Actualizado el 1 de agosto de 2010

17 de mayo de 1890

Crónica de una catástrofe

Por: . 4|6|2010

LA NOCHE. EL ESCENARIO

Crónica de una catástrofe¡¡¡Fuegoooo!!!! ¡¡¡¡Fueeeeegooo!!!! Aquel grito se expandió sobre el viento como una legión de langostas. Los callejones se despabilaron de súbito y una inquietud se elevó colonizando cada espacio de la adormilada urbe. A los gritos, que pasaban corriendo sin rumbo fijo, se unieron las sirenas y los silbatazos de los celadores de Orden Público. Una llamada surcó los cables telefónicos desde una de las estaciones oficiales de alarma de incendios hasta el Cuartel de Bomberos del Comercio. ¡¡¡Fuegoooo!!!!! Las cornetas tocaban un pitazo largo y dos breves, un pitazo largo y dos breves. “Todas las unidades a la agrupación No. 2…Agrupación No. 2. Incendio en la esquina de las calles Mercaderes y Lamparilla. Bombas Colón y Habana al frente, hacia Lamparilla… Bomba Cervantes, por Obrapía hacia Mercaderes…Qué Dios nos salve”.

En La Habana caía una fina llovizna. La luz argentina yacía derretida entre los adoquines de la calle. Algunas de las lucernas de gas falseaban a intervalos, encandilando con sus destellos las adormiladas esquinas. Risas y animadas conversaciones salían de la claridad de los salones altos de las casas señoriales. Un perro ladraba algún indicio lejano y bajo unas escaleras tosía su sueño un viejo mendigo. El sonido de la lluvia ofrecía una musicalidad tenue y acompasada, mientras la húmeda bruma recubría la ciudad con un sesgo de desolación. El sereno perdió la somnolencia sobre la medianía de las 10, cuando creyó ver humo deslizándose bajo las puertas de ese almacén esquinero de Mercaderes y Lamparilla. Bastó con mirar para enfrente para completar la alarma. El cartel lo orientó: Srs. Isasi y Cía. Ferretería.

***

La función del teatro Tacón evocaba temporadas mejores. En uno de los palcos una señora, arrobada, disfrutaba de la función; a su lado, otra más joven bostezaba con disimulo, sin reparar en la matrona que, justo delante, paneaba las plateas con sus impertinentes dorados. Traspasé la entrada bajo las orlas de lienzo carmesí. Ya en la calle me crucé con una pareja de “voluntarios”. Uno de ellos, de agotados bigotes, me dedicó una mirada con el rabillo del ojo. Me acerqué a la Acera del Louvre, donde varios amigos intercalaban anisados con el comentario subrepticio de las noticias traídas por un recién llegado de Nueva York.

De repente, un grito llegó cabalgando sobre campanadas a rebato. Todos volteamos el rostro hacia el mismo lugar y una frialdad me recorrió el estómago. ¡¡¡Fueeeegoooo!!!!! No sé cuándo eché a correr. A mi lado arrancó Raoul Alvaro y a nuestra vera trataba de calarse la chistera Antonico Rubio. Entré por el zaguán de mi casa y ya mi hermana se apretaba las manos bajo la cara aterrorizada. Le sonreí de pasada y me equipé. La carátula roja de mi casco negro brilló sobre el filo del hacha. Llegué junto a la bomba Cervantes y el ambiente estaba cargado de humo y olores irritantes. La gente tenía una expresión trágica en los rostros. Crucé hacia Lamparilla y reparé en Conill, Musset. Hacia San Ignacio, Andrés Zencoviech junto a la bomba Virgen de los Desamparados desplegaba a sus “municipales”.
Al pie del muro, Conill dirigía el rescate. Le hice una seña y asintió con la cabeza. Entré en el almacén, dejando atrás a un bombero municipal empeñado en derribar una puerta a hachazos; una aspiración asmática antecedía cada sacudida. Era imposible ver claro; era como entrar al infierno. Me cubrí los ojos con el antebrazo y el humo quemaba mi nariz. Las botas de fieltro encendían por dentro y el capote arreciaba el calor. Costaba trabajo respirar; el humo, con un olor químico, avanzaba proceloso por los resquicios de la chaqueta. Paco Ordóñez trataba de orientar un pitón hacia el entrepiso, abrazado por una llamarada gigantesca que amenazaba con bajar por la pared posterior, encima de lo que parecía un pequeño depósito, empotrado en la esquina. El pitonero derecho, auxiliado por los “manguera”, trataba de unir el surtidor con el hilo del pitón izquierdo, pero el agua parecía evaporarse antes de atacar las lengüetas ardorosas. Sonaron algunos disparos, el bombero que estaba a mi lado, uno de los novatos, miró intrigado hacia arriba. A gritos le mostré los cartuchos de fusilería que se disparaban por el calor en los anaqueles superiores. Sentí que el sudor me bañaba bajo la capa. El bombero municipal logró talar una hoja de la puerta y la gran llamarada tomó fuerzas con un repunte luminoso. Bramando, reptó por la pared hacia todas direcciones. Los proyectiles silbaban sobre mis hombros. Unos tablones se fueron abajo y el rebote del agua a presión lleno mi rostro. Un pitón perdió el equilibrio y le mantuve la posición. Todos nos cubrimos de una caja de proyectiles que estalló completa.

