Actualizado el 28 de agosto de 2010

Evocación de Luisa

Por: . 10|4|2010

Es domingo. Una tarde cualquiera. Buen tiempo, después de casi quince días de un inusual invierno para Cuba, el frío al fin se va, y la brisa húmeda que corre, parece menos con el sol de regreso.

Hoy tengo que escribir sobre una hermana que está pero no está. No estará nunca más. Las cosas pudieron ser distintas. ¡Tenían que haber sido distintas! Pero la vida es como es y no como uno quiere que sea. No puedo pensar en Luisa, la amiga, la compañera de redacción y de tantísimas discusiones sobre el sitio web de nuestro Caimán, conversas siempre acompañadas de un buen trago de ron, de manera fría, como si fuera ajena.

Lo siento, aún no he aprendido a lidiar con la pérdida permanente, por causa de la muerte, de una buena amistad o de un ser querido. Supongo que sea el sentimiento de impotencia por no poder cambiar las cosas, de tener que pensar siempre en pasado cuando se trate de evocar a quien ya no está entre nosotros.

Intento recordar el instante en que la conocí y hablé con ella por primera vez. Tal vez haya sido en los años en que Luisa trabajaba en Juventud Rebelde, o quizás durante su etapa en el Centro de Información a la Prensa. No lo puedo precisar. Parece que mi buena memoria, a la que tanto le debo, ya empieza a dar señales de que el Alzheimer va adueñándose de mí. Lo cierto es que me parece que estamos aquí sentados en la redacción de la revista, con amigos de antaño, que en algún momento fueron también “caimaneros”, pero que la vida y sus particulares vocaciones los han llevado por otros caminos.

Supongo que el hecho de que ahora recuerde los diálogos con Luisa, “la mulatona” como me gustaba decirle, en las que ella me contaba acerca de las ocurrencias de su nieta, la niña de sus ojos, o una que otra noticia —llegada desde México— sobre Giorgio, el hermano de Rafa (su compañero), viejo amigo mío de los tiempos gloriosos en los que Giorgio fotografiaba cada uno de los conciertos de nuestros socios del grupo Havana, sea parte de mis nostalgias; es decir, esos sentimientos que nos unen con las cosas perdidas, irrecuperables. No sé por qué cada día estoy más convencido de que en dicho sentido, todo lo pasado es irrecuperable, ya sea el minuto que acaba de transcurrir desde que comencé a escribir estas evocaciones de la amiga ausente, o el instante final de mi última conversación con Luisa, vía telefónica, cuando de pase del hospital, y con su voz ya afectada por el cansancio de la batalla contra su enfermedad pero sin perder el ánimo, hacíamos chistes de nuestra semejante vocación de aferrarnos con dientes y uñas a la juventud, porque lo peor que se puede tener es un espíritu viejo.

Y aquí quiero resaltar algo. En ningún momento durante el año y medio de padecimiento en singular lucha contra la leucemia, sentí que Luisa flaquease y perdiese el buen ánimo que la caracterizó. Ni siquiera en el momento en que los sueros que le aplicaron le tumbaron el pelo. Me parece estarla oyendo contándome la sensación que experimentó cuando, de repente, mientras estaba en el baño, vio como se le caían masivamente cada uno de sus cabellos. Por supuesto que de entrada aquello la había impactado, pero ella era demasiado fuerte como para dejarse amilanar por algo así y por eso me lo tiraba a relajo, con frases que las reglas del periodismo chato y aburrido que tenemos en Cuba no me permiten reproducir ahora, pero que ustedes, amigos lectores, pueden imaginarse.

Lamento, eso sí, que hay algo que nunca dialogué con “la mulatona”. Jamás le dije que gracias a la relación que ella y Rafa mantuvieron hasta el último instante de su existencia, recuperé la esperanza en que tal vez no sea del todo cierto el hecho de que en el tiempo que, por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir, apenas haya parejas que estén viviendo un amor verdadero y que a lo mejor es falso la idea de que lo que prevalece en la actualidad son relaciones entre dos personas en las que no hay ni Julieta ni Romeo sino miedo a la soledad, o alianza para el progreso, como se suele decir. La tesis de la escasez de amor como una forzosa clave de época, se derrumba ante una relación tan hermosa como esa en la que Luisa encarnó a Julieta y Rafa fue un Romeo sencillamente insuperable en su desempeño.

