Actualizado el 5 de septiembre de 2014

Sobre una opinión de Roberto González Echevarría

Por: . 13|5|2011

Roberto González Echevarría. Foto: © Ade CastroEl pasado 10 de marzo de 2011 —cuando el presidente de los Estados Unidos acababa de condecorar al profesor de Literatura Comparada Roberto González Echevarría con la Medalla Nacional de las Humanidades—, Luis Manuel García Méndez, periodista cubano radicado en Madrid, preguntaba al prestigioso intelectual, como parte de una entrevista para Cubaencuentro: “¿Cómo ves el estado actual de la literatura cubana y sus perspectivas?”. Ni corto ni perezoso, esta fue la respuesta del entrevistado: “La cultura visible en Cuba, la que el régimen promueve, es un desastre.”

Había leído ya un dictamen similar, expresado por el destacado investigador cubanoamericano en otra entrevista, la publicada por el joven escritor Jorge Luis Rodríguez Reyes en el blog Cubanos de Kilates, que edita el también escritor y periodista villaclareño Luis Machado Ordetx. En aquella ocasión, los planteamientos de González Echevarría sobre la literatura que se escribe en la Isla (y extensivos ahora a la cultura cubana en general) fueron devastadores.

Al calor del momento —que luego fue menguando según pasaron las semanas, y que solo consiguió avivar esta nueva estocada descalificadora—, escribí un artículo que en alguna medida pretendió ofrecer una opinión reivindicatoria. Machado Ordetx me hizo el honor entonces de colgarlo en su sitio. Ahora lo pongo a disposición de los lectores de El Caimán.

DISCREPANCIAS CON UNA VISIÓN ESCÉPTICA SOBRE LA LITERATURA CUBANA

Hace poco, en una de las tardes habituales de Trovando, la peña consagrada a la canción de autor que el piquete de El Caimán Barbudo, encabezado por Fidelito, protagoniza —en colaboración con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM)— cada miércoles desde las cinco de la tarde en el patio-bar de los añejos estudios que la disquera mantiene en el corazón de Centro Habana (San Miguel entre Lealtad y Campanario), escuché decir a Bladimir Zamora, nuestro redactor más antiguo en rol de anfitrión, que durante toda su vida había escrito simple y llanamente “lo que le había dado la gana”. Al respecto me quedé pensando.

Puede que sea cierto lo expresado por Bladimir (no solo en cuanto a él atañe). Ocurre que, efectivamente, no suelen acercarse personajes temibles a los periodistas y escritores cubanos para dictar en sus oídos el contenido de un texto. Aunque algunos se empeñen en ocultarlo: escribir con dignidad es para muchos un karma. En cambio, de la misma manera es cierto que a la hora de construir un artículo de opinión, un ensayo, no se tiene a mano siempre toda la información requerida (en extensión y actualidad) como para darse el lujo de discutir y apreciar el asunto sobre la base de un conocimiento inobjetable. Yo, por ejemplo, escribo en mi propio ordenador en la sala de mi casa, a la que no llega Internet y desde la que no accedo a otro saber que no esté en los libros (en ediciones no necesariamente recientes) y en las revistas y artículos (en formato digital o impreso) que me facilitan amigos o que rastreo en la red desde lugares con conexión disponible. Esa circunstancia no me impide el trabajo, aunque lo obstaculiza, lo retrasa, colocándome —como a cualquier autor— en una posición desventajosa frente a quienes en otras partes del mundo (y dentro de la propia Isla) cuentan con el mencionado beneficio.

Exactamente eso me está ocurriendo justo ahora, cuando acabo de regresar de Sagua la Grande, ciudad del norte villaclareño en la que no nací, pero donde viví durante veinte años. Ciudad en la que crecí, me formé, amé y tuve amigos, ¿cómo no sentirla mía? Ciudad injustamente olvidada, pienso (y por tal pensamiento, en tanto subjetivo, me responsabilizo hasta sus últimas consecuencias) y en la que (otra vez un amigo) me facilitó la entrevista que realizó el escritor cubano Jorge Luis Rodríguez Reyes (a quien no he tenido el honor de leer) a otro cubano —sagüero además— cuyo nombre me resultaba hasta hoy desconocido: el doctor Roberto González Echevarría.

¿Cómo es qué no conozco a este paisano?, me pregunté azorado y con la mayor diligencia establecí contacto con otro sagüero (¡que todavía reside en Sagua!) y que atesora toda la memoria cultural de que se pueda tener noción, si de la Villa del Undoso se trata: Jorge Sansón.

