Actualizado el 26 de junio de 2010

Salutación por la entrada de Saramago en la Eternidad

Por: . 22|6|2010

José SaramagoÚnicamente en un fin de año de novela y con una Muerte antojadiza como todo personaje de ficción, que pusiera alto a su faena perenne sólo por el capricho de mostrarle a los mortales el Infierno de vivir para siempre, la guadaña no se habría lanzado sobre el hombre gastado por arduos 87 años y complicaciones cardiorrespiratorias.

Pero en el territorio certero de la realidad la Implacable cumplió su rito, y a la una menos cuarto de la tarde del 18 de junio de 2010 decretó la defunción de José Saramago a 100 kilómetros de la costa africana y en medio del Atlántico, sobre la isla canaria de Lanzarote, el exilio que la voluntad libre del individuo eligió tras la reacción ponzoñosa del gobierno de Portugal contra su versión novelesca de los pormenores de Jesucristo.

Como alistándose desde tiempo atrás para su extinción, el escritor compiló en 2008 Las pequeñas memorias, inauguró un blog desde el que arremetía contra Silvio Berlusconi y otros males de la actualidad, y culminó su leyenda de Caín (2009). Con esas llamaradas últimas dejó claro que exprimía al máximo la oportunidad de continuar sutil y activo, y aprovechaba la vida que una vez describió como vela que va ardiendo y aún retiene en el segmento terminal premisas de incendio. Prevista tenía ya su sobrevida en la pertinaz saudade de la Literatura, y por ello aseguró: “Después acabará todo y quedarán mis libros, que pienso seguirán siendo leídos”.

Cuando la noticia luctuosa conmovía a millones, este admirador fue a hurgar en el anaquel reservado para las obras que uno precisa tener a la mano. Tomo El Evangelio según Jesucristo, ejemplar de la edición cubana (Arte y Literatura, 2004), y busco las letras estampadas por el mago luso en un sábado del ayer, a resguardo del mediodía bajo los portales del habanero Palacio del Segundo Cabo. Y aunque no fuera la esquela cómplice dedicada al amigo, sino una firma de apuro, fatigada por el rigor de dos horas y la fila interminable de lectores desconocidos, acaricio los signos que almacenan una energía indestructible. Jacqueline, mi esposa, asegura que ella fue quien consiguió la rúbrica del famoso. Yo no hago siquiera el intento de contradecirla, pues hace rato acepté que la memoria de cada persona es más un semillero de mitos personales que archivo de precisos apuntes. De todos modos, sí sé que estuve ahí y que lo contemplé de cerca, porque todavía atesoro la imagen del anciano estoico y de amabilidad imperturbable, con mirada de profeta hundida en las órbitas de la inteligencia. Quedo forzado a adivinar el nombre recóndito dentro de una caligrafía como de galeno: José Saramago. Y la data debajo: 18.06.2005.

Hasta a quien descrea por igual de albures y determinismos lo estremecería una concurrencia tal de las fechas, o el que hubiera transcurrido un lustro exactísimo. Y como muchas veces el remedio perfecto para desactivar las comezones de la perplejidad, consiste en doblegar la soberbia de la razón y forzarla a que abdique ante las cábalas de la predestinación, me entrego a la conjetura de que el día en que de cuerpo presente y bañado por la luz de Cuba, el autor presentó su Nuevo Testamento según Saramago, logré atisbar en sus ojos que él había dado ya los pasos firmes para trasponer las puertas de esa Eternidad consentida por la Humanidad en pleno. Pensando luego en el costado desde el cual yo participé en esa circunstancia, discurro que en el lapso cabal cuando pasó a mis manos ese libro, irreparablemente, Saramago quedó admitido en mi propia e intransferible sensación de Eternidad.

Región errante, difusa; alianza inaudita de puro Espacio y Tiempo; coalición por fuera de cualquier espacio y tiempo históricos; la que sólo un argentino, escritor y ciego, se ha atrevido a historiar, la Eternidad… De súbito, reparo —es una de esas “caídas” repentinas del darse cuenta— en que esta misma semana, con apenas cinco días de diferencia, hubo de conmemorarse el acceso a la Eternidad de otro literato imperecedero. Porque el 14 de junio de hace veinticuatro años, los lectores genuinos del universo se empalmaron en cofradía, y muchos obviando incluso sus rencores hacia las opiniones injustas y adhesiones aciagas del autor de El Aleph, pagaron el óbolo que a Jorge Luis Borges garantizó la travesía hacia el rincón del Perpetuo Recuerdo.

