Actualizado el 8 de julio de 2011

2010: Trasfondos y títulos

Cavilaciones sobre un año de libros

Por: . 11|2|2011

Resumir un año de libros en Cuba es, como diría un paisano, la “tarea del indio”. Por razones múltiples, y también de signos diferentes. Primero una buena: se publica muchísimo, hay quienes dicen que demasiado, a lo estirado y estrecho del terruño, por las editoriales nacionales y las de representación territorial. A seguidas, la fea que nos conduce a preguntas como estas: ¿Dónde encontrar listas que den cuenta de los tantos títulos de las tantas editoriales lanzados en el transcurso de los 365 días? ¿Cómo saber qué libros están acaparando el favor de los lectores y merecerían la mención en una síntesis como la quiero intentar? Aunque cabe suponer que las casas editoras llevan el cómputo de la cantidad de títulos y el total de ejemplares puestos a circular; en cambio, estas no son propensas a comunicar la información apropiada y en el momento oportuno al universo de sus lectores potenciales. Por otro lado, juzgo que estas cifras deberían ser desglosadas, de manera tal que ayudaran a discriminar las preferencias según el total de ventas de cada libro ofertado*, y además ser colocadas regularmente en algún espacio de los periódicos o revistas para que pueda saberse, como dice el refrán, “por dónde andan los tiros”.

La política cultural de la Isla ha sido bien conducida en pos de resaltar el significado de un libro por su aporte a la instrucción individual y la multiplicación del saber, a la educación popular, la formación de valores morales y del sentido estético. Pero, quizás en su afán por desmarcarse a tutiplén de Don Mercado y sus trapicheos vulgares o volubles caprichos; ha acabado botando “la bañadera con el niño adentro” —así lo expresaría cualquier hijo de vecino— y ha obviado por completo una práctica común, que de lógica no carece.

¿Por qué? Porque “los numeritos” de las ventas acercan a los productores de mercancía cultural —que un libro es eso, por mal que les caiga a muchos— al reconocimiento de resultados tangibles, mensurados, de su labor. Porque estos, luego de sacar cuentas y puestos a elaborar los planes de las publicaciones futuras, podrían partir entonces de un fundamento bastante racional y no reñido con la tirana —¿o aliada?— del momento: la ECONOMÍA. Ya lo aclaró alguien, más lúcido de lo que a primera vista parece: “La economía es la economía, y sin economía no hay economía”.

Por supuesto, que esto no tiene porqué hacer inevitable que ahora mandemos a bolina el “propósito cultural”. Las editoriales responsables acumulan suficiente know how sobre estrategias para la compensación y el equilibrio de ganancias y pérdidas entre unos libros y otros, en pos de mantener la brújula lo suficientemente enfilada hacia la calidad estética y para no dejarse arrastrar por los vientos y venenos de la obra circunstancial, la corriente de moda, el gusto evanescente o los públicos iletrados. Máxime cuando todavía hay un pelotón nutrido de personas, tanto en tierra nuestra como hollando ajenos suelos del planeta, sabedora de que ningún Top Ten vale lo mismo que Diez Mandamientos, y de que ahí ni están todos los que son ni son todos los que están.

Pero las listas hablan de todos modos. Y de muchos modos; porque además de sus ventajas en el perfil económico, estos engendros acomodan la función orientadora, tan necesaria para que ese lector tenaz aún en tiempos de carestía, se convenza de que hizo bien al brincarse un almuerzo y comprar determinado libro. También agradecerían contar con ese válido recurso los críticos y periodistas culturales —y hasta los que pasan por tales—, aquellos obligados en razón de su oficio a no estar en el aire y sí poseer información sobre lo que de interés circula para poder reseñarlo, comentarlo, alabarlo o destriparlo. Pensemos, incluso, que tanto más útiles son en el contexto nuestro, donde las costosas campañas publicitarias de “afuera” no tienen otro sustituto adentro que el “amigo rumor” de que “el libro aquel está volaísimo”.