Roberto González Echevarría. Foto: © Ade CastroJorgito, que ha vivido durante siete décadas en su modesta casa de madera de la calle Céspedes, le recuerda perfectamente: La madre de Roberto, la doctora Zenaida Echevarría, fue profesora de filosofía en el Instituto de Sagua (donde estudió Sansón y donde más tarde estudié yo mismo, transformado ya en Preuniversitario Miguel Diosdado Pérez). Por los motivos que fueran, Roberto González Echevarría partió de su ciudad natal rumbo a los Estados Unidos, al parecer siendo todavía un adolescente, sin que a mi fuente le resulte posible precisar el año. En aquel país completó su educación, se doctoró e hizo su vida, atesorando tanto mérito como puede verificarse en el currículum que por sí mismo nos ofrece:

Roberto González Echevarría. Sterling Professor of Hispanic and Comparative Literature, Yale University. Doctorado en lenguas románicas por Yale en 1970, ha recibido doctorados honoris causa de Colgate University en 1987, la University of South Florida en el 2000, y Columbia University en el 2002. En 1999 fue electo a la American Academy of Arts and Sciences. En noviembre del 2002 la Universidad de Puerto Rico, Arecibo, celebró un simposio en honor suyo. En el 2004 la revista Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid), No. 33 (2004), le hizo un homenaje. Fue profesor en Yale de 1970 a 1971) y en Cornell de 1971 a 1977, donde estuvo entre los fundadores de Diacritics, revista dedicada a la teoría crítica. Desde 1977 está de vuelta en Yale, donde ocupa la cátedra Sterling Professor of Hispanic and Comparative Literature. Las cátedras Sterling son las más prestigiosas de Yale, habiendo sido ocupadas en el pasado, en literatura, por René Wellek, Erich Auerbach y Paul de Man, y en la actualidad por Harold Bloom. Imparte cursos de literaturas hispánicas de ambos lados del Atlántico (Rojas, Cervantes, Lope, Calderón; Carpentier, Borges, Neruda). Ha sido jefe del Departamento de Español y Portugués de Yale por dieciséis años y también ha dirigido el Programa de Estudios Latinoamericanos. Ha dado conferencias en Estados Unidos, Canadá, Hispanoamérica y Europa, y fue el primer hispanista en dirigir un seminario en la School for Criticism and Theory. En 2001 dio conferencias en Oxford, Cambridge, Berlin, y UCLA; en el 2004 en Salamanca, Roma; en el 2006 en Santiago, Chile, y en el Colegio de México, y desde entonces en Madrid, Berlín, París, Nueva York, etc. En el 2002 pronunció las DeVane Lectures, el ciclo de conferencias público más prestigioso de Yale, sobre el tema del amor y el derecho en Cervantes. En el 2003 dio una serie de seminarios en la Universidad de Columbia sobre las crónicas del descubrimiento y conquista. En el 2004 pronunció la Cervantes Lecture en la conferencia anual de la Modern Language Association of America. Hablante de español, inglés, francés e italiano, estudia las literaturas en esos idiomas, pero su especialidad es la literatura española del Siglo de Oro y la hispanoamericana colonial y moderna. Activo en cuestiones de teoría, ha sido o es miembro de la comisión editorial de revistas como The Yale Journal of Criticism y The Yale Review. Es actualmente o ha sido miembro de las de la Hispanic Review, Hispania, Revista Iberoamericana, y otras revistas norteamericanas, hispanoamericanas y europeas. Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, la National Endowment for the Humanities, el Social Science Research Council y la Fundación Rockefeller, entre otras. Su libro Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (Cambridge, 1990) recibió premios de la Modern Language Association of America y la Latin American Studies Association. Su CD Rom Miguel de Cervantes fue galardonado por la revista Choice; The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball (Oxford, 1999) ganó el primer Dave Moore Award (Most Important Book on Baseball, 2000). Otros libros: Relecturas (1976), Calderón and la crítica (1976), Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), The Voice of the Masters: Writing and Authority in Modern Latin American Literature (1985), La ruta de Severo Sarduy (1986) y Celestina’s Brood (1993). Co-coordinador de la Cambridge History of Latin American Literature (1996) y editor del Oxford Book of Latin American Short Stories (1997). En 1999 Almar (Salamanca) publicó En un lugar de La Mancha: estudios cervantinos en honor de Manuel Durán, co-coordinado con Georgina Dopico-Black. El Fondo de Cultura Económica de México sacó traducción de Myth and Archive (Mito y archivo), Colibrí de Madrid de Celestina’s Brood (La prole de Celestina), y Verbum de The Voice of the Masters (La voz de los maestros). En el 2002 el Fondo de Cultura publicó Crítica práctica/Práctica, colección de ensayos sobre literatura hispanoamericana. Ha publicado con Cátedra, de Madrid, ediciones críticas de Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, y De donde son los cantantes, de Severo Sarduy. En el 2005 la Yale Press publicó Love and the Law in Cervantes (que publicó Gredos en el 2008) y Oxford Miguel de Cervantes’ Don Quixote: A Casebook. Autor de cientos de artículos y reseñas en revistas especializadas norteamericanas, latinoamericanas y europeas, es colaborador frecuente en The New York Times Review of Books y otras publicaciones periódicas como The Wall Street Journal, The Village Voice, The Nation y USA Today. Su obra ha aparecido (o está en vías de aparecer) en español, portugués, francés, italiano, alemán, polaco y persa.*

