Actualizado el 8 de junio de 2010

Segunda cita de Silvio

Por: . 4|6|2010

Segunda cita de SilvioSalí de Casa de las Américas, aquella tarde de la presentación del disco, en ese estado de gracia que deja cada encuentro de Silvio con la gente y la prensa. Como si en lugar de trovador fuese un filósofo, economista, sociólogo, o hasta vocero del país, siempre le preguntan poco de su obra y mucho de su época —con especial énfasis en el eco distorsionado que esté de moda con respecto a Cuba—, y siempre sus respuestas nos impulsan a un nuevo salto espiritual, sobre todo ético. Y —siempre, también— salen veloces las noticias trucadas en ciertas agencias; noticias en las que se fragmentan razonamientos, con aportes intercalados por el redactor de turno (caprichosamente asociados a algún verso sacado con pinzas del cuerpo de una canción); noticias sustentadas en la reseña tenebrosa y donde el periodista versiona sintetizadamente lo que él cree (quiere que creamos) que el trovador dijo, tejiendo el subrayado desmedido de una idea secundaria para arribar al comentario conclusivo, “sugerente”, desde una visión asombrosamente galáctica; noticias, en fin, elaboradas para que el mundo se entere casi de lo contrario a lo que sucedió en el lugar; lo que, curiosamente, suele coincidir —llegando al absoluto— con los intereses de los ricos de la tierra. Silvio, ante ese “juego” de la seudoprensa, se ve como pez en el agua, por el entrenamiento ante la reiteración del método y, quizás, porque un trovador no deja de ser un filósofo, economista, sociólogo, o hasta vocero del país, de la misma manera que un apasionado amante.

A pesar de que esta conferencia de prensa coincidió con un pico de marketing publicitario contra la Revolución Cubana, no hubo especial “picante” en las preguntas que le lanzaron (incluso se abordó el proceso creativo) y Silvio las fue “bateando” una a una. No por ser una tarde tan honda y clara, dejaría luego de llover la campañita habitual, en la que los bueyes que eligieron el yugo, la emprenden con quien eligió la estrella. Show que tuvo su premio “Buey de oro” en Carlos Alberto Montaner, y un merecidísimo “Buey de frambuesas” para Emilio Ichikawa. Lo último que le podía pasar es terminar como “guatacón” de Montaner con una frase que es todo un tablazo intelectual. Y que, para colmo, el propio adulado lo ridiculice, citándolo en negativo (más bien burlándose), en una megacarta abierta que le hizo a Silvio: “No creo, como afirmó el profesor Emilio Ichikawa con humor, que es un diálogo imposible, porque yo no canto y tú no piensas. Es verdad que yo no canto, pero es evidente que tú piensas”.

Honestamente, da pena ajena lo del “profe” Ichikawa, que hasta medio inteligente era. Al irse de Cuba declaró ser un perseguido y censurado, que no lo dejaban escribir, cuando en realidad tenía varios libros editados y publicaba como colaborador de la revista El Caimán Barbudo, entre otras. De manera que en la sociedad de mercado es de mal gusto pensar, pues las ideas “no venden”, y por tanto no caben en el perfil editorial de las principales editoriales y publicaciones, y ahora Ichikawa ha ido perdiendo el hábito de pensar y se dedica a ese “humor” de 7ma. Categoría (para decirlo en nuestro lenguaje gastronómico).

A propósito de “dime con quién andas…”, ese ídolo intelectual de Ichikawa, Carlos Alberto Montaner, que ciertamente no canta, (ni come frutas), fue arrestado en La Habana, en 1960, como parte de una red que ponía bombas en cines y tiendas, escapó del centro de detención y fue a parar a… (adivina adivinador) Miami, donde siguió profundizando en su carrera de terrorismo vinculada a la CIA (cuyas filas integró formalmente). Así y todo, creo que su terrorismo de acción no supera al de sus textos.

Solo para ilustrar la profunda ignorancia desde la que escribe, veamos un fragmento de su carta a Silvio:
“Las raíces del régimen cubano están en las supersticiones del marxismo-leninismo, en el modelo de gobierno calcado de la Unión Soviética, y en las prácticas de control político aprendidas del KGB”.

En el rosario de disparates de esa carta, Montaner intenta analizar el pensamiento martiano acerca de Marx y el socialismo, desde un enfoque como el que corresponde a alguien que parte de definir al marxismo-leninismo como una superstición. Su limitada espiritualidad —de la que alardea en su texto— lo incapacita para comprender a Martí; y su falta de ética y de apego a la verdad hace pensar que tampoco lo ha leído mucho. Tiene momentos, en esa carta, en los que su lenguaje recalcitrante neobatistiano llega al delirio:

“Tú sabes perfectamente que mucho antes de que el gobierno de Estados Unidos intentara derrocar la dictadura comunista, la revolución, desde su inicio mismo, había fusilado a miles de personas. Tú no ignoras que, incluso antes de triunfar, ya los rebeldes fusilaban sin miramientos en la Sierra Maestra”.

