Actualizado el 27 de julio de 2011

45 años de El Caimán

Orlando Blanco: EL Guapo del Tango

Por: . 26|6|2011

Es el único ejemplar vivo de una especie extinguida. Los otros desaparecieron durante la década de 1990, o murieron, o se fueron del país, dejando una historia inaudita, insólita, dadas las características muy especiales que tiene el tango en Cuba desde 1920. El tango argentino, que llegó a tener en la isla tantos cultores como en Buenos Aires, con orquestas, cantantes, arreglistas y espacios en la radio (Mil Diez)… Vive en plena calle Monte, sobre el trepidante ruido de los viejos motores que transitan locos y la escandalosa y perenne chusmería en la vieja rúa, abajo. Me abre la puerta asombrado: “¿Una entrevista a mí… qué santo se va a caer?”. Su rostro, ademanes, sus gestos y una sonrisa que descubre unos dientes grandes como los de Carlos Gardel, desmienten el mote que ostenta desde sus tempranos comienzos en el gotán: “El Guapo del Tango”, porque este guapo es lo más angelical que hay.

Mis orígenes en el tango los tengo muy claritos, muy vivos…Nací en un conventillo, un solar que antes había sido el famoso cine Cuatro Caminos, en el Cerro, barrio muy tanguero, gardeliano. Me quedo huérfano muy niño y, me crían mi abuela, tíos, mi hermana, y al lado de mi cuarto, vivía mi padrino, tanguero fanático, mi ídolo… Un día, precisamente 24 de junio de 1935, me recuerdo bien, veo aquel hombre corpulento, fuerte, pues jugaba futbol, así, triste, con la cabeza gacha… (llora) “Coño, padrino, que le pasa, ¿por qué llora?”. “Ay, hijo, porque ha muerto el cantor más grande de todos los tiempos”. ¿Qué pasaba? En ese momento —tenía yo 8 años—, estaban dando la noticia en la radio de la muerte de Carlos Gardel en Medellín, Colombia. A mi padrino las lágrimas le salían a borbotones. ¡Coño! Y, ahí, comienzo yo también a llorar como un comemierda…

Yo, además, tenía un tío también muy amante del tango, no, más tanguero todavía que mi padrino… El día más grande mi vida fue aquella mañana en que mi tío me dice: “Sobrino, la semana que viene vas conmigo a ver una película de Carlos Gardel”. Sí, porque en La Habana ya estaban poniendo películas del Morocho y ese día vi El día que me quieras… Óigame, habían pasados solamente unos meses de su muerte. Yo iba a cumplir casi 9 años. Y recuerdo que cuando terminaba de cantar, la sala se venía abajo con los plausos. A mi lado veía a la gente con los pañuelos enjugándose las lágrimas, coño, mujeres, y hasta hombres llorando, hasta los hombres, una cosa increíble, porque cuando un artista triunfa, conquista fácilmente el corazón de otra mujer, pero no el de los hombres… y que esos hombres lloren, es muy difícil. Y Gardel conquistó también el corazón de los hombres, de todos los hombres.

Cuando cumplo 12 años, me mudo a la calle Gloria entre Indio y Ángeles, y me juntaba con muchachos mayores que yo: Luis Gardelito, con un peo de Gardel del carajo… Heliodoro Rodríguez, Paquito el Timba, con una voz gruesa, como la de Hugo del Carril, Ignacio Casas, que tocaba guitarra muy barín, buena, en fin, iba en ese grupo, y cuando me decían Gardelito qué contento yo me ponía, me inflaba de alegría. Imagínate, yo amaba a Carlos Gardel con delirio, era, y es todavía hoy, lo más grande del mundo para mí. Ya, en esa época, me sabía un pedacito de “Amores de estudiantes”: Hoy un juramento, mañana una traición, amores de estudiantes, flores de un día son. De “Soledad”: Yo no quiero que nadie a mí me diga, que de tu dulce vida vos ya me has arrancado. Un pedacito de “Mi Buenos Aires querido”: Mi buenos aires querido cuando yo te vuelva a ver. De “Melodía de arrabal”: Barrio plateado por la luna, rumores de milonga es toda tu fortuna…Y ya, solamente pedacitos, no me preguntes más que no me sabía más… Yo era muy chama, muy niño.