En fin, es hora que ya dejemos el mar, y el mal, y nos concentremos en la otra intención de este artículo. A falta del pan de las listas, tomemos el casabe de los asideros visibles, esas trazas que nos ayudarían a discriminar lo que este 2010 nos ha traído en materia de libros. Dejando de lado la disyuntiva sobre la inexistencia de cifras de mercadeo, apoyémonos entonces en la memoria de los libros que pudimos adquirir, hurguemos en los reportes de prensa, y gastemos los zapatos recorriendo librerías. Ah, y no olvidemos que el terreno nacional es ultrasensible a los magnos eventos (digamos, la Feria del Libro), las conmemoraciones de fechas destacadas, los homenajes a personajes totémicos… y los premios. ¡Ay, los premios! Allá voy…

LOS DE ACÁ

En el año de su centenario, la sombra hechizada de José Lezama Lima planeó de punta a cabo por la Isla y de la obertura al colofón de 2010. Temprano, en tiempo de Feria, vieron la luz los dos tomos iniciales de sus Obras Completas, contentivos de la novela Paradiso y el ensayo Tratados en La Habana; las compilaciones de Ciro Bianchi tituladas Asedios a Lezama y Lezama disperso; y el volumen Lezama revisitado de Reinaldo González. “Como un acto de justicia poética”, catalogó el versificador César López este renacimiento del autor de Muerte de Narciso. Luego, sobrevino el salto del hombre de Trocadero a la era digital con la presentación del primer volumen de la multimedia Todo Lezama, que recoge 250 fotos y más de 5 mil páginas.

Ya en la fecha exacta, 19 de diciembre, se anunció que la casa donde habitó Lezama era acreditada como Monumento Nacional. Y los que visitaron en los días postreros del año la librería Fayad Jamís (recién abierta en la capitalina y céntrica calle Obispo, suceso de valor capital para los fagocitadores de libros), se habrán topado con la memorable antología de la poesía cubana preparada por “el gordo”, publicada por primera vez en 1965 y hoy reeditada e intitulada Una fiesta innombrable.

Siguiendo con los homenajes y llegado el turno de los vivos, la 19 Feria Internacional del Libro de La Habana se le dedicó al Premio Nacional de Literatura Reinaldo González y la Premio Nacional de Ciencias Sociales, María del Carmen Barcia. Una ocasión que propició el relanzamiento de varios títulos de Reinaldo; entre ellos su primera novela, en versión nueva del autor, Siempre la muerte, su paso breve; y su última, Al cielo sometidos. También se reimprimió uno reciente y muy gustado, la excelente investigación Caignet. El más humano de los autores, y asomaron con visos de novedad un par de libros de ensayo: Insolencias del barroco y Cine cubano, un ojo que nos ve.
Barcia se benefició con la aparición en forma de libro de sus más notables producciones investigativas. Sólo indicaré dos de ellas, las cuales sin dudas trascienden ya como grandes aportes historiográficos: Los ilustres apellidos: negros en La Habana colonial y La otra familia. Parientes, redes y descendencia de los esclavos en Cuba.

La tirada de obras que acapararon las recompensas en los numerosos concursos convocados en la Isla, decidió en porción considerable qué leerían los interesados en los distintos géneros literarios. Aludo a varios de esos libros, sus autores, los géneros y los premios de donde emanaron: Haciendo las cosas mal deErnesto Pérez Castillo (Premio UNEAC 2008 de Novela); Los huecos de la araña de Jamila Medina y Diez cajas de fósforo de Anisley Negrín(Premios David 2008 en Poesía y Cuento); En la Habana no son tan elegantes de Jorge Ángel Pérez y El festín de los patíbulos deAbel González Melo (Premios Carpentier 2009 en Cuento y Ensayo); Todos los semáforos en rojo deMarlene Lufriú, Ne me quitte pas de Legna Rodríguez y Algunos recuerdos que valen la pena deErick J. Mota (Premios Calendario 2008 en Poesía, Cuento y Ciencia Ficción); Habana Underground deZulema de la Rúa (Premio Nogueras 2008 en Cuento), Todos los días del fuego y otros relatos (contiene el cuento ganador de Emerio Medina y las menciones del Premio Julio Cortázar 2009); Adiós Habana deLeopoldo L. García (Premio de la Ciudad de Holguín 2008 en Cuento); Enamorarse de Ana de Alejandro Cernuda, Las armas y el oficio deRafael Grillo y Al revés de lo contrario de Herbert Toranzo (Premios Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2008 en Novela, Periodismo Literario y Décima); Claustrofobias deYunier Riquenes y Escala crítica de Modesto Milanés (Premio Pinos Nuevos 2009 en Poesía y Ensayo)…