Ahora resulta que no fueron los esbirros de Batista, sino el Ejército Rebelde, quien asesinó a miles de cubanos. Ejército Rebelde que curaba a los enemigos heridos en los combates, priorizando incluso los escasos medicamentos, con sobradas anécdotas al respecto que hicieron “famosos” a muchos de los jefes guerrilleros, especialmente a Camilo y Che.

Silvio Rodríguez está siempre en la mirilla de las campañas contra la revolución, por razones obvias, pues es representante natural de la poética de Cuba y la América martiana-bolivariana, y toda poética resulta enemiga de los ricos de la tierra, porque alarga visiones, incita a la hermandad, sacude los cimientos del orden impuesto globalmente.

SEGUNDA CITA

Segunda cita de SilvioPues… salí de Casa de las Américas, aquella tarde de la presentación del disco, en ese estado de gracia que deja cada encuentro de Silvio con la gente y la prensa. A pesar de las protestas de Anita, rallando en el conflicto “novial”, el disco quedaba aplazado porque la noche sería para la pelota (¡¿perderme un juego de play-off Villa Clara-Industriales?!). José Luis Fariñas me llamó por teléfono, bien tarde, con su magia de alma (la misma con la que dibuja), y volaba ya por el disco, perdido especialmente tras una novia por las calles de San Petersburgo. Ahí mismo Anita me declaró el juego bajo protesta. Para mi suerte vino la victoria azul, y ella me despertó temprano acudiendo a la Segunda cita.

1. TOMA. Una sensación de paz acompañó el estiramiento inicial gracias a una sonoridad que, en mi adormecimiento, asocié a un documental de Chico Buarque y Tom Jobim; y ciertamente, más allá de que en ambos casos se encuentra un trovador con un gran músico esencialmente pianista (Silvio emprende esta nueva aventura musical con Robertico Carcassés), hay un concepto sonoro con puntos comunes. Trova jazzeada con un trío típico (drum, bajo y piano), como base a la que se incorporan, de cuando en cuando, un solo de saxo, una flauta, un clarinete, algún que otro coro, buscando un aire, una imagen, una atmósfera.

Después de habernos dejado en su anterior Cita con ángeles, un llamado a ser “un tilín mejores y mucho menos egoístas”, como única solución para salvar la especie, nos recibe Silvio en el umbral del nuevo tiempo discográfico estirando las manos de ofrecer con la pieza “Toma”. Ese espíritu dador, a contrapelo de estos días donde el temporal consumista desdibuja los rostros y convierte al ser humano en esclavo de los objetos, encerrado en sí mismo y para sí mismo, es el antídoto martiano que reitera en esta nueva Cita. Toma —nos dice—, las razones por las que estoy aquí, pariendo una canción que me supera, toma, en fin, amor y rebeldía “lo que no se deja gobernar”. De paso, con cierto deje danzonero, nos abre la puerta de su disco definiendo el repertorio que nos espera y que va más allá de su humilde mortalidad. Gesto que abraza, y nos invita a que robemos los espacios múltiples de sus sueños, que suelta sus versos a la plena libertad de su vuelo, para que los apresemos desde nuestras propias visiones —estas palabras que escribo, por ejemplo.

2. TONADA DEL ALBEDRÍO. Con aire de blues el trovador vuelve sobre el Che, al que ha compuesto “La era está pariendo un corazón”, “Fusil contra fusil”, “América, te hablo de Ernesto” y “Hombre”, entre otras. Esta vez citando diversas aristas claves de su pensamiento-acción. Algunos de los “tiradores” de esa cierta prensa, martillan el verso de “los asalariados del pensamiento oficial”, como un supuesto ataque de Silvio a la Revolución y —¡qué casualidad!— ignoran totalmente la primera estrofa del trovador, donde recrea la famosa frase de uno de los discursos del Che: “en el imperialismo no se puede confiar ni un tantico así, nada”. Igualmente, pasan por alto otro concepto guevariano, en la segunda estrofa, que expresa que “al buen revolucionario solo lo mueve el amor”.

Esos que andan buscando la quinta pata del gato en sus artículos capciosos, insisten en la frase del asalariado del pensamiento oficial, como si quien la dijo no hubiera sido un Ministro, y desde la más alta esfera gubernamental, tanto por responsabilidad como por prestigio y cercanía a Fidel; o sea que el llamado a enfrentar el “pensamiento oficial” parte del pensamiento esencial de uno de los conductores de la Revolución y, por ende, pasa a ser principio del propio proceso. Le han intentado dar también un halo de misterio, como si fuese una frase proscrita, o que sacó Silvio de un archivo secreto (de la KGB, diría el Pipe Montaner), sin decir que pertenece a El socialismo y el hombre en Cuba, libro que ha sido reeditado en múltiples ocasiones. La Casa Editora Abril tiene una edición, por ejemplo, del 2007, con 10 mil ejemplares.

