Actualizado el 4 de agosto de 2011

Con Lichi, en alguna parte

Por: . 1|8|2011

“Los poetas nunca mueren”, dice Lichi aludiendo al fantasma duradero de su padre. “Tú tampoco”, le alego al fantasma reciente de Lichi. “Entraste por adelantado a la Eternidad”, le indico señalando al almanaque.

La eternidad por fin comienza un lunes, escribió este verso Eliseo Diego, el padre. La eternidad por fin comienza un lunes, tituló el hijo, Eliseo Alberto (o simplemente “Lichi”, para los allegados), su novela sobre el mundo circense. Y hoy es lunes. Aunque no cualquier lunes. Es 1º de agosto de 2011. Pero Lichi falleció todavía en domingo, durante las horas del 31 de julio.

Es lunes y entro a la biblioteca compulsado a cumplir una misión. Me apoyo en un recuerdo nebuloso, aunque obstinado. ¿Entre 1981 y 1984? Pido las colecciones de esos años de la revista El Caimán Barbudo. Efectivamente: un año justo, de junio de 1982 a junio de 1983. Entre las ediciones 174 y la 186, Eliseo Alberto fue el jefe de redacción de la emblemática gaceta cultural.

Pienso en aquella fecha: 1983. Lichi, autor ya de varios poemarios (Importará el trueno, Las cosas que yo amo, Un instante en cada cosa), publica una noveleta juvenil, La fogata roja, sobre El Coro de los Ángeles, un pelotón de niños del general Sandino, que recibe el Premio Nacional de la Crítica.

Tras la gloria, la tempestad… Hay libros como la hiel, arduos para ser digeridos. Ante el rechazo provocado por su Informe contra mí mismo, Eliseo Alberto se defiende con una campanada que a estas alturas sigue repicando: “Reclamo el derecho a estar equivocado”.

Otro lunes. O quiero recordarlo así. Es 1993 y Ciudad de México, ya no La Habana. Un hombre alto y ancho, de los que lucen muy grandes, con un rostro bonachón: Lichi. Otro de cuerpo estrecho y muy largo, que contradice su cara ancha, como de maya: se llama Juan Carlos, es mexicano y antropólogo. El tercero soy yo, un muchacho delgado, que apenas concluye sus años de estudiante.

Es breve el encuentro, pero un poco conversamos los tres. Sobre Poesía, sobre Mística, esas cosas que existen más allá del tiempo… Salen a relucir unos libros entonces de moda, los de Carlos Castaneda y Don Juan, el chamán. Se evocan pasados precolombinos. Le hablo a Lichi con entusiasmo del prólogo de su padre al libro de Alexandre Exquemelin, Piratas de América, y ese pasaje del niño que lee La isla del tesoro mientras, afuera, cae la lluvia…

1998. Eliseo Alberto gana con Caracol Beach el Premio Internacional Alfaguara de Novela, en una distinción que compartiera con el nicaragüense Sergio Ramírez y Margarita está linda la mar. Novelas de mérito ambas, según comprobé cuando pude conseguirlas al cabo. La de Lichi me reveló al narrador ya asentado y dueño de un sello peculiar, para siempre afincado en las cadencias líricas de su herencia de sangre, aunque apartado ya del influjo que el realismo mágico imprimió a su libro anterior, La eternidad por fin comienza un lunes.

Nunca relegó Eliseo Alberto al que se licenció de Periodismo en La Habana y a su vocación de fino cronista. En diarios mexicanos como La Crónica de Hoy y Milenio, por años escribió columnas que luego recopilaría en volúmenes. Y aunque de sí mismo dijera: “He escrito varias de las peores películas que se hayan filmado nunca en el planeta”, tampoco es nimia su huella como guionista de cine. Su colaboración en el guión de Guantanamera, de 1997, la última película dirigida por Tomás Gutiérrez Alea, es prueba de ello.

Los lectores cubanos se reencontraron con la narrativa de Lichi en 2010, cuando Esther en alguna parte salió publicado con el sello de Ediciones Unión. Desde esa novela sobrevuela una frase que enmarca el estado de ánimo con que escribo estas líneas. Si bien siento pesar, digamos que es un pesar sereno, casi distinguido… Como lo definiría Lichi: “La tristeza es una pantera elegante”.

Es lunes. Hace varias horas ya que el reloj de arena de Lichi concluyó su ciclo normal, el de la vida, y ahora los granos finísimos fluyen hacia arriba, al ritmo de ese tiempo dislocado, enigmático, de la eternidad… Me da por escuchar una confesión de Eliseo Alberto, y aunque se la dio a otro en una entrevista, yo estoy recordándola como si estuviera sonando, con su propia voz, en mis oídos: “No escribiré nunca nada que le haga daño a Cuba. Antes de eso, mejor me corto la lengua y los brazos… A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo”.

Insisto: es lunes. Y leo un despacho de Agencia Efe que, en el vórtice de la melancolía, hasta parece una noticia bienhechora: “La hermana del escritor, Josefina de Diego García-Marruz, envió a su primo José María Vitier en Cuba un mensaje en el cual dice: ‘por voluntad expresa de mi hermano, sus cenizas reposarán en La Habana, la tierra que tanto quiso y de la que nunca se fue. Yo visito mi Habana todas las noches, siempre dijo’.”

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