Actualizado el 13 de junio de 2011

La dimensión exacta de las cosas

Por: . 30|1|2011

¿Habrá sido una noche fría la víspera del nacimiento de Martí? ¿Habrán celebrado los Juegos Florales o algún otro certamen literario? Y el día de la primera edición del Premio Casa de las Américas, ¿habrá nacido alguien del calibre del Apóstol? Tal vez un hombre perdido en entresijos, malogrado al doblar por la calle equivocada, y que ya no conoceremos.

Es 27 de enero de 2011: edición 52 del legendario premio Casa. Casi 158 aniversarios del natalicio de un sujeto inabarcable, excesivamente monumental.

Son dos cifras ordinarias, dos números que no guardan ninguna relación lógica. No dicen nada. Y es probable que esta sea una jornada poco interesante, una jornada más, palpable, a la mano, materia del olvido aunque no lo merezca.

Porque la noche es fría y agradable. Penetra los huesos, pero no los ánimos.

El único problema es que Carlos Álvarez piensa cubrir la entrega de los premios Casa, pero no tiene invitación. Y tiene o debe o quiere ir a la marcha que cada año se efectúa en honor a Martí. Partir desde la escalinata de la Universidad, pero tampoco tiene antorcha. O sea, no tiene ni pasaporte ni lugar donde erigir el fuego. Lo cual significa que no tiene nada, solo dos deseos, y el ánimo de imbricar ambos sucesos en un trabajo periodístico. De ser posible en un artículo de non-fiction al estilo Norman Mailer; una crónica tendente a la literatura, un híbrido raro para publicar en El Caimán Barbudo o en algún medio digital que se apiade y lo quiera socorrer.

Pero también existe otro pequeño, mínimo problema. Carlos Álvarez está becado y tiene un poco de hambre. Nada extraordinario. El hambre natural de los veinte años.

Lleva media hora en el comedor de F y 3ra. A veces sale y pasea y se frota las manos y mira para el Malecón. El acto de premiación empezaba a las siete de la noche. Son las ocho menos cuarto. No puede irse sin comer. Si se va con el estómago vacío no fija ni el nombre ni el rostro de los premiados. Y mucho menos puede dar un paso, bajar por San Lázaro e ir hasta el Parque Central para asistir al concierto de Buena Fe, donde de seguro habrá miles de personas.

Esto no sucede con frecuencia: un día con dos sucesos importantes, o con tres, porque la comida de la beca se ha atrasado. Y eso nunca pasa. Tan solo cuando hay pollo. La gente hace trampa y cogen tickets dobles y repiten, sin pensar mucho en los demás.

Después de devorar la bandeja, Carlos sale apurado. Camina media cuadra. Casa de las Américas, tan art decó, tan sobria, tan indefensa, queda en la esquina, expuesta a los olores del mar, al trasiego de los estudiantes por su césped pálido.

—No puedes entrar —dice el custodio.

Es un tipo de mediana edad, con profundas ojeras y uniforme gris. Carlos le explica, pero no tiene caso. Se sienta en el quicio de la entrada y recuesta la espalda a una columna. El custodio le pide un cigarro.

No es posible, piensa, me niega la entrada rotundamente, y ahora varía el tono, se hace amigable y pregunta si tengo cigarro.

Saca la caja del bolsillo del pantalón y se la ofrece. Uno solo, dice el hombre, pero el estudiante hace un gesto con la mano en señal de que se la quede.

El hombre se quita su gorra de custodio para limpiarse un sudor inexistente y Carlos observa su cabeza blanca en canas. Un casco de nieve.

—¿Y por fin, para qué tú quieres entrar?

—Para conocer los premios. Redacto la noticia, colaboro, y así me gano un dinero…

El hombre hace una mueca con la boca.

—Yo estudio periodismo, sabe. Y… —no termina la frase. Se ha escuchado y eso le ha parecido un poco pedante.

—Y yo soy el presidente del jurado —dice el custodio.
Un perfecto jodedor. Qué clase de número, con esta gente no se puede.

—¿Ah, sí? —dice Carlos, siguiendo el juego.

—Sí —afirma el custodio. Da la última cachada, bota el cabo del cigarro y lo aplasta con su zapato negro como si fuera un insecto—. Nosotros somos los intelectuales. Esa gente de allá adentro no son más que alter egos. Son nuestros dobles, con sus trajes y sus ensayos y sus buenas maneras.

Ha cambiado hasta el discurso, un giro radical. Menciona nombres y libros leídos y música escuchada. Diserta. No cabe duda, un bromista de primera, lo que en la calle y en la literatura llaman “un personaje”.

Ya deben ser más de las ocho. Este hombre no entiende la gravedad del asunto.

—Sí, sí entiendo —dice—. Es más, ¿quieres que te diga los premiados?

Hay que seguirle la farsa. Quizás algo bueno se saque de ahí.

—Anda, dímelos.