No me avergüenza mi ignorancia. González Echevarría ha sido publicado en Cuba muy escasamente. Para puntualizar: en una sola ocasión, que yo sepa, cuando la revista Temas que dirige el prestigioso intelectual Rafael Hernández incluyó en sus páginas un fragmento del libro sobre el béisbol cubano, el cual, según cuenta su autor a Rodríguez Reyes en la mencionada entrevista, le “censuraron”, omitiendo pasajes relativos a la presencia de apostadores en lo que llama “Stadium de La Habana”, que cualquier cubano del lado de acá reconocería como el Latinoamericano.

“Desde luego que me gustaría publicar toda mi obra en Cuba”, aduce Roberto en otro momento de la entrevista; y añado: desde luego que nos gustaría a nosotros que se publicara. A estas alturas, quién podría calcular a cuánto ascienden las pérdidas que, en concepto de riqueza intelectual, hemos sufrido las generaciones que crecimos y aprendimos al margen de la actividad de este cubano que se reconoce como tal en cuanto afirma: “Yo no soy cubano-americano, yo soy cubano, y con lo que he contado arriba no quiero dar a entender que soy bicultural. Soy cubano pero me manejo en otras culturas con soltura, sobre todo la inglesa, pero en mi fuero interno no dudo de quién o qué soy”.

No solo el béisbol, también la literatura insular inquieta a González Echevarría, habiéndole inspirado cuando menos un ensayo “sobre el canon cubano” que escribió para ser sincero consigo mismo, según confiesa, “y para sacudir un poco la mata, porque la política, los amiguismos, y las ambiciones organizadas de burócratas aspirantes a escritores (que controlan viajes de los del patio y visitas de personalidades del exterior), han creado una serie de valores falsos”. A simple vista, el acercamiento de González Echevarría a los ambientes literarios de la Isla debe haber sido muy íntimo (al menos en alguna etapa), atreviéndome incluso a asegurar que debió sostener contactos sistemáticos a determinado nivel con las autoridades culturales cubanas, entre quienes tal vez tuvo oportunidad de atisbar las veladas aspiraciones literarias de ciertos burócratas consumados. Solo así se justifica una declaración tan rotunda. ¿Tenemos en verdad tantos escritores-burócratas en Cuba? No huelga que González Echevarría encontrara ocasión de refrescarnos nombres.

No se trata de ironizar gratuitamente, porque las actitudes sustentadas en sentimientos mezquinos jamás aclaran el entendimiento y mucho menos ayudan al establecimiento de verdades. Pero se me escapa (en buen cubano: tengo en la punta de la lengua) una interrogante que no puedo atajar por más tiempo: Cuando González Echevarría afirma sin tapujos de ninguna clase que “la calidad de la literatura cubana en la isla en la actualidad es muy baja por lo que se puede observar”, ¿a qué tipo de observación alude? ¿Al seguimiento minucioso de cuanto se ha escrito y publicado en Cuba durante las últimas dos o tres décadas? ¿Se refiere al menos a la lectura inteligente y desprejuiciada de buena parte de ese cúmulo escritural, que por razones espacio-temporales bien merece ser considerado como “la literatura cubana contemporánea”? Aclaro: un escritor cubano es un escritor cubano, no importa donde viva. Augusto de Armas, poeta decimonónico que vivió en París y concibió la mayor parte de su producción poética en francés, no deja de ser por esa razón un escritor isleño. Sobre tal presupuesto, no resulta ocioso catalogar como “literatura cubana contemporánea” a todo lo que se escribe actualmente por autores cubanos, dentro y fuera de la Isla. En mi modesta opinión.

Entonces véase la pregunta del entrevistador, que puede parecer ingenua: “¿Y a la literatura cubana de dentro de la isla cómo la ve? Porque se publican en el exterior obras con una visión muchas veces clonada. Enfoque que corresponde, casi siempre, a intereses extraliterarios, etc.…”. ¿A qué zonas de la literatura cubana de dentro de la isla apunta Jorge Luis Rodríguez Reyes cuando hace mención de las obras que “se publican en el exterior”? ¿No suena paradójico? Es decir, la literatura cubana de “dentro de la isla” se publica esencialmente “dentro de la isla”. Por otra parte, ¿en qué consiste la “visión clonada” presente en dichas obras? Una aclaración al respecto me parece indispensable, so riesgo de que un por ciento estimable de lectores no consiga descifrar la incógnita.

