Actualizado el 1 de septiembre de 2010

No hay disparo contra la poesía

Por: . 28|7|2010

Haydee SantamaríaBuscaba en Internet alguno de los poemas dedicados a Haydee Santamaría para recordarla este 28 de julio, a 30 años exactos de aquel disparo con que se quitó la vida. Apareció entonces una carta que escribiera la propia Haydee como un tiro al aire al confirmarse otra muerte, la del Che en Bolivia. Al leerla me di cuenta que no habría mejor manera de traerla que sacando otra vez a la luz esas líneas.

La carta está dirigida al propio Che, pasándole por encima a la muerte, a esa muerte a la que tantas veces tuvo que tratar cara a cara, hasta perderle el respeto, ignorándola, quizás porque sabía que solo hay vida y obra, y no hay disparo capaz de sepultar la huella de amor que se deja. Llegó hasta sentir pena de vivir, viendo caer a tanto compañero valioso, entrañable. Su sensibilidad, esa poética con que escudriñaba cada detalle humano, la llevó a cargar los recuerdos de cada hermano y con ellos empujar la revolución para todos.

Una vez dijo Silvio Rodríguez que “La canción del elegido” la había escrito realmente Yeye por la manera en que les contaba a ellos (Noel, Pablo, Sara, Vicente…) los sucesos históricos, el asalto al Moncada, los recuerdos de Frank, de Abel, como si estuvieran ocurriendo en ese momento, como si ellos estuvieran aquí. En estas líneas que le escribe al Che, fluye la dimensión del sentido de su obra, la misma que abrió el camino de Casa de las Américas, Casa fundacional de la integración latinoamericana. Ayer mismo veía en Telesur precisamente —que es como un nieto de Casa—, a Mario Benedetti recordando la importancia de esta institución para el rescate del arte continental, para que los propios creadores de nuestros pueblos pudieran reconocerse y saber de sus obras, pues el yugo de los colonizadores (españoles y yanquis) nos tenían aislados, minimizados, desconocidos.

En su misiva, Haydee se lamenta de que Fidel no la dejara partir a Bolivia. Desde que Ernesto en la Sierra Maestra proyectó su sueño de la revolución continental, se había alistado Yeyé en su guerrilla infinita. Describe también el dolor de todo un pueblo en aquella Velada silenciosa en la Plaza, del trabajo que le costaba al Comandante pronunciar el nombre de su hermano asesinado, y puntualiza un detalle sublime, al decir que el grado mayor que le pudo dar al Che por su estatura fue el de artista. Y esto me trae a este mismo 26 de julio en que Fidel, con su camisa verde olivo —sin otro grado que su prestigio y su dimensión humana—, al contestar un pregunta que le hiciera el reverendo Raúl Suárez sobre las motivaciones para el asalto al Moncada, lo sintetizó diciendo que “por una inspiración, inspiración como la de Silvio al hacer sus canciones”. Claro que desde “La historia me absolverá” sabemos las razones concretas de aquella acción armada como alternativa única que quedó a la justicia; pero Fidel enfatizaba con esta respuesta el carácter poético, enamorado, de creación, que sienta las bases de una verdadera revolución. El propio comandante Guevara nos dejó como sentencia: “Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor…” Amor, poesía indispensable a los pueblos, como dijo Martí, poesía que seres como Haydee han creado y está diseminada en el espíritu de los pueblos, para no dejarnos caer, para seguir el proyecto latinoamericano, humano, como única salvación. El recuerdo de Yeyé lleva dolor, como el del Che, pero ellos están, con José Martí, en la América bolivariana que crece contra los escépticos, con toda su poética redentora.

Sin terminar aun este texto, hace unos minutos, me acaba de llegar un increíble correo desde Caracas. Una amiga venezolana, amante de la trova cubana, me dice: “Revisando casualmente me topé con esto… luego vi que ella saltó a la eternidad un 28 de Julio, un día como hoy…Va por ella…” Me envía nada menos que la carta de Haydee al Che, sobre la cual estaba escribiendo. Puede parecer hasta místico, pero no es siquiera azar es una poética de la que va emergiendo un ser humano nuevo, acorde a la América nueva, seres que enfrentan los molinos imperiales, con sueños comunes, con canciones y poemas comunes, con la historia común que nos habían ocultado. No es azar, es consecuencia de todo un proceso que va desde el emprendimiento de Bolívar, a la conceptualización que le da Martí, a la concreción que le aporta Fidel, y la generalización que le trae Chávez y todo un continente despertando por fin y echando andar.

Posdata: A propósito de tu correo, Dayana, me corriges, sin saber, una frase inicial errática. Tienes razón, con aquel disparo del 28 de julio de 1980, Haydee Santamaría no se quitó la vida, saltó a la eternidad.

CHE: POR SIEMPRE EN LA MEMORIA HAYDÉE SANTAMARÍA

Hasta la victoria siempre, Che querido (Carta de Haydee Santamaría al Che Guevara, escrita después del asesinato del Che en Bolivia).

Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú. Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir “Che”, tomaba fuerzas y decía “Ernesto Guevara”, así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo.

Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es la realidad, porque existe, eres tú. Qué más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: “Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio”. Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.

Hasta la victoria siempre, Che querido.
Haydee

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