Increíblemente, mermó la intensidad del agua. Intenté hacer una onda con la manguera, pero nada mejoró. Ordoñez me miró con zozobra por un segundo. Conill, ya adentro, me ordenó reanudar el servicio de agua a como diera lugar. Varios disparos cruzaron sobre nosotros y Crespo cayó apretándose el cuello. Lo subí en andas y traté de salir, a tientas. Mis botas chocaban con metales y tablones tiznados. Bajo unos hierros, la manguera del pitón derecho hacía un doblez. Sin bajar a Luisito, me incliné, con los ojos anegados por lágrimas ardientes, y liberé la tubería de lona. Alcancé a escuchar la exclamación de júbilo al reanudarse la presión. Adrián Solís, Cadaval y García, de los municipales, parecían espectros encharolados. Dejando el pitón en manos de Posada, Pereira se lanzó en ayuda de un herido, que después supe era el joven Miguel Calcines.

La calle no era un mejor escenario. La humareda llenaba las dos manzanas. Los curiosos se amontonaban asombrados contra las paredes. Un agente de orden público impidió que la calle mojada me hiciera resbalar. Volví a la bomba Cervantes y dejé a Luisito en el carro sanitario. Unos soldados pasaron a mis espaldas con sus largos fusiles y pude ver a un hombre maduro, con el semblante pálido bajo la cabellera cana, negando algo al inspector de policía y a un bombero de mi cuerpo. Porto cruzó frente a mí exclamando: “Se puede ir hasta el fondo… no hay peligro… no hay peligro”, y desapareció por Lamparilla. Un estallido hizo brotar llamas por las puertas de Mercaderes. Me percaté de que un pitón había sido abandonado. Maquinalmente lo tomé en mis manos, y me dispuse a “enfriar” esa sección seguido de una brigada del Ayuntamiento. Aún no había comenzado cuando una explosión mayor estremeció el mundo, instintivamente pensé en las municiones, pero me extrañó tamaño poder. Quise avanzar, pero una segunda explosión me elevó con fuerza titánica y me arrojó junto con la bomba, entre una lluvia de escombros, contra una pared.

LOS CIMIENTOS DEL INFIERNO

Crónica de una catástrofeLa explosión me tomó por sorpresa. Muy poco hacía que un bombero del Comercio llegó, corriendo, gritando a voces que no había peligro. Todo se nubló. Transcurrió como si un gigante hubiera soplado sobre los que estábamos allí. Las casas se estremecieron y todo quedó ennegrecido para mí, con un peso insostenible que me impedía respirar. Yo había llegado, con la libretilla en la mano, en un carruaje desde la calle Amargura. Mi credencial me permitió cruzar el cordón trazado por la policía. Al acercarme, me cercioré que el siniestro acontecía alrededor del No. 24 de la calle Mercaderes, esquina a Lamparilla, donde radicaba el depósito de la ferretería de los Sres. Isasi y Cía, justo en la acera de enfrente del establecimiento. Sí, el depósito… Un edificio de un solo piso que desentonaba con la arquitectura de ese lado de la calle.

Ya se sabía de viva voz que había sido un accidente. El joven dependiente, de guardia ese sábado, había ido a inspeccionar el depósito y rozó un pliego que empujó un quinqué hacia el borde de una mesa, y de ahí al suelo. Todo no ocurrió en el mismo momento. El pobre guipuzcoano, blanco como un papel, decía no saber cómo sucedió. A pesar de que se hablaba de dinamita, las almenas chamuscadas, el olor y la paciencia de los peritos franceses e ingleses, descubrieron ¡¡dinamita!! Nada hacía presagiar la tragedia. Los bomberos corrían de un lugar a otro. Las bombas de los dos cuerpos, unidos en su labor, desterrando como nunca sus frecuentes rivalidades, proyectaban grandes chorros con chirriar de chimeneas. La Habana asistía estupefacta al siniestro espectáculo, a pesar de que su progreso también sugería estas nuevas contingencias. El comercio y la industria comenzaban a ganar terreno, exigiendo cada vez más herramientas y materias primas en una loca carrera para conjurar la crisis que orlaba ese año de 1890.

