Actualizado el 21 de agosto de 2010

XIX Feria Internacional del Libro

La primera piedra de la trova cubana

Por: . 5|4|2010

Si miramos con detenimiento la guitarra que va rodando por la imaginaria cuerda floja del universo, desde la cubierta de este libro —dibujada por el propio autor de los textos—, notaremos que, en su clavijero, son micrófonos los que tensan las cuerdas. No los del sonido de un concierto sino los del podio de orador de una tribuna. Y es que ésta, más que la piedra de Ariel Díaz, es la primera que lanza una generación de trovadores, el discurso donde plasman sus visiones poéticas sobre su tiempo, más allá de las canciones.

Increíblemente, a pesar de que es el acto de trovar uno de los fundamentales en la formación de nuestra identidad —y que viene desde mediados del siglo XIX hasta hoy—, no ha sido, ni mucho menos, la trova de los elementos culturales más estudiados o reconocidos.

Reitero la idea: No hay expresión del arte cubano tan antigua que se haya sostenido ininterrumpidamente hasta nuestros días. Sin embargo —y reconociendo que en los últimos dos años se percibe un cambio favorable en cuanto a espacios, de descargas y conciertos o mediáticos—, es mínimo el valor que se le ha otorgado a la trova para lo que ha representado en la historia del país.

Entrando en el aspecto editorial que nos ocupa, resulta escalofriante la escasez de bibliografía existente. Si nos salimos de las informaciones en los diccionarios de la música, los pocos libros existentes suelen concentrarse en las grandes figuras. De la llamada trova tradicional resaltan la mística cuasi autobiografía de Sindo Garay, un acercamiento a María Teresa Vera, un libro sobre Compay Segundo y La trova santiaguera de Lino Betancourt. Muy contadas son hasta las reseñas y cancioneros; vale destacar Cualquier flor de la trova tradicional cubana que hicimos en la Casa Editora Abril hace tres años, entre esos pocos.

De la llamada Nueva Trova, que ha sido durante 40 años la voz continental de la Revolución Cubana, apenas unos 15 títulos centrados en Silvio y Pablo. Un libro leyenda: Que levante la mano la guitarra de Víctor Casaus y Wichy Nogueras, Canciones de la Nueva Trova que a inicios de los 80 hizo Jorge Gómez con Leonardo Acosta, y más recientemente las síntesis biográficas y ensayos sobre Silvio y Pablo que hizo Clara Díaz, el libro de entrevistas que hizo Jaime Saruski a los integrantes Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, el cancionero de Vicente Feliú, un cancionero que hizo la EGREM, Una guitarra, un buen amor: Silvio, Noel y Pablo, el Cancionero de Silvio Rodríguez, y de Tony López La canción de la Nueva trova y Trovadoras. En esta feria acaba de salir Trovadores: instantáneas de Iván Soca, donde excelentes fotos acompañadas de textos de canciones nos abren un abanico amplio y diverso de cantautores.

A pesar de que el último lustro marca un importante punto de giro que va colocando a la trova en su lugar, el listado de libros debe rondar los veinte títulos lo cual resulta bien poco y siempre versan sobre las figuras ya consagradas. De ahí que La primera piedra sea un título que ciertamente inicia un camino; es la primera piedra editorial con la que una generación de trovadores dice lo suyo “a tiempo y sonriente” como diría Silvio Rodríguez. Vale aclarar que Domínguez, pues también tiene esta generación su Silvio Rodríguez, (Silvio Alejandro).

Nunca antes, un grupo de trovadores, ha contado con un libro que reflexione sobre sus integrantes, sus poéticas, sus batallas, quizás faltó en otras épocas un trovador que escribiera, o tal vez la oportunidad. Y quiero empezar por la oportunidad.

En la llamada Trova Tradicional de la primera mitad del siglo XX, la mayoría de los creadores fueron semianalfabetos. Se habla con asombro del lirismo y el alto vuelo poético sin apenas tener grado escolar de muchos de ellos. Tal vez un Félix B. Caignet pudo reseñar el quehacer de aquellos juglares pero se sabe cómo vivían ellos, casi nómadas, y los libros por entonces eran lujo de pocos —creadores y lectores.

La Nueva Trova, vino en la era de la alfabetización y de los libros de tiradas gigantescas y a precios casi simbólicos. Ya entonces tienen los trovadores alto nivel escolar y están vinculados a escritores y poetas, incluso a revistas como El Caimán Barbudo, sin embargo el libro desde ellos no salió. Puede que los prejuicios y recelos con que fueron vistos en un inicio, lo impidieron, pero si miramos los 80 y el boom mediático especialmente de Silvio y Pablo, resulta asombroso que tampoco surgiera el volumen reflexivo. Las etapas posteriores vieron el distanciamiento y casi olvido de la trova, considerada en los 90 en el ambiente de los medios masivos y hasta algunas instituciones culturales como algo “pasado de moda”, o sin arraigo popular, —hay quienes todavía la califican como un arte de elites.

Para cerrar el tema “oportunidad” creo que hay que mencionar a la Asociación Hermanos Saíz que sostuvo, y fue abriendo, caminos a los trovadores, sean cuales fueran los vientos, la revista El Caimán Barbudo, que nunca dejó de apostar por ellos y el Centro Pablo de la Torriente que se tornó la casa de la trova cubana, el buen rincón donde empinar la guitarra con toda su dignidad, y también el espacio de reflexión sobre esa manera de expresar el ser cubano. Hay que mencionar en la labor de este Centro a Puntal alto, A guitarra limpia, los discos, programas de radio, boletines, sitios web, giras, becas, concursos, y encuentros teóricos con los que han abierto disímiles brechas en el panorama cultural por donde pasa la canción trovadoresca.

