formas de afirmar la vida y de vencer el terror a la muerte, a la decadencia y el silencio. (2)

Como muchas otras de esta especie, esta obra puede ser considerada como una novela documento, pues se apoya, incluso, en el proceso investigativo que desarrolla Miguel al rastrear las huellas de su amiga y personaje principal, Julia Berenstein, joven argentina secuestrada y desaparecida por la dictadura militar de 1976 a 1983 en ese país.

Matizada por una polifonía que incluye variadas perspectivas y puntos de vista, la documentalidad parte desde la misma matriz argumental de la obra. La forma en que este amigo de Julia reconstruye su trayectoria, desde su detención en La Paz, Bolivia, pasando por su confinamiento en una cárcel de mujeres en Tucumán, Argentina; su parto en cautiverio y hasta su muerte, es el compendio de muchas historias que se tejen alrededor de las desapariciones, las torturas y la búsqueda de una verdad todavía escondida. Es así que una de las características esenciales de la obra sea, como subraya su autora, la sinceridad, pues:

La historia, el tema, el relato, la idea, la forma, son el aguja y el hilo (…) Por eso, la única condición, el único límite a la hora de escribir una novela o un relato es el de la sinceridad. Es decir, captar y ser capaz de transmitir el tono y la complejidad maravillosa de la vida misma. (3)

Más allá del análisis narratológico, su estructura formal la acerca a la metodología historiográfica, pues no se debe olvidar que se apoya en una reconstrucción fáctica del pasado reciente para cubrir un vacío gnoseológico. En la obra se hace un trabajo de campo que incluye entrevistas grabadas a familiares, conocidos y oriundos de la zona donde se piensa estuvo el centro de detención, la consulta de documentos como diarios y cartas, así como una pesquisa geográfica en pos de encontrar el lugar en el que fue sepultada Julia.

La escritora, al darle voz a personajes de diferentes tendencias y conductas ideológicas, describe las diversas formas de pensamiento que pervivieron en el proceso dictatorial argentino, construyendo no sólo una novela multisensorial, sino un documento multidireccional de evidente carácter histórico, que toma un hecho particular, con muchas derivaciones en la realidad, y que intenta un replanteamiento programático de una sociedad y de la concepción ideoestética que la inspiró. Un hilo rojo es un universo en el que se deslizan, en forma de argumento literario, los rasgos políticos, económicos, sociales y espirituales de un momento histórico, sus antecedentes y sus connotaciones.

A saber, el locus de la novela, trabajado con un estilo directo, de una amplia gama de significación, conjuga los problemas de la sociedad argentina de los años 60 y 70 con la voluntad por entenderlos. No es únicamente la búsqueda de la memoria histórica por un interés, digamos, antropológico, sino una construcción reflexiva, analítica acerca de una realidad y sus preceptos, como estrategia válida para repensar el pasado, modelar el presente y perfilar el futuro. El tema de la dictadura con reminiscencias literarias, es parte también del proceso de reconocimiento de la sociedad y sus agentes como un proceso que no ha descrito todavía todo su ciclo. La misma creadora, también como protagonista, aporta:

No se trata de crear demonios, ni dos demonios como intentaron hacer creer los militares y sus socios, sino de entender cómo fue posible nuestra tragedia, cómo fue posible tanta soledad , tanta crueldad, tanta atomización, tanta enfermedad social, como para no ver, y contar con el consenso y el silencio, cada vez que los secuestradores se llevaban a alguien (…) El terrorismo de estado (…) es especialmente mortal porque secuestra nuestra voz, nuestra capacidad de resistencia, nos atomiza como sociedad, nos inyecta el miedo, esa droga dura, para expandir la parálisis. (4)

Esta novela, fiel al diálogo entre la producción artística y procesos históricos particulares de la última dictadura militar argentina (la política económica, la incidencia de la Operación Cóndor y la posición de la Iglesia Católica), ofrece, además, acontecimientos tan significativos de este fenómeno como la represión, el encarcelamiento, el robo de bebés, el rechazo de los sectores oligárquicos a las tendencias progresistas, la dinámica intrafamiliar y la personificación del terror.

No obstante, el escalón más alto en la relación historia-literatura en la novela se percibe en los acontecimientos que rodean al parto de Julia, su muerte y el robo del bebé por su propio asesino. Esta fue una de las prácticas más siniestras de la dictadura militar argentina; página histórica que todavía transcurre, pues, según estimados del Movimiento Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, todavía son cientos los jóvenes criados por represores. Algunos de estos bebés descubrieron años después, de manera traumática, su tenebrosa historia; en la cual sus padres no eran sus verdaderos padres, sino generalmente los asesinos o amigos de los asesinos de sus verdaderos progenitores. Que su casa no era su casa, que su familia no era tal, que había una etapa de sus infancias que permanecía oculta; y que persistía, incomprensible, la extraña violencia de su “papá”, la cual se incrementaba según iban creciendo y pareciéndose a las víctimas del torturador. Aquí Un hilo rojo vuelve a erigirse en un documento histórico de conmovedora fidelidad:

El último año, cuando empezaron los juicios a los militares y ya se sabía dónde podía estar, los cretinos la cambiaban de lugar todos los días. La metían en el coche, al estilo de siempre, cubierta con mantas y escondida. Ella se dio cuenta, vio la foto de su madre cuando las abuelas las mostraban en la Plaza de Mayo y se reconoció. Es impresionante. (5)

La obra, además de focalizarse en la personalidad de Julia, alter ego de muchos que como ella fueron secuestrados y desaparecidos, también aborda el impacto de la dictadura militar a escala sociohistórica, marcando pautas en el cuestionamiento de dinámicas sociales con trazados diacrónicos. Ese es uno de los rasgos que hace a algunas obras, como esta, un documento de análisis histórico, más que una recreación de acontecimientos. Se podría decir que es la opinión del autor, puesta en boca de alguno de sus personajes, pero aquí la literatura es el conjunto de muchas voces, resultado de un consenso, logrado tras años de evolución del pensamiento sociopolítico.

