Actualizado el 27 de abril de 2011

Palabras del lector

Por: . 14|9|2010

Palabras del lectorDamos inicio en esta edición de El Caimán Barbudo a un espacio que aspira a ser uno de los fundamentales entre todas nuestras secciones, pues el mismo recogerá las opiniones de los lectores de la publicación. Como botón de muestra, publicamos una carta que el musicólogo Jorge Fiallo enviase a la redacción, a partir de un trabajo titulado “No me preocupan los críticos: Me preocupan los no críticos” y en el que intenté provocar algún tipo de discusión acerca de la crítica musical en Cuba. En el aludido texto me pronuncié en reclamo no únicamente de “una crítica musical especializada de los musicólogos” sino, como también pide Fiallo, por “la que hagan otros estudiosos, de la música y de las más disímiles especialidades, si tiene algo importante que decir”.

Es curioso que en una que otra lista internacional de intercambio de información en Internet, como el foro Jazz Mestizo, hubo voces que se alzaron para comentar que la situación descrita por mí se repite en no pocos países, no sólo subdesarrollados sino incluso de Europa. Así pues, en mi nombre y en el de la publicación que represento, doy gracias al buen amigo Jorge Fiallo, único musicólogo que en los últimos años se ha dedicado a ejercer de forma sistemática y profesional la crítica musical entre nosotros, por animarse a escribir la carta que, con sumo gusto, se reproduce a continuación.

Joaquín Borges-Triana

CON AFECTO CRÍTICO (Y VALGA LA REDUNDANCIA)

El querido Joaquín Borges-Triana, en el No. 357 de El Caimán Barbudo, hace preguntas de las que no tiene respuesta, para que alguien le aclare su mente, más bien provocando un debate sobre la crítica musical en Cuba. Luego añade argumentaciones que igual debía presentar como interrogantes, pero las aporta como un saber proposicional, dado por bueno partiendo de su opinión. Dos de ellas podrían relegar todas las anteriores, dejando sólo la segunda y la octava: ¿cuáles son los principales aspectos que definen el término “crítica musical”? y “¿qué herramientas son necesarias para ejercer la crítica musical?”

A partir del hecho cierto, pero insuficiente para una conclusión rotunda, de que él lanzó una convocatoria en la UNEAC tratando de captar críticos entre estudiantes y profesores de Musicología y sólo respondió una, dice BT:
“De lo expuesto, se comprenderá por qué no comparto la idea de algunos en torno a que entre nosotros son escasos los espacios donde ejercer la crítica musical. Hoy en Cuba existe una copiosa gama de publicaciones culturales, páginas web de repercusión nacional e internacional, varios canales de televisión, por no hablar ya de los periódicos y revistas de carácter general, en donde no faltan las secciones para el arte y la literatura, y a decir verdad y sin que nadie se sienta ofendido, mi impresión es que en tales medios lo que prevalece es la falta de sistematicidad y de profesionalidad en lo concerniente a la crítica musical.”

Así aporta dos palabras claves: SISTEMATICIDAD y PROFESIONALIDAD. Añado mis propias interrogantes y se verá que las dieciséis planteadas por BT —todas importantes— distan mucho de lo que más urge plantearse hoy sobre el asunto. Él reclama (yo añado que también es necesaria ).

¿Se puede reclamar sistematicidad y profesionalidad cuando la crítica musical que hoy pudieran ejercer los graduados y estudiantes de Musicología deberán hacerla en su tiempo libre? Lo digo en detalle: después de rendida su jornada laboral, y rendidos ellos mismos (ojo, porque si cabecean en un concierto no habrá quién los tome en serio; para evitar verse en esta situación tendrían que dedicarse sólo a la música bailable, o más animada). Son, por tanto, “amateurs” en el más lato sentido: amantes incondicionales que no esperan nada a cambio. No tienen amparo institucional para ejercer la actividad como una profesión, con un vínculo laboral que les permita asumir todo lo que ella implica. Y ya por no tener, no tienen siquiera una expresión de aliento por esa forma de trabajo voluntario (sobre todo si en su quehacer han hundido alguna vez el bisturí en un músculo poderoso).