En este mismo día el Centro Pablo emite La luz, bróder, la luz, libro donde Joaquín Borges-Triana peina toda la Nueva Trova —tema que va por Manduley— lo cual se suma al lujo de este primer libro donde una generación mira a su entorno y a sí misma desde los textos de un trovador.

O sea, que ahora se ha dado la oportunidad, y el trovador que escribe.

Y no se trata, en el caso de Ariel Díaz, de alguien que de pronto le da por tirar unos teclazos para armar un libro, más bien el libro es el producto de un quehacer —si no cotidiano, sí de tiempo— que incluye artículos en publicaciones, notas para discos, intervenciones en eventos, crónicas, o cartas abiertas motivadas por un dolor, una gran alegría, una necesidad de describir a hermanos o un buen encabronamiento. Arielito escribe, y ha ido cogiendo oficio y hallando un sello peculiar —bien emparentado, por cierto, con su manera de escribir canciones. Hay una fina sensibilidad, y un lirismo siempre, en el que laten dos polos regularmente opuestos, que en él armonizan; hay una ternura en Ariel que, aun en los casos en que se bate como espadachín verbal contra alguno de los molinos de estos tiempos, no lo abandona. Lo ayuda tal vez la fineza de su ironía, con la cual lanza los “que te parta un rayo” sin abandonar la elegancia —y no por ello resultan menos violentas sus estocadas. Incluso, creo en algún que otro momento hasta se la ha ido la mano.

Banquete de estas estocadas nos podemos dar en la tercera sección del libro llamada “Aunque no esté de moda” que recoge las grandes polémicas de su generación, de la cual Ariel Díaz ha sido vocero, ya sea en eventos de la Asociación Hermanos Saiz, o con textos publicados en El Caimán, Esquife, o en cartas abiertas. Temas que laten al centro de la creación y los medios, como puede ser el increíble desamparo en el que se vio un proyecto tan hermoso como el disco Acabo de soñar con textos de Martí musicalizados por jóvenes trovadores. El sonado “Caso Barbaran” sobre la vida nocturna, los espacios de cantar y el divorcio de gastronomía y turismo con la auténtica cultura. Y otros muchos encontronazos, especialmente los mediáticos, la seudocultura en la TV, la falta de promoción, en fin, los combates de estos tiempos llevados con profundidad conceptual y una eticidad que sintetiza ese espíritu martiano que ha marcado el camino de los trovadores desde el siglo XIX.

Las otras dos secciones del libro están emparentadas para darnos una vista panorámica de la trova durante toda la década. “El Epicentro”, es la sección que gira en torno al Centro Pablo y el espacio A guitarra limpia; son notas depuradas que han integrado los plegables y boletines Memoria, reseñando conciertos, discos, o acciones concretas de la institución.

Si bien las tres secciones muestran un estilo peculiar y un periodismo bien hecho, las “Semblanzas” con que abre el libro las considero como el lujo mayor y novedoso, pues se trata de descripciones de un grupo de trovadores con lujo de detalles, vistos desde adentro. Samuell, Silvio Alejandro, Dúo Karma, Inti, Fernando Bécquer, Axel, o los muchachos de La Séptima Cuerda, están dibujados con sus principales características físicas, espirituales, hurgando en cada trovar desde el nacimiento de las canciones. Ariel funge como testimonio vivo del proceso de gestación de esos creadores que describe, desde su misma condición de trovador, por lo cual puede detallar con mayor precisión de dónde sacó un verso uno de ellos, o por qué toca de una manera la guitarra, qué temor le asiste cuando entra a un escenario, o hasta en quién puede estar pensando cuando interpreta determinado tema; porque Ariel ha sido parte de ese proceso, parte de esos sueños, encontronazos, caminos de la evolución. Si bien no es exclusivo de esta sección, pues en las otras dos hay momentos también en que se sumerge alma adentro en el quehacer de sus compañeros de armas —incluyendo el íntimo dolor con que despide al Plátano—, son las semblanzas el toque más poético, humano y peculiar de este libro en el que por fin una generación tiene nítido rostro y clara voz estando en plena madurez creativa.

Hay que agradecer además la edición cuidadosa del libro y la sobriedad del diseño al que Ariel con sus ilustraciones, le aporta otro toque de distinción. Si bien en el prólogo nuestro Joaquín Borges-Triana lo apunta, no está de más decir que es Ariel Díaz, un trovador con una obra sólida, y una poética que lo distingue y que nos ha dado piezas antológicas ya en la cancionística cubana de los últimos quince años y basta mencionar: “Trova de las flores”, “La Marina”, “Estoy en casa”, “Alicia” y “Quiero decir”, para colocarlo en un lugar respetable en el largo y sustancioso río de la trova cubana.

El título de este libro está lleno de significados: no solo Ariel tira su primera piedra, también su generación, y podemos decir que la trova toda abre un camino, el de mirarse a sí misma no solo desde la canción, sino también desde la crónica, la reseña, el ensayo, el artículo periodístico, desde la mirada testimonial del mismo que empina su voz pulsando la guitarra.

Un trovador no tiene por qué ser escritor, pero muchos han sentido la tentación y quizás faltó antes la oportunidad o que alguien rompiera el hielo. Ya está tirada la primera piedra, y dio en el blanco: que no cese el buen pitcheo de la trova.

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