También el contrabando campeaba por sus fueros. La escasez de algunos productos convertía a los marchantes en atribulados jugadores del peligro. Las obras de minería trascendían el poder de la vieja pólvora. La dinamita venía a sustituirla en poder y maniobrabilidad, pero los técnicos del gobierno colonial la prohibieron por considerarla “inestable”. Un silbatazo fue seguido por una pareja de uniformados. En un extremo del cordón, el celador de barrio aprehendía a un señor canoso, de anchos hombros y bigote tembloroso… Era Isasi, el propietario. Un bombero joven, del Comercio, recogió un pitón magullado del suelo y se lanzó con callada furia sobre la abertura de Mercaderes. Impresionante cómo tanto valor puede contenerse en cuerpo tan menudo y una cara tan juvenil. Los bomberos interrogaban a Isasi y este negaba con ojos desorbitados. Un sudor aceitoso le bajaba por las comisuras, mientras su mirada se mantenía agazapada. Un bombero cruzó la línea de mangueras y casi voló por encima de una camilla de los “camisas rojas” del Ayuntamiento. Habló algo con el Primer Brigada y, al frente de una sección, se introdujo en el depósito. Casi al unísono, una pequeña explosión hizo saltar las altas puertas y dejó salir ávidas lengüetas de fuego. Recuerdo que bajé la vista para anotar aquello en mi libreta y el suelo tembló bajo mis pies.

***

No sentía mi brazo derecho. Aquello me parecía otro mundo. No escuchaba nada y las visiones por momentos me parecían borrosas. Algunos dicen que así se siente salir de un combate. Entonces, ¿volveré a vivir este calvario cuando luche por Cuba en la manigua? La gente pasaba callada y nos miraba con piedad. Todavía tengo en la cabeza la imagen de anoche. Desperté como si saliera de un río, después de aguantar mucho la respiración. Mi primera visión, entre el sopor, me extrañó. Vi frente a mí a uno de los voluntarios, arrodillado, que reía entre lágrimas, su uniforme gris azulado me hizo pensar que volaba. “¡¡¡Estás vivo!!!! Gracias a Dios, que estás vivo”, me decía y me estrechaba. No me sentía dentro del uniforme. Una ardentía en la pierna me demostró que me había herido con mi propia hacha. Volví a desmayarme hasta que desperté en una de las salas de la ferretería de Landa y Sres., mientras me atendía un médico sudoroso. El teniente de Voluntarios se mantuvo a mi lado, callado y gentil. Me contaba que me vio incrustarme contra la bomba y rebotar como un muñeco de trapo entre los escombros que llovían. Otra vez veía sus galones rojos bajo sus bigotes rendidos. Me descubrió entre la muchedumbre y me saludó con el puño. Ahora recuerdo a su rostro pasarme por delante a la salida del Tacón.

Miré las arcas nuevamente y reparé en el malestar que todavía sufría en todo el cuerpo. Pensé en aquellos eternos 20 minutos en que viví sepultado por los escombros hasta que una voz me rescató. “Aquí —había dicho— aquíii hay uno vivooo… bomberos… a mí”. Los bomberos, los agentes de policía y los ciudadanos escarbaban los escombros a mano limpia; no usaban herramientas para no herir a los sobrevivientes. Un golpe de aire, salpicado por la llovizna, me recibió en la superficie. Me acostaron al pie de un montículo y sentí, a lo lejos, el llanto ahogado de un hombre. Volteé con dolor la cabeza y vi cómo un “voluntario” estrujaba con impotencia su sombrero entre sollozos barítonos frente al cuerpo exánime de un joven bombero, del Comercio. De súbito, el muchacho tosió una expiración y el llanto del oficial se trastocó en entusiasmo. Varios bomberos tomaron mis flancos para llevarme a una camilla y, con uniformes del Ayuntamiento y del Comercio a mi alrededor, recorrí la escena de la que ascendía una oscura columna de humo.

EL JUSTO EPÍLOGO

Crónica de una catástrofeIsasi fue arrestado e incomunicado por cuatro días. Levantaban suspicacias sus compras de pólvora una semana antes del siniestro. Pero la mayor sospecha recaía en la renovación del contrato asegurador de su ferretería, sin saber, aparentemente, que dos noches después estallarían las libras de dinamita con las que contrabandeaba, echándole a perder el viaje que, cinco días más tarde, iba a permitirle reunirse con su mujer e hijos.

