Actualizado el 12 de septiembre de 2011

Escritores vs. tipeadores

Por: . 11|9|2011

“El trabajo del escritor es escribir obras. Terminarlas es un hecho fortuito”
Mauricio Kartun

A veces me pregunto qué tipo de penurias habrá pasado Cervantes al escribir El Quijote. No me refiero a las penurias de su vida, es decir, a esos acontecimientos vitales, eventuales, cotidianos: amantes embarazadas, deshonras familiares, decadencia económica, batallas casi mortales (los cuales por supuesto actuaron como ambrosía robada por su pluma para organizar y armonizar los vericuetos de su gran novela) sino a aquellas penurias relacionadas con el oficio mismo de la escritura. En el siglo XVI, en el que no existían las máquinas de escribir y mucho menos las computadoras, un escritor debía tomar la pluma —porque no podemos ni empezar a hablar de birome, bolígrafo, lapicera o como se le llame— y anotar todo lo que fluía en su cabeza, yendo y viniendo histéricamente desde el pote en el cual se hallaba la tinta hacia el papel amarillento sobre la mesa (y acá muy poética —y vulgarmente— podríamos agregar: “siempre en la espera de la escupida literaria”).

También me voy mucho más atrás y pienso en las culturas precolombinas, en los egipcios, en los árabes, en los romanos, en los chinos. Imagino los cálamos (esos utensilios para escribir que eran cañas huecas de punta oblicua) y en los caparazones de tortuga (muy usados en la Antigua China para obtener mensajes oraculares) y en cómo los escritores de esas épocas, apurados por indicar un augurio, una regla, o una expresión cualquiera fuese, debían estar mucho tiempo y pasar muchas penurias. La fragilidad de la escritura hasta el siglo XIX (que es cuando nace la pluma de metal) se me hace máxima. Los escribas, los escribientes y los escritores fueron todos, desde tiempos inmemoriales, verdaderos esclavos de la paciencia (Guillermo Cabrera Infante diría: esperar es una filosofía o un arte. Lo natural es la impaciencia), esclavos del cultivo eterno de una tranquilidad que les permitiese acabar su labor solitaria. Por ende, antes, ser escritor era verdaderamente complicado y apabullante. Sólo hasta la aparición de la computadora se pudo tener un respiro de esa herencia macabra de tener que ser hijos de la paciencia. La máquina de escribir fue su antecedente, pero aún era defectuoso, aún cargaba con ciertos genes propios de la molestia y la pesadez.

Todo esto me lleva a pensar en lo siguiente: ¿está el escritor extinguido? Es decir, ¿ese ser humano que escribe, con puño y letra sobre un papel, y reescribe, y al efectuarlo le hace honor a la extensión de la palabra “escribir” (al llevarla verdaderamente en su nombre) ya no existe más? Sin duda hay escritores que usan papel y lápiz (esta nota personal fue escrita sobre un anotador amarillo con una birome negra), pero con el advenimiento de la tecnología, ¿cuántos escritores escriben verdaderamente, por ejemplo, una novela de trescientas páginas, un ensayo de veinte? La mayoría de los escritores de ahora tipean sobre una computadora (algunos sobre máquinas de escirbir). Son tipos que dicen que escriben.

Mientras pensaba todo esto leí en el diario La Nación algo llamativo. Después de la muerte de Ernesto Sábato, se publicó la última entrevista que ese diario había tenido con el escritor cuando éste había cumplido 90 años. Y en una parte decía: “Sábato respondió por escrito las preguntas de La Nación y eligió otro orden de respuestas, que por cierto resultó muy interesante. Su asistente, Diego Curatella, fue el responsable de volcar a la computadora las páginas que el reconocido autor de Sobre héroes y tumbas llenó de puño y letra para cumplir con la prensa mundial, desafiando la resistencia de sus ojos cansados”. Evidentemente, Sábato era un escribiente, un escritor. Escribía sus obras con su mano, se abocaba a su arte, a su vocación existencial, con la paz de la paciencia. Luego habría un tipo que le tipearía sus escritos. Pensé en otros escritores del siglo XX que seguramente usaban papel y lápiz (Roberto Arlt, Borges, Faulkner, tal vez). Seguramente muchos. La mayoría. Ni hablar de los poetas, que no tendrían excusa alguna para tipear sobre una máquina de escribir sus obras.

Sin embargo, estos casos cercanos en la línea del tiempo son distintos a los más lejanos (Cervantes, Shakespeare, Séneca, Plutarco, Cheng Miao) ya que aún si no tipeaban en esos primeros momentos de inspiración, lo harían luego. O sea, en algún momento u otro se verían transformándose en tipos, es decir, en tipos tipeadores. Los casos más lejanos, por otro lado, se dedicarían a ser escritores con la total extensión de la palabra. No tipeaban sobre nada porque sencillamente no había soporte sobre el cual hacerlo.

A partir de todo este razonamiento me puse a pensar en los escritores actuales. ¿Cuántos de ellos cultivarían en verdad la paciencia si no tuvieran una computadora? Paul Auster afirma que escribe sobre una máquina de escribir. Sin duda es un acercamiento al arte de la paciencia de antaño. Pero ¿qué hay de escritores jóvenes (esos que en otra nota personal me parecieron demasiado pendientes de su yo y no del arte y del amor en la literatura)? ¿Le tienen amor suficiente a la escritura como para abocarse, en caso de que fuera necesario, a la tarea de ser pacientes? Y si un dramaturgo como Mauricio Kartun (de este presente siglo y del pasado) pudo afirmar que aún hoy por hoy —cuando la técnica nos asiste en demasía— es un hecho fortuito para un escritor terminar obras literarias, ¿cuántos escritores habría verdaderamente en este mundo si un día nos quedarámos sin computadoras?

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