¿Y qué supondría desempeñar la crítica musical con todo rigor? Mucho depende en primer lugar del objeto que se valore, si es un disco, la trayectoria de un grupo musical, una serie de programas radiales o televisivos, o presentaciones en vivo de este o aquel género. Pero en sentido general, y además de las lecturas que recomienda BT en lo culturológico, la verdadera crítica especializada profesional implicaría enfrentarse de manera más abarcadora y segura —bibliográfica, sí, pero sobre todo auditivamente— al hecho musical; no depender tanto, cuando es en vivo, de una fugaz y única audición, lo cual resulta doblemente comprometido en cualquier ámbito, pero sobre todo en los conciertos de la llamada música “culta”, con obras en estreno o menos conocidas. En tal caso debía asistirse a algún que otro ensayo, manejarse las partituras de lo que se debe valorar, si el énfasis va en la creación. Cuando se priorice la interpretación, es conveniente escuchar las versiones de otros intérpretes (¿dónde están?, ¿cuánto cuestan?). Hoy cabría, además, para más seguridad y sustento a las opiniones del crítico, grabar lo interpretado y madurar mejor éstas en audiciones reiteradas… En fin: no hacer crítica “de oído”, de primera impresión, por autorizada que sea.

¿Cuántas horas-hombre tomaría esto, haciéndolo como debe ser? Pero, luego, para reflejarlo en un escrito, cuántas le tomaría a ese crítico especializado musical profesional ir sintetizando para llegar a las líneas que podría usar en un diario o semanario impresos —si no le interesa tanto proyectar sus valoraciones internacionalmente, si su “lector in fábula”, el suyo, no el de Umberto Eco, es el nacional “desconectado”—. Imaginemos, por ejemplo, una sección que permita hacer soñar por la oreja desplegando el estilo, no para ingresar a la república de las letras, sino para lograr el verdadero efecto sugestivo que capte oyentes en potencia, fin último de la crítica.

Luego viene otro tema porque, claro, hablar de un disco, o describir la trayectoria un grupo, ofrece la seguridad que da lo intemporal. Pero si se critica un hecho puntual, cuando los imperativos editoriales lo vayan distanciando, se sabe que ya no será publicado.

Recuerde, BT, además, que hablamos de un colaborador especializado buscando un espacio que sí está reducido incluso para los periodistas de plantilla, a quienes también se les quedan pospuestos a menudo, luego inéditos, algunos trabajos por los cuales se ganan el pan. A varios los cuento entre mis mejores compañeros, en la acepción original de la palabra: han compartido conmigo ese pan que dejan de ganarse al cederme algo de su espacio, aunque otros —que les cabe el derecho, no lo digo por eso— se gastan mucho más espacio del que podrá usar cualquier colaborador para asegurar ser publicado, con lo cual éste último se queda en la clásica pelea de león contra mono, y el mono amarrado (y es por eso que lo digo). ¿Será esta la parte en que BT ha sentido las deficiencias que señala en los críticos especializados?

Como algo así he tenido que hacer para ajustarme a lo que, por lo menos en los diarios, impide fundamentar mejor una valoración, luego de cumplir con la imprescindible parte informativa, debo pedir disculpas. Por eso ya cada vez lo hago menos (quiero decir, publico menos en diarios).

Veamos ahora el tópico de la sistematicidad, el cual exige a su vez mencionar algo tan simple como la inexistencia de un estatus institucional, jurídico, oficial, y de un contrato también institucional que establezca obligaciones de todas las partes y hasta un código de ética para “eso” que, sí, podemos nombrarlo gracias a que contamos con un lenguaje articulado y una capacidad de abstracción, pero no pasa de ser una pura entelequia: el crítico musical especializado profesional a quien por desgracia, de momento, no podremos ver caminando en nuestras calles y, cuando camina en nuestras cabezas, lleva un paso errante que se debate entre los sueños, las incomprensiones y los diferentes pareceres, de manera que no sabe a derechas qué rumbo tomar, anda perdido.