No obstante, es bueno que los enredadores subrayen esa frase, pues coincide con la intención del propio Silvio, quien la enfatiza en el cuerpo de la canción, porque, sin dudas es más útil. Sobre el imperialismo ya tenemos interiorizado que no se le puede dar un filo, así vengan con acción y rostro fascista como el de Bush, o con la depurada elegancia y grata sonrisa de Obama (el mismo perro con diferente collar). Tenemos más entrenado el ojo avizor contra los yanquis, que siguen siendo los mismos (y lo serán hasta que se extingan), que ante los problemas que creamos nosotros mismos, que incluyen la lógica (y perjudicial) tendencia a seguir lo que llamamos “el pensamiento oficial”.

De entrada, el mismo término merece debate. ¿Qué es el pensamiento oficial? ¿Las ideas centrales de los discursos de los principales dirigentes?¿Los lineamientos del Partido Comunista de Cuba? ¿Las rendiciones de cuentas, las exposiciones, resúmenes, o informes de la Asamblea Nacional del Poder Popular?¿Los acuerdos o ideas que se desprenden de los temas que se debaten en comisiones o plenarias, o acaso los discursos de clausura, de los múltiples Congresos de organizaciones de masas, instituciones, de sectores intelectuales, estudiantiles, científicos…?¿Las directivas o resoluciones de los ministerios?¿Las campañas o temas más abordados en la prensa escrita, radial o televisiva?¿Lo que se publica en el periódico Granma?¿Y lo que se publica en los otros periódicos, y revistas del país…; digamos La Gaceta de Cuba, La Calle del Medio, Temas, el periódico Vanguardia, Catauro?¿Será el pensamiento oficial la suma de todo eso?¿Tal vez las zonas de ese conjunto que más enfatizan los medios masivos —en ocasiones, superficial o parcialmente?

Quizás el Che, que era enemigo de la “guataquería”, se refería especialmente a que los intelectuales no podían ser sumisos, acríticos, repetidores de las orientaciones, o ideas de los discursos de los principales dirigentes (lo cual no debe ser una máxima exclusiva para intelectuales). “Pensamiento oficial” pueden ser las ideas que una revolución va asentando por diversas vías, y que reproducidas en los medios, se van estableciendo, y quedando entonces como verdades en peligro de tomarse como absolutas o eternas. Si se adormece el mecanismo de cuestionamiento, se anquilosa el proceso evolutivo de esa verdad, y deviene entonces en un cacareo, que pierde sustancia hasta quedar sin sentido; y lo más peligroso, en un mandamiento que frene nuevos enfoques o acciones. Es muy usada la frase favorita de los mercaderes imperiales de que “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad”; yo creo que en el socialismo —como para ser una vez más contraparte del capitalismo—, una verdad repetida cien veces se convierte en mentira. La repetición, sin análisis, convierte una idea, que es algo vivo, en teque, fraseología hueca (lo que hace Montaner desde su ciega derecha). De ahí que no debemos dejar un instante sin someter a juicio crítico cada logro, proyecto, idea establecida, sometiéndola a la duda, al estudio, a la búsqueda de sus razones, de su origen, de su vigencia, de su renovación. Precisamente, ese es el concepto de Revolución, un proceso perenne de transformación a partir del incesante ejercicio de la crítica; el inmovilismo, el papagallismo es enemigo de un proceso, o de un ser que se diga revolucionario. De ahí, y para no dejar fuera ninguna estrofa de la canción de Silvio, la que cierra la canción: “Debe dar tristeza y frío/ ser un hombre artificial, cabeza sin albedrío,/ corazón condicional./ Mínimamente soy mío,/ ay, pedacito mortal”.

Y esta posdata de los dos últimos versos, hace alusión al empeño de ser ese hombre completamente creativo, de constante irreverencia hacia lo hecho, y la medida, mínima —con respecto a ese ideal— que se puede lograr, pues tanto la vida social como la personal, van coartando siempre libertades que no permiten el vuelo total.

3. CARTA A VIOLETA PARRA. No podía faltar en un discurso discográfico sobre Cuba la mirada a la América nuestra, y Silvio acude a la figura más entrañable de la música comprometida con su cultura, Violeta Parra, en una canción cuyo texto es una misiva donde le rinde cuentas de cómo va el mundo. Ha contado más de una vez el trovador cómo la primera canción que le impactó de Violeta fue, precisamente, “La carta”, en donde ella denuncia la justicia y la represión, a partir de la noticia de que se han llevado preso a su hermano.