Siguen faltándole novelas de impacto al panorama literario cubano del presente. Por eso llamó tanto la atención que La soledad del tiempo de Alberto Guerra, una “fuera de concurso” que pudo llegar a imprenta, provocara reseñas, polémicas y opiniones encontradas en varios medios. Y nos quedamos esperando la salida anunciada de la edición cubana de la novela de Leonardo Padura sobre Trotski y su asesino Ramón Mercader, El hombre que amaba los perros. Paradójicamente, fue un novelista, nacido en Uruguay pero que se considera escritor cubano, Daniel Chavarría, quien a la postre obtuvo el galardón más prominente, cuando se le anunció en diciembre como Premio Nacional de Literatura 2010.

Ya en las postrimerías del año, el espacio Sábado del Libro ofreció varios lanzamientos atractivos. Destaco la presentación del volumen Agua Bendita, que reúne ensayos sobre artes visuales de Rufo Caballero; el aluvión ofrecido por la Editorial Capiro (con las obras premiadas en el Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2009, el texto de periodismo literario El esclavo y la palabra de Rebeca Murga y el volumen de cuentos El asere ilustrado de Lorenzo Lunar); y el día que vieron la luz los textos triunfadores de 2010 en los concursos más codiciados de entre todos los convocados en la Isla: el de Poesía Nicolás Guillén, que aportó Crítica de la razón puta de Omar Pérez; y el Alejo Carpentier, que entregó la novela Una Biblia perdida de Ernesto Peña (primer autor nacido en los 70 que accede a este lauro); el ensayo Virgilio Piñera o la libertad de lo grotesco de David Leyva (segundo “muchachito” alumbrado alrededor del año 80 que alcanza este premio, ambos de forma consecutiva); y Del otro lado, cuentos de Rafael de Águila.

Para que los demás no puedan acusarme de triunfalista o festinado optimista, y en correspondencia también con mi propia y sempiterna inconformidad, capaz no me siento yo de afirmar que fuera el 2010 un año de excepción para las letras cubanas. En cantidad tal vez sí; y del cotejo general que acabo de presentar se desprende que ofrecimientos hubo para gustos disímiles y una suficiente altura estética en lo global como para no hacerse el postmoderno profiriendo griticos y juicios apocalípticos. Es muy posible que un buen lector de entre mis vecinos argumente que él no encontró nada “que le diera la patá a la lata”. Criterios, pienso yo que por suerte, siempre habrá acerca de todo.
Para el 2011, el ajuste del bolsillo de la nación reducirá premios y comprimirá planes editoriales. Pero el talento, en mi opinión, sobrevivirá. Porque siempre lo logra.

LOS DE ALLÁ Y ACULLÁ

La elección de Rusia como país invitado a la Feria Internacional del Libro de La Habana 2010 amparó el retorno a las librerías de una literatura nacional entre las más reputadas del planeta. Varios de los volúmenes presentados de autores eslavos caen bajo esa etiqueta de “clásicos” con la que calificamos los libros destinados a perdurar por la eternidad. Baste mencionar algunos: La guerra y la paz de León Tolstoi, Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski, Textos escogidos de Alexandr Pushkin, Poemas de Anna Ajmátova, El Maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov, La cerilla sueca y otros cuentos de Antón Chejov… Pero las letras más actuales del gigante euroasiático se vieron también representadas, mediante compilaciones oportunas al estilo de Rusia, poesía viva y Narraciones rusas contemporáneas.