Aquí, en la calle Monte, donde tú entrabas y tenías la pantalla a tu espalda, no de frente a la entrada de calle como todos los cines, ahí ponían muchísimas películas de Gardel… Coño, me acuerdo que un día no tenía el medio (cinco centavos) para entrar, le lloro a Matanzas, el dueño del cine y, nada, nada pero, viene un tipo ahí, me pregunta, y cuando le digo “es que quiero ver a Gardel”.“Coño, cómo no, ven conmigo” y me pagó la entrada… Jamás, nunca olvidaré esa película: Tango en Broadway

Camina el tiempo, camina el tiempo y me fui haciendo hombrecito, y ya con 18 años, conozco a un sastre de apellido Guillot, me ve con esta locura mía por el tango y me dice: “Yo te voy a ayudar, yo soy el padre de Olga Guillot la artista, que canta ahora en la Mil Diez y es una reina allí, tiene mucha influencia”. Y me dio un papelito para la hija, me fui allá y, efectivamente, era el padre de la famosísima cantante de boleros… Llego y me quedo frío ante aquella mulata tan bella, aquel monumento de hembra que era Olga Guillot, la tan famosa después en todo el mundo… “Mire —le digo—, yo soy el muchacho amigo de su papá”. “Ah, sí, ay, pero qué simpático muchacho, qué buena pinta tienes”, me dice. Imagínate, yo con 18 abriles, una figura bacana, con muchos berretines (locuras) en la cabeza… “Mira, te voy a presentar esta misma noche, ve y entrégale la partitura al pianista y habla con el responsable de los concursantes, Humberto de Dios…” Así lo hago. Y el pianista me dice: “Mira, yo me conozco bien este tango, vamos a hacerlo sin el papel, yo te sigo a ti, te apoyo en todo y tu verás qué bien te va a salir”…E hicimos los ensayos con ese tango que me gustaba tanto: Amasado entre oro y plata, de serenatas y de fandango; acunando entre los sones de bandoneones, nació este tango.

Todo el mundo me decía “Oye, pibe, qué voz más linda tú tienes”. Mi voz se parecía a la de Alberto Gómez, que en esa época estaba acabando en La Habana. “Para esta noche —me dice Olguita— debes venir con alguna ropita decente, apropiada… ¿Tú tienes alguna?”. Yo tenía mis muditas de ropa, mi trajecito bobo, muy poca, pero las cuidaba, la vieja me la lavaba y planchaba. Yo siempre me he preocupado mucho por mi presencia, por el buen vestir en el escenario, como hacen lo argentinos.

Sin dejar de caminar, seguía caminando en el tango. Y me fui a la RHC Cadena Azul del gran Amado Trinidad, en Paseo del Prado 53, altos. Yo era muy luchador y mira cómo fue la cosa: allí estaba Candito Ruiz de pianista, estaba también Héctor Riopelle, que era un cantorazo del carajo. Y Candito me hace una prueba y me dice: “Muchacho, tu problema es que te adelantas, te montas sobre el compás. Espera los compases, entradas y salidas”, y entonces toca un tango y Riopelle comienza a tararear mirándome: “Fíjate, tra la la li lán, y entra la voz, esperas los acordes pá’ que entres tú”. Y le metí, y lo hice perfectamente, como un caballo. Esa noche era la competencia entre artistas aficionados, una Corte Suprema del Arte igual a la de CMQ pero la RHC Cadena Azul, lo máximo, la Meca, donde se respetaba mucho a los artistas, les pagaban muy bien, todos los artistas nacionales y extranjeros sólo querían trabajar allí. Trinidad era muy cubano, muy nacionalista, una gran persona…

Pero, cuando miro a la platea, ¿quién estaba sentado allí, mirando el ensayo? Nada menos que Alberto Gómez, y se me enfriaba el cuerpo, las piernas, temblaba de arriba a abajo… ¡Alberto Gómez! Contratado en exclusiva por Trinidad. Le gustaba mucho actuar allí porque ganaba mucho dinero, y además simpatizaba mucho con los cubanos, adoraba a los cubanos. Se me acerca y me dice: “Mirá, pibe, no te pongás nervioso, eso le pasa a todos al principio pero mirá, el publico no muerde a nadie. Tirá pa’lante”. Cabezón él, muy cabezón, ojos saltones, feo, sí Alberto Gómez era feo pero, coño, cuando abría la boca dejaba bobo a todo el mundo…

Pues gané el segundo premio. El primero lo ganó un tal Zarabanda cantando afro, que luego se hizo muy famoso. Me acompañó Candito Ruiz y me dice así, como hablaba él, muy afeminado: “No importa, niño, despreocúpate, yo, si tú te mandas a correr, yo te alcanzo, no te preocupes”. Y gané, me dieron quince pesos, coño, cuando yo vi quince pesos juntos en mi mano no lo podía creer, me parecía que yo era dueño de La Habana.