Silvio le responde ahora contándole cómo va este mundo, en el que se abisman las diferencias, en el que el dinero se vuelve unidad de medida de los seres humanos: “El afortunado/ hace vista gorda/ y el vilipendiado/ carne de la horda”. Le cuenta también del arte y los circuitos de información, que se tornan rutinario negocio mercantil: “Las redes tejen sueños para subastas”; y de cómo hasta el dolor ajeno es convertido en show mediático insensibilizado-insensibilizante: “la sangre ajena es un efecto especial”.

Este homenaje, a su vez, nos llama a buscarnos en Violeta Parra, en toda la cultura auténtica de nuestros pueblos, como la única manera de saber quiénes somos, en medio de la algarabía que desde los centros de poderes consumistas nos quiere anular. Quieren despojarnos de la poesía esencial, con su cultura desechable, insustancial, efímera; pretenden hacernos creer que el arte es una moda y que pasa, y se pone viejo, y no sirve; y que debemos estar atentos al nuevo producto comercial cantado y sacrificar dinero y alma en él, para hacernos más pobres, irremediablemente pobres, o sea, que perdamos la capacidad de romper esa cadena que sostiene su opulenta e irracional riqueza. Pero Violeta está ahí, Silvio la llama, y ella acude desde donde pretenden sepultarla, y nos suelta sus irreverentes versos: “Por suerte tengo guitarra/ para cantar mi dolor/ También tengo nueve hermanos/ fuera del que se engrilló./ Todos revolucionarios/ con el favor de mi dios./ ¡Sí!”

4. SAN PETERSBURGO. Una especie de vals ruso en una historia fantasmagórica de amor, en la que la fantasía parte de una de las historias que el trovador le escuchó a García Márquez en un vuelo entre nubes turbulentas. Una novia vaga errante por el escenario de puentes sobre ríos y nieve, llevando a cuestas, como penando, sus regalos de boda. ¿Acaso un recóndito guiño, nostálgico, a todo ese mundo de la cultura otrora soviética, que también es parte de las huellas dejadas en su paso por la revolución cubana? Sería especular…

5. DEMASIADO. Un bolerazo, para bailarlo a media luz, como para que baje sedoso un texto bien fuerte, sobre sueños no alcanzados, utopías rotas, límites, ambiciones… Canto desgarrado, enigmático, que puede llevarnos tanto al cosmos como a la esquina más cercana, o a los laberintos más íntimos de la existencia; lo siento como ese combate que hay en cada ser entre las tentaciones —las hondas, y también las epidérmicas, las artificiales, que nos impone ese mundo consumista— y lo alcanzable, o las limitaciones de nuestro entorno inmediato, esa lucha de luces y sombras, que parte del filosofar sobre el sentido de nuestro paso por la tierra, la felicidad… Y todo dentro del tiempo que tiene cada cual de paso por la vida, que puede resultar muy poco, como un soplo. Me sabe este “Demasiado”, a la tarde de lluvia que rompe al niño un paseo añorado. Un bolerón en toda la extensión de la palabra, como para bailarlo con ese ser al que uno se encuentra atado por el dolor del mundo, y también por la atracción feroz de los cuerpos y del ansia de hallar un nuevo peldaño en el misterio universal. Un bolero, entonces, que tras la aparente antítesis textual, va a parar a lo típico: una canción para apretar a la pareja y navegar lenta y cadenciosamente, por la marea de la nostalgia enamorada —solo que a un nivel de goce razonado bien alto.

Segunda cita de Silvio6. SEA SEÑORA. “Yo me muero como viví”, el motivo sonoro de la guitarra de Silvio en “El Necio”, llega ahora pulsado al piano por Robertico Carcassés, desde el intro, como una marcha de combate. Llega entonces este nuevo canto a la Patria con la carga de aquella declaración de principios. Anita llora mientras la escucha. Hoy, más que nunca, se debaten los problemas de nuestra sociedad: todos criticamos al funcionario acomodado o el jefe burócrata, o el robo o desvío de recursos que se ha convertido casi en regla en el agro, la tienda, en una empresa, en muchos lugares; o los vicios, las medidas que han caducado, las trabas… en cualquier reunión de amigos, en medio de un partido de dominó; en el centro de trabajo, o en la esquina, surge de pronto el debate: que si el Estado no puede con todo, que si hay que ampliar los trabajos por cuenta propia, que si cooperativizar cafeterías, que si ¡cuidado con las privatizaciones!, que si estamos pagando las consecuencias del Período Especial, que no podemos caer en el egoísmo capitalista, que si el Bloqueo externo, que si el interno, que las plantillas infladas, que no hay economía que aguante, que las gratuidades, que si la libreta de abastecimiento, que los millones de subvención, que si el pecado de viajar, que la carta blanca, que si el sueldo no alcanza, que si fue un error en determinado rumbo o programa económico, o social, que si no se puede perder el sentido de igualdad, que si el paternalismo…, ¡hasta de lo que hay que invertir en el béisbol! Y a partir de ahí cada cual hace un listado de medidas que opina se deben tomar, más o menos cercanas a lo posible. No falta el que recela o se espanta con ese estado de hervidero; esto, incluso, suele ser uno de los elementos que manejan los medios masivos invasores, tratando de asociar ese ejercicio crítico con el fin de la Revolución, acuñando frases como que “los cubanos piden a gritos cambios”, lo cual en el fondo es cierto. Lo que no dicen es que los cambios por los cuales discutimos a diario son para adelante, y esto es un sentimiento probadamente generalizado, casi totalitario. En las reflexiones de muchos está la mejora de condiciones en diversos sentidos —por lo regular asociadas a sus carencias— y, con más o menos razones, se le pasa cuenta a algún tramo o sendero del camino recorrido, pero ni se niega el proceso surgido el primero de enero del 59, ni se quiere el desvío hacia el capitalismo. Una simple prueba puede ser la movilización del Primero de Mayo, o las elecciones primarias del Poder Popular, que pudieran esgrimirse perfectamente como lo que en el mundo es llamado “plebiscito”, y en las que ejercieron su voto el 94 por ciento de la población electora (en unas primarias en las cuales solo se puede ejercer en la circunscripción de residencia, o sea que todo el que no estaba en casa no pudo votar).