La recalada en febrero, etapa de gloria del libro en Cuba, de dos escritoras muy distinguidas: la Premio Nobel nacida en Sudáfrica Nadine Gordimer y la Príncipe de Asturias canadiense Margaret Atwood, motivó que salieran de las imprentas Un capricho de la naturaleza, de la primera; y El quetzal resplandeciente y otros relatos, de la segunda.

Otras figuras internacionales que hicieron lanzamientos de cuerpo presente, fueron el venezolano Luis Britto, que entregó su novela Pirata; y el portorriqueño Luis López Nieves, quien ofreció El corazón de Voltaire, exitosa ficción que le valió en 2006 el Premio Nacional de Literatura en su isla vecina.

Desde la península hasta acá llegaron los aires conmemorativos por el centenario del nacimiento de Miguel Hernández; y el hermoso volumen titulado Poesías facilitó que se ponderara en la Isla al notable intelectual y antifascista español.

Un par de plumas prometedoras en el ámbito latinoamericano: el peruano Edmundo Paz Soldán y el dominicano Junot Díaz, pudieron ser conocidos tras la tirada por Casa de las Américas de las novelas Palacio quemado y La breve y maravillosa vida de Oscar Wao. La creación de Díaz había sido galardonada en 2008 con el celebérrimo Premio Pulitzer.

Este 2010, el mismo año en que a sus admiradores de todo el planeta trastornó el fallecimiento del Nobel portugués, pudieron los lectores cubanos apreciar un título de José Saramago, Las intermitencias de la muerte, que debió conmoverlos como un triste presagio.

Otros volúmenes del acervo universal que los amantes del libro agradecieron hallar en los estantes a lo largo de este año fueron el anónimo Las mil y una noches, símbolo inmortal de la literatura oriental; Todos sus cuentos, del eximio modernista Rubén Darío; las irreverentes estampas que hizo Will Cuppy de figuras famosas, recogidas en Decadencia y caída de casi todo el mundo; del norteamericano fundador del relato moderno, Edgar Allan Poe, una recopilación titulada El gato negro y otros cuentos… Entre las obras de pensamiento es imprescindible aludir a la reimpresión de la joya de James Fraser, La rama dorada; y a la publicación del notable ensayo La bruja del francés Jules Michelet.
Pero todos los títulos mencionados son apenas una muestra. En mi opinión, el 2010 que concluye va a quedar en el recuerdo como un lapso de tiempo venturoso, en el que las editoriales cubanas brindaron mayor satisfacción que en años anteriores al apetito de un público nacional reconocido en el mundo entero por su fervor hacia la lectura.

Conocedores de las reglas del mercantilizado cosmos editorial, los cubanos no soñamos con que en las librerías nativas puedan pulular las novedades de la saga Milleniun, el fenómeno Bolaño, lo último de lo último escrito bajo las firmas Eco, Piglia, Auster, Pynchon, Houllebecq, Vargas Llosa, Coetzee; o de los chicos avalados en los castings de Bogotá 39 y Generación Granta. Mucho menos suspiramos porque los anaqueles se rellenen con los recientes bestsellers de Dan Brown, Grisham, Follet, las ristras Crepúsculo de Meyer y Harry Potter de Rowling, u otros categóricamente más ramplones.

Sin embargo, sí vamos a cruzar los dedos y aspirar a que el impulso del marco editorial patrio por no dejarnos incomunicados con respecto a la producción literaria internacional, aún a contrapelo de las estrecheces económicas, sin aspavientos y a golpe de modestas impresiones, no se extinga en el venidero 2011.

* Si el obstáculo principal para alcanzar este objetivo es la separación entre la esfera de la producción del libro y la cadena de la distribución y venta de los ejemplares, me pregunto si el escollo es tan insalvable de veras cuando, incluso sin salirse de este esquema, no parece imposible la implantación de conteos y estadísticas en los puntos de venta y el consiguiente mecanismo de retroalimentación que traslade la información desde los vendedores hacia las casas editoras. Otra solución, probada eficazmente en otros lares, y sí encaminada ya a corregir el divorcio provocado por la actual organización estructural, consistiría en descentralizar el comercio del libro e implicar a los sellos editoriales con la administración de librerías en donde comercializaran su mercancía editorial.

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