¿Borges contiguo a Saramago? Ese que enseñó a los hombres a ordenar La Biblioteca de Babel y a orientarse por los laberínticos pasillos de la Metafísica y la Abstracción Pura, fue el mismo Borges que, por el contrario, a menudo parecía haber extraviado el candelabro y tropezaba sin avizorar el subsuelo cruel de su época o los reflujos existenciales de los seres cotidianos.

Saramago es el antípoda político y moral; el hijo de campesinos sin hacienda que, al crecer, blasfema de toda teoría que no aliente el advenimiento de Paraísos al nivel de la tierra; el joven que adquirió en una herrería la compasión por los humanos y el ardor por el saber en una biblioteca de barrio; y en consecuencia, refuta al Creador indiferente al dolor del ofendido y el látigo del opresor, a un Dios cuya boca pronuncia mil veces No, casi nunca el Sí.

Hace rato vengo sospechando que “la clara penumbra”, esa “espesa neblina” en la que se disipó la vista de Borges; y la “ceguera blanca”, esa “pantalla lechosa” con la cual Saramago castigó la incuria de la Humanidad en su Ensayo sobre la ceguera, no son coincidencia simple sino, en verdad, la revancha simbólica del portugués contra la lucidez a medias tintas del argentino.

Pero si me entrego a un ejercicio de imaginación y vislumbro a los dos, luego de haber culminado el pasaje por la envoltura carnal y cumplidas las rencillas del tráfico por la vida terrenal, instalados ahora en los vastos terrenos de la Eternidad… Todavía me los encuentro frente a frente, con un tablero de ajedrez plantado entre ambos y comenzado el duelo entre aperturas y defensas. Sin embargo, el espíritu del llamado Jorge Luis, y el del otro, José, han adquirido una fisonomía afín, esa de los abuelos sabios —pienso en otra concomitancia curiosa: el reloj de arena borgeano se detuvo a sólo dos meses de alcanzar en años la edad de Saramago—, y en mi fantasía resplandecen sosegados, condescendiendo pacíficamente en alternarse las piezas blancas y las negras por lo ancho de una era de nunca acabar.

Como a seguidas de haberme enterado del fallecimiento del batallador lusitano abrí El Evangelio según Jesucristo en la página blanca donde se estampan la dedicatorias; resuelvo a continuación acceder a Las intermitencias de la muerte por su folio último. Y en la oración del cierre consta por escrito que “Al día siguiente nadie murió”…

La faz de profeta antiguo brilla otra vez a escasos metros de la mía. No tolero la idea de estar percibiendo un trivial déja vu, y me creo, sí, que el Tiempo marchó genuinamente un lustro exacto hacia atrás. De nuevo descubro en las pupilas de Saramago el pasaporte acuñado para viajar a la Eternidad; y resulta que también yo estoy ahí. ¿O es él en mí? Por un segundo único, identificados como pares, compartimos una infinita y difusa comarca, el Espacio-Tiempo alojado en las oquedades de la Memoria Colectiva, o en un Más Allá insólito, no consistente de los cualesquiera tiempo y espacio confirmados.

Un instante después, ya reducido a humilde, o acaso improbable, aspirante a la Eternidad, regreso yo a la herrumbre del día veraz. No obstante, alucino… Y el que no alcanzó la gloria sueca a pesar de componer El idioma de los argentinos y tantas cuartillas inolvidables, ofrece la bienvenida al novelista de El año de la muerte de Ricardo Reis. Para el portugués escéptico y Premio Nobel de Literatura, aunque no haya Otra Vida, ni un Después de la Muerte, sí es aceptable esta forma de la inmortalidad, distinta a la de los dioses, y a la que sólo pueden aspirar los hombres sobresalientes.

18 de junio de 2010

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