Allá los que desde el sentimiento paternalista o desde el proyanqui, vean en nuestro ejercicio crítico (al que, en más de una ocasión, ha convocado el Partido Comunista, la Dirección de la Revolución) una debilidad, o ese Armagedón, cincuentenario ya, que nos vienen anunciando desde el Norte, esos que tienen doctorado en hacer y deshacer maletas.
Me preocuparía mucho lo contrario: el inmovilismo, la indiferencia. Nada más cercano a la maravilla transformadora —en tiempos en que una seudocultura globalizada invita, incita, a que cada cual se ocupe de sí, solo de sí, sin prójimo, ni acontecer, ni sociedad—, de que cada cubano discuta apasionadamente por el país que quiere, criticando el que tiene. Criticando, unos con más elementos, con más conocimientos de razones, históricas, políticas, más ubicados en el contexto mundial, en sus causas y efectos, otros con menos armas, desde los límites que impone la fundamentación basada en la experiencia estrictamente personal; y los hay que debaten hasta por llevar a la contraria al interlocutor…. Pero todos desde un país que sienten suyo. (¿Sería así en los 60?).

Con el 1º de enero de 1959 llegó ese hábito, que ha ido creciendo con los años, en todo cubano, de creerse especialista en economía, primer secretario del Partido, ministro de comercio interior, de finanzas y precios, de la construcción… En fin, todo ciudadano cree que él sabe cuáles son los problemas esenciales, que “los de arriba” no solucionan, y que él resolvería facilito, si estuviera en el lugar de los incapaces, burócratas y corruptos (de manera que no somos tan severos cuando nos autoanalizamos, es muy posible que ese mismo ciudadano integre la lista de otros). Y ese, realmente, es el principal logro de la Revolución, más allá de los renglones que siempre esgrimimos como salud y educación gratuitos, y como algo quizás que se desprende de ello: el socialismo cubano —con sus carencias y machaques convoyados— le ha dado a todos esa dignidad como ser, ese lugar que todo ciudadano ocupa en la sociedad, sin mirar hacia arriba ni hacia abajo, lo que nos convierte a todos en criticones. Somos criticones, discutidores, desde que se acabó el “señor” (casi de moda de nuevo, y contra lo que hay que luchar) sustituido por un “compañero” que dio tabla rasa a todo el mundo. Esa categoría de autoestima, de dignidad, de conocimiento diverso, de ausencia de escalones sociales, es quien nos otorga voz. A partir de aquella orgía por las calles de todo el país, con banderas y brazaletes rojinegros, y los discursos kilométricos de Fidel, se nos inyectó el politismo, el sistema de análisis de la realidad, y que tuvo su generalización a partir de vencer en la campaña de alfabetización. No es casual que el himno que cantaban por los montes, aquellos casi niños de boina, mochila y farol chino, rezara: “llevamos con las letras la luz de la verdad”.

Ahora estamos en el colmo (que a cualquier extranjero le cuesta creer): en el país acusado de falta de libertad de expresión y de espacio de debates, hay un millón de estudiantes universitarios en las aulas de una población total de 11 millones, esto sin contar los graduados ya en 50 años, y los jóvenes que vienen en las enseñanzas primarias, secundaria o pre, o sea que al menos un tercio del país es —o está en proceso de ser— graduado universitario. ¿Cómo es posible amordazar semejante cantidad y dimensión de pensamiento? Esa es la más importante libertad, que unos sabrán aprovechar mejor que otros. Eso dio el primero de enero del 59, la posibilidad de ser parte de un proceso que se equivoca constantemente, como todo proceso humano, que tiene que ir rearmándose por las personas, las que meten la pata arriba, en el medio y abajo, a contracorriente de un mundo que no se equivoca porque ni siquiera pretende acertar. Nos falta mucho, casi todo está por delante, pero ya vivimos criticando, debatiendo, somos personas de un país que cada cual siente suyo, aun los que maldicen, porque el bendecido (y satanizado) proceso los enseñó a ser persona, a pensar, y a cuestionar.