Ahora, al redactar estas líneas, escritas no sólo en mi nombre sino en el de todos los integrantes que laboramos con Luisa en El Caimán, pienso que soy un afortunado pues hay espacios a los que puedo volver: a algunos amigos o amigas (es verdad que cada vez menos, dado que a fin de cuentas no queda otro remedio que percatarnos de cómo ha crecido la ausencia), a una parte de mi familia, a equis rincones marcados por alguna magia especial (como la pecera donde radica la redacción de nuestra revista), o en los que al menos yo, encontré cierta magia en determinado momento.

Puedo, incluso, hacerme a la idea de que algunas cosas no han cambiado, que puedo llegar al portal de Prado y Teniente Rey, a la entrada de la Editora Abril marcada con el número 553, a la oficina de El Caimán, convocado a una reunión a propósito del sitio web, sentarme en una de las pocas sillas que nos quedan y, sencillamente, esperar por alguno de los otros hermanos caimaneros que aparecerá, sin acuerdo previo y llamando a la ponina para la compra de un primer litro (nunca se sabe a cuántos ascenderá la cifra al término de la jornada), en celebración de esa cosa tremenda que resulta estar vivos. Empero, la redacción del Saurio, sin la presencia de una compañera y amiga (de las que hizo de este caluroso local nuestra otra casa), no es la misma. Y nosotros, los sobrevivientes, ya no somos los mismos tampoco.

Supongo que hay que reconciliarse con el pasado —a fin de cuentas uno no tiene otra opción si no quiere llegar a la locura—, y tratar de entender el curso de la vida, las ausencias, las pérdidas de los amigos, de los seres queridos… Yo intento, por cuanto medio está a mi alcance, no ser propenso a la nostalgia, a la melancolía, a la tristeza, y con ello evitar cometer el que, según el gran Jorge Luis Borges, resulta el peor de todos los pecados posibles: no ser feliz.

No hay discusión, sólo un hecho: lo pasado no regresa. Por eso, aunque nada puede devolvernos lo que se perdió y para los que hoy hacemos El Caimán Barbudo, Luisa Fajardo ya se ha convertido en parte de nuestras memorias y en algo irrecuperable, no quiero evocarla con nostalgia sino como alguien que en su batalla por la vida fue un símbolo de confianza, alegría y fe. Así que lleno mi vaso de ron y brindo por ti, hermana de ayer, hoy y siempre.

LA PIEDRA INCESANTE

Para Luisa y Rafael, su compañero siempre.

lo que provoca
el trabajo de la muerte
sobre tu continente
son los incesantes picotazos
que te da la vida.
uno está ahí
amaneciendo
como un farol menudo
que no sabe
ni de dónde sacar
el combustible
haciéndose
el bobo más listo
de la fiesta
y nada
que te destripan un dedo
que postergan un vino
para el mes entrante
que dejas de dar un viaje
alrededor de ti mismo
por no dañar demasiado
el presupuesto
quiero decir
metido
en las minúsculas
complicaciones
que nos aniquilan
la capacidad
de volar
por encima
de la cerca
y de momento
se queda uno
morado
o de cualquier
otro color
más frío
que el desamparo.
habidas cuentas
de ese flaco beneficio
donde se juntan
todas las estaciones
del tiempo muchacha
aguza la mirada
y tírate
al medio
de la calle
no para que
te muela un vehículo
sino para que te hagas dueña
de la vía.
por eso
estuvo bien
mi hermana negra
que estiraras el pie
gozando
hasta donde dio
la sábana.
Ahora que se han
Ido tus huesos
Al fondo del cajón
comprendo
que me hayas dejado
en la ventolera
enciclonada
de mi cabeza
en regalo
la piedra
frágil y duradera
de tu alegría.

Habana Vieja. Diciembre 14 de 2009.

Bladimir Zamora Céspedes

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