En un alarde de extravagancia González Echevarría le responde: “tal vez haya grandes obras que se están haciendo al margen de la cultura oficial… nadie quita que haya un Kafka cubano en Camajuaní, que está escribiendo una obra monumental”.

¿Al margen de qué cultura oficial puede que se esté escribiendo esta obra monumental en Cuba? ¿Podría Roberto González Echevarría o alguien definir con absoluta certeza dónde comienza y dónde termina la llamada “cultura oficial”? ¿Es “cultura oficial” todo lo que se publica en la Isla, sin importar el tono panfletario o lo abiertamente crítico del texto para con la situación reinante? Cuidado: los matices son diversos. Pero las posibles “grandes obras” de la literatura cubana contemporánea no dependen precisamente de la oficialidad (tampoco de la marginalidad, por cierto). Las “grandes obras” de la literatura han estado siempre y estarán en manos del tiempo. Lo conoce con toda seguridad un entendido en el Siglo de Oro español.

Puede que no exista en este momento un narrador de la estatura de Kafka en Camajuaní (y en ninguna otra región de Cuba). Pero no nos faltan excelentes escritores a quienes acompaña el talento, la formación y el esfuerzo, si bien no la promoción, la posibilidad de ser editados y leídos dentro y fuera de la Isla (por las razones que se quiera y que no voy ni siquiera a intentar dilucidar aquí). ¿Hasta cuándo van a permanecer en ese anonimato? Es difícil predecirlo. Pero es seguro que mantendrán dicho status —entre otros fatalismos— mientras nuestros académicos prestigiosos y mejor ubicados (de nuevo: sin importar las razones que determinan esa “mejor ubicación”) se limiten a ignorarlos y a afirmar festinadamente que la calidad de la literatura que hacen es muy baja. Menuda demostración de solidaridad nacional. Lo apropiado sería que les leyeran (no olvidar que el autor de la entrevista es también un escritor cubano que, por demás, vive en Cuba).

Tal vez me equivoque. Tal vez el entrevistado es todo un estudioso de la pésima literatura que engendran sus coterráneos de hoy. Sin embargo, no me lo parece. Y si estuviera yo en lo cierto, me gustaría recordar que el desconocimiento no es pecado. Concretamente: mi impresión es que Roberto González Echevarría no tiene noción exacta de lo que está ocurriendo con la literatura cubana en este preciso instante. Su pecado estriba en no reconocerlo. En valorar desde el prejuicio, desde la falta de elementos. La respuesta de González Echevarría a la pregunta de su entrevistador pudo ser bien escueta: “No me atrevo a emitir un juicio definitivo sobre la calidad de la literatura cubana que se hace dentro de la isla, no he leído lo suficiente”. Pero no lo hizo. Optó por denigrarla.

No consigo entender por qué. Un intelectual como Roberto González Echevarría no necesita reafirmarse: su trabajo le respalda, sus libros, sus artículos, su labor profesoral, su prestigio como conferencista. Conocedor profundo de la literatura española y latinoamericana, no está de ninguna manera obligado a vender una imagen de especialista en todas y cada una de sus periodizaciones. Lezama, Carpentier y Cabrera Infante no son la literatura cubana, representan el canon para algunos, mas no definitivamente “el canon”.

El “libro total de la literatura cubana” que reclama Jorge Luis Rodríguez en la introducción a su entrevista, tendría que escribirse con todas y cada una de las “luciérnagas”, falsas o no, y con todas y cada una de las “sombras”, hermoseadas o no. Porque ¿a quién se concederá el privilegio de asignar las etiquetas? ¿A nuevas hornadas de “parametradores”? ¿En nuevos quinquenios grises?

Es que no puede haber historia total con exclusiones, para bien o para mal. En su momento, Roberto González Echevarría entrará a formar parte de ese “libro total” junto con muchos de los escritores e intelectuales cubanos (sus contemporáneos de dentro de la Isla) que ahora menosprecia. Ya lo verán.

En espera de ese momento, me encantaría proporcionarle a este sagüero ilustre algunos nombres, incluso algunos libros, si la maldita circunstancia del agua por todas partes no me lo impidiera.

No tendría en ese caso necesidad de encontrar argumentos para objetar su opinión, aspirando simplemente a ofrecerle la oportunidad de cambiarla.

* Reproducido íntegramente de la entrevista realizada por Jorge Luis Rodríguez.

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