Ni más ni menos, “Sea señora” es el aporte del trovador (como especie de núcleo del disco) a esa discusión nacional. Para su suerte —nuestra—, los asalariados del pensamiento oficial del Norte y algún que otro pacato han contribuido a colocar esa gran (y útil) canción en el foco de atención, atacando a Silvio por “quitarle” la R de Revolución. Me alegra esa alarma de los tergiversadores y timoratos, con su pavor a las palabras, porque nos incitan a adentrarnos en las ideas que ellas expresan. El verso en cuestión es “superen la erre de revolución”, que no llama a negarla sino a superarla.

La evolución es una revolución a un ritmo más asentado, menos vertiginoso, de menos choque, por ello menos traumático; es el progreso paulatino, para el que hace falta mucho acierto, pero también una paz natural (que no creo que nos dejen tener). Es común —pudiera que hasta lógico— que nos entusiasmemos con la justeza de los proyectos que acometemos; por ello, muchas veces nos desbocamos obviando sus lados débiles, nos olvidamos concientemente o no, de buscar en ellos las contradicciones y defectos, con lo cual lo que propiciamos es que se anquilosen o deterioren, esas ideas o proyectos, al no someterlos al juicio cotidiano. De ahí que lo que debe ser una constante mirada crítica, quede como un ejercicio cíclico: cuando nos llega al cuello el agua por la misma presión que vamos teniendo de esa idea o proyecto enmohecido, o deteriorado, corremos y nos activamos a salvar, entonces nos vemos en la obligación de ser un poco tremendos, por el efecto del problema acumulado.

“Sea señora la que fue doncella”, crezca esa muchacha que ha sido la revolución cubana, madure —pide el trovador—, “hágase libre lo que fue deber”, salgamos de las cargas y acabemos de entrar en el impulso de la razón y las ganas de empujar: “A desencanto, opóngase deseo”. Renovemos el país estudiando —¡ojo! — el proceso que nos ha traído aquí: “Profundícese el surco de la huella”. “Restauren lo decrépito que veo”, cambiemos, como nos dijo Fidel, todo lo que deba ser cambiado. “Las fronteras son ansias sin coraje”, no pongamos límites a nada, toquemos fondo cada día, sin temor siquiera a que esos enemigos retóricos amplifiquen, tergiversen, ellos están imposibilitados de esgrimir razones y mientras más pongamos nuestras verdades —con todos los defectos que tendrá siempre la obra humana— sobre la mesa para transformar a camisa quitada, más desconcertados estarán nuestros enemigos.

Sea señora “quiero que conste de una vez aquí”, es el toque a degüello que hace Silvio con su guitarra, llamando a ese combate con el brazo y la razón de Maceo, a sacudir la patria de sus lastres, los que son consecuencias de nuestros errores y de las difíciles circunstancias en las que hemos tenido que navegar. Y para reorientar el rumbo no hay brújula mejor que la de ese faro espiritual, conceptual, poético, científico, ético que nos espera en el mañana, nuestro Martí.

“Cuando las alas se vuelven herrajes, /es hora de volver a hacer el viaje/ a la semilla de José Martí”.

7. EL GIGANTE. Retorna la fantasía, como de cuento de hadas con moraleja. Es el homenaje a ese espíritu informal, irreverente, sano, honesto, que se tiene de niño y que muchas veces es mal mirado, atrapado, apartado, o mutilado por los convencionalismos. Juega Silvio aquí con la idea martiana “nada hay más importante que un niño”, como el padre admirado de las dimensiones de ese pequeño gigante que es un hijo. Y le agrego, en el contexto del disco, otra acepción relacionada con la propia revolución, ese gigante a la que hay que despojarle de formalidades, reservados y protocolos, para que recupere esa naturalidad cercana del comienzo, con líderes en traje de campaña, compartiendo trinchera y surco, que en lugar de estar tras el buró se sentaban encima a echar coños y carajos cuando algo no salía bien, o se hacían una autocrítica mirando de frente a los subordinados cuando metían la pata. Veo —y claro que ya es mi vuelo personal arrastrado por el disco— a ese Che ministro con las botas enfangadas, bebiendo de la latica común que trajo el aguador, o Fidel cortando caña en jornada completa, bañado en sudor (no posando a cámara), o en plena madrugada discutiendo en una fabrica con los obreros, o jugando baloncesto con estudiantes de la Lenin. Y no hago referencia solo a altos dirigentes, pienso en todas las corbatas, protocolos y reservados que en cualquier peldaño social se han ido colocando como símbolo de distinción, y que no son más que fatuos obstáculos a la creación, a la humildad, al compañerismo, al altruismo, a la sencillez. Por eso pongo en el horizonte de ese Gigante, todo aquel batallón humano asumiendo aquellas batallas contra molinos, tareas que quisieron (y en buena medida lograron) virar esta tierra de una vez. Batallón de hermandad, sin intermediarios, sin caretas ni maquillajes, subiendo por el bien común a la cima de lo humano, desafiando hasta al precio de la vida los fuertes vientos del…