El ejercicio sistemático de la crítica supone que a quienes la ejerzan no se les escape ningún hecho relevante del acontecer musical, en la vertiente que asuman, y alguna especialización dentro de la especialización debe haber: no cabe pensar en alguien capaz de lograr igual eficacia, dominio de la información actualizada, etc., en lo sinfónico, coral, rockero, sonero, electroacústico, folclórico, infantil…Quizá exista, pero no debe andar muy bien.

Atender sistemáticamente una vertiente como el concierto supondría recibir la programación semanal, de las varias instituciones que la generan, y planificarse para ir a lo más significativo, incluso en ensayos, procurarse información sobre obras, compositores, intérpretes, configurando una base de datos sobre lo que no está en enciclopedias y, por supuesto, un archivo de grabaciones con calidad.

En la práctica sólo cabe ir a lo que se puede, en los términos más operativos imaginables, lo cual implica ser un crítico de domingos. El lunes, como es de suponer, hay que amanecer redactando. Y esto era peor cuando allá por 1977 comencé a colaborar con Juventud Rebelde: debía escribir de madrugada, con tinta de café, para entregar la “crítica” antes de las 8:00 a.m. y que circulara en la edición vespertina del día siguiente al concierto; si no, dizque “se volvía fiambre”. En 1979 pasé a colaborar con Trabajadores en condiciones un poco más cómodas, pues el periódico salía dos días a la semana, pero con menos espacio, que a veces la “página” de cultura ocupaba una triste media columna, aunque luego esto cambió. De esa etapa data lo que si no es un récord…: una “crítica” musical que hube de reducir a 20 líneas.

Se supone que en ese día después de la actividad a la que el candidato a crítico haya asistido, nada deba afectar el crucial momento de maduración, de escuchar varias veces lo que grabó y repasar pasajes relevantes, consolidar una opinión y, sobre todo, cargarse como para trabajar el estilo y la expresión que provoque las resonancias de lo escuchado, no sólo en lectores no músicos, sino incluso en lectores no interesados particularmente en ciertas vertientes de la música, cuando todas son necesarias, más allá de discusiones sobre culturas, contraculturas, centros y periferias pues si bien, glosando a Radkowsky junto al argentino Adolfo Colombres, todos ocupamos un centro, los que asumimos la difusión de esta o aquella línea de la actividad musical debemos convertirla en un centro de atención para todas las personas, siquiera por un momento de sus vidas, no para convertirlos en melómanos empedernidos ni fanáticos de tal o cual música (el error más frecuente en la “crítica” no profesional, cargada de slogans publicitarios, ratings, etc.), sino mejores degustadores de todas.

Pero las dos actividades posteriores a la escritura habitualmente consumen más tiempo que todo lo anterior: enviar lo escrito a una dentro de esa copiosa gama de publicaciones culturales que describe BT, e insistir durante varios días llamando a la hora del cierre para ver si sale o no, o ver si hay tiempo de enviarlo a otro lugar, cambiando o ajustando el perfil y el estilo más o menos intemporal si va la semana o el mes siguientes…

Y hay una última cuestión, que responderá todo lo que se pregunta BT: al final, salvo si cupo en la única revista reconocida con carácter científico en el ramo, Clave, y si responde al lenguaje y estilo analítico requeridos, nada de lo publicado con tanto trabajo puntuaría para que un musicólogo opte, no ya por una categoría científica: siquiera por engrosar un currículum académico y/o profesional, algo que normalmente, como cabe suponer, interesa en estos casos.

Amigo Borges-Triana: la tradición entre los indios tawahkas de Honduras y Nicaragua exige, la noche anterior a una cacería, bailar ante el sacerdotela danza del animal que pretendan atrapar. Si éste, después de algunas libaciones psicotrópicas, logra soñar con monos, digamos, es para ellos la señal de que conseguirán monos.

Te agradezco la oportunidad que me has dado para bailar la danza de los críticos.

Ojalá alguien logre soñar con ellos.

Jorge Fiallo

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