Actualizado el 13 de junio de 2011

45 años de El Caimán

Elogio de lo efímero

Por: . 21|5|2011

No lo puedo negar: pertenezco a ese maravilloso reino de seres afortunados que viven fervientemente enamorados de sus profesiones. Cuando allá por 1981 decidí optar por la Licenciatura en Periodismo, no tenía plena conciencia de la grandeza del universo en que me adentraba.

Hoy confieso que, entre esta suerte de historia de lo diario y poesía de lo cotidiano que es el trabajo del periodista y yo, existe una especie de pacto secreto, que me sujeta por un hilo invisible pero latente al ejercicio de la profesión; más allá de que en los últimos tiempos, el quehacer en el mundo académico cada vez tire con mayor fuerza de uno de mis costados.

Es que el amor al periodismo lo llevo bien adentro, y por ello más de una vez he pensado que no hay aventura tan sublimemente subyugante como esa de enfrentarse a una cuartilla (real o virtual, como es en la actualidad) en blanco y estar consciente de que hay que llenarla con algo que valga la pena. De seguro, amigos míos, eso es un verdadero reto a la imaginación y al talento individual.

Por todo lo anteriormente expresado, no comparto la opinión de aquellos que estiman que las voces del periodismo son voces perecederas, fruto de la fugaz actualidad, con ella agonizan y basta un día para convertirlas en ceniza irremediable.

Los que piensan así, defienden el criterio de que donde muere la novedad se agota el valor del mensaje periodístico. Ahora recuerdo —que es algo así como volver a vivir— las acaloradas discusiones que, durante mi tránsito por la Facultad de Artes y Letras, sostuve con hermanos estudiantes de Filología e Historia del Arte. Ellos me echaban en cara el triste destino casero del papel de revistas y periódicos, condenado a los más ingratos (pero necesarios) usos; y por ende, era preferible encaminar los esfuerzos a la publicación de libros.

Quienes se manifiestan de tal modo, olvidan que prácticamente todos los grandes escritores del pasado y del presente han ejercido, en uno u otro momento de sus vidas, el periodismo, no únicamente por necesidad económica sino, también, por llegar a la gente que no lee libros. Cuando allá por el lejano siglo XVII, Don Francisco de Quevedo rasgaba el papel con su pluma de buitre en el sotabanco de los mesones y llenaba su tiempo de obras jocosas, así como de escritos costumbristas, críticos y satíricos y que eran siempre folios cortos, de la dimensión de una columna de un periódico de nuestros días, no resulta un dislate afirmar que el gran Quevedo estaba inventando —de cierto modo— el periodismo, dos centurias antes de la aparición del mismo.

Igualmente, vale recordar que en el siglo XVIII, Voltaire incurre en ese género corto y satírico, literario y faltón, que, según el parecer de estudiosos del tema como Francisco Umbral, resultó ser la más lograda, vocacional y eficaz de sus dedicaciones. Y es que no pocos investigadores de los asuntos de la comunicación han llegado a la conclusión de que Voltaire dio al francés el instrumento de la polémica, creó la lengua improvisada, rápida, concisa, del periodismo. Con solo estos dos ejemplos hay sobradas razones para no dudar de la dignidad literaria del género.

Lo cierto es que las dignidades y otredades que hoy erigen y edifican lo mejor del buen periodismo, ese que se ha intentado hacer (en algunos momentos con más, y otros con menos acierto) por espacio de cuarenta y cinco años desde las páginas de El Caimán Barbudo, proceden de la Filología que, como ciencia, no se queda en el objeto–palabra, sino que persigue desplegar la palabra en toda su magnitud antropológica de significación, de lo cual (en opinión de Ortega y Gasset) vendrá una explanación del mundo y del hombre, que ha hecho el lenguaje, aunque quizá sea al contrario.

Refiriéndome de manera específica al plano estético y para discrepar con quienes opinan que todo cuanto aparece impreso como libro tiene abierto el camino a la perennidad, o, más humildemente, los rumbos conducentes a una aceptable vigencia temporal; me parece necesario acotar que quienes ponen su escritura solo al servicio de la preparación de un libro y no prestan cooperación a la “modesta” revista o al “simple” periódico, olvidan cuántos escritores han visto los ejemplares de sus obras apilados en las librerías por causa de la indiferencia de los lectores. No son pocos los títulos que permanecen como un fósil en las bibliotecas, envejecidos en el sentido fatal del término, que nada tiene que ver con la nobleza de un tomo añoso, condenados por la anemia estética y la endeblez conceptual que sus autores les imprimieron.

