Actualizado el 8 de julio de 2011

En defensa propia

Por: . 11|2|2011

Tengo material suficiente para ficcionar, pero no; explicaré los hechos tal cual. De alguna manera estoy fijando la mayor muestra de compromiso que tendré con las noticas, con el oficio. Lo diré de una vez, sin retóricas: el martes 7 de diciembre del 2010, a las once de la mañana, en los libreros particulares de Tacón y O’Reilly, me robé un libro. O intenté robarme un libro y me agarraron.

Pero eso no fue lo primero. Lo primero es el Malecón.

Temprano en la mañana observo esas olas enormes que se deshacen en el muro y expanden en el viento su cuerpo fragmentado. Espero a una amiga. Ya llega. Mi amiga me busca para que la acompañe a la Habana Vieja y le sugiera algún libro, un clásico raro, de los que escasean. El novio cumple años, es lector. Le digo con la mano que me espere (estoy en un séptimo piso) y echo un último vistazo al mar revuelto, incómodo. Lavo mi cara, reviso la cartera. Tengo todos los carnets y los últimos quince pesos de la semana. Me puse dos abrigos, una bufanda. Igual tengo frío. Parece un frío eterno, sin remedio. Entonces no me preocupo y corro y salto y de dos en dos bajo las escaleras.

Pasada media hora llegamos al casco histórico. Me dejo enredar por sus calles, recorridas una y otra vez hasta la saciedad. Turistas, cubanos, negocios, ofertas, exotismo, olor a comida caliente.

–¿Tienes hambre?– pregunta mi amiga.

Sí, tengo hambre, un hambre crónica de algo que esta ciudad no me permite tragar.

–No –le digo–. Nunca desayuno.

–¿Has notado algo?

–¿Qué cosa?

–En una calle todo está hermoso, los sonidos son limpios, platos, cubiertos, cortesía de dependientes; y en la otra, cuando doblas, todo está feo, los ruidos son sucios, calderos, latas, ambiente de solar.

¿Le alcanzará la vida a Eusebio Leal? ¿O esta ciudad rebasa su existencia?

–Sí, es curioso –le digo. Y entre risas seguimos caminando.

La Plaza de Armas. Una manzana entera rodeada de libros. Estantes sin barniz repletos de páginas, de polvo y escritores solitarios, escritores fantasmas, célebres, menores, derechos, zurdos, barrocos, precisos, en fin: escritores…
Recorremos las cuatro esquinas. Aquí hay de todo: antiguas enciclopedias de ciencias naturales con atrayentes forros de cuero, Historia de la geología, recetas de cocina, Para vestir muñecas, análisis que desenmascaran o desenmascaraban la socialdemocracia europea del período entreguerras y resúmenes de los congresos del PCUS.

Está todo Carpentier, hasta sus cuentos menores; Paradiso en cualquier edición; Pedro Juan, tesoro de Anagrama y esporádico de las editoriales cubanas; poesía francesa; antologías asiáticas; Las iniciales de la Tierra; El viejo y el mar en varios idiomas…

Están los vendedores –personajes sin tacha–, mezcla de literatos, bisneros, camajanes, publicistas, económicos, custodios y luchadores, sobre todo luchadores, que aprietan al más depurado estilo Karelin.

–¿Tú eres cubano?

–No me ves la pinta, asere.

–Bueno, entonces te lo dejo en seis.

Hay que tener ganas de leer, deseos de no dormir, ansias brutales de sabiduría; hay que creer de la médula hasta el Morro en el mejoramiento humano para dar el estipendio de dos meses por una novela.

¿Lo más barato de lo que sirve?: Ensayos de Alfonso Reyes: tres dólares. Algo de Vargas Llosa alcanza veinte, treinta dólares cómodamente. García Márquez (el estado lo publica con regular frecuencia) cuesta menos, está en quince, tal vez a diez en algunos puestos.

Simple catarata, ante estos precios Homero de un soplo recobraría la vista. Ni mi viejo en su juventud. Ni Borges si fuera cubano compraría aquí.

