Actualizado el 2 de julio de 2011

El Caimán y yo

Por: . 10|6|2011

Aunque lo parezca, no me refiero a una riesgosa aventura con “caimanes” en la Ciénaga de Zapata o en el sur de la Isla de la Juventud. Hablo sencillamente de mis vínculos con esa noble publicación nacida en el ámbito cubano de la “Década Prodigiosa”, que entonces —cuando el pensamiento burocrático no había llegado demasiado a los predios editoriales— recibió el simbólico y casi caricaturesco nombre de El Caimán Barbudo. Se trataba de una designación que respondía a esa mística revolucionaria del guerrillero rebelde, convertida en definición de la épica de un pueblo. Se trataba de partir de una isla con “barba” joven, que servía como visión identitaria de todos los que en esa época —independientemente de la edad— creíamos en el camino de justicia, libertad, equidad y creación espiritual que se había abierto con la novel Revolución de ese decenio.

Mi llegada definitiva a La Habana en 1965, en calidad de estudiante de plástica de la Escuela Nacional de Arte (ENA), me permitió también arribar a un tejido de inquietudes culturales capitalinas que interrelacionaban las apetencias intelectuales y artísticas con los vectores de transformación de la sociedad y el Estado. Era un tiempo de sueños y de polémicas, de cambios de referentes estéticos y búsquedas de foros legítimos donde hablar con pasión y desinterés. Era una especial coyuntura para moverse de modo multiplicado, vincularse a la vez a varios espacios de pensamiento y expresión, sentirse partícipe casi ubicuo de una hermosa aventura que —a nivel criollo— tomaba para sí la utópica idea de entender la imaginación y la poesía como recursos de mejoramiento humano y esfera de poder.

Uno de los proyectos nacidos en esa etapa, a donde frecuentemente asistí, fue a las reuniones y encuentros convocados por aquel juvenil Caimán Barbudo, que no pocas veces hizo de Coppelia su sitio de discusiones. El inspirador Roque Dalton y el grupo que iniciaba la publicación fueron pronto para mí una fuerza inductora, una convocatoria, una ruta donde insertar mis vocaciones en la crítica y la teoría del arte. Allí publiqué muy pronto un primer texto de título “Un pacto con Goya el endemoniado”, y en 1968 tuve la encomienda de conformar —con algunos de los que éramos alumnos de pintura la ENA de Cubanacán— un número especial de esa revista-magazine dedicado a la conmemoración de los cien años de luchas libertarias de la nación cubana. Allí reunimos dibujos y diseños realizados por nosotros con textos de Martí y Guillén, además de expresiones del habla popular. Mis dibujos, colocados en portada, contraportada, reverso de contraportada y viñetas interiores, funcionaron como recurso de unidad gráfica de la totalidad editorial. Más tarde (ya graduado, en los 70) concebí artículos y pequeños ensayos —como “Subdesarrollo y Arte moderno”, o “Arte para vender”, destinados a las páginas siempre vitales, frescas e inconformes que caracterizarían a la mayor parte de la historia de esa publicación emergida en las coordenadas de un abarcador sueño histórico.

Hoy miro hacia lo que ha sido El Caimán Barbudo con una mezcla lógica de sentimientos de alegría y frustración, de admiración y añoranza, de orgullo cultural compartido y espera esperanzadora de un renacimiento del fuego germinador y sincero de aquella época.

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