8. HURACAN. Como para no dejar fuera del disco ninguno de los principales elementos que han gravitado sobre la Isla con especial fuerza, Silvio le habla directamente al huracán, ese que nos ha azotado con saña reiterada en los últimos años, dejando perdidas de miles de millones de dólares y gran destrucción; por suerte —más bien por ese sistema de defensa casi infalible (y lógicamente costoso)—, con muy contadas víctimas humanas. Tampoco hay que tomar este dialogo de Silvio con las fuerzas naturales, únicamente en sentido literal, el juego poético parece tener una segunda lectura partiendo de los males que se nos enciman. Podemos sentir en ese grave canto, lento, espeso, que parece traer el silbido aterrador de la espiral de muerte, los peligros que amenazan constantemente a Cuba, incluyendo el poderío del Norte, o esa filosofía empobrecedora que expande por el mundo, amenazando hasta con la extinción de nuestra especie. A mi lectura se le antoja algo así como alguien gritando en pleno ojo del Imperio, que nos deje tranquilos, en paz, arreglando nuestra casa, y, para evitar equívocos termina la conversación advirtiendo, con ese sabor a nuestra clásica consigna a pie de guerra: “si se tiran, quedan”.

“Huracán huracán/ repasando de nuevo el hogar/ huracán si te veo volver/ no tendré otra elección/ que afrontarte y vencer/ huracán”.

9. BENDITA (YO FUI UNA VEZ). En principio, es una canción —soneada con un aire que recuerda la sonoridad del trabajo con Afrocuba— que rinde homenaje a las mujeres guerrilleras de la Sierra Maestra. Un canto a la claridad, a la naturaleza, a esa belleza martiana que emerge de lo profundo del monte, a aquel instante donde se engendró la revolución. No por ser esa especie de canto de alabanza al pasado, deja de ser una oración por la patria futura, la que nos toca levantar, sobre esa historia en la que debemos hurgar; patria ancha, abierta, que integre más, que ennoblezca, la que haremos hoy. Basta echar una ojeada a los versos del montuno para entrar en todas sus aristas: “A la patrona yo le pediría en la ermita/ que nos libere del bloqueo y de los trogloditas/ que las salidas y las entradas sean expeditas/ para que la existencia de los hijos sea bonita/ y que opinar deje de ser jugar con dinamita/ a ver si la fraternidad humana resucita/ a ver si al fin la lucidez del alma nos visita/ y llegue la oportunidad de ser cosmopolitas/ dime Cachita.

10. SEGUNDA CITA. Es el nuevo encuentro con los ángeles; canción de una ternura cargada de dolor por lo que se dejó escapar, por lo que se hizo y no resultó, o a la larga causó daño, por el empeño que faltó, tanto en la vida personal como en la sociedad. Es la canción de quien desearía que se le conceda un deseo, para viajar al pasado a rehacer, a rectificar todo lo que se hizo mal. La obra que pudo quedar mucho mejor, la muchacha que dejamos partir sin hacer todo lo posible porque no se extraviara para siempre, la medida radical que trajo por consecuencias rupturas, resentimientos, deficiencias.

“Quisiera ir al punto naciente/ de aquella ofensiva / que hundió con un cuño impotente/ toda iniciativa”.
Esta ha sido otra de las canciones que han tratado de manipular, subrayando esa estrofa, sin aludir el cuerpo de la canción, que comienza por la autocrítica. Hasta han insinuado que Silvio se refiere a todo el proceso revolucionario cuando cuestiona. El profe Guillermo Rodríguez Rivera, en un texto sobre el disco, dice al respecto de esa manipulación:

“Y pareciera que la ‘ofensiva’ es la Revolución misma. Pero los que hemos vivido los tremendos años de la Revolución y conocemos cómo piensa Silvio, sabemos que el trovador no alude a la Revolución de 1959, sino a la Ofensiva de marzo de 1968, que liquidó toda la actividad económica no estatal, las empresas medianas y pequeñas y hasta el puro trabajo individual privado, e introdujo males que no conocíamos después de siete años de socialismo, y que no hemos conseguido superar desde entonces: la mentalidad de esperarlo todo del estado, porque el estado lo tenía todo y cualquier iniciativa al margen de él, era ilegal”.