Como si recitara un acta dice que hay premiados y menciones de Argentina y México, y que también hay premiados y menciones de Cuba, y le va a facilitar los nombres de estos últimos, porque al fin y al cabo son los que debes priorizar.
Emerio Medina gana en Cuento. Geovanis Manso alcanza mención en Novela, y Luis Álvarez Álvarez, Ana María González y Leandro Estupiñán en Ensayo artístico-literario.

Carlos le pide algún dato distinto, para verificar la historia.

—En Ensayo artístico-literario el premio está vacío —dice—, y es una lástima, porque hubo hasta un análisis socio-estético de la obra de Roberto Bolaño, mi escritor preferido.

El custodio le propone esperar la noticia, para que veas que no miento. Muestra el ancho de sus dientes amarillos. Parece la sonrisa de un muerto. De Roque Dalton, o de Cortázar, o de Soler Puig, quien era, según dicen, un jodedor tremendo, aunque no tanto como Feijóo.

Carlos está aterrado, aturdido, le da las gracias al hombre y se aleja. Tiene la certeza de que nada ha sido real, de que no puede ser verdad. ¿O sí?

¿Custodios con escritores favoritos? ¿Alter egos? ¿Premios literarios? ¿Intelectualidad?

El frío arrecia. La escalinata de la Universidad está vacía, invadida por humo, lumbres agónicas, palos y latas y andamios de hierro. El Alma Mater lo recibe con los brazos abiertos, como si fuera el último hijo en regresar de la guerra, el único sobreviviente de un naufragio.

Es hermosa el Alma Mater. Solo hay que reparar un poco para percatarse. Tanto que se dice y todo queda en el decir. Casi nadie la mira: pétrea, sin tiempo, inmóvil en la ambigüedad de su figura.

Baja despacio las escaleras y sigue rumbo San Lázaro. No llegó demasiado tarde. El pelotón humano de luces amarillas se nota a la distancia. Aproximadamente a unas cinco cuadras. Si apura el paso lo alcanza. Al frente del busto de Mella dos niños juegan con una antorcha. Pretenden revivirla. De seguro lo logran. Los niños logran casi todo, hasta que crecen y se llenan de arrugas y cuando vienen a ver extraviaron la brújula y olvidaron cómo se alcanzan las cosas sin mucho esfuerzo. Las complicaciones, le llaman.

Probablemente el custodio no fuera un muerto, sino un niño disfrazado, o simplemente un custodio, que ya es bastante. Alguien que pase las madrugadas con la simple compañía de sus fantasmas es digno de respeto. Por eso Martí sufre de insomnio, un insomnio sin cura, un desvelo de esos de los que duran siglos, o un segundo repetido, proyectado hacia la inmensidad.

Definitivamente, por más que se apure, no alcanzará al desfile. Dobla por Infanta. Tiene sed. Toma un vaso de batido de mamey. No está muy bueno, pero alivia. Agarra una 222 y se baja en el Parque de la Fraternidad. Sigue la ruta hasta el Parque Central. Como era de suponer: miles de personas. Pantallas y luces. Todo en nombre del Apóstol. Le parece bien. Le parece extremadamente bien, y se entremezcla con las personas. Ahora es un espectador más, forma parte del querido público.

A mitad del concierto se marcha. Está cansado. Y tiene de nuevo un poco de hambre. Nada extraordinario. El hambre propia de los veinte años.

Camina cerca de una hora. Ya son más de las doce. Ya es 28 de enero. Dobla por G y 3ra y el custodio no lo reconoce.

No sabe quién es, nunca lo ha visto. Carlos sigue de largo y sube las escaleras de la beca. A esta hora no hay elevador.

Llega al piso veintidós. Literalmente está desecho. Desde allá arriba se descubre la monótona y terrible geografía del mar, y casi toda La Habana. El Vedado es perfecto de noche. Es una fotografía lejana.

Se sienta en la mesa de la sala del apartamento. Piensa tomar Diarios de Campaña, leerlo a las altas horas, rodeado de silencio, para ofrecer, en definitiva, el único homenaje posible. De Montecristi a Cabo Haitiano y De Cabo Haitiano a Dos Ríos. Pero no, porque cuando uno tiene que escribir, aunque sea una noticia, no puede leer a los clásicos, no puede leer a esa gente que nunca duerme y que por lo tanto tienen demasiado peso. Son imposibles de plagiar.

Toma un buche de agua y se toca los dedos. Tonto ritual de los escritores. Tocarse los dedos debe ser como pensarse el pensamiento, o mirarse la mirada. Una autorreflexión. A fin de cuentas el 27 de enero de 2011 no fue un día diferente.

Aunque lo mereciera, estaba condenado. Quizás los días diferentes solo tengan cabida en la Historia, y no en las personas, que nunca tienen la dimensión exacta de las cosas.

Algo se hace agradable en la madrugada. Algo que penetra los huesos, pero no los ánimos. ¿Habrá sido una noche fría la víspera del nacimiento de José Martí?

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