Por esa y muchas otras razones, es necesario rescatar la memoria histórica de diferentes modos, pues es la única arma de estos pueblos contra la impunidad y la injusticia. Mucho todavía tiene que hacerse para que un capítulo tan oscuro de la historia argentina, como la dictadura militar entre 1976 y 1983, quede como una cuenta saldada con creces en la dinámica psicosocial. No obstante, mientras aparezcan nuevos documentos desclasificados en los que se patentiza el odio y la violencia que desataron los represores, en contubernio con los EE.UU., mientras exista otro asesino viviendo en la más impoluta impunidad, mientras que quede otro joven lejos de su verdadera familia, la verdad histórica tratará de abrirse paso y en su ayuda acudirá siempre la literatura, porque como dijo la misma Sara Rosemberg: “El arte, además de cautivar, tiene una función ética profunda, un deseo de provocar pensamiento, interrogantes. Llamémosle urgencia por cambiar el mundo. Urgencia por preservar la vida. La escritura no es más que una forma de situarse en ese sentido, y una manera de crear el mundo que habitamos”. (6)

QUIÉN DIJO QUE TODO ESTÁ PERDIDO

La sala volvía a quedar en calma. La esperanza y el desaliento pasaban de un lado a otro como en una cancha imaginaria. Alguna gente reía, otras apretaban sus cicatrices. Todos esperaban. Por momentos parece que las personas no se oyen. Veo a los abogados gesticular sin voz y los veo a ellos, envejecidos, derrotados por las huestes de la edad, tratando de esconder la culpa entre la jerarquía de las arrugas. Sin embargo, en sus miradas se ve lo que pretender negar. Las pupilas del jaguar siempre acechan… hasta que se cierran. Uno de ellos se encontró con mis ojos y se estiró como para una foto. Ahogué su presunción accionando el muelle de mi bolígrafo que escondió su punto con la misma determinación con que guardé mi estilográfica para mejores testimonios.

Encontró otra vez a la joven en el bebedero del pasillo. El piso, impoluto e infinito, reflejaba los cuadros escoceses de su falda. Me descubrió cuando todavía le corría el agua entre los labios y levantó la cabeza sonriendo. Se descubrió en los ojos de la joven con un incomprensible gesto de timidez. No sabía qué decirle. Estaba ahí, como una mina de historias sin explotar, posada frente a mí entre desafiante e ingenua.

—Hola, señor periodista —me dijo—, viene a entrevistarme.

No pude responder más que una sonrisita tolerante.

—No —atiné—, sólo tengo sed.

—¿De qué?… —pronunció pícara y yo volví a sacar una sonrisa nerviosa.

—Esta vez sólo tengo sed, pero de agua —me apuré.

—Venga —susurró—, quiero que…

—¿Natalia…? — le interrumpí— Así te llamas ¿verdad? Tú eres la hija de Julia Berenstein…

Asintió decidida, como enfrentando su realidad y se alejó despidiéndose, en dirección a una anciana que le esperaba con los brazos abiertos.

Aquel era el punto final del reportaje que él había publicado en un diario. Sin embargo, en ese reportaje no plasmó que la joven lo llevó consigo hacia el mostrador donde la anciana recogía su abrigo. Cerca del lugar pasaron, como de apuro, un grupo de procesados, tratando de ignorar las miradas acusatorias. La señora contuvo un acceso de rabia. Crispó los puños, disimulando con el peso del gabán. Dirigió sus ojos húmedos hacia el rostro del periodista con un donaire que mostró el glamour adquirido en años pasados. Sonrió con toda la boca y adelantó una mano que se perdió en la humedad de los dedos del hombre.

El reportero escondió la credencial en su bolsillo. Se despojó de sus funciones con un rápido ademán. Conversó con las dos mujeres como si las conociera de siempre. Algunos dicen que anudaron confluencias y se burlaron de las formalidades. Un asentimiento lució a acuerdo, a velada de amigos que resanan sus resquicios con la remembranza y el propósito. Salieron juntos del edificio, como quien confía transitar por los mismos derroteros. Una mirada aguda hubiera visto a la anciana apoyarse en el brazo del hombre y que, entre las brumas de invierno, tres personas disfrutaban de la libertad de una sonrisa.

NOTAS:

(1) Accesible en www.lajiribilla.co.cu/2007/sn.2-2.html

(2) Ibídem

(3) Ibídem

(4) Ibídem

(5) Sara Rosemberg: Un hilo rojo, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2007, p. 122.

(6) Ibídem 1

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