Considero oportuno acotar que no todo lo aparecido en un órgano de prensa está llamado a ser luz de una hora escasa. La historia del periodismo cubano así lo demuestra. Por mencionar un caso, téngase en cuenta que los materiales que conforman La edad de oro, libro capital de nuestra literatura infantil, fueron concebidos por Martí como partes de una revista destinada a los niños latinoamericanos. Y algo similar puede afirmarse de lo acontecido en el presente siglo. Nombres fundamentales de nuestras letras como Alejo Carpentier y José Lezama Lima hicieron sentir más de una vez la cautivante densidad de la prosa de ambos, primero en las columnas de un diario o una revista y sólo más tarde en el marco de un volumen.

Por supuesto que para hacer literatura desde el periodismo no basta con necesitar dinero, sino que hay que saber pulsar este modo escritural como pasa con el músico que hace un solo desde su instrumento o como se arma un soneto con sus reglas y medidas; y aquí es donde se traba el paraguas, pues con impresionante frecuencia las leyes de la comunicación y del periodismo son pasadas por alto. Hay grandes escritores que jamás han sabido escribir un artículo y, a su vez, hay articulistas que nunca han dado la medida de otro género.

Quien haya hecho una revisión de lo publicado en El Caimán Barbudo desde su fundación en 1966, estará de acuerdo conmigo en que muchos de los textos aquí aparecidos merecerían recogerse en libros, dada la coherencia y calidad de tales textos que tienen la virtud de saber jugar en un recuadro con una metáfora, una idea, una noticia, una imagen, la actualidad alarmante o con una simple anécdota. Sucede que detrás de un aparentemente perecedero trabajo periodístico, el autor que es filósofo segrega filosofía siempre, y el que es poeta segrega lirismo siempre, y el que es sabio segrega sabiduría.

Los que se consideran “escritores puros” piensan de seguro que eso no vale la pena; pero luego resulta que el público lee, asimila, se informa y hasta se educa con viejos textos como esos publicados en este tabloide por personajes como los miembros de la Primera Generación de El Caimán, o los que desde las páginas del entonces mensuario y con los aires de renovación de la época, en la segunda mitad de los 80, contribuyeron a reconstruir el tejido del campo cultural de nuestro país con sus escritos caimaneros, auténticos ejercicios del pensamiento y que anunciaban el despertar de la ensayística nacional producido en los 90, por tantos años sumida en el más profundo letargo.

Resumir, pues, los 45 años de existencia de El Caimán Barbudo es la tarea del indio y yo no lo intentaré. Empero, sí me atrevo a asegurar que los diferentes números de la publicación que han circulado hasta el corriente de mayo–junio de 2011, conjunto de materiales en el que se incluyen suplementos como aquella muy recordada Naranja Dulce, están llenos de literatura periodística, que no es otra cosa que literatura. Porque quizá lo que en el presente se suele llamar “columna” resulte el más moderno de los géneros literarios

Hoy no son pocos los que continúan esa hermosa tradición legada por tantos grandes maestros del periodismo cubano; y una nueva hornada de muchachos y muchachas, recién graduados o en formación en las aulas universitarias y con la ventaja de querer comerse el mundo porque no tienen nada que perder, se dispone a abordar con las mejores armas las urgencias de nuestro tiempo. Y en ello, el aspecto estético también es de primera importancia, pues escribir bien puede aportar al periodismo un tonelaje de filosofía y humor, una cultura pasada y paseada por la calle

Por lo pronto, en mi caso les juro que me olvido de encasillar mis escritos en este o aquel género y cada vez pienso menos en las diferencias entre el lenguaje periodístico y el literario, porque lo imprescindible es hacer llegar el mensaje. Igualmente, la experiencia de figurar ya por varios años en la nómina de una revista como El Caimán Barbudo, me ha hecho ser consciente de que la vitalidad de un texto no depende del medio donde aparece sino de la sensibilidad de quien lo recoge, y que para ofrecer sus encantos, tanto valen el libro como el periódico, la revista como el folleto. Por ello, cuando inmersos en una especie de locura nos abocamos a la hora del cierre de la publicación para irse a imprenta, en la familia caimanera nos guía la idea de que la buena literatura deambula hoy sin complejos por el vasto mundo de la letra impresa.

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