Yacía en la celda con rostro tenebroso y gesto preocupado. “¡¡¡Qué desgracia… es todo una desgracia!!!” —no paraba de decir. Sus gestos y afectación movían a la clemencia en un primer momento; momento en que cualquier hombre cede al miedo y olvida su deber. Pero entonces una palabra venía a la mente: ¡¡¡cobarde!!! La entrevista duró poco. Parecía no tolerar las preguntas ni el peso de la culpa. Para mí, como reportero, tampoco fue simple. Ahí vino a mi mente el rescate de las víctimas. La llovizna continuaba pertinaz y los hombres encapotados parecían espectros excavando entre los despojos. Al amanecer, nos esperaba un espectáculo desgarrador. En medio del descampado, donde se colocaban los restos casi mezclados de los desdichados que entregaron su alma, apareció un cuerpo completamente carbonizado. Era imposible identificarlo. Sus miembros parecían ramas ennegrecidas por la intemperie que matizaban el escorzo macabro otorgado por la muerte. Una mueca de dolor se le marmolizó en el rostro… ¿Cuántos sueños tendría ese ser antes de alcanzar tal destino trágico? ¿Cómo estará su familia, viéndolo partir ayer con entusiasmo desinteresado y desaparecer hoy entre los olvidados, con su cuerpo abrasado por el fuego? Cerraron las cajas y un largo cortejo salió por la silenciosa ciudad.

Un gran crespón habían levantado en la Iglesia de las Mercedes. Sobre las arcas metálicas se desprendían los cojines de flores, y junto a ellos yacían, como mudos testigos, los cascos de los valientes muertos. La gente pasaba con la cara desvencijada. Una atmósfera de pesadez y dolor inundaba el amplio salón. El olor resinoso de las flores hacía casi irrespirable el aire. Los bomberos se turnaban en las guardias de honor, en las que, a duras penas, podían resistir las lágrimas. En un costado, en anchos bancos de caoba broquelada, sollozaban las familias. Un bombero joven, del Comercio, sostenía la mano de la hermana de Raoul Alvaro oprimiendo el llanto entre las mandíbulas.

***

Salimos de la capilla como de una cueva oscura. El olor a incienso sobresaturaba mis sentidos. El sol se escondía a propósito entre unas nubes que amenazaban con arreciar la llovizna. El cielo parecía llorar. Nos esperaba el cortejo en la calle. Delante, las bombas y los carros auxiliares, con los féretros de los héroes más arrojados. Ojalá hubieran bombas para todos. Un cordón se perdía por ambos lados de las calles, repletas de habaneros consternados. Una mujer sollozaba en silencio, con sus hijos pequeños abrazados a las piernas. La banda de música comenzó una marcha que me retumbaba en el pecho. Me parecía sentir los hachazos de aquel bombero en cada golpe del gran tambor. Atravesamos el Parque Central y la calle O’Reilly quedó inundada de gente. Una muchacha, al pasar, tiró una flor a mis pies. Los dolores me impidieron recogerla. El casco me pesaba más que nunca y el satín de la camisa me rozaba las heridas. La entrada al cementerio fue accidentada; toda la ciudad salió a la calle para despedir a mis hermanos. Los dejamos bajo un gran toldo, en formación militar. Los voluntarios presentaron armas a nuestro paso. Las voces de los panegíricos se diluyeron en mis recuerdos.

***

Después de un proceso judicial difuso, en el que constaban varias demandas por daños y prejuicios interpuestas por los vecinos, los comerciantes cercanos que vieron hacerse ruinas gran parte de sus establecimientos y algunos familiares que acusaban del mercader la monstruosa negligencia, varios abogados se preparaban para lo que parecía un largo juicio. Pero, de manera inexplicable, Isasi fue puesto en libertad tras pagar 25 mil pesos oro de fianza. En dos días, vería alejarse La Habana desde la cubierta del barco que lo llevaba a la Madre Tierra. Dicen algunos pescadores que un peso abrumador le hundía el entrecejo.

En la fatídica esquina quedaron brigadas de reclusos, de los pabellones de Comunes de Color, que a fuerza de hierros y castigo arrastraban los escombros junto a los grilletes que los atenazaban. Los celadores vigilaban y alimentaban su vigor con palabrotas. Las paredes contiguas todavía mantenían las manchas del fuego. Un fotógrafo luchaba con su pesada cámara para fotografiar las escenas desde distintos ángulos. Nunca hubo en la ciudad prueba mayor de heroísmo, de desinterés y entrega. Dondequiera que estén… Gloria eterna.

La pluma derramó un halo de tinta al tratar de dibujar el punto final. La mano del reportero experimentado temblaba frente al sangrado recordatorio. El sol de junio penetraba atenuado por las luminarias de los altos de la redacción del periódico La Caricatura. Respiró un alivio, y sonrió a la suerte de esos irredentos soldados de la Humanidad.

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