Claro que no se tiene ese privilegio de viajar al pasado, con la experiencia de hoy; incluso, estaría por ver, de concedernos un hada el deseo, si muchos de esos errores se hubieran podido evitar en aquellas circunstancias o contextos políticos; o si, rehaciendo con otras soluciones aquellos errores, cuando se volviera al presente, no hallaríamos otro rosario de problemas. En todo caso, si bien no parece posible que frotemos la lámpara y salga el genio a complacernos, sí hay que sacar la moraleja de la canción, que es la de ir a ese pasado épico, duro, lleno de batallas, contradicciones, con el estudio y la investigación. La grandeza y humanismo de esta revolución permite, y exige, que estudiemos con profundidad todo su proceso hasta hoy. De no haberse hecho con tal eticidad, estaríamos en el deber igualmente de escudriñar en ella, pero sobran elementos para afirmar que encontraremos muchas luces en ese viaje por las huellas que nos han traído hasta aquí, y que serán mucho mejor sopesadas si le entramos también a sus sombras sin el más mínimo temor a alguna que otra medida o acción, aunque pueda parecer dura, extrema o errada.

No regresará, tal vez, aquella muchacha “liviana y borracha”, ni salvaremos a otros del odio y el olvido, pero sí tendremos las claves para evitar que el próximo vuelo nos lleve al mismo punto, y nos permita llegar más lejos.

11. TROVADOR ANTIGUO. La sencillez martiana con la que Silvio se declara el hombre común de San Antonio de los Baños, de las calles de Centro Habana, que va guitarra al hombro, mirando a su alrededor, sin otra ambición que ese placer de descubrir, y descubrirse, en acordes y vericuetos por los que la voz encuentra sus versos, esos con los que apresa y expresa la vida. Se va diluyendo entre la gente, viendo el tiempo transcurrir, tumbando paredes, nombres, pero ahí está con su guitarra, sin importarle maquillajes, ni títulos, ni pedestales, ni el qué dirán…

“Ahora soy de la memoria,/ ahora pertenezco al viento;/ otro dirá en su momento/ si fui más pena que gloria./ Lo que fue nuevo es historia/ y lo que nace alza vuelo/ con el sueño de tocar el cielo”.

Se va sumando a la procesión, se declara trovador antiguo y mira hacia los que vienen sin recelos, con la esperanza, o la convicción, de que serán mejores, lo cual justificaría las huellas que él mismo nos ha ido dejando…
“Partero fui de un futuro/ escurridizo, inasible,/ seguramente posible/ si no le ponemos muros”.

12. DIBUJO EN EL AGUA. Coda, no bonus track (a la usanza de ahora) pues no se trata de un regalo extra al concepto del disco, pero sí parece un último suspiro poético, como un epitafio —en el que se inspira— contiguo a la idea del trovador antiguo que acaba diluyéndose en la procesión. El disco se despide a la manera de la secuencia clásica de Chaplin, en que su Charlot, tras dejarnos su carga humana, humilde, enamorada, se aleja por el camino. Solo que Silvio, en lugar de jolongo lleva a las espaldas su guitarra. Y se va alejando hasta convertirse en un punto en el horizonte; la imagen encerrada en un círculo, se va estrechando…. Se diluye como el trazo que una mujer hizo una vez: “Soy un dibujo en el agua/ sólo un dibujo en el agua.

SOBREMESA

El diseño del disco, de Moltó, se centra en una escalera de caracol (como para ir y venir directo) entre nubes tormentosas, alguna que otra pluma vuela como de ángel en combate. Esta imagen se repite; en una de ellas unas piernas descienden, alguien descalzo, ¿desnudo?, baja del cielo… Debe ser el trovador que viene bajando a la tierra, luego de su encuentro con los ángeles universales de su primera cita. En otras, ya una foto natural, están en esa escalera Silvio, Roberto Carcassés, Feliciano Arango y Oliver Valdés, los músicos que centran el formato del disco, en el que participan otros invitados como instrumentistas y vocalistas, entre los que se encuentran Niurka González y Haydée Milanés y José Carlos Acosta.

Esta Segunda cita fue dedicada al medio siglo del triunfo revolucionario de 1959, y creo que no podía hacer alguien mejor homenaje a ese suceso que decirle con honestidad, como a una madre, lo que se piensa, con sus admiraciones y sus inconformidades, desde el más alto vuelo poético y musical.

No sé si tratando de analizar el disco de Silvio he hecho el mío, pero bueno, un disco debe ser para eso —si es auténtico, claro— para que nos adentremos en la poética que propone y nos perdamos; más bien, encontremos razones y sueños adentro; para que, estremecidos desde el goce musical, saquemos de ese cosmos polisémico, nuestro discurso renovado. Una vez más, gracias Silvio, por la coherencia, por la fidelidad, por la martiana sencillez —profunda y natural—, por la perenne creación que nos provoca e impulsa, por propiciarnos con tus canciones el reencuentro con los ángeles que nos amparan, vigilan, nos halan las orejas y al final nos cubren con el manto de sus alas, de sus sueños, de su ejemplo.

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