Uh, canté en muchas emisoras radiales y en todas partes. Los tangueros teníamos el mejor espacio en la radio y en los teatros, y también en los cines, porque entre película y película, metían un show y cantábamos. Mira, Contreras, aquí el tango era una lo-cu-ra, lo oía todo le mundo en La Habana y en toda Cuba. Tú ibas por la calle y de todas las casas salía el tango de la radio… Tango, tango, después de Montevideo y Buenos Aires, La Habana. Caminabas Manrique: Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar, como ríe la vida… Caminabas Escobar: Arrabal amargo, metido en mi vida como la condena de una maldición… Ibas por Salud: Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser… Era una epidemia de tango, lo mismo negros, que blancos, que chinos… Qué triste hoy, no hay nada de tango aquí, todo el ambiente del tango murió con la llegada de la crisis económica, con el jodido Período Especial después de 1990. Hablo del tango cantado, no del tango baile que no es lo del cubano.

Otro buen lugar del tango aquí, la carpa de Luz Caballero y Avenida Acosta, en La Víbora, buenísima, animada por el gran Antonio García, el más importante divulgador que tuvo el tango en Cuba hasta hoy… ¿Una anécdota? Estaba cantando ahí cuando, de repente, se va la luz y tratan de arrancar la planta de emergencias, se bota la gasolina y coge candela toda aquella carpa pal carajo, pero yo tranquilo, disimulando calma y mirando un hueco por si tenia que escapar y el público ido, sin enterarse, y le digo a los músicos: “Sigan tranquilos, toquen, métanle mano, y ahí, meto y meto, con este cuero vocal que Dios me dio: En la penitenciaría, Ladrillo llora su pena, cumpliendo injusta condena aunque mató en buena ley… Vino la luz y aquel público deliraba, gritaba, Antonio García lloraba, me cargaban y ahí fue donde el gran Antonio coge el micrófono, mirándome: “Este cantor es un guapo, este cantor evitó que ustedes no sufrieran terror pánico. Él salvó la situación. Es, sin dudas, el Guapo del Tango, Orlando Blanco”. Ahí nació mi apodo artístico. A veces me preguntan y respondo: “No, no es guapo de riñas, fajaderas, porque agredo a alguien, no, y entonces narro aquel suceso”.

Otros buenos lugares del tango en La Habana eran Las Pampas (Marina y Vapor); el inolvidable Rincón del Tango, en 1986, en el Hotel Bruzón. ¡El Bruzón!, qué maravilla, juntaba a todos los tangueros profesionales de La Habana, con muy buen público, que se abarrotaba todas las noches. Ese fue el último gran momento del tango en Cuba… Allí brillaban con luz propia Manolo Escalona, Magali Alou, los dos Pedrito Álvarez, padre e hijo, Emilio Álvarez Alejo, Alfredo Baranda, Bernardo Trinchet y el formidable pianista Sergio Álvarez “Manos Brujas”… Conocí a muy buenos tangueros argentinos: Agustín Irusta, Alberto Gómez y José Cané, el guitarrista. Con todos ellos compartí en las terrazas del Paseo del Prado. Por aquí pasaron José Bohr, Alberto Castillo, Azucena Maizani, Agustín Hirsuta, Libertad Lamarque, Tita Merello, Hugo del Carril, Alberto Gómez y muchísimos más, pero cuento también a Carlos Gardel, porque muere cuando estaba saliendo en el avión hacia La Habana, para debutar en el Teatro Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana) ¿Qué te parece?