Después de pasear la Plaza varias veces fijo un libro. Un libro que quiero desde hace algún tiempo. Está debajo, en el extremo derecho de un estante. Lo cojo. Lo miro. Lo manoseo. El vendedor, mulato de ojos nobles, me mira. Hago que no lo noto y pongo el libro en su lugar. Me rasco la cabeza que desde ayer me está picando. Le pregunto a mi amiga si ya se decidió. Dice que no. Sugiéreme, dale. Cómprale uno de Pedro Juan, le digo, Melancolía de los leones, que es un libro bueno. Mentira, es de los peores del autor, pero es el más barato, y de plano la injerencia del dinero –la necesidad de subsistir– prima sobre los gustos, sobre la calidad literaria.

Mi amiga por fin compra. Saca sus ahorros de una carterita de flores malvas, un único billete enrollado que despierta de un largo sueño, de un esfuerzo de meses para al fin largarse a la vida de mano en mano, de transacción en transacción, de bolsillo a bolsillo.

A mi amiga le sobra algo de dinero. Caminamos hacia otro estante. Un señor carismático (tendrá unos sesenta años) pregunta si buscamos algo en específico. Tiene la boca ladeada. La luz le da en la cara, una especie de luz más bien, como un espectro. Algo que no le daña la mirada, al contrario, le otorga un aire interesante, de boxeador triturado por la vida. Veo una edición maltratada de La muerte de Artemio Cruz. Cien pesos, me dice. ¿Cuál?, le digo. Sí, esa, me dice, la de Carlos Fuentes, la que estás mirando; cien pesos y es tuya. Nos quedan noventa pesos, dice mi amiga. Se las dejo en ochenta y nueve, dice el tipo, y mi amiga cede. El viejo la mira con ternura, con toda la ternura que es capaz de expresar un guerrero de los años. Si ella hubiera seguido regateando le habrían regalado la novela.

Ya nos íbamos, juro que ya nos íbamos, pero en el fondo, o no tan en el fondo, yo sabía que no me podía ir. Lo voy a hacer, le dije, y mi amiga me dijo que sin miedo, que avanzara. Fue rápido. Tan rápido que ni siquiera recuerdo bien.

Mi amiga se atravesó entre el mulato de ojos nobles y el extremo derecho del estante y yo escondí el libro entre mi pantalón y mis testículos. Disimulamos algo. Quise mirar las estrellas, pero no había estrellas. Quise mirar la luna, pero no había luna. Quise que alguien me perdonara, pero no había nadie para perdonarme. Vi que la gente no notaba mi presencia, entonces no esperé más y me largué.

Ahora sí… por razones obvias no es necesario confesar que ahora sí me marchaba, que me piraba pa’l carajo de aquel lugar mezquino, pero el mulato dijo a mis espaldas que oyera y que me parara, sí, tú, espérate ahí, y supe que aquello era como la noche, o sea, ya no tenía remedio.

Forcejeamos un rato, poco más de un minuto. El hombre tenía buenas intenciones, nada de peleas, ni acusaciones, ni denuncias. Déjame ver la mochila, socio, decía. No enredes esto, asere, dame el libro y piérdete. Puso su mano en mi hombro. La sentí como un bloque sobre mi cuerpo, como el filo de lo desconocido. Abrí mi mochila y le dije: mira, no tengo nada. Examinó toda mi ropa. Nada de nada. Lo tenía vencido. Se movía en círculos, pasó la mano de mi hombro a su frente. Sicológica o emocionalmente –no sé– estaba destrozado. Pero los ojos, los ojos de mi amiga empezaron a humedecerse. Empezó a quebrarse. El rostro se le desencajó. Pálido. Inmóvil.

–Déjame ver tu bolso, princesa, hazme el favor.