Coño, nunca olvidaré aquello: me llama Vitico (Víctor Montero), el gran guitarrista de La Habana Vieja. “Oye, ven pa’cá”, me dice y voy, cojo el ascensor, subo, y cuando se abre la puerta, me quedo frío porque sentado allí estaba el mismísimo Agustín Hirsuta, vestido con frac, un tipazo de hombre, pelo negro ensortijado, encabronado, y una dentadura que perecía de nácar. Le dice Víctor: “Mire, Irusta, aquí tiene a este muchacho que le adora, que le quiere como si le conociera de toda la vida”. Se para el cantor y me da un abrazo. Qué día aquel, porque para mí me estaba abrazando el mismo Gardel. “Gracias, maestro”, digo. “No, no, maestro era sólo Carlos Gardel”, me dice y se persigna. Coño, yo me quedé frío ante tanta modestia; él, Irusta, tan grande también. Esa misma noche se daba un homenaje al bandoneonista argentino residente en Cuba, Cayetano Pizzi, en el Teatro Martí y me dice Irusta, “vamos, pibe, cantá algo ahí” y, temblando, le meto a “Ventanita de arrabal”: En el barrio Caferata, en un viejo conventillo con los pisos de ladrillo, minga de puerta cancel… “¿Pero, qué es esto, este pibe?”. Y Vitico: “Ah, ya te lo había advertido, el pibe sopla tanto como tú”. Y ahí mismo ordena Irusta: “Pues, al pibe hay que ponerlo en el programa de esta noche…” Fue así que canté en el Teatro Martí junto al gran artista argentino en 1955, con las guitarras de Fabio Landa, Alfredo Chamba y Víctor Montero… ¿Cómo olvidar que, además, estaban en ese show los cómicos Dick y Biondi, también de Argentina; de Cuba: Elsa Valladares, Nilda Espinosa, Miguel Ángel Penabad, Manolo Fernández “El Caballero del Tango”, Olga Chorens y el gran Emilio Ramil, “El Gardel Cubano”?

Con este último me pasó algo que, hasta hoy, me impresiona mucho. Voy caminando por Muralla y veo a un hombre que se parecía mucho a Carlos Gardel, y entre más se acercaba mayor era el parecido. Cuando llega hasta mí, cojo miedo, me tiemblan las piernas, sudo frío. “Ay, Dios mío… estoy mirando a Gardel”. Era Emilio Ramil, que yo nunca había visto y que era idéntico, gemelo con Carlos Gardel, hasta se vestía igual, con sombrero ladeado como el famoso cantor… Bueno, él cantó hasta en Buenos Aires, y en Montevideo fueron a esperarlo al aeropuerto más de quinientas personas, y cuando se bajó del avión la gente gritaba, gritaba, porque pensaban que era Gardel resucitado. Pero el pobre Ramil se volvió loco. La gente, la fama, vivir con ese fantasma de Gardel lo volvió loco; él creía que era la reencarnación del Zorzal Criollo… Una vez, pasados los años y ya amigo de él, lo fui a abrazar y me dice, nervioso, alejándose: “No, no, no me toques, que Carlitos (Gardel) está posado en mi hombro”. Manda tranca…

En Matanzas había un café llamado Casa del Te, excelente, siempre lleno de gente muy joven con su locura del rock and roll, y me contratan para cantar allí con Los Pampas de Cuco Vila, y cuando llego y veo aquellos pelúos, las melenas y sus vestuarios, me digo “ay, mi madre, esto va ser una locura”. Pero, bueno, arranco, ¿y sabes qué? Tuve que cantar diecisiete tangos. Incluso viene una soprano y me dice: “Ay, Guapo, mi sueño siempre ha sido cantar con usted a dúo ‘Mi Buenos Aires querido’, por favor…” “Está bien, vamos”, le digo. Imagínate, ella lo tenía en re y yo en do, así que había que soplar como un caballo… Los guitarristas asustados: “No, no, Guapo, eso es una locura”. Y ahí dice Cuco: “Coño, denle, toquen que este es el Guapo del Tango, que tiene cojones pa’eso y pa’más”. “Mire, señorita —le digo—, usted al final, suba, que usted es soprano, haga un falsete así: Ni olvidooooooooo, que yo, ahí la sigo: Ni olvidooooooooooo”. ¡Coño, qué fue aquello! La soprano me abrazaba, me besaba. Y terminé con una joya, “Margaritas”: ¡Pobre manojito de flores que un día, silenciosamente, cambiamos los dos!

Y eso es lo que te da el tango, mi amigo, momentos grandes de la vida que no se compran con guita (dinero). Con la Revolución y desde 1959 pertenecí a una bolsa de artistas de la empresa Adolfo Guzmán, y ahí me jubilé, pero vino el desastre del Período Especial… No me alcanza la jubilación pero mi hija que vive en Madrid, de vez en cuando me manda algún dinerito, con eso vivo materialmente… ¿Espiritualmente? Con mis tanguitos, los tangos, con eso paso ahora mi vejez. Son mis tesoros.

Sobre el autor: Félix Contreras, hoy un reputado escritor y periodista, perteneció al grupo de jóvenes que se aglutinaron para fundar El Caimán Barbudo y fue uno de los poetas firmantes del manifiesto inaugural “Nos pronunciamos”.

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