Mi amiga suplica con la mirada. Y de suplicar y pedir ayuda pasa a gritar socorro, a pedir auxilio, a dar alaridos, a implorarle al prójimo, y todo eso dentro de los óvalos femeninos de sus ojos.
Me acerco, le digo que no tema. Agarro su bolso y vislumbro el charco pantanoso en el que estoy metido, la pasividad intelectual, la monotonía de los estudios, sin aprender de nada, o de casi nada, que no es lo mismo… preso de las lecturas, sin riesgo alguno, conociendo lo que va a pasar mañana, y pasado mañana, y la semana que viene, y elaborando con paciencia el capítulo metodológico y el marco teórico de la tesis de graduación.

El mulato grita. Las personas miran. Se suman algunos. Son varios ruidos caóticos, fragmentos, flashazos dispersos, éxtasis, velocidad. Sé que no puedo parar. Tengo miedo del delirio. Me estoy quemando, pero sigo corriendo. Pienso en mi madre, en el sillón de la abuela y en la abuela, en la cerveza del abuelo, recuerdo algo de la infancia, risas, juegos, cuando nada tenía demasiada importancia. Acelero, esquivo, tropiezo sin perder el equilibrio. Cójanlo, cójanlo, y yo también grito cójanlo, es un ladrón vulgar, un ladrón disfrazado de estudiante, con bufanda y camisa recatada, con cara de inocente, todo un pueblo detrás de él, es demasiado, es un abuso, es un abuso y un francés (todavía no se sabe que es francés) que le pone una zancadilla, sí, es un muchacho que se revuelca, que se levanta a tientas, que sangra por los codos y las rodillas, sí, es un delincuente común, un gran perverso, pero por favor, todavía no lo sabe.

Obviamente, pido disculpas al mulato, que pone su mano en mi hombro (su mano ahora pesa el doble, es insoportable) y me pregunta por qué, por qué, chama, pero yo no puedo responderle, no sabría explicarle la causa, no le digo nada, ni que es demasiado complicado ni que él no entendería, solo le pido disculpas y disculpas como un autómata y le digo que el precio, que tiene que bajar el precio, que los libros están muy caros, más caros que la comida, y que eso no es normal, aún falta para que algo así llegue a ser comprendido, y lo miro con pena por última vez, cuando un policía mestizo y bajito me hala de la mano y me coloca de frente a la cámara de seguridad. Pide mi carnet y la pena se transforma. El francés se acerca y habla algo con mi amiga. La multitud comenta. Empiezo a sentir orgullo, orgullo y soberbia. El que roba un libro no es ladrón. Son estudiantes y no tienen dinero. Y son hasta novios, dicen. Hablan por comentar algo, cualquier cosa. El gesto es lo que cuenta. La emprenden con el mulato: regálale el libro, viejo, eso es lo que tienes que hacer.

Vengo y regreso de mí constantemente. Siento vergüenza y placer. Soy una masa humana desecha y un portento de héroe. Soy el horror de la familia y el adalid de los que se la tienen que buscar a diario. Soy un joven en una acera de una calle y soy yo en el centro del universo. Soy, en definitiva, alguien que acaba de aprender que los límites existen, y son inviolables. Me tocó leer, no robar. Ir a la universidad, no a la astucia de los barrios. El policía se encarga de recordármelo. ¿Y tú a qué te dedicas, eh?, que ni llevarte un libro sabes. Aprendo a escribir, le digo, y me responde que él es más chantajista que yo, eso, me dice eso, lo dice así, me susurra con cinismo burdo: no te me haga el gracioso, que yo soy ma’ chantaji’ta q’ tú. Pero las policías (son cuatro), santiagueras hermosas, mulatas celestiales, me defienden y se suavizan, copian mis datos como si fuera una diversión de niños, una tarde de domingo, y yo me alegro, entre la timidez, la cobardía y la insolencia saco fuerzas, me abro paso y dibujo una sonrisa, porque para un indeciso no hay mejor apoyo que el de las mujeres.

Ellas hablarán conmigo, me aconsejarán (tienen mi edad), me preguntarán por el libro. Qué novela era. Sí, muchacho, anda, dinos, qué novela te hizo perder la cabeza. Y asombrado de las minucias, de la curiosidad intrascendente que puebla la condición humana les diré que la novela, señoritas, no es lo importante, y que la novela, fíjense bien